Dios es amor y misericordia

Cuántas veces experimentamos en nuestra vida que nos cuesta amar, que nos cuesta perdonar. Muchas veces, seguro, hemos intentado amar más a alguien que no nos cae bien. Sabemos que Dios nos pide amor al prójimo, pero muchas veces nos rendimos porque no nos vemos capaces de amar a alguna persona. Hoy, la palabra de Dios nos recuerda cuánto nos ama Dios. Dios es amor y misericordia. Descubrir el amor y la misericordia que Dios tiene para con nosotros es muy hermoso, y es capaz de cambar nuestra vida. Sólo así seremos capaces de amar también nosotros como Dios nos ama.

1. El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado. En la primera lectura, del libro del Éxodo, escuchamos el desenlace del conocido pasaje del toro de oro. Mientras que Moisés se encuentra en la cima del monte Sinaí, donde Dios le dio las tablas de la ley, el pueblo permanecía a los pies del monte esperando. Como Moisés tardaba en bajar, el pueblo decidió dar la espalda a Dios y construirse un toro de oro al que adorar. Los israelitas dejaron de adorar a Dios y comenzaron a adorar a este ídolo construido por manos humanas. Decían los israelitas que era el toro el que les había sacado de la esclavitud de Egipto. Por este motivo Dios se enfadó, y decidió exterminar a su pueblo. Así se lo dijo a Moisés, como hemos escuchado en la primera lectura. E incluso le ofreció a Moisés ser el único hombre del que haría un gran pueblo. Pero Moisés suplicó a Dios por su pueblo, intercedió por los israelitas y pidió a Dios que no castigara de ese modo a su pueblo. La ira no es propia de Dios, más bien al contrario. Así se lo recuerda Moisés, que le pide que tenga compasión de su pueblo. De este modo, Moisés consigue que Dios recapacite y vuelva a ser Dios, vuelva a tener unas entrañas de misericordia, capaz de perdonar a su pueblo a pesar de que los israelitas le hubiesen vuelto la espalda. Dios se arrepiente, se compadece y tiene misericordia de su pueblo. Esto sí es propio de Dios.

2. Cristo vino para salvar a los pecadores. Y esta misericordia de Dios Padre se nos muestra a través de su Hijo Jesucristo. Cristo es el rostro de la misericordia del Padre. De este modo, Cristo, Dios hecho hombre que ha venido al mundo para manifestar el amor de Dios, hace visible al mundo la misericordia del Padre. Así lo explica el apóstol san Pablo a Timoteo, como hemos escuchado en la segunda lectura. Pablo ha experimentado la misericordia de Dios en su encuentro con Cristo, pues Cristo le llamó y le eligió como apóstol, le hizo capaz, se fio de él. Y eso que Pablo, como él mismo reconoce, era un pecador, un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero la misericordia de Dios va más allá del pecado. EL amor de Dios puede a todo tipo de mal. Y cuando alguien se encuentra con este maravilloso don del amor de Dios, toda su vida cambia, como cambió la de san Pablo. Y así, el que era un pecador, un perseguidor de Cristo, se convierte ahora en un apóstol de Cristo. Dios, por medio de su Hijo, ha manifestado a Pablo su amor, un amor que perdona, que siente compasión y que elige no al que es válido o al que lo merece, sino que elige al pecador. Porque son precisamente los pecadores los destinatarios de la Buna Noticia de Cristo.

3. Me pondré en camino adonde está mi padre. Pero el perdón y la misericordia de Dios requieren de nosotros que demos un paso adelante. En el Evangelio hemos escuchado las tres parábolas de la misericordia. Tres ejemplos que nos pone Jesús para enseñarnos cómo es el amor de Dios. La oveja perdida y la moneda perdida nos muestran a un Dios que sale en busca de aquel que se ha perdido. Cuando desviamos nuestro camino y nos apartamos de Dios, nos perdemos. Pero Dios no se resigna a perdernos. Él sale en nuestra búsqueda. Y cuando nos encuentra, hace fiesta. Porque para Dios vale más la conversión de un pecador que noventa y nueve que no necesitan conversión. Pero la tercera parábola, la conocida como parábola del Hijo pródigo, nos muestra que no sólo basta con que Dios salga en nuestra búsqueda. Nosotros no somos seres inertes como una moneda, ni seres irracionales como una oveja. Dios nos ha dado entendimiento y voluntad, y espera de nosotros que respondamos a su llamada, que salgamos en su búsqueda. Como el Hijo pródigo, también nosotros hemos de dar un paso adelante y salir al encuentro de Cristo. Cuando lo hagamos en serio descubriremos que ya antes de que nosotros saliéramos a buscar al Señor, Él estaba esperándonos, con los brazos abiertos, como el padre de la parábola, para llenarnos de besos, darnos una túnica nueva, devolvernos la dignidad perdida y hacer una fiesta. Porque la alegría de Dios está en nuestra conversión.

El mayor signo del amor y la misericordia de Dios es la cruz de Cristo. Es el acto supremo del amor de Dios. Cristo, al entregar su vida por nosotros, nos manifiesta definitivamente el amor del Padre. Cada vez que celebramos la Eucaristía celebramos este amor, que se queda con nosotros para siempre en el pan de la Eucaristía, sacramento del amor de Dios. Que al participar de la Eucaristía podemos gustar un poco más cuán grande y hermoso es el amor de Dios, que nos sintamos amados y perdonados por Él, como san Pablo, y así nos convirtamos en mensajeros de su amor a todos los hombres.

Francisco Javier Colomina Campos