Vísperas – Exaltación de la Cruz

VÍSPERAS

LA EXALTACIÓN DE LA CRUZ

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

En la cruz está la vida y el consuelo
y ella sola es el camino para el cielo.

En la cruz está el Señor de cielo y tierra,
y el gozar de mucha paz,
aunque haya guerra;
todos los males destierra en este suelo,
y ella sola es el camino para el cielo.

Es una oliva preciosa la santa cruz,
que, con su aceite nos unta
y nos da luz.
Hermano, toma la cruz,
con gran consuelo,
que ella sola es el camino para el cielo.

El alma que a Dios está toda rendida,
y muy de veras del mundo desasida,
la cruz le es árbol de vida
y de consuelo,
y un camino deleitoso para el cielo.

Después que se puso en cruz el Salvador,
en la cruz está la gloria y el amor,
y en el padecer dolor vida y consuelo,
y el camino más seguro para el cielo.
Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. ¡Oh gran obra del amor! La muerte murió cuando en el árbol murió la Vida.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Oh gran obra del amor! La muerte murió cuando en el árbol murió la Vida.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Adoramos tu cruz, Señor, recordamos tu gloriosa pasión; ten compasión de nosotros, tú que moriste por nosotros.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Adoramos tu cruz, Señor, recordamos tu gloriosa pasión; ten compasión de nosotros, tú que moriste por nosotros.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Te alabamos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu cruz has redimido el mundo.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Te alabamos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu cruz has redimido el mundo.

LECTURA: 1Co 1, 23-24

Predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados —judíos o griegos—, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Oh Cruz gloriosa en Ti ha triunfado el Rey de los ángeles.
V/ Oh Cruz gloriosa en Ti ha triunfado el Rey de los ángeles.

R/ Y con su sangre lavado nuestras heridas.
V/ En Ti ha triunfado el Rey de los ángeles.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Oh Cruz gloriosa en Ti ha triunfado el Rey de los ángeles.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Oh victoria de la cruz y admirable signo! Haz que alcancemos el triunfo en el cielo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Oh victoria de la cruz y admirable signo! Haz que alcancemos el triunfo en el cielo.

PRECES

Invoquemos a nuestro Redentor, que nos ha redimido por su cruz, y digámosle:

Por tu cruz, llévanos a tu reino.

Cristo, tu que te despojaste de tu rango y tomaste la condición de esclavo, pasando por uno de tantos,
— haz que los miembros de la Iglesia imitemos tu humildad.

Cristo, tu que te rebajaste hasta someterte incluso a la muerte, y una muerte de cruz,
— otórganos, a tus siervos, sumisión y paciencia.

Cristo, tu que fuiste levantado sobre todo por Dios, que concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”,
— concede a tus fieles la perseverancia hasta el fin.

Cristo, a cuyo nombre se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo,
— infunde la caridad en los hombres, para que te adoren en la paz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo a quien toda lengua proclamará Señor, para gloria de Dios Padre,
— recibe a nuestros hermanos difuntos en el reino de la felicidad eterna.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, que has querido realizar la salvación de todos los hombres por medio de tu Hijo, muerto en la cruz, concédenos, te rogamos, a quienes hemos conocido en la tierra este misterio, alcanzar en el cielo los premios de la redención. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 14 de septiembre

Exaltación de la Santa Cruz
El que cree en Jesús tiene vida eterna.
Juan 3,13-17

Oración inicial

Padre, que has querido salvar a los hombres
con la Cruz de Cristo tu Hijo,
concédenos, a los que hemos conocido en la tierra
su misterio de amor,
gozar en el cielo de los frutos de su redención.
Por Cristo nuestro Señor.

1. LECTIO

Lectura del Evangelio:

Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga en él la vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

2. MEDITATIO

a) Clave de lectura:

El texto que hoy la liturgia nos propone está sacado de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. No nos tiene que sorprender el que el pasaje elegido para esta celebración forme parte del cuarto evangelio, porque es justamente este evangelio el que presenta el misterio de la cruz del Señor, como exaltación. Y esto está claro desde el comienzo del evangelio: “Así como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre” (Jn 3,14; Dn 7,13). Juan nos explica el misterio del Verbo Encarnado en el movimiento paradójico del descenso-ascenso (Jn 1,14.18; 3,13). Y es éste el misterio que ofrece la clave de lectura para comprender el despliegue de la identidad y de la misión de Jesucristo passus et gloriosus, y podemos decir con razón que esto no vale solamente para el texto de Juan. La carta a los Efesios, por ejemplo, se sirve de este mismo movimiento paradójico para explicar el misterio de Cristo: “Subió. ¿Qué quiere decir, sino que había bajado con los muertos al mundo inferior?” (Ef 4,9).

