¿No tenemos la humildad de dejarnos amar tiernamente por Dios?

1.- El texto de Lucas nos ofrece tres parábolas de Jesús que son praxis, declaración programática del Reino que esperamos, y, sobre todo, espejo del amor de Dios por sus criaturas. Nos llega más la del Hijo Pródigo por su cercanía, por su plasticidad, sin duda. Y, tal vez, también por esa magnífica pintura del maestro Rembrandt que acoge, en un ambiente de una cierta penumbra al huido y tapa su humanidad arrodillada por la fuerza de sus brazos de padre amoroso. Pero no hemos de olvidar –¡para nada! — ninguna de las otras dos. ¿Verdaderamente alguno de nosotros abandonaría las cien ovejas para ir a buscar a la perdida? ¿No nos buscaríamos algún modo alternativo como por ejemplo mandar a un amigo es busca de la extraviada?, mientras que nosotros guardamos la totalidad de nuestro capital –las 99 ovejas— no vaya a ser qué…se pierda todo? Y parece menos “fuerte” la de las diez monedas. Sin duda, una mujer comprometida con su hacienda hará limpieza general para recuperar la pieza perdida, pues, sin duda, le ayudará a cumplir su presupuesto doméstico, aunque –creo yo— es poco probable que anuncie a los cuatro vientos la pérdida y recuperación de la moneda. Pero tanto da. La cuestión es ilustrar la frase principal de Jesús: la alegría sin límite por la conversión de un solo pecador. Dios, nuestro Jesús, los cuenta uno a uno a los que vuelven al redil, aunque, ya lo sabemos, todos pasamos lista uno a uno ante su mirada. No somos un número o un anónimo. Somos un viejo amigo, conocido desde hace años, sobre el que no puede tolerar la ausencia, el abandono.

2.- Jesús de Nazaret vino al mundo a convertir a un pueblo que se había alejado del mensaje original de Dios, que se había enfrascado en una religión política, fuertemente estructurada, que había terminado por desfigurar la verdadera esencia de Dios que no es otra que la del Dios del Amor. Los judíos de tiempos de Jesús, forzados por los estamentos de las religión oficial, ya sólo adoraban a la norma y con ella habían metido a Dios en una jaula de oro. El hundimiento de esa sociedad y el alejamiento de Dios era total, de una profundidad que, prácticamente, les convertía en paganos en adoradores de las piedad del Templo y de los libros de culto, olvidando a la gente, olvidando el amor que Dios tiene por sus criaturas.

3.- La necesidad de cambio era urgente. Ese pueblo alejado de la realidad divina comenzaba a vivir en la tiniebla de insolidaridad y de la dureza de corazón. La difícil situación política y económica suscitada por la invasión romana acrecentaba ese materialismo cotidiano. Era necesario volver a predicar el Reino de Dios y su pronta llegada. Era necesario recuperar una a una las ovejas perdidas, las monedas extraviadas o los hijos huidos. Por eso Jesús no duda en ofrecer a sus interlocutores las tres parábolas juntas. Pero, sin duda, es la del Hijo Pródigo donde se narra con enorme precisión la naturaleza de ese Padre que ama y espera. Si verdaderamente nos creyéramos en serio lo que Jesús dice de Dios Padre en la parábola del Hijo Pródigo viviríamos en una estado de felicidad total al saber que el Dios de todo es un padre lleno de amor que nos espera las veinticuatro horas del día. Pero a nosotros, tal vez e influidos por viejas doctrinas grecolatinas o como eco de algunos pasajes del Antiguo Testamento, preferimos esa otra idea de Dios como alguien poderoso, omnipotente, justo y severo. No tenemos la humildad de dejarnos amar tiernamente por Dios. Y eso es sencillamente malo porque Jesús, nuestro maestro lo explica perfectamente en toda su doctrina y muy especialmente con esta parábola del Hijo Pródigo. Pero aquí interesa, además, otra cosa. ¿Somos pecadores continuados?

4.- ¿Estamos apartados de Dios por la dureza de nuestro corazón? ¿Preferimos al breve placer que da la transgresión a la solidez del sentimiento fuerte y amoroso dirigido hacia nosotros por el irrefrenable amor de Dios por sus criaturas? Volvamos al Padre y Él nos obsequiará con un gran fiesta. Y no tengamos miedo ante el rigor del hermano “bueno” que se quedó junto a nuestro Padre y, que sin duda, le ayudó atinadamente en la administración de la hacienda. Sabremos convencerle y atraerlo hacia nosotros si nuestro talente es sincero y nuestro arrepentimiento profundo. Tal vez, él, nuestro hermano, también vivió en la soledad de no tener con quien compartir trabajos y anhelos…

Abramos nuestro corazón de par en par y dejemos entrar el amor, todo el amor, que nuestro Padre nos ofrece. ¿No tenemos la humildad de dejarnos amar tiernamente por Dios?

Ángel Gómez Escorial