En coherencia y con honestidad

Nuevamente nos encontramos con un texto que forma parte del gran viaje de Jesús a Jerusalén. Le acompañan sus discípulos y discípulas realizando un camino como una gran catequesis itinerante. A lo largo de este tiempo va indicando nuevas claves que van perfilando el estilo de vida de quien decide seguir sus pasos. Jesús ya es percibido como un gran líder que se hace “palabra” para transformar interiormente a sus oyentes y seguidores. No es una palabra neutra, a veces genera conflicto, pero sí respetuosa; no impone normas, pero sí propone cómo situarse ante los diferentes campos de la existencia humana. Va creciendo la oposición entre aquellos que son cuestionados en su manera de vivir y, especialmente, entre los que viven apegados al poder y a las riquezas: fariseos, maestros de la ley y otros sectores opresores.

En esta ocasión Jesús va mostrando cómo ha de ser la respuesta humana a la invitación profunda a vivir desde la luz de Dios y su mensaje. Toca tres ámbitos de la vida para alertar de posibles trampas e incoherencias o para experimentar la mucha felicidad si se consigue vivirlo ajustadamente.

El primer ámbito se refiere a los vínculos afectivos. Quizá suene un poco radical y despegado “Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a padre, madre, hermanos, incluso a si mismo…no puede ser discípulo mío”. Pero mirando este texto con cierta profundidad y sin olvidar el contexto, podría referirse a no entrar en un nudo de relaciones egoícas que van devorando la libertad personal y la dignidad. Seguir a Jesús no es excluyente ni exclusivo, pero, desde esta experiencia interna de vínculo con la trascendencia, fluye un estilo de relación que capacita para amar a los demás conectados a esta fuente de vida. Es, sin duda, la creación de lazos liberadores y abiertos al mundo exterior en todo aquello que nos une afectivamente.

El segundo ámbito se refiere a nuestra relación con lo que nos hace sufrir en la vida: “El que no carga con su cruz…no puede ser discípulo mío”. Cargar con la cruz no es ir por el mundo arrastrando los pesares de la vida desde una resignación paralizante sino desde una aceptación consciente de la parte de la realidad que nos resulta más amarga. Aceptar aquello que, humanamente es frustrante, nos puede llevar a transformar y avanzar en la vida. No afrontarlo nos conduce a vivir sometidos y situándonos como víctimas. La resignación nos ata, nos bloquea, la aceptación nos moviliza para buscar otras opciones y no desviarnos de nuestra ruta esencial.  

El tercer ámbito que Jesús nos propone revisar es el de la toma de decisiones: “Si uno de vosotros pretende construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?…”  Vivimos inmersos en una marejada de movimientos internos y externos que nos llevan, muchas veces, a tomar decisiones que no nos construyen y que nos debilitan a la hora de asumir las consecuencias. Movimientos emocionales, patrones mentales, ideologías, mantener un status, modas, vientos sociales que pueden hipnotizarnos hasta perder nuestra dignidad y mostrar el lado más ridículo de nuestra vida: “no suceda que, habiendo echado los cimientos y no pudiendo completarla, todos los que miren se pongan a burlarse de él diciendo: éste empezó a construir y no pudo terminar”. Es importante aprender a discernir todos esos movimientos para encontrar el movimiento principal de Dios en nuestra vida y ser libres para elegir lo que más nos conduce al fin para el que hemos sido creados, como muy bien nos enseña San Ignacio.

El texto cierra con una invitación a vivir libres de todo aquello que nos pueda esclavizar y no sólo en referencia a los bienes materiales. Jesús insiste en aprender a usar “lo que tenemos” de una manera responsable y para el bien común, aprender a no idolatrar una vida de bienestar al margen de las necesidades y carencias de nuestro mundo. Ser creyente en medio de una agitada sociedad como la nuestra, necesita una solidez personal y una profunda claridad de lo que es esencial y estar conectados a la Fuente de la vida.

Discernimiento, honestidad, coherencia y profundidad, cuatro pilares de nuestra vida cristiana en camino hacia la autenticidad.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

II Vísperas – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXIII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Gallos vigilantes
que la noche alertan,
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.+

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 1P 1, 3-5

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza vida, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Quién no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Quién no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío», dice el Señor.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó al mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle con alegría:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Te damos gracias, Señor, porque, a través del mundo, nos has revelado tu poder y tu gloria;
— haz que sepamos ver tu providencia en los avatares del mundo.

Tú que, por la victoria de tu Hijo en la cruz, anunciaste la paz al mundo,
— líbranos de toda desesperación y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
— concédeles que cooperen, con sinceridad y concordia, en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos, fortalece a los débiles,
— para que en todo se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú, que al tercer día, resucitaste gloriosamente a tu Hijo del sepulcro,
— haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

No podemos caminar en dos direcciones opuestas

Sigue en camino hacia Jerusalén y Jesús advierte a la multitud, que le seguía alegremente, de las dificultades que entraña un auténtico seguimiento. Les hace reflexionar sobre la sinceridad de su postura. Solo en el contexto del seguimiento de Jesús, podemos entender las exigencias que nos propone. Hace unos domingos, Jesús decía al joven rico: Si quieres llegar hasta el final… Hoy nos dice: si no piensas llegar hasta el final, es mejor que no emprendas el camino. Si no eres capaz de concluir la obra, has fracasado. Si decides caminar con él, deja de caminar en otra dirección.

Una de las interpretaciones equivocadas de este radicalismo, es entender el mensaje como dirigido a unos cuantos privilegiados, que serían cristianos de primera. Jesús no se dirige a unos pocos, sino a la multitud que le seguía. Pero lo hace personalmente. “Si uno quiere…” La respuesta tiene que ser también personal. No hay cristianismo a dos velocidades; una la de los clérigos, y otra la de los laicos. Esta visión, no puede ser más contraria al mensaje. Todos los seres humanos estamos llamados a la misma meta.

No se trata de machacar o anular el instinto (es lo que hemos predicado con frecuencia). Sería una tarea inútil porque el instinto es anterior a mi voluntad y escapa a su control. Se trata de que el instinto no sea manipulado por la voluntad, torciéndolo hacia una chata obtención de placer. El fin que el instinto quiere garantizar, es bueno en sí. El placer que ha desplegado la evolución es un medio para garantizar el objetivo. Si nuestra voluntad convierte el placer en fin, estamos tergiversando el instinto.