Jesús es el Hijo de Dios que al hacerse Hijo del hombre (Jn 3,13) nos hace conocer los misterios de Dios (Jn 1,18). Esto el solamente puede hacerlo, ya que el sólo ha visto al Padre (Jn 6,46). Podemos decir que el misterio del Verbo que baja del cielo responde al anhelo de los profetas: ¿quién subirá al cielo para revelarnos este misterio? (cfr. Dt 30,12; Prov 30,4). El cuarto evangelio está lleno de referencias al misterio de aquel que “ha bajado del cielo” (1 Cor 15,47). He aquí algunas citas: Jn 6,33.38.51.62; 8,42; 16,28-30; 17,5.

La exaltación de Jesús está justamente en este bajar hasta nosotros, hasta la muerte, y a la muerte de cruz, desde la cual él será levantado como la serpiente en el desierto y “todo el que la mire … no morirá” (Núm 21,7-9; Zc 12,10). Este mirar a Cristo ensalzado, Juan lo recordará en la escena de la muerte de Jesús: “Mirarán a aquel que traspasaron” (Jn 19,37). En el contexto del cuarto evangelio, el dirigir la mirada quiere significar, “conocer”, “comprender”, “ver”.

A menudo en el evangelio de Juan, Jesús se refiere al hecho de ser levantado: “Cuando hayan levantado en alto el Hijo del hombre, entonces conocerán que yo soy” (Jn 8,28); “‘cuando yo haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí’. Jesús daba a entender así de qué muerte iba a morir” (Jn 12,32-33). También en los sinópticos Jesús anuncia a sus discípulos el misterio de su condena a muerte y muerte de cruz (véase Mt 20,17-19; Mc 10,32-34; Lc 18,31-33). En efecto, Cristo tenía que “sufrir todo esto y entrar en la gloria” (Lc 24,26).

Este misterio revela el gran amor que Dios nos tiene. Es el hijo que nos es dado, “para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”, este hijo a quien nosotros hemos rechazado y crucificado. Pero justamente en este rechazo de nuestra parte, Dios nos ha manifestado su fidelidad y su amor que no se detiene ante la dureza de nuestro corazón. El actúa la salvación, a pesar de nuestro rechazo y desprecio (cfr. Hechos 4,27-28), permaneciendo siempre firme en realizar su plan de misericordia: “Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

b) Algunas preguntas:

i) En el evangelio ¿qué te ha llamado la atención?
ii) ¿Qué significa para tí la exaltación de Cristo y de su Cruz?
iii) Este movimiento de descenso-ascenso ¿qué consecuencias conlleva en la vivencia de la fe?

3. ORATIO

Salmo 78

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,
presta oído a las palabras de mi boca;
voy a abrir mi boca en parábolas,
a evocar los misterios del pasado.

Cuando los mataba, lo buscaban,
se convertían, se afanaban por él,
y recordaban que Dios era su Roca,
el Dios Altísimo su redentor.

Le halagaban con su boca,
con su lengua le mentían;
su corazón no era fiel,
no tenían fe en su alianza.

Él, con todo, enternecido,
borraba su culpa, no los destruía;
bien de veces contuvo su cólera
y no despertó todo su furor.

4. CONTEMPLATIO

«Cristo Jesús es el Señor
para gloria de Dios Padre.» (Fil 2,11)

Qué matemáticas tan raras… las de Dios

1.- Reiniciamos en muchas parroquias el curso pastoral. Y, en este tiempo de vuelta a la normalidad y a la responsabilidad en el campo de la fe, una vez más nos encontramos con el rostro de un Dios misericordioso y bueno: bondadoso, y además, con todos:

–Con aquel que ha llevado, por diversas circunstancias, una vida tortuosa y alejada de Dios, es recibido con lo que más a Dios gusta emplear: su misericordia

–Con aquel otro, que gastó inútilmente sus talentos, se pone de rodillas en el cenit de su vida esperando lo que sólo Dios es capaz de dar con creces: olvido de sus pecados

Con aquel otro que intentó cumplir con unos mínimos o aquel otro vanidoso por haber cumplido al cien por cien con su cometido de hijo… es puesto a los pies de la cruz para que Dios perdone también su orgullo, soberbia o su egocentrismo

2.- La figura del PADRE, tal vez, no resuena con excesiva fuerza en muchos momentos de nuestra vida:

Cuando nos sentimos dueños y señores de lo que acontece.

-Al pensar que es más fácil vivir sin referencia a Él y nos perdemos en una huida sin ton ni son con mucho ruido, errantes, pesarosos y sin horizonte.

-Si creemos que el destino depende exclusivamente de los hilos humanos y nos alteramos cuando, ese mismo destino, nos devuelve mil y una bofetadas cruentas en el rostro de la felicidad que profesábamos.

