Ser cristiano es preferir a Cristo a todo lo demás

1.- . Si alguna viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Cuando decimos que hay que preferir a Cristo a todo lo demás, debemos entender estas palabras en un sentido estricto. Empezando por uno mismo, por mis bienes corporales y por todos mis bienes, incluida, por supuesto, mi familia, mi dinero, mis cargos públicos y privados. Si soy una persona sana y fuerte debo poner al servicio de Cristo mi salud y mi fortaleza; si soy débil o estoy enfermo, igualmente debo poner al servicio de Cristo mi debilidad y ni enfermedad. Todos tenemos, o podemos tener nuestras propias cruces, pongamos estas cruces al servicio de Cristo. Y si nos consideramos muy felices y afortunados por lo que somos y tenemos, pongámonos enteramente al servicio de Cristo. Es decir, que lo primero en mi vida es Cristo, después viene todo lo demás.

2. ¿Qué hombre conocerá el designio de Dios? Los pensamientos de los mortales son frágiles e inseguros nuestros razonamientos, porque el cuerpo mortal oprime el alma y esta tienda terrena abruma la mente pensativa. Esta lectura del libro de la Sabiduría debe hacernos pensar en la inmensa diferencia que hay entre ciencia y sabiduría. La ciencia es producto de la razón, la sabiduría es un don de Dios. Hay muchos científicos que, en su vida diaria, se comportan como verdaderos necios, y hay personas que no tienen muchos conocimientos científicos y, sin embargo, en sus relaciones consigo mismo, con el prójimo y con Dios son un verdadero ejemplo de sensatez y sabiduría. La ciencia en sí mismo es buena, pero si no la ponemos al servicio del bien propio y del bien común se convierte fácilmente en un verdadero mal. El sabio, es decir, el que se comporta como debe consigo mismo, con los demás y con Dios es siempre un verdadero beneficio para la humanidad; no podemos decir lo mismo del que es científico pero no sabe comportarse como debe consigo mismo, con los demás y con Dios. Aspiremos a ser científicos en la myor medida que podamos, sí, pero pidamos a Dios que nos conceda sobre todo el don la Sabiduría.

3. – Yo, Pablo, anciano, y ahora prisionero por Cristo, te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien engendré en la prisión. Te lo envío como a hijo. Esta carta de Pablo a Filemón, el dueño del esclavo Onésimo, a quien Pablo había convertido en la prisión, nos hace ver cómo la esclavitud era considerada legal en tiempo de Pablo, como lo ha seguido siendo considerada legal durante muchos siglos por la sociedad cristiana y por la misma jerarquía eclesiástica. Sin embargo nos hace ver también que los buenos cristianos siempre tendieron a ver a los esclavos ya en tiempos de Pablo y posteriormente por las órdenes religiosas más como hermanos que como esclavos. San Agustín, en sus monasterios no permitía hacer distinciones entre esclavos y libres, en el trato diario, tanto en el trabajo, como en la comida, los vestidos y costumbres en general. Lo mismo podemos decir de casi todas las Órdenes religiosas en general. Los cristianos de este siglo XXI tenemos que esforzarnos denodadamente para conseguir una sociedad en la que todos tengamos los mismos derechos y las mismas obligaciones como personas.

Gabriel González del Estal