Tres son las exigencias que propone Jesús: 1ª.- Posponer a toda su familia. 2ª.- Cargar con su cruz. 3ª.- Renunciar a todos sus bienes. Las tres se resumen en una sola: total disponibilidad. Sin ella no puede haber seguimiento. No es fácil entender bien lo que Jesús propone. La manera de hablar nos puede despistar. En una lengua que carece de comparativos y superlativos, tiene que valerse de exageraciones para expresar la idea. Lo notable es que se haya mantenido la literalidad en el texto griego, que dice “misei” = odia, aborrece, ten horror. No podemos entenderlo al pie de la letra.

Tampoco podemos ignorarlas. Son como los famosos “koan” del zen. Tienen que hacernos trascender la formulación y meternos por el camino de la intuición. Fallamos estrepitosamente cuando queremos comprenderlas racionalmente. La verdad que quieren trasmitir no es una verdad lógica, sino ontológica. No podemos entenderla con la razón, pero podemos intuir por dónde van los tiros. Para la primera exigencia la clave está en: “incluso a sí mismo”. El amor a sí mismo puede ser nefasto si se refiere al falso yo que lleva al egoísmo. El ego tiene también su padre y su madre, sus hijos y hermanos.

El amor a la familia puede ser la manifestación de un egoísmo amplificado, que busca afianzar el individualismo en los “yoes” de los demás. Lo que se busca en ese amor es mi egoísmo, sumado al egoísmo de los demás. Ese yo ampliado es mucho más fuerte y asegurar mejor el pequeño yo de cada uno. El seguir a Jesús está basado en el amor. Pero el amor que nos pide no está reñido con el verdadero amor al padre o a la madre. Si el seguimiento es incompatible con el amor a la familia es que está mal planteado. Seguir a Jesús nos enseñará a amar más y mejor también a nuestros familiares.

Otro problema muy distinto es que ese seguimiento provoque en los familiares la oposición y el rechazo, como le pasó al mismo Jesús. Entonces no se puede ceder a las exigencias del instinto, porque está maleado. Si los familiares, muy queridos, te quieren apartar de tu verdadera meta, está claro que no puedes ceder. El hombre alcanza su plenitud cuando despliega su capacidad de amor, que es lo específicamente humano. Este amor no puede estar limitado, tiene que llegar a todos. Por eso el profesar un verdadero amor a una persona no puede impedir ni condicionar la entrega a otros.

Cargar con la cruz hace referencia al trance más difícil y degradante del proceso de ajusticiamiento de un condenado a muerte de cruz. El reo tenía que transportar él mismo el travesaño de la cruz. Jesús va a Jerusalén precisamente a ser crucificado. No olvidemos que los evangelios están escritos mucho después de la muerte de Jesús, y la tienen siempre presente. Está haciendo referencia a lo que hizo Jesús, pero a la vez, es un símbolo de las dificultades que encontrará el que se decide a seguirle. Una vez emprendido el camino de Jesús, todo lo que pueda impedirlo, hay que superarlo.

Renunciar a todos sus bienes. Recordemos que a los que entraban a formar parte de la primera comunidad cristiana se les exigía que pusieran lo que tenían a disposición de todos. No se tiraba por la borda los bienes. Solo se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en la comunidad no hubiera pobres ni ricos. Hoy sería imposible llevar a la práctica este desprendimiento. Pero podemos entender que la acumulación de riquezas se hace siempre a costa de otros seres humanos. Hoy tendríamos que descubrir que lo que yo poseo, puede ser causa de miseria para otros.

Debemos aclarar otro concepto. El seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, es decir, en algo negativo. Se trata de una oferta de plenitud. Mientras sigamos hablando de renuncia, es que no hemos entendido el mensaje. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir lo mejor. No es una exigencia de Dios, sino una exigencia de nuestro ser. Jesús vivió esa exigencia. La profunda experiencia interior le hizo comprender a dónde podía llegar el ser humano si despliega todas sus posibilidades de ser. Esa plenitud fue también el objetivo de su predicación. Jesús nos indica el camino mejor.

En cuanto a las dos parábolas, lo que propone Jesús es que no se puede nadar y guardar la ropa. Queremos ser cristianos, pero a la vez, queremos disfrutar de todo lo que nos proporciona la sociedad de consumo. No tenemos más remedio que elegir. Preferir el hedonismo es un error de cálculo. Las parábolas quieren decirnos que se trata de la cuestión más importante que nos podemos plantear, y no debemos tratarla a la ligera. Es una opción vital que requiere toda nuestra atención. Nuestro problema hoy es que somos cristianos sin haber hecho una clara opción personal.

Meditación-contemplación

Jesús no impone nada, simplemente propone.
Las condiciones no las impone él:
son exigencia de la misma naturaleza humana.
Solo la sabiduría puede llevarme a la meta.
Mientras no alcance esa luz, andaré dando tumbos.
Descubierto el tesoro, todo lo demás pierde valor.

Fray Marcos

Anti-campaña electoral

El político que comenzase su campaña electoral prometiendo bajar los salarios, subir los impuestos y aumentar el paro, difícilmente despertaría mucho entusiasmo. Si encima añade: “El que me vote, irá a la cárcel”, es probable que se quede completamente solo. Jesús llevo a cabo una campaña más loca aún que ésta. Para ser discípulo suyo exige posponer los amores más grandes (a la familia y a uno mismo), jugarse la fama y la vida, renunciar a todo. Es lógico es pensar que Jesús, poniendo esas condiciones, se quedaría sin un solo seguidor. ¿Ocurrió así?

La multitud y los discípulos

Para entender el evangelio de hoy es importante distinguir entre estos dos grupos. El evangelio de Lucas habla a menudo de la multitud de gente que acude a escuchar a Jesús (5,1.19) y a ser curados (5,15); vienen de todas partes (6,17), lo acompaña a Naín (7,11), lo siguen al zonas descampadas (9,14), lo siguen a miles (12,1). A estas personas les interesa lo que Jesús dice y hace, se benefician de su enseñanza y sus milagros. Pero nada más.

Existe otro grupo mucho más reducido, el de los discípulos. El término se aplica generalmente a los Doce; pero otras veces se habla de un gran número de discípulos (6,17; 19,37), y de este grupo más amplio escoge a setenta y dos para enviarlos de misión (10,1).