Pero la figura del PADRE tiene vigencia especial:

Al rebobinar la película de nuestras correrías y ver las secuencias que nos han producido cicatrices y soledades, lágrimas y sufrimientos, desgarro y hasta divorcio con nuestra propia dignidad humana

Cuando echamos una mirada atrás y vemos humear la casa del Padre donde El sigue esperando, cociendo y tostando en el horno de su misericordia el pan del perdón y de la generosidad, del encuentro deseado o de unas faltas que (para el Padre) nunca existieron en el hijo.

-Cuando en el roce con el mundo somos testigos de ingratitudes y de menosprecios y añoramos las caricias de la casa paterna, la palabra oportuna, el consejo certero o el abrazo de consuelo.

-Cuando nos sentimos incomprendidos por aquellos de los cuales esperábamos tanto y nos dejaron enterrados, crucificados con el recuento y el recuerdo de nuestros defectos.

2.- Siempre pensamos que la felicidad la podemos alcanzar fuera y lejos de nuestra propia casa. No somos, unos, impuros y, otros, puros ni, otros, plantas venenosas y los de más allá plantas perfumadas. Eso sí…Dios a todos trata por igual. ¡Qué matemática tan rara la de Dios!

Dios respeta nuestra libertad. Sufre, estoy convencido, al sentir y contemplar a este mundo nuestro tan de espaldas a Él. No me cuesta esfuerzo imaginar a un Dios, con lágrimas en sus ojos, al comprobar cómo la vieja Europa va alejándose montada en el Euro o muriendo en trenes de muerte, amenazada por la inseguridad o la ansiedad de los que tienen sed de sangre.

Sufre Dios por el despiste del hombre, pero deja que actuemos en libertad, e incluso a pesar de que muchos hagan dentellada o lancen pedradas contra la casa del Padre. Hoy el hombre, que escapa lejos de Dios, que vive embelesado en su propio rigor y sistema, siente de momento pocas ganas de volver hacia atrás.

–¿Qué ocurrirá cuando el capital vacíe de falsas alegrías el corazón del hombre?

–¿Qué ocurrirá cuando el hombre sienta que está arruinado porque gastó lo que aparentemente ganó?

–¿Se acostumbrará el ser humano a cambiar el traje de señor por el de esclavo?

3.- En nuestros colegios y comunidades, parroquias y grupos se va a iniciar un nuevo curso apostólico. Todas iniciativas que se retoman son un buen “buscador” para encontrar esas sendas de vuelta atrás y dar con los caminos que van derechos a la casa donde se vive más y mejor: la casa del Padre

Acaba el verano y nos adentramos en el otoño; ojala nos despojemos de tanta hojarasca y vuelva a resurgir, con la ayuda del Señor, nuestro aprecio por las cosas de Dios.

4.- VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME

De mis miedos y temores, hacia la seguridad en tus brazos
De mis angustias y ansiedades, al descanso de tu Palabra
De mis tristezas, a la alegría de saber que estás conmigo

VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME
Porque tengo miedo de intentarlo, y quedarme a mitad del camino
Porque tengo miedo de verte, y nunca encontrarte
Porque tengo miedo de volver, y mirar hacia atrás
Porque tengo miedo de pensar, y arrepentirme

VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME
Para dar con tu casa donde siempre hay una fiesta
Para entrar en tu jardín donde siempre es primavera
Para acostarme en tu pecho en el que siempre uno se siente reconocido
Para adentrarme en tu hogar y saber que siempre hay sitio

VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME
Para que no vacile y supere mis propios errores
Para que no malgaste los muchos talentos que me regalaste
Para que no exija más de lo que pueda ofrecer
Para que regrese y sea feliz de poder de nuevo verte

VOLVERÉ, SEÑOR, PERO EMPÚJAME
Y si por lo que sea dudo, dame fortaleza para triunfar
Y si por lo que sea caigo, levántame con tu Espíritu
Y si por lo que sea digo “imposible”, toca con tu mano mi mente pesimista
VOLVERÉ, SEÑOR, PERO… EMPÚJAME PARA LLEGAR HASTA TU HOGAR

Javier Leoz

Comentario del 14 de septiembre

Celebramos la fiesta de una ex-altación, la de la Santa Cruz, o mejor, de un Exaltadoel que se rebajó hasta la muerte y muerte de cruz. Hoy se nos invita a fijar (elevando) nuestras miradas en esta cruz exaltada (=elevada), mirándola como se mira algo sagrado y salutífero: un árbol del que cuelga la salvación como un fruto. Este leño en el que se colgaba (crucificándolos) a los malhechores, este instrumento de ejecución de condenados a muerte (esclavos, prisioneros de guerra, malhechores sin derecho de ciudadanía), se ha convertido en un árbol salutífero del que cuelga el fruto de nuestra salvación, porque en él fue clavado el Salvador. Creyeron estar crucificando a un malhechor cuando en realidad estaban clavando a nuestro bien-hechor.

