Desde la sabiduría a la renuncia

1. – El texto del Libro de la Sabiduría que leemos en este 23 domingo del Tiempo Ordinario nos puede servir como propósito en este septiembre, en que la mayoría –aquí en el hemisferio norte— ha vuelto de sus vacaciones estivales y se enfrenta con un nuevo curso. Y, también, lo mismo sirve respecto al contenido del Evangelio de Lucas. No podemos entender los designios de Dios sin la ayuda del Espíritu Santo y no debemos «construir nuestra casa» sin antes haber echado cuidadosamente nuestras cuentas. Además, el seguimiento de Cristo es renuncia de todo aquello que nos separa de Dios y de los hermanos. Ante ello hemos de ser muy cuidadosos respecto a nuestras fuerzas y posibilidades. Seguir a Jesús no es fácil y solo con su ayuda conseguiremos aguantar ese camino.

2.- La renuncia a todo que pide Jesús suele ser interpretada como el camino hacia la vocación religiosa de los consagrados. Ellos –es verdad— renuncian a tener familia, a disponer de bienes personales para dedicarse por entero al servicio de Dios. Sin embargo, puede decirse que esa petición de renuncia la dirige Jesús a todos. Es posible que en cada persona exista un matiz preciso y el casado no va a renunciar –por supuesto—a la familia. Pero sí debe renunciar a una vida desordenada que le aparte de Jesús. Los consagrados constituyen su propia familia y cuando llevan mucho tiempo en una comunidad, las relaciones entre los integrantes de la misma se parecen, sin duda, a las que se practican en una familia.

3.- Por otro lado, no es lícito a un cristiano vivir pendiente de la riqueza. La acumulación de ellas será, en la mayoría de los casos, expolio de otros. Es necesario construir un propósito de vida más cercano a las exigencias de Cristo. No se es cristiano porque sólo se acuda a misa los domingos o se practique una cierta moral pública. Se es cristiano cuando se ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Y para acometer ese programa hace falta renuncia y, también, echar nuestras cuentas.

4. – Impresiona, pues, la lectura del fragmento del Libro de la Sabiduría, porque con él se afirma la identidad total entre el Antiguo Testamento y el Nuevo respecto al conocimiento de Dios. Los designios de Dios solo los podrá conocer el hombre con ayuda del Espíritu Santo. Así es. Así fue. Y así seguirá. Sin la ayuda permanente del Espíritu es imposible conocer lo que Dios quiere de nosotros. Es verdad que Jesús «fue la imagen del Dios invisible» y nos enseñó a reconocer el amor desbordante del Padre hacia sus criaturas. Pero eso mismo, sin la ayuda del Espíritu, no nos llegaría, no lo entenderíamos. Muchas de las especulaciones «cientificistas» que hacen algunos respecto a la figura de Cristo, o en torno a la presencia de Dios en la creación, y que se pierden por caminos de adivinanzas o de conjeturas interminables, se deben a la ausencia del Espíritu. Cuando el Espíritu Santo está en nosotros todo llega fluidamente y con una profundidad que no procede de nosotros mismos. Pretender llegar al «fondo» de Dios cerrándose al Espíritu es –casi— una pérdida de tiempo. Eso no quiere decir que no tengan mérito los esfuerzos de personas que, sin recibir al Espíritu, buscan a Dios. Y, en fin, el contenido del texto que leemos hoy en el Libro de la Sabiduría nos demuestra que eso ya lo sabían muchas generaciones antes del nacimiento de Cristo.

5. – En ningún caso debemos ser frívolos en los planteamientos de nuestro desarrollo como personas próximas a Cristo y a sus enseñanzas. Hemos de echar cálculos en función de cómo deberemos administrar dicha dedicación. No se puede pasar, por ejemplo, de una actitud religiosa privada e intimista a una participación más directa y pública en las actividades de –por ejemplo— nuestra parroquia. Ello puede producirnos una notoriedad que nos asuste; o que, por el contrario, incremente una vanidad personal, de manera innecesaria. Hemos da dar los pasos bien medidos y hacer nuestros cálculos. Es cierto que Dios nos ayudará en todos los caminos que tomemos y sean útiles para el desarrollo de su Palabra y el apoyo a los hermanos. Pero hemos de poner por nuestra parte todo aquello que nos conduzca a un final término. Asimismo, quien se encuentre en la cercanía de una vocación religiosa plena también debe echar sus cuentas. Las grandes decisiones de la vida han de estar avaladas por la reflexión. Será, sin duda, el Espíritu quien nos envíe dicha vocación, pero hemos de saberlo.

6.- Iba a ser San Ignacio de Loyola quien mejor trazara las líneas maestras de este «echar las cuentas» en las materias espirituales. Los modos de elección y los sistemas de discernimiento que aparecen en sus Ejercicios son extraordinariamente útiles. Y decimos útiles. Ignacio buscaba la aprobación fehaciente por parte del Señor de todos sus trabajos. Impresiona en la lectura de su «Diario Espiritual» como dice misas para saber que debe hacer con las futuras rentas de la Compañía de Jesús. Pero San Ignacio ya se «mueve» dentro de lo místico. Tiene a la Trinidad Santísima y a la Virgen María al lado. Será esa petición de ayuda al Señor y el trabajo serio e intenso de discernimiento lo que nos lleve a conocer –sin apenas dudas— nuestro camino futuro.

7. – San Pablo en su carta a Filemón pide clemencia por el esclavo Onésimo, fugado de su casa y, posteriormente, reunido con el Apóstol. Pablo nos va a dar siempre esa aproximación insuperable a la realidad de su tiempo sin dejar de dar mensajes válidos para todas las épocas. La esclavitud era un «sistema de producción» dentro de la economía de ese tiempo. Sin duda, esa mano de obra barata y fiel había ayudado a construir imperios. Hombres, mujeres y niños constituían parte del botín de las guerras y pasaban a ser utilizados por los vencedores. En el Antiguo Testamento aparecen las deportaciones que sufrió el pueblo judío. Egipto, Babilonia son destinos de esclavitud. San Pablo pide hermandad entre esclavo y amo y, sorpresivamente, no pide la liberación de Onésimo. Pero es que el respeto por la ley civil del Apóstol es lo que dio marcha a su largo camino. Desgraciadamente, la esclavitud estuvo bien presente entre pueblos cristianos hasta la mitad del siglo XIX y está el episodio de los negros africanos en América del Norte y del Sur. Aunque Pablo da doctrina para la abolición de la esclavitud estaría vigente –como decíamos— durante muchos siglos.

Ángel Gómez Escorial