El problema

El evangelio de hoy comienza hablando de la gran cantidad de gente que sigue a Jesús sin ser discípulos suyos: En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús. Es posible que por la mente de alguno de ellos pase la idea de entrar a formar parte del grupo de los discípulos. Jesús, adelantándose a cualquier petición en este sentido, se dirige a todos e indica las condiciones.

Primera condición: renuncia a lo más querido

En el Antiguo Testamento, la tribu de Leví era el modelo de servicio radical a Dios. Las Bendiciones de Moisés comentan a propósito de ella:

            Dijo a sus padres: No os hago caso;

            a sus hermanos: No os reconozco;

            a sus hijos: No os conozco.

            Cumplieron tus mandatos

            y guardaron tu alianza (Deuteronomio 33,9)

Para los levitas, el cumplimiento de la voluntad de Dios está por encima del amor a padres, hermanos e hijos.

En línea parecida, pero más radical, formula Jesús su exigencia: para seguirle hay que posponer a su padre y a su madre // a su mujer y a sus hijos // a sus hermanos y a sus hermanas. La familia de la que uno procede (padre y madre), la familia que uno ha creado (mujer e hijos), el entorno familiar (hermanos y hermanas) simbolizan todo el mundo afectivo; colocarlos en segundo plano significa una gran renuncia. Pero Jesús añade un séptimo elemento, el más duro, que no se menciona a propósito de los levitas: hay que posponerse incluso a sí mismo.

Segunda condición: arriesgar la fama y la vida

Esta exigencia ya ha aparecido en el evangelio de Lucas, formulada de manera más radical aún, pero que aclara el sentido: Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su cruz cada día y venga conmigo (9,23).

La imagen, durísima, equivaldría a decir hoy: “El que quiera seguirme, cargue con su silla eléctrica y venga conmigo”. Con la diferencia de que la silla eléctrica no es transportable, mientras que la cruz la llevaba cada condenado hasta el lugar donde iba a morir.

El hecho de que se hable de cargar con la cruz cada día demuestra que es algo distinto de estar dispuesto a morir. La muerte en cruz era considerada por los romanos la más cruel e ignominiosa, prevista para graves delitos contra el estado y la sociedad. Por consiguiente, cargar con la cruz cada día expresa la disposición de soportar la deshonra, el odio y desprecio de la sociedad, e incluso la muerte.

Una pausa para reflexionar y desanimar

Lo dicho basta para desanimar a gran parte del auditorio. Por si alguno no se ha enterado, Jesús propone dos comparaciones (la construcción de una torre y dar la batalla) que invitan a no tomar decisiones precipitadas con respecto a su seguimiento. «Antes de querer convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y hagas el ridículo.» Evidentemente, Jesús no se parecía en nada a esos directores espirituales que animaban a los y las jóvenes a entrar en el seminario o el noviciado sin pensarlo seriamente.

Tercera condición: renuncia a los bienes materiales

A la renuncia a los grandes afectos, al arriesgar la fama y la vida, Jesús añade en tercer lugar la renuncia a los bienes materiales. Es lo que dice al rico: Vende cuanto tienes, repártelo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme. Este personaje no fue capaz de hacerlo. En cambio, Pedro, Andrés, Santiago y Juan, “dejándolo todo, lo siguieron” (5,11). También Leví, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (5,28).

Nada nuevo bajo el sol

Las exigencias anteriores parecen terribles. Sin embargo, a quien ha leído con atención el evangelio de Lucas le resultan conocidas. Coinciden con otros casos en los que Jesús habla de las condiciones para seguirlo.

                957Mientras iban de camino, uno le dijo:

            ‒ Te seguiré adonde vayas.

                58Jesús le contestó:

            ‒ Los zorros tienen madrigueras, las aves tienen nidos, pero este Hombre no tiene donde recostar la cabeza.

 

                59A otro le dijo:

            ‒ Sígueme.

            Le contestó:

            ‒ Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.

                60Le replicó:

            ‒ Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reinado de Dios.

 

                61Otro le dijo:

            ‒ Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia.

                62Jesús le replicó:

            ‒ Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el reinado de Dios.

¿Exigencias para todos los cristianos?

En el libro de los Hechos, cuando se cuenta la expansión de la Iglesia, el término “discípulos” no designa ya a un grupo relativamente pequeño que acompaña a Jesús a todas partes sino a los cristianos de Damasco, Jerusalén, Jope, Antioquía, etc. ¿Se aplican a ellos las exigencias anteriores? ¿Son válidas, por tanto, para todos los cristianos actuales?

El caso que conocemos mejor es el de la tercera exigencia: la renuncia a los bienes materiales. Cuando Ananías y Safira, un matrimonio de Jerusalén, vendieron un campo, se quedaron con parte del dinero y pusieron el resto al servicio de la comunidad, pero fingiendo que lo entregaban todo. San Pedro les dice que no estaban obligados a entregar nada; lo malo era que intentaran engañar. Este ejemplo deja claro que para formar parte de la comunidad cristiana, para ser discípulo, no había que renunciar a todos los bienes materiales. De hecho, en las comunidades fundadas por Pablo, lo que él aconsejaba era compartir los bienes con los necesitados.

Las dos primeras exigencias, que nos resultan tan duras, posiblemente tuvieron que vivirlas bastante a menudo la mayoría de los cristianos. En una época de frecuentes persecuciones, y en la que los cristianos eran ridiculizados e insultados como criminales y enemigos del estado, hacerse discípulo de Jesús supuso en muchos casos la ruptura con los seres más queridos, la pérdida de la fama y la estima social, e incluso la muerte. La situación no es muy distinta en bastantes comunidades actuales de África y Asia, prescindiendo del desprestigio que supone en muchos ambientes occidentales el hecho de confesarse cristiano.

El misterio

Jesús no se quedó sin discípulos. Al contrario, cuanto más difíciles eran las circunstancias, más eran los que querían seguirle. Como escribió Tertuliano, que vivió entre los años 160-220: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Lo que desanima de seguir a Jesús no son sus grandes exigencias, sino la comodidad y vulgaridad de quienes lo seguimos.