Esta asociación entre la cruz y el Crucificado hace de ella una cruz santa, no porque lo sea en sí misma –en sí misma es sólo una cruz de madera- o en el uso que se hace de ella –instrumento vil de ejecución, símbolo de ignominia o de vergüenza-, sino porque en ella murió el Santo con muerte redentora. Sólo esta lectura permite exaltar la cruz y mirarla con veneración y gratitud, como lo hacemos hoy.

La cruz ha sufrido, por tanto, una metamorfosis: De ser un signo de humillación ante el que se desvía la mirada, pasa a ser un signo de exaltación, que se levanta para atraer las miradas. Este es también el recorrido existencial que hizo el crucificado. Lo recuerda san Pablo con toda precisión: Siendo de condición divina, se despojó de su rango… y se rebajó hasta someterse incluso a la muerte (lo más contrario a la vida que es la condición divina), y una muerte de cruz (lo más contrario a la dignidad de ese rango propio de la condición divina).

Morir en la cruz era una de las formas más ignominiosas y humillantes de morir. Por eso Dios lo levantó (he aquí la exaltación del humillado) sobre todo (sobre los condenados y sobre los condenadores) y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre (devolviéndole toda su dignidad y rango); de modo que al nombre de este Nombre, Jesússe doble toda rodilla y todo el mundo le reconozca como Señor. Al confesarle Señor, nosotros no lo exaltamos; nos limitamos a reconocer al Exaltado por el mismo DiosEs Dios Padre quien lo ha exaltado poniéndole por encima de todo: de sus jueces, de sus enemigos, de la misma muerte. Lo ha exaltado no dejándole clavado en la cruz, a la vista de las miradas despreciativas de algunos, sanguinarias de otros, complacientes o indiferentes de otros, o compasivas de algunos o de muchos; lo ha exaltado, no sepultándole en un sepulcro para ocultarle de estas miradas de un signo o de otro, sino devolviéndole a la vida o entronizándole a su derecha para ser reconocido como Señor ante el que se doblan las rodillas.

Pero no es esto sólo lo que pretende con su exaltación: que todos (en el cielo, en la tierra, en el abismo) doblen sus rodillas ante él reconociéndole como su Señor, incluidos los que le habían humillado condenándole a muerte de cruz. Hubiese sido un acto de poder imponente y humillante para sus enemigos. Pero la pregunta es otra: ¿Hubiese sido salvífico semejante acto de poder, es decir, hubiese sido capaz de rescatar de su indignidad, ceguera o ingratitud a los que lo habían condenado? El poder aplastante hace doblar las rodillas, pero no atrae los corazones a no ser que se incorpore otro ingrediente, otra fuerza, la fuerza del amor. Pero resulta que el amor está en la base de todo este proceso, y es el factor determinante; porque es por amor por lo que el que era de condición divina se despoja de su rango; es por amor por lo que se somete a la muerte, por lo que se deja crucificar; es por amor por lo que Dios lo exalta: por amor a él y a todos los que mirándole con fe obtendrán el beneficio de la vida como fruto de salvación. Esto es lo que nos hace saber san Juan: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Luego la entrega del Hijo hasta la muerte de cruz es antes que nada entrega del Padre, que se desprende de su Hijo: un acto de amor o de donación a aquellos para cuyo beneficio se entrega, a aquellos sin cuya entrega perecerían y cuya fe en él y en su acto de amor les da acceso a la vida sin término, la vida eterna. En suma, un acto de amor sobreabundante: lo que se entrega no es una cosa, sino una persona muy querida, el Hijo querido, el predilecto, el Hijo de sus entrañas. El valor de lo que se entrega revela la calidad de la entrega: Tanta que llegó hasta el extremo. Pero si todo hubiese quedado ahí, en la cruz o en el sepulcro, hubiese sido un amor infecundo o ineficaz: sin éxito. Por eso lo exaltó. Sin esta exaltación no tendría el rango de Señor: no podríamos mirarle en la cruz esperando de él la sanación y la vida, como miraban a la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto los mordidos de serpiente esperando la salud; no podríamos depositar en este crucificado al que se le escapaba la vida sin remedio la fe en el imperio de la vida.

Sólo porque el colgado en la Cruz es el Exaltado a la diestra del Padre y el Vencedor del pecado y de la muerte, podemos esperar de él el fruto de la salvación, la vida que no perece, y podemos poner en él nuestra fe y mirarle no sólo con mirada compasiva, sino con mirada agradecida, suplicante, esperanzada. Ojalá nunca dejemos de mirar en este modo la cruz, porque en ella veremos al Crucificado, y en el Crucificado a Aquel de quien nos llega la vida y la salvación, porque es Señor de la vida y de la muerte, y como Señor ha sido constituido.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

121. Su perdón y su salvación no son algo que hemos comprado, o que tengamos que adquirir con nuestras obras o con nuestros esfuerzos. Él nos perdona y nos libera gratis. Su entrega en la Cruz es algo tan grande que nosotros no podemos ni debemos pagarlo, sólo tenemos que recibirlo con inmensa gratitud y con la alegría de ser tan amados antes de que pudiéramos imaginarlo: «Él nos amó primero» (1 Jn 4,19).

