Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 10, 33-34

33“He aquí que subimosa Jerusalén y el Hijo del Hombreserá entregadoa los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muertey lo entregarána los gentiles 34y se burlaránde él y lo escupirány loazotarány lo matarán, y después de tres días resucitará”.

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p style=»text-align:justify;»>10,33-34: Jesús tiene un extraño modo de aliviar el miedo: toma aparte a los Doce y les profetiza en términos explícitos los horrores que le acontecerán cuando alcancen su destino. Es esta la más detallada de las tres predicciones de la Pasión, porque es la última y porque precede casi inmediatamente a la entrada de Jesús en Jerusalén (11,1-11), donde tendrán lugar los acontecimientos profetizados. No solo su amplitud y su introducción -con la fórmula solemne «comenzó a contarles las cosas que iban a sucederle» (10,32)- realzan su importancia, sino también el hecho de que es la única de las tres predicciones que comienza con el significativo vocablo «he aquí» (idou). 
Jesús comienza utilizando la primera persona plural («subimos», 10,33a); pero el sujeto no seguirá siendo «nosotros» durante mucho tiempo, pues en la Pasión, que viene enseguida, los discípulos abandonarán a Jesús. El sujeto, por tanto, cambia rápidamente a Jesús, descrito como una víctima pasiva por el empleo de un futuro pasivo («será entregado»: 10,33b). Esta pasiva se refuerza gramaticalmente por un cambio posterior de sujeto, que pasa de Jesús a sus enemigos. Sus actos de condena, tortura y ejecución de Jesús ocupan la mayor parte de la profecía y se suceden en dos etapas, en orden ascendente: dos acciones realizadas por los opositores judíos (condena y entrega a los gentiles: 10,33c) y cuatro, por los no judíos (burlas, escupitajos, flagelación y muerte: 10,34a). Finalmente, en la conclusión de la profecía (10,34b), Jesús vuelve a aparecer como sujeto, dando a entender que después de tres días resurgirá de la pasividad que lo había caracterizado durante su tortura y muerte para convertirse en la actividad poderosa y viva que sostiene a la comunidad marcana. 


Sin embargo, en la mayor parte de la profecía, los enemigos de Jesús y su maltrato mantienen el centro de la escena. Es particularmente significativo que la primera parte de la profecía, la mención de las acciones de los opositores judíos (10,33), vaya enmarcada por dos empleos del verbo «entregar», que aparece al principio en voz pasiva, con Jesús como sujeto («será entregado a los sumos sacerdotes y los escribas») y en voz activa al final, con los opositores judíos como sujeto («estos… lo entregarán a los gentiles»). No queda especificado el agente implícito de la primera entrega, pero el mismo verbo se usa para referirse a Judas en otros lugares del evangelio (3,19; 14,10.18.21.42.44), por lo que debe ser al menos incluido. Pero debido a las muchas conexiones de nuestra perícopa con los pasajes del siervo sufriente en el Deuteroisaías -el segundo de los cuales utiliza «entregar» para expresar la entrega por parte de Dios de su agente escogido al sufrimiento y a la muerte (Is 53,6.12)-, el autor tiene probablemente también la voluntad divina ante sus ojos cuando hace hablar a Jesús del Hijo del Hombre que es entregado a sus enemigos. Así las reverberaciones de Is 50 y 53 funcionan aquí de modo similar al empleo del dei («era necesario») en la primera predicción de la Pasión, a saber, para acentuar el «era necesario» porque Dios quería que «el Hijo del Hombre sufriera muchas cosas» (cf. 8,31).

Pero ¿cómo puede ser la profecía de Jesús de su sufrimiento y muerte en 10,33-34 una respuesta eficaz al terror mostrado por los discípulos en 10,32? Primero: el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra; en las tres predicciones de la Pasión, esta función la cumple el vocablo anasténai («resucitar»). La resurrección es la realidad última y determinante, incluso si su importancia parece quedar disminuida por la firmeza del sufrimiento que la precede. Segundo, si el trasfondo de nuestro pasaje está en el Deuteroisaías y si ese testimonio del Antiguo Testamento se ve como una unidad, dice mucho el que los pasajes del siervo sufriente estén integrados en una sección cuyo tema principal y omnipresente es el triunfo de Dios sobre sus enemigos exteriores e incluso sobre la obstinación de Israel (Is 40-66). Por tanto, el sufrimiento y la muerte del Siervo no pueden separarse de la victoria del Guerrero divino; es más bien el medio costoso por el que se alcanzará esa victoria. Asimismo, el sufrimiento y la muerte de Jesús en Mc no son solo una prueba que ha de soportarse, sino el medio por el que se establecerá el reinado de Dios y «los muchos» serán rescatados de las fuerzas que los han mantenido en la esclavitud (cf. 10,45).

En el siguiente pasaje, Jesús incitará a sus discípulos a compartir esta victoria por medio del «bautismo» en el sufrimiento mesiánico, que será el medio para conseguirla.