José Luis Sicre

Comentario del 8 de septiembre

¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? –podemos leer en el libro de la Sabiduría-. Si apenas conocemos las cosas terrenas, porque ignoramos su razón de ser última: el origen del universo o de la vida; el porqué de ciertos fenómenos naturales como los volcanes o los movimientos sísmicos; la composición del átomo o la diferencia entre la materia y la energía; la causa de algunas enfermedades como el cáncer… si apenas –digo- conocemos estas cosas, que siguen resultándonos enigmáticas después de tantos siglos de historia y tantos años de investigación, ¿cómo pretender conocer «lo que está más allá», lo que escapa a nuestra mirada o al objetivo de nuestros telescopios y microscopios? ¿Quién podrá rastrear siquiera las cosas del cielo o conocer los planes de Dios? Sólo si Él se dignase revelárnoslos, podríamos conocerlos.

Es la sabiduría con la que el hombre aprende a agradar a Dios, a caminar rectamente en su presencia. Es la sabiduría que salva y no simplemente que sabe porque descubre los secretos que encierra la naturaleza.

Pues bien, para nosotros Jesús es el sabio por excelencia, porque está lleno del Espíritu de Dios: el que nos revela los planes salvíficos y nos señala el camino de la salvación con su palabra y con su misma vida. Por eso se presenta como Maestro de vida que reclama seguimiento e imitación. Es esta necesidad de imitación implicada en el seguimiento o discipulado lo que le lleva a decir: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío, esto es, no puede imitarme del todo, puesto que yo estoy dispuesto a renunciar a todo, incluyendo la propia vida. Se trata de un maestro dispuesto a renunciar a la propia vida. Ser verdadero discípulo de este maestro es imitarle hasta en esto.

Pero antes, el imitador/seguidor de Jesús tendría que estar dispuesto a otras renuncias como las del padre, la madre, la mujer o los hijos. Se trata de las personas a las que de ordinario estamos más ligados afectivamente, de las que más nos cuesta separarnos. Pues bien, Jesús afirma que el que emprende su seguimiento como discípulo tiene que estar dispuesto a posponer y, posiblemente, a renunciar a estas personas, las más queridas, esas personas a las que estamos más apegados por los lazos de sangre y de afecto. Jesús no dice que no haya que querer al padre, a la madre o a los hijos, sino que uno tiene que estar dispuesto a renunciar a su amor por él y la misión que Dios le encomienda.

Ser su discípulo es ir detrás de él, siguiendo sus pasos, recorriendo su camino, y con la cruz que nos haya tocado en suerte. Ningún camino en la vida está exento de cruz. ¿Quién no se encuentra en la vida con la enfermedad, el dolor, el sufrimiento, la incomprensión, la ingratitud? El camino que recorrió Jesús tampoco lo estuvo. También en su vida hubo sufrimiento, por razón de la vida misma en este mundo y por razón de su opción personal o misión. ¿Qué son si no los sufrimientos de su Pasión y muerte? Pues lo mismo o lo parecido puede sucedernos a nosotros, sobre todo si lo imitamos como discípulos.

Y no seríamos los primeros, pues Jesús ha tenido muchos imitadores. Pensemos en los santos y mártires que forman parte de nuestra tradición. A este propósito decía uno de esos mártires: «entonces, cuando sea trigo molido entre los dientes de las fieras, seré de verdad discípulo suyo». San Ignacio de Antioquía sí había comprendido lo que implicaba el seguimiento del Señor. En cualquier caso, no es algo intranscendente y sin consecuencias. Ser discípulo de Cristo es una tarea de gran envergadura, como la construcción de una torre o la preparación de una batalla. Hay que calcular fuerzas y medios antes de ponerse a la obra. El que no calcula el alcance de esta empresa puede quedarse a medio camino y convertirse en un fracasado.

Que el Señor nos dé fuerzas para mantenernos firmes en su seguimiento y no ahorrar energías para concluir la obra emprendida. Que él nos conceda el don de la perseverancia, especialmente en estos tiempos de fragilidad y de apostasía.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

115. Para Él realmente eres valioso, no eres insignificante, le importas, porque eres obra de sus manos. Por eso te presta atención y te recuerda con cariño. Tienes que confiar en el «recuerdo de Dios: su memoria no es un “disco duro” que registra y almacena todos nuestros datos, su memoria es un corazón tierno de compasión, que se regocija eliminando definitivamente cualquier vestigio del mal»[63]. No quiere llevar la cuenta de tus errores y, en todo caso, te ayudará a aprender algo también de tus caídas. Porque te ama. Intenta quedarte un momento en silencio dejándote amar por Él. Intenta acallar todas las voces y gritos interiores y quédate un instante en sus brazos de amor.


[63] Homilía en la Santa Misa para la XXXI Jornada Mundial de la Juventud en Cracovia (31 julio 2016): AAS 108 (2016), 923.

Lectio Divina – 8 de septiembre

Las condiciones para poder ser discípulos de Jesús
Lucas 14,25-33 

Oración inicial
Shadai, Dios de la montaña, 
que haces de nuestra frágil vida
la roca de tu morada,
conduce nuestra mente
a golpear la roca del desierto, 
para que brote el agua para nuestra sed.
La pobreza de nuestro sentir
nos cubra como un manto en la oscuridad de la noche
y abra el corazón para acoger el eco del Silencio
para que el alba
envolviéndonos en la nueva luz matutina
nos lleve
con las cenizas consumadas por el fuego de los pastores del Absoluto
que han vigilado por nosotros junto al Divino Maestro,
el sabor de la santa memoria. 

Lucas 14,25-33

1. LECTIO

a) El texto:

25 Caminaba con él mucha gente y, volviéndose, les dijo:26 «Si alguno viene junto a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío.27 El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
28 «Porque ¿quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene para acabarla?
29 No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: 30 `Éste comenzó a edificar y no pudo terminar.’ 31 O ¿qué rey, antes de salir contra otro rey, no se sienta a deliberar si con diez mil puede salir al paso del que viene contra él con veinte mil? 32 Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz.33 Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

b) Momento de silencio:

Dejamos que la voz del Verbo resuene en nosotros. 