Dios nos espera con los brazos abiertos

1.- IDOLATRÍA DE HOY. – Otra vez el pueblo escogido se ha olvidado de Dios, le vuelve la espalda y busca un dios más fácil, más hecho a la corta medida de sus corazones. Un dios manejable, un dios al que traigan y lleven de un lado para otro. Por eso se hicieron un becerro de oro, un ídolo semejante al que habían visto en Egipto. Pobre corazón del hombre fabricándose dioses a su corta medida. Un amuleto, unos cuernos, una herradura, un gesto, una palabra, un número…

Otras veces el ser adorado es un hombre, una voz, un rostro, unas piernas que dan patadas o, en el peor de los casos, unos billetes verdes o azules, aunque estén viejos y manchados… Y ante todo eso se postran, por todo eso se afanan, se sacrifican sin escatimar nada. La historia, de un modo o de otro, se repite. Todos los hombres somos iguales, pueblo de dura cerviz, que se empeña en seguir su propio camino, en lugar de recorrer el que Dios ha señalado… Ojalá que reconozcamos nuestro pecado de idolatría y lo abandonemos. Ojalá volvamos nuestros ojos al Dios verdadero, el que de veras nos libra y nos salva.

No te enfades, Señor, con nuestra absurda actitud, no te llenes de ira al ver-nos tan lejos de ti, tan cerca de esos ídolos de nuestro cine y nuestro deporte, tan creídos en el poder mágico de cosas sin sentido. Al fin y al cabo somos hijos tuyos, obra de tus manos. Estamos bautizados, hemos sumergido en el agua a nuestro hombre viejo, lo hemos matado para hacer posible la resurrección de este hombre nuevo. Somos conquista de Cristo, Él nos ha ganado en el brutal combate del Calvario.

Y nos dice el texto sagrado que el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo… Repite tu gesto, tu perdón. Sí, no tomes en cuenta nuestras chiquilladas. No descargues el duro golpe de tu puño. Perdónanos una vez más. Y que tu perdón, tantas veces repetido, nos haga rectificar seriamente nuestra torcida ruta y encaminemos, decididamente, nuestros pasos hacia ti.

2.- RETORNAR SIEMPRE. – Jesús, rodeado de publicanos y pecadores, escandaliza a la gente honorable de su tiempo. Ellos, los nobles y los sacerdotes no podían admitir que quien pretendía ser el Mesías, el Rey liberador de Israel, alternara con aquella chusma. Por eso le criticaban y murmuraban entre ellos. El Señor, como siempre, sabe lo que está ocurriendo y pronuncia entonces las más bellas y entrañables parábolas que salieron de sus labios, la de la oveja perdida y la del hijo pródigo.

¿Cómo no ha de ir el pastor en busca de la oveja perdida, cómo se va a quedar tranquilo mientras no la encuentre? Dejará, eso sí, en lugar seguro el resto del rebaño, pero luego recorrerá el valle y la montaña, palmo a palmo, para llamar con silbos de amor a la oveja extraviada. Y eso es lo que hace Cristo con cada uno de nosotros, pobrecitos pecadores, hasta que logra encontrarnos, malheridos quizás y hambrientos, tristes y solos.

Sí, Jesús es el Buen Pastor que busca a sus ovejas a riesgo de su propia vida, el que se alegra cuando la encuentra, el que la acaricia y la consuela, el que carga con ella sobre sus hombros y vuelve dichoso al redil, porque apareció la que ya se daba por perdida. Para que entendamos lo que nos quiere decir, añade la parábola de la mujer que pierde una dracma y lo revuelve todo hasta dar con ella. Y, sobre todo, por si todavía estuviera oscura su doctrina de perdón y de amor, expone la parábola del hijo pródigo. Ese hijo menor, el más querido quizá, que pide su herencia con afán de independencia y de libertad, para abandonar a su padre y malgastar lo que tanto sacrificio y trabajo había costado. Conducta cruel y absurda que revivimos en nosotros mismos cada vez que cometemos un pecado mortal.