2. MEDITATIO

a) algunas preguntas:

– Si uno viene a mí y no odia…no puede ser mi discípulo: ¿Estamos convencidos que es necesario llegar a separarse de todo lo que ata el corazón: afectos recibidos y dados, la vida misma, por seguir a Jesús?
– Quien no toma su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo: ¿Llevo en mí la lógica de la cruz, es decir, la lógica del amor gratuito?
– Los medios para llevarlo a cabo: ¿La capacidad de pensar informa mi vida de fe o más bien ésta se reduce a un impulso interior que se desvanece en el devenir de las tareas cotidianas?
– Para evitar que todos los que lo vean empiecen a burlarse: ¿Vale para mí también la recompensa de quien empieza a seguir al Señor y después no tiene medios humanos, o sea la burla de la incapacidad?
– Quien no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo: ¿Estoy convencido de que la clave del seguimiento es la pobreza del no poseer, sino la felicidad de pertenecer?

b) Clave de lectura:

Entre la gente que sigue a Jesús estamos también nosotros con nuestras maletas repletas de páginas leídas y vividas. Uno entre tanto, nuestro nombre se pierde. Pero cuando Él se vuelve y su palabra alcanza el dolor de los lazos que estrechan con fuerza los pedazos de nuestra vida, las preguntas se enredan en el valle de los ecos más antiguos y una sola humilde respuesta emerge de las ruinas de las construcciones incumplidas: Señor ¿a quien iremos? Tú sólo tienes palabras de vida eterna.

v. 25-26. Caminaba con Él mucha gente y volviéndose les dijo: “Si alguno viene junto a mi y no odia a su padre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida no puede ser discípulo mío”. Al Señor no le interesa tener en cuenta las personas que vienen a Él. Sus palabras son fuertes y liberan de toda ilusión. ¿Quién no sabe lo que significa odiar? Si yo odio una persona, no estoy lejos. Esta discriminación entre el Señor y los afectos familiares es la primera exigencia del apostolado. Para aprender de Cristo es necesario encontrar en Él el núcleo de todo amor e interés. El amor de quien sigue al Señor no es un amor de posesión, sino de libertad. Andar tras una persona sin la seguridad que puede dar un lazo de sangre como es el de los vínculos familiares y el lazo de la propia sangre o sea con la propia vida, equivale a hacerse discípulos, lugar de vida que nace de la Sabiduría divina.

v. 27 El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío. El único lazo que ayuda a seguir a Jesús es el de la cruz. Este símbolo del amor que no se arredra, capaz de ser palabra incluso cuando el mundo pone todo a callar con la condena y la muerte, es la lección del Rabí nacido en la pequeña aldea de Judea.

v. 28. ¿Quién de vosotros, que quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene para acabarla?Construir una torre exige un gasto no indiferente para el que tiene pocos recursos. El buen deseo de construirse a sí mismo no es suficiente para hacerlo, es necesario sentarse, calcular los gastos, buscar los medios para llevar adelante el trabajo. La vida del hombre queda incumplida e insatisfecha, porque a veces ¡tanto el proyecto de la construcción es maravilloso, cuanto más enorme son las deudas de la obra! Un proyecto sobre medida: no saber calcular lo que está en nuestra capacidad de cumplir, no es la sabiduría del que luego de haber arado espera la lluvia, sino es la inconciencia de quien espera la granazón y la siega de las semillas arrojadas entre piedras y rocas, sin fatigarse en preparar el terreno.

v. 29-30. No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: “Éste comenzó a edificar y no pudo terminar”.
La burla de los otros que llega como granizo sobre los sentimientos de esperanza de quien quería llegar al final con solo sus fuerzas, es el precio a la propia arrogancia vestida de buena voluntad. Cuántas humillaciones lleva cada quien consigo, pero qué pocos frutos recogemos de estas experiencias de dolor. Poner los cimientos y no terminar la construcción, sirve de bien poco. Los deseos que se         quiebran alguna vez son buenos tutores de nuestro ingenuo afirmarnos…. pero nosotros no lo comprenderemos hasta que intentamos cubrir el fracaso y la desilusión del despertar del mundo fabuloso de los sueños de la infancia. Jesús nos pide hacernos niños sí, pero un niño no pretenderá nunca construir ¡una torre “verdadera”!. Se contentará con una pequeña torre sobre la arena del mar, porque conoce bien su capacidad.

vv. 31-32. O ¿qué rey, antes de salir contra otro rey, no se sienta a deliberar si con diez mil pueda salir al paso del que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Ninguna batalla se podrá jamás ganar sin embajadas de paz. Combatir por obtener la supremacía real sobre otro, es de por sí una batalla perdida. Porque el hombre no ha sido llamado a ser rey para el dominio, sino señor de paz. Y acercarse al otro mientras está todavía lejano es la señal más bella de la victoria, donde ninguno pierde ni gana, sino todos son siervos de la única soberana del mundo: la paz, la plenitud de los dones de Dios.

v. 33. Pues de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Si se declinan los vicios capitales, se descubren las modalidades de tener de las que habla Jesús. Un hombre que modela su vida sobre el tener es un hombre vicioso: el que pretende tener poder sobre todo (soberbia), de gozar a todo placer (lujuria), de salir del límite como derecho que le pertenece (ira), de estar saturado de bienes (gula), de robar lo que es de los demás (envidia), de quererlo todo para sí (avaricia), de arrojarse en la apatía, sin empeñarse en hacer algo (pereza). El discípulo al contrario que viaja sobre los rieles de la virtud, vive de los dones del Espíritu: un hombre que posee el sentido de las cosas de Dios (sabiduría) y lo dona sin apropiárselo, que penetra el significado esencial de todo lo que es Vida (entendimiento), que escucha la voz del Espíritu (consejo) y se hace eco de todo discernimiento (consejo), que sabe dejarse proteger por el límite de su ser hombre (fortaleza) y no cede a las lisonjas de la trasgresión, que sabe conocer los secretos de la historia (ciencia) para construir horizontes de bien, que no se arroga el derecho de dar sentido, sino que acoge la fuente de lo divino (piedad), que bebe en los abismos del silencio, que da gracias por todas las maravillas de su Creador (temor de Dios) sin temer su pequeñez. Un discípulo así, es otro Jesús.

c) Reflexión:

El corazón del hombre es una red de lazos. Ligaduras de ternura y de gratitud, de amor y de dependencia, lazos con todo lo que toca al sentimiento. Jesús parte de los lazos de consaguinidad: padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas, y lazos de la propia vida que en la mentalidad semita está simbolizada por la sangre. Pero el corazón debe estar libre de estos lazos para poder andar con Él y crear un vínculo nuevo que da vida, porque deja a la persona la libertad de ser lo que es. Todo discípulo sólo tiene una tarea: la de aprender, no la de depender. Los lazos de sangre crean dependencia: ¡cuantos chantajes afectivos impiden a los hombre construir la torre de su existencia! ¡Cuantas veces esas palabras de¡Si tú me quieres , haz así! O ¡Si me quieres, no lo hagas! La misma vida te puede aprisionar cuando te une a lo que no te va fisiológicamente o a lo que piensas para las condiciones de una historia trabajada o a lo que se escoge desordenadamente por una voluntad hecha débil por multitud de lazos. La cruz no ata, te constriñe para que de todo lo que cargues en ti salga, sangre y agua, hasta la última gota: toda la vida como don que no espera recompensa.
Pertenecer más que poseer: el secreto del amor gratuito del Maestro y del discípulo, Quien sigue a Jesús no es un discípulo cualquiera que aprende cualquier clase de doctrina, sino que se convierte en discípulo amado, capaz de narrar las maravilla de Dios, cuando el fuego del Espíritu hace de él una llama sobre el candelero del mundo. 

3. ORATIO

Salmo 23

Yahvé es mi pastor, nada me falta.
En verdes pastos me hace reposar.
Me conduce a fuentes tranquilas,
allí reparo mis fuerzas.

Me guía por cañadas seguras
haciendo honor a su nombre.
Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas ante mí una mesa,
a la vista de mis enemigos;
perfumas mi cabeza,
mi copa rebosa.

Bondad y amor me acompañarán
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa de Yahvé
un sinfín de días. 

4. CONTEMPLATIO

Señor, mientras te vuelves y tu mirada se posa sobre mi, tus palabras bullen en mi mente para ponerme delante lo que es toda mi vida. Es como si unas tijeras me cortase dulcemente, pero sin temblor, los muchos cordones umbilicales de los que saco el alimento para poder ir adelante. Y esta acción decidida y necesaria me devuelve el pleno respiro de mi ser libertad. La Escritura lo dice en las primeras páginas de la historia humana: El hombre dejará a su padre y a su madre y andará hacia una realidad nueva toda suya, hacia la unidad de un amor persona, capaz de fecundidad y de vida nueva. Pero nosotros no hemos cogido la palabra clave de todo este maravilloso proyecto, una palabra que embaraza porque es como las olas del mar sobre las cuáles no se puede dejar andar con seguridad, la palabra: movimiento. La vida no se para. Un amor y una vida recibida de un padre y de una madre. Sí, un amor lleno, pero que no cierra los horizontes. El hombre dejará andará… Un hombre y una mujer, dos en uno, de los hijos que serán el rostro de su amor, pero que mañana dejarán para andar otra vez…si te paras, para aferrarte a la vida, la vida muere en tu presa. Y con ella muere también tu sueño nunca escuchado, aquel del amor pleno que no se acaba jamás. Danos Señor, el entender que amor es seguir, escuchar, andar, pararse, perderse para encontrarse en un movimiento de libertad que cumple toda ansia de posesión perenne. No permitas que por el deseo de tener la vida, yo pierda el gozo de mi pertenecía a la vida, a aquella Vida divina que entra y sale en mí para otros y en los otros y de los otros para mí, para hacer de los días que pasan olas de Libertad y de Don en los confines de todo lo vivido. Que yo sea por siempre el discípulo amado de la Vida que muere, capaz de acoger en herencia la filiación y la custodia en tu espíritu de toda auténtica maternidad.

Realista y soñador

Las dos cosas a la vez y sin que se opongan, ni pretendan destruirse. Como ciertas dualidades de la física moderna que no me entretengo ahora en comentar.

1.- La carta de Pablo a Filemón, que yo os propongo, mis queridos jóvenes lectores que leáis completa, que se trata de poquísimas líneas más, es interesante, útil y desconcertante a la vez. Escribe un prisionero dirigiéndose a un potentado. Ni le pide dinero, ni influencias para salir del mal trago en el que se encuentra. No recurre a argumentos de justa ética. Lo propio sería que le recordase la injusta realidad que goza de ser amo de un esclavo y el pecado que supone para un cristiano, disponer de la libertad de otro ciudadano, y para más inri eliminándosela. Nada de eso, Pablo es hombre de su tiempo y no acude en ese momento a batallas que con seguridad no ganaría. Perder una batalla, no supone frustrar la guerra, creo que es frase que pronunció Sir Wilson Churchill.

2.- Pablo no escurre el bulto, es íntegro y honrado. Sabe comprometerse cuando toca. Escribe notificándole que a Onésimo él mismo le bautizó en la cárcel en la que ambos sufrían encierro. Es, pues, un hombre diferente, otro este Onésimo. Le recomienda, expresión esta de Caridad, no hay que olvidarlo. Por si no fuera suficiente, recurre a nociones de justicia. Sin orgullo, pero honradamente, valorando lo que supone la humanidad y cristianismo del antiguo esclavo, se identifica con él, asume las posibles deudas que pudieran existir y se las apropia, recordándole entonces que son mayores las que tiene Filemón respecto a él. Pablo no ignora reales y antiguos débitos. La verdad es verdadera. Un cristiano es diferente a cualquier anónimo y vulgar hijo de vecino que no ha sido bautizado. ¿tenéis esto en cuenta en vuestro trato cotidiano?

3.- Cambio de tercio. La gente joven busca y calcula la manera de prepararse para el futuro, de manera que logre realizarse. Realizarse, supremo proyecto, obra maestra que debe realizarse uno mismo para conseguir triunfar, ser feliz y vivir tranquilo y seguro. Así se piensa. Publicaciones, conferencias y hasta ferias se le ofrecen al alumno para que consiga orientarse en este terreno. Pero ¿es este el proyecto que Dios prepara para cada uno?

Recuerdo mis tiempos de bachiller de siete cursos, que culminaba en el Examen de Estado que acreditaba, si uno lo superaba, que podía acceder a la universidad. Recuerdo que durante los siete años tanto nos machacaban eso de aprobar aquella reválida, que uno llegaba a pensar que las materias, las lecciones que se nos daban, nada importaban, solo era preciso superar como fuera aquella prueba. Afortunadamente yo les hacía poco caso. cada día, cada clase, debía importar por sí misma, pero a la empresa lo que le interesaba, para mantener el alumnado, eran las estadísticas positivas de los que habían sido considerados aptos para entrar en la universidad, independientemente de su madurez o aprendizaje cultural.