Aquel libertino pronto pagaría con creces su insensatez y su maldad, pronto gustaría la amargura de la soledad, el abandono de los que le festejaban cuando tenía dinero y le volvieron la espalda cuando se le acabó. Allí, entre aquellos cerdos, rumiaba su dolor y su vergüenza, lloraba en silencio al recordar la casa de su padre cuyos jornaleros vivían mil veces mejor que él. Recuerdo de la bondad y cariño de su padre que le hace renacer a la humilde esperanza de su perdón, aunque ya no pueda ser como antes, aunque ya no sea considerado como un hijo. Se contentaría con ser el último de sus criados. Incluso así estaría mucho mejor que entonces. En un arranque de valor y de humildad decide volver, sin importarle presentarse harapiento y vencido.

Cada atardecer se asomaba al camino aquel padre que no podía olvidar a su hijo menor y perdido, deseando su retorno con toda el alma. Por eso cuando le ve venir sale corriendo a su encuentro, lo estrecha entre sus brazos, le besa, ríe gozoso y también llora. Jesús piensa en el Padre que tanto ama a sus hijos que no ha dudado en entregar al Unigénito para redimir a los pecadores. Reflexionemos en todo esto, dejemos de una vez el andar tras del pecado, retornemos una vez más, siempre que haga falta, pobres hijos pródigos hasta la casa paterna, donde Dios nos espera con los brazos abiertos.

Antonio García-Moreno

Dios es amor y misericordia

Cuántas veces experimentamos en nuestra vida que nos cuesta amar, que nos cuesta perdonar. Muchas veces, seguro, hemos intentado amar más a alguien que no nos cae bien. Sabemos que Dios nos pide amor al prójimo, pero muchas veces nos rendimos porque no nos vemos capaces de amar a alguna persona. Hoy, la palabra de Dios nos recuerda cuánto nos ama Dios. Dios es amor y misericordia. Descubrir el amor y la misericordia que Dios tiene para con nosotros es muy hermoso, y es capaz de cambar nuestra vida. Sólo así seremos capaces de amar también nosotros como Dios nos ama.

1. El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado. En la primera lectura, del libro del Éxodo, escuchamos el desenlace del conocido pasaje del toro de oro. Mientras que Moisés se encuentra en la cima del monte Sinaí, donde Dios le dio las tablas de la ley, el pueblo permanecía a los pies del monte esperando. Como Moisés tardaba en bajar, el pueblo decidió dar la espalda a Dios y construirse un toro de oro al que adorar. Los israelitas dejaron de adorar a Dios y comenzaron a adorar a este ídolo construido por manos humanas. Decían los israelitas que era el toro el que les había sacado de la esclavitud de Egipto. Por este motivo Dios se enfadó, y decidió exterminar a su pueblo. Así se lo dijo a Moisés, como hemos escuchado en la primera lectura. E incluso le ofreció a Moisés ser el único hombre del que haría un gran pueblo. Pero Moisés suplicó a Dios por su pueblo, intercedió por los israelitas y pidió a Dios que no castigara de ese modo a su pueblo. La ira no es propia de Dios, más bien al contrario. Así se lo recuerda Moisés, que le pide que tenga compasión de su pueblo. De este modo, Moisés consigue que Dios recapacite y vuelva a ser Dios, vuelva a tener unas entrañas de misericordia, capaz de perdonar a su pueblo a pesar de que los israelitas le hubiesen vuelto la espalda. Dios se arrepiente, se compadece y tiene misericordia de su pueblo. Esto sí es propio de Dios.

2. Cristo vino para salvar a los pecadores. Y esta misericordia de Dios Padre se nos muestra a través de su Hijo Jesucristo. Cristo es el rostro de la misericordia del Padre. De este modo, Cristo, Dios hecho hombre que ha venido al mundo para manifestar el amor de Dios, hace visible al mundo la misericordia del Padre. Así lo explica el apóstol san Pablo a Timoteo, como hemos escuchado en la segunda lectura. Pablo ha experimentado la misericordia de Dios en su encuentro con Cristo, pues Cristo le llamó y le eligió como apóstol, le hizo capaz, se fio de él. Y eso que Pablo, como él mismo reconoce, era un pecador, un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero la misericordia de Dios va más allá del pecado. EL amor de Dios puede a todo tipo de mal. Y cuando alguien se encuentra con este maravilloso don del amor de Dios, toda su vida cambia, como cambió la de san Pablo. Y así, el que era un pecador, un perseguidor de Cristo, se convierte ahora en un apóstol de Cristo. Dios, por medio de su Hijo, ha manifestado a Pablo su amor, un amor que perdona, que siente compasión y que elige no al que es válido o al que lo merece, sino que elige al pecador. Porque son precisamente los pecadores los destinatarios de la Buna Noticia de Cristo.