4.- Ante tal proceder, unos proyectaban su futuro tomando el testigo de la profesión de su padre al que pensaban imitar. Otros observaban en qué profesión se ganaban mejores sueldos y se decidían a escogerla. Otros pensábamos en nuestras aficiones favoritas, química o naturales, en mi caso, y sin preocuparnos demasiado, vivíamos un ideal e imaginario aprendizaje. En este terreno idealista iba sembrando el Señor una semilla que poco a poco germinaba sin uno notarlo, pero también sin impedirlo. Los demás, y yo mismo, nos veíamos investigadores en hipotéticos laboratorios. Dios contemplaba, regaba y abonaba la semilla que había preparado y en silencio y en secreto, fui descubriendo y siendo consciente de que mi futuro estaba en el sacerdocio. De nada de esto hablaba, era mi preciado tesoro interior. A última hora, llegado el preciso momento de matricularse en alguna facultad, hube de hacerla pública.

5.- Alguno supe que acudió a un profesor a pedirle consejo y que este le dijo que le enseñase el libro escolar y, de acuerdo con las notas que en él se habían escrito, le propuso una carrera. ¡pobre de mí si hubiera obrado de igual manera! Ni para barrendero hubiera servido. Los planes del Señor acostumbran a ser otros. Es un ejercicio de aventura mental el descubrirlos. El laberinto que supone adentrase en el futuro, exige tener conocimiento de una normas, para no caer atrapado en múltiples fracasos. Las normas las encontraréis en el Evangelio, mis queridos jóvenes lectores. El fragmento de Lucas de la misa de este domingo contiene unas cuantas. No hace falta que os las comente.

6.- Yo mismo todavía, pasados bastantes más de los ochenta, continúo progresando por este intrincado y enigmático laberinto de la vida que, para gozarla, hay que aceptarla como traviesa y feliz aventura. Si habéis llegado hasta aquí, comprenderéis que este mensaje-homilía lo haya titulado realista y soñador. En realidad podría haberlo resumido todo en un solo término: hay que ser fiel.

Pedrojosé Ynaraja

¿Cómo saberlo?

Para conmemorar el X Aniversario de Acción Católica General del 1 al 4 de agosto de 2019 se celebró en Ávila el Encuentro de Laicos de Parroquias, con el lema “Haciendo realidad el sueño de Dios”. El objetivo era profundizar en la vivencia de la misión evangelizadora como fruto de la vocación a la que el Señor llama a cada uno. Y al hablar de “vocación” tendemos a limitarla a vocaciones al sacerdocio ministerial o a una especial consagración en órdenes religiosas o institutos seculares; pero la “vocación” es la llamada que Dios dirige a toda persona para que se desarrolle y alcance el sentido y felicidad que desea. Y no sólo ante grandes decisiones, sino también en lo rutinario, en lo de cada día. Porque la vocación es un estilo de vivir.

Sin embargo, cuando se plantea la vocación en los Equipos de Vida, normalmente surge una cuestión: ¿Cómo puedo saber cuál es mi vocación? ¿Cómo puedo saber lo que Dios quiere de mí?

Que la vocación, la llamada de Dios, no tiene otro fundamento que el amor, que Él nos ama desde toda la eternidad, que nos ha “primereado” en el amor (cfr. EG 24).
Que la vocación no es algo abstracto o general: es una llamada personal. Dios me ama a “mí” y su llamada va dirigida a “mí”, con mis luces y sombras, que Él conoce mejor que yo.

Que a la vocación, como llamada personal de amor, sólo se puede responder por amor. Como decía San Pablo a Filemón en la 2ª lectura: No a la fuerza, sino con toda libertad.

Teniendo esto presente, forma parte de nuestro ser cristianos la necesidad de discernir cuál es “mi vocación”, cómo he de llevar adelante este estilo de vida, qué “me” pide Dios. Una respuesta que debe ser fiel, precisamente porque está fundada en el amor. La vocación cristiana tiene unas exigencias, como decía Jesús en el Evangelio: Si alguno no pospone… quien no lleve la cruz… el que no renuncia… Y por esto la respuesta requiere una necesaria reflexión y discernimiento, como invita Jesús con esos ejemplos de la construcción de una torre o de iniciar una batalla.

Pero tampoco se nos debe olvidar que el discernimiento no es un proceso puramente intelectual. Como decía también la 1ª lectura: ¿Quién conocerá tu designio, si Tú no le das sabiduría enviando tu Santo Espíritu desde el cielo? El discernimiento es un proceso guiado por el Espíritu Santo. Como dijo el Papa San Pablo VI en “Evangelii nuntiandi” 75: “Él es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. Él es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por él, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar”.

Tras el tiempo de verano, al volver a las actividades cotidianas, hoy el Señor nos invita a descubrir o renovar nuestra vocación, a que le preguntemos: ¿Qué esperas de mí? Y podemos conocer Su voluntad porque el Espíritu Santo actúa, especialmente en la comunidad parroquial. La parroquia no está sólo para prestar “servicios religiosos”: la parroquia es la casa común de los discípulos misioneros que, mediante las celebraciones, oraciones, Equipos de Vida, etc., se encuentran con el Señor Resucitado y aprenden a discernir su vocación y a llevarla a la práctica con sus vidas.

¿Sé cuál es mi vocación, me siento llamado por amor y personalmente por Dios? ¿Cómo es mi respuesta? ¿Vivo como miembro de la comunidad parroquial para discernir la voluntad de Dios, o me sirvo de la parroquia sólo para “servicios religiosos”? ¿Tengo presente al Espíritu Santo?

Dios nos llama a todos y cada uno, personalmente y por amor, a una vocación, y podemos descubrirla y responder a ella porque Él mismo nos ha dado su Espíritu. Por eso, tengamos presentes las palabras del Papa Francisco en “Christus vivit”: “Puedes llegar a ser lo que Dios, tu Creador, sabe que eres, si reconoces que estás llamado a mucho. Invoca al Espíritu Santo y camina con confianza” (107) “Invoca cada día al Espíritu Santo… ¿Por qué no? No te pierdes nada y Él puede cambiar tu vida, puede iluminarla y darle un rumbo mejor. No te mutila, no te quita nada, sino que te ayuda a encontrar lo que necesitas de la mejor manera”. (131)

Desde la sabiduría a la renuncia

1. – El texto del Libro de la Sabiduría que leemos en este 23 domingo del Tiempo Ordinario nos puede servir como propósito en este septiembre, en que la mayoría –aquí en el hemisferio norte— ha vuelto de sus vacaciones estivales y se enfrenta con un nuevo curso. Y, también, lo mismo sirve respecto al contenido del Evangelio de Lucas. No podemos entender los designios de Dios sin la ayuda del Espíritu Santo y no debemos «construir nuestra casa» sin antes haber echado cuidadosamente nuestras cuentas. Además, el seguimiento de Cristo es renuncia de todo aquello que nos separa de Dios y de los hermanos. Ante ello hemos de ser muy cuidadosos respecto a nuestras fuerzas y posibilidades. Seguir a Jesús no es fácil y solo con su ayuda conseguiremos aguantar ese camino.

2.- La renuncia a todo que pide Jesús suele ser interpretada como el camino hacia la vocación religiosa de los consagrados. Ellos –es verdad— renuncian a tener familia, a disponer de bienes personales para dedicarse por entero al servicio de Dios. Sin embargo, puede decirse que esa petición de renuncia la dirige Jesús a todos. Es posible que en cada persona exista un matiz preciso y el casado no va a renunciar –por supuesto—a la familia. Pero sí debe renunciar a una vida desordenada que le aparte de Jesús. Los consagrados constituyen su propia familia y cuando llevan mucho tiempo en una comunidad, las relaciones entre los integrantes de la misma se parecen, sin duda, a las que se practican en una familia.

3.- Por otro lado, no es lícito a un cristiano vivir pendiente de la riqueza. La acumulación de ellas será, en la mayoría de los casos, expolio de otros. Es necesario construir un propósito de vida más cercano a las exigencias de Cristo. No se es cristiano porque sólo se acuda a misa los domingos o se practique una cierta moral pública. Se es cristiano cuando se ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Y para acometer ese programa hace falta renuncia y, también, echar nuestras cuentas.

4. – Impresiona, pues, la lectura del fragmento del Libro de la Sabiduría, porque con él se afirma la identidad total entre el Antiguo Testamento y el Nuevo respecto al conocimiento de Dios. Los designios de Dios solo los podrá conocer el hombre con ayuda del Espíritu Santo. Así es. Así fue. Y así seguirá. Sin la ayuda permanente del Espíritu es imposible conocer lo que Dios quiere de nosotros. Es verdad que Jesús «fue la imagen del Dios invisible» y nos enseñó a reconocer el amor desbordante del Padre hacia sus criaturas. Pero eso mismo, sin la ayuda del Espíritu, no nos llegaría, no lo entenderíamos. Muchas de las especulaciones «cientificistas» que hacen algunos respecto a la figura de Cristo, o en torno a la presencia de Dios en la creación, y que se pierden por caminos de adivinanzas o de conjeturas interminables, se deben a la ausencia del Espíritu. Cuando el Espíritu Santo está en nosotros todo llega fluidamente y con una profundidad que no procede de nosotros mismos. Pretender llegar al «fondo» de Dios cerrándose al Espíritu es –casi— una pérdida de tiempo. Eso no quiere decir que no tengan mérito los esfuerzos de personas que, sin recibir al Espíritu, buscan a Dios. Y, en fin, el contenido del texto que leemos hoy en el Libro de la Sabiduría nos demuestra que eso ya lo sabían muchas generaciones antes del nacimiento de Cristo.

5. – En ningún caso debemos ser frívolos en los planteamientos de nuestro desarrollo como personas próximas a Cristo y a sus enseñanzas. Hemos de echar cálculos en función de cómo deberemos administrar dicha dedicación. No se puede pasar, por ejemplo, de una actitud religiosa privada e intimista a una participación más directa y pública en las actividades de –por ejemplo— nuestra parroquia. Ello puede producirnos una notoriedad que nos asuste; o que, por el contrario, incremente una vanidad personal, de manera innecesaria. Hemos da dar los pasos bien medidos y hacer nuestros cálculos. Es cierto que Dios nos ayudará en todos los caminos que tomemos y sean útiles para el desarrollo de su Palabra y el apoyo a los hermanos. Pero hemos de poner por nuestra parte todo aquello que nos conduzca a un final término. Asimismo, quien se encuentre en la cercanía de una vocación religiosa plena también debe echar sus cuentas. Las grandes decisiones de la vida han de estar avaladas por la reflexión. Será, sin duda, el Espíritu quien nos envíe dicha vocación, pero hemos de saberlo.

6.- Iba a ser San Ignacio de Loyola quien mejor trazara las líneas maestras de este «echar las cuentas» en las materias espirituales. Los modos de elección y los sistemas de discernimiento que aparecen en sus Ejercicios son extraordinariamente útiles. Y decimos útiles. Ignacio buscaba la aprobación fehaciente por parte del Señor de todos sus trabajos. Impresiona en la lectura de su «Diario Espiritual» como dice misas para saber que debe hacer con las futuras rentas de la Compañía de Jesús. Pero San Ignacio ya se «mueve» dentro de lo místico. Tiene a la Trinidad Santísima y a la Virgen María al lado. Será esa petición de ayuda al Señor y el trabajo serio e intenso de discernimiento lo que nos lleve a conocer –sin apenas dudas— nuestro camino futuro.

7. – San Pablo en su carta a Filemón pide clemencia por el esclavo Onésimo, fugado de su casa y, posteriormente, reunido con el Apóstol. Pablo nos va a dar siempre esa aproximación insuperable a la realidad de su tiempo sin dejar de dar mensajes válidos para todas las épocas. La esclavitud era un «sistema de producción» dentro de la economía de ese tiempo. Sin duda, esa mano de obra barata y fiel había ayudado a construir imperios. Hombres, mujeres y niños constituían parte del botín de las guerras y pasaban a ser utilizados por los vencedores. En el Antiguo Testamento aparecen las deportaciones que sufrió el pueblo judío. Egipto, Babilonia son destinos de esclavitud. San Pablo pide hermandad entre esclavo y amo y, sorpresivamente, no pide la liberación de Onésimo. Pero es que el respeto por la ley civil del Apóstol es lo que dio marcha a su largo camino. Desgraciadamente, la esclavitud estuvo bien presente entre pueblos cristianos hasta la mitad del siglo XIX y está el episodio de los negros africanos en América del Norte y del Sur. Aunque Pablo da doctrina para la abolición de la esclavitud estaría vigente –como decíamos— durante muchos siglos.

Ángel Gómez Escorial