3. Me pondré en camino adonde está mi padre. Pero el perdón y la misericordia de Dios requieren de nosotros que demos un paso adelante. En el Evangelio hemos escuchado las tres parábolas de la misericordia. Tres ejemplos que nos pone Jesús para enseñarnos cómo es el amor de Dios. La oveja perdida y la moneda perdida nos muestran a un Dios que sale en busca de aquel que se ha perdido. Cuando desviamos nuestro camino y nos apartamos de Dios, nos perdemos. Pero Dios no se resigna a perdernos. Él sale en nuestra búsqueda. Y cuando nos encuentra, hace fiesta. Porque para Dios vale más la conversión de un pecador que noventa y nueve que no necesitan conversión. Pero la tercera parábola, la conocida como parábola del Hijo pródigo, nos muestra que no sólo basta con que Dios salga en nuestra búsqueda. Nosotros no somos seres inertes como una moneda, ni seres irracionales como una oveja. Dios nos ha dado entendimiento y voluntad, y espera de nosotros que respondamos a su llamada, que salgamos en su búsqueda. Como el Hijo pródigo, también nosotros hemos de dar un paso adelante y salir al encuentro de Cristo. Cuando lo hagamos en serio descubriremos que ya antes de que nosotros saliéramos a buscar al Señor, Él estaba esperándonos, con los brazos abiertos, como el padre de la parábola, para llenarnos de besos, darnos una túnica nueva, devolvernos la dignidad perdida y hacer una fiesta. Porque la alegría de Dios está en nuestra conversión.

El mayor signo del amor y la misericordia de Dios es la cruz de Cristo. Es el acto supremo del amor de Dios. Cristo, al entregar su vida por nosotros, nos manifiesta definitivamente el amor del Padre. Cada vez que celebramos la Eucaristía celebramos este amor, que se queda con nosotros para siempre en el pan de la Eucaristía, sacramento del amor de Dios. Que al participar de la Eucaristía podemos gustar un poco más cuán grande y hermoso es el amor de Dios, que nos sintamos amados y perdonados por Él, como san Pablo, y así nos convirtamos en mensajeros de su amor a todos los hombres.

Francisco Javier Colomina Campos

Nuestro Dios ama con predilección a los más débiles

1.- El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo, pero era necesario celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Todos los lectores de Betania saben de memoria la parábola de la mal llamada “Parábola del hijo pródigo”. Yo no voy a repetir aquí una vez más lo que todos hemos oído miles de veces. Sólo quiero advertir ahora que esta parábola debería llamarse con más propiedad la “Parábola del Padre misericordioso”, porque Jesús puso esta parábola de a los fariseos y escribas que le acusaban de acoger a los pecadores y comer con ellos para que vieran que él hacía esto porque su Padre, Dios, así lo hacía y él, Jesús, quería comportarse siempre como su Padre. Con la misma intención les puso las parábolas de la oveja perdida y de la moneda encontrada, Por supuesto que Dios lo que quiere es que seamos justos y buenos y se alegra siempre de la bondad de los justos, pero Dios expresa una alegría especial cuando un pecador se convierte, lo mismo que un pastor ama a todas las ovejas que tiene, y una mujer se alegra siempre de todas las monedas que tiene, pero tanto el pastor como la mujer muestran una alegría especial cuando encuentran la oveja que se les había perdido, o encuentran la moneda perdida. Bien, a nosotros, en concreto, ¿qué pueden querer decirnos hoy estas parábolas? Pues que Dios va a alegrar de una manera especial cada vez que uno de nosotros se arrepiente de algo que está haciendo mal y comenzamos a hacerlo bien. Es evidente que todos somos pecadores y que Dios quiere que dejemos de serlo. Por poner sólo un ejemplo fácil de comprobar: todos somos tremendamente egoístas; el niño nace siendo muy egoísta y los mayores seguimos siendo muy egoístas hasta que nos morimos. Pues bien, sepamos que cada vez que renunciamos a un mal egoísmo y nos comportamos con generosidad, Dios, nuestro Padre va a sentir una alegría especial. Jesús, que quería ser como su Padre, Dios, acogía a los pecador y comía con ellos precisamente para que se convirtieran y cada vez que un pecador se convertía sentía una alegría muy especial. Reconozcamos nuestras debilidades y nuestros pecados y convirtámonos; seguro que así vamos a dar a nuestro Padre, Dios misericordioso una gran alegría.

2.- En aquellos días, el Señor dijo a Moisés: anda, baja de la montaña que se ha pervertido tu pueblo. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado… Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo. Esta lectura del libro del Éxodo nos habla de la capacidad que tuvo Moisés para interceder por su pueblo, porque conocía en corazón de Dios y sabía que su Dios era un Dios misericordioso, que se compadecía siempre de la debilidad humana. Sepamos ser también nosotros intercesores ante nuestro Dios para que perdone nuestros pecados y los pecados del mundo entero. Seguro que Dios se va a alegrar cada vez que una persona se convierte debido a nuestra intercesión.

3.- Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores. Pues que cada uno de nosotros, discípulos de Cristo, nos sintamos agradecidos, sabiendo que Cristo va a salvarnos siempre que nosotros nos sintamos necesitados de su salvación y así se lo pidamos. Y, como sal Pablo dice en esta carta a Timoteo: “es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero”.

Gabriel González del Estal

El gesto más escandaloso

El gesto más provocativo y escandaloso de Jesús fue, sin duda, su forma de acoger con simpatía especial a pecadoras y pecadores, excluidos por los dirigentes religiosos y marcados socialmente por su conducta al margen de la Ley. Lo que más irritaba era la costumbre de Jesús de comer amistosamente con ellos.

De ordinario, olvidamos que Jesús creo una situación sorprendente en la sociedad de su tiempo. Los pecadores no huyen de él. Al contrario, se sienten atraídos por su persona y su mensaje. Lucas nos dice que «los pecadores y publicanos solían acercarse a Jesús para escucharle». Al parecer, encuentran en él una acogida y comprensión que no encuentran en ninguna otra parte.

Mientras tanto, los sectores fariseos y los doctores de la Ley, los hombres de mayor prestigio moral y religioso ante el pueblo, solo saben criticar escandalizados el comportamiento de Jesús: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». ¿Cómo puede un hombre de Dios comer en la misma mesa con aquella gente pecadora e indeseable?

Jesús nunca hizo caso de sus críticas. Sabía que Dios no es el Juez severo y riguroso del que hablaban con tanta seguridad aquellos maestros que ocupaban los primeros asientos en las sinagogas. Él conoce bien el corazón del Padre. Dios entiende a los pecadores; ofrece su perdón a todos; no excluye a nadie; lo perdona todo. Nadie ha de oscurecer y desfigurar su perdón insondable y gratuito.

Por eso, Jesús les ofrece su comprensión y su amistad. Aquellas prostitutas y recaudadores han de sentirse acogidos por Dios. Es lo primero. Nada tienen que temer. Pueden sentarse a su mesa, pueden beber vino y cantar cánticos junto a Jesús. Su acogida los va curando por dentro. Los libera de la vergüenza y la humillación. Les devuelve la alegría de vivir.

Jesús los acoge tal como son, sin exigirles previamente nada. Les va contagiando su paz y su confianza en Dios, sin estar seguro de que responderán cambiando de conducta. Lo hace confiando totalmente en la misericordia de Dios que ya los está esperando con los brazos abiertos, como un padre bueno que corre al encuentro de su hijo perdido.

La primera tarea de una Iglesia fiel a Jesús no es condenar a los pecadores sino comprenderlos y acogerlos amistosamente. En Roma pude comprobar hace unos meses que, siempre que el papa Francisco insistía en que Dios perdona siempre, perdona todo, perdona a todos…, la gente aplaudía con entusiasmo. Seguramente es lo que mucha gente de fe pequeña y vacilante necesita escuchar hoy con claridad de la Iglesia.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 14 de septiembre

Exaltación de la Santa cruz

Desde el primer Viernes Santo, la cruz es nuestra señal, nuestra victoria. En ella recordamos la pasión y muerte de Jesús: “Lo arrancaron de la tierra de los vivos; por los pecados de mi pueblo lo hirieron”. Pero, sobre todo,  es trono de exaltación; así lo canta la liturgia: “Oh cruz fiel, árbol único en nobleza”, “Este es el árbol de la cruz en que estuvo clavada la salvación del mundo”.

La fiesta es llamada de la exaltación, y así lo proclama la Palabra. Aparece la imagen de la serpiente del desierto; mirarla era quedar curado. Recoge la expresión el Evangelio: “Como Moisés en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Lo comenta San Pablo: primero, “se despojó de su rango”, en la Encarnación; luego, “se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz”; y, por eso, “Dios lo levantó sobre todo, de modo que toda lengua proclame “Jesús es el Señor”. Mirar a Jesús en la cruz es contemplar la paradoja: es suplicio e ignominia  de esclavos, y resulta una exaltación. Muere el inocente, y carga con los pecados de todos. Es condenado, y él no condena sino que perdona. En el mayor dolor brilla el mayor amor.

Jesús acepta la cruz por obediencia. Asume el mal que le lleva a la cruz y lo destruye con el poder de su amor. Por eso, a los cristianos solo nos queda contemplar, mirar, agradecer, adorar, aceptar  esta cruz. Lo contrario sería banalizar, frivolizar la cruz; por ejemplo, cuando llevamos cruces ostentosas, lujosas, que desdicen del varón de dolores; cuando, rutinariamente, la repetimos, como un garabato, sobre nuestro rostro; cuando la colocamos, repetidamente, y la multiplicamos sin sentido. Seguimos a Cristo, y aceptamos nuestra cruz; nada de espiritualidades exageradas de victimismos y dolorismos; si de verdad nos disponemos a amar, nos llegará, y pronto, la cruz. Pues esa es nuestra cruz. No busquemos otra.