II Vísperas – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros,
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 2Co 1, 3-4

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibidos de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Ningún siervo puede servir a dos amos; no podéis servir a Dios y al dinero.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ningún siervo puede servir a dos amos; no podéis servir a Dios y al dinero.

PRECES

Adoremos a Cristo, Señor nuestro y cabeza de la Iglesia, y digámosle confiadamente:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Señor, haz de tu Iglesia instrumento de concordia y de unidad entre los hombres
— y signo de salvación para todos los pueblos.

Protege, con tu brazo poderoso, al papa y a todos los obispos
— y concédeles trabajar en unidad, amor y paz.

A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestra cabeza,
— y que demos testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.

Concede, Señor, al mundo el don de la paz
— y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el bienestar.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Otorga a los que han muerto una resurrección gloriosa
— y haz que gocemos un día, con ellos, de las felicidad eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que has dispuesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Astutos en el uso del dinero

El hecho de que Jesús considerara la astucia del administrador corrupto como una cualidad que echaba de menos en los hijos de la luz, produce cierta sensación de extrañeza.

El administrador era un genuino ladrón de guante blanco que cuando se vio descubierto ni se arrugó ni se vino abajo. Actuó pensando exclusivamente en él, procurando abrirse camino en el futuro inmediato para seguir haciendo más de lo mismo.

Pero Jesús reconoce la astucia de los hijos de este mundo utilizada para cometer delitos, engañar, robar o llevar una vida corrupta, y pone delante de quienes le siguen la necesidad de ser astutos para hacer el bien y luchar por la justicia.

Quiere que los hijos de la luz sean astutos en positivo: estén atentos, sean hábiles y permanezcan despiertos y activos para librar el complicado y sutil combate contra los mecanismos del Mal. En este caso, el que genera la ambición del dinero, que en este tiempo es una complicada ingeniería financiera muy difícil de comprender, salvo por los entendidos que la generan. Pero sí en los resultados que produce:

‘Pisoteáis al pobre y elimináis a los humildes del país, diciendo: ‘¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el grano, y el sábado, para abrir los sacos de cereal –reduciendo el peso y aumentando el precios, y modificando las balanzas con engaños. Para comprar al indigente por plata y al pobre por un par de sandalias, para vender hasta el salvado del grano”. Así de claro lo dice el profeta Amós (8,4-7) y vale igual para este momento de la historia de la humanidad.

Cuando el dinero se convierte en el dios al que adorar, el ser humano se deprecia: derechos humanos a la baja, educación, sanidad, vivienda… los mínimos para una vida digna caen en picado.

El dinero es importante pero es necesario pero también lo es poner señales de alerta antes de atravesar esa sutil frontera que lleva a la ambición, la codicia y la avaricia (me doy cuenta que estas palabras casi no se usan hoy día), hasta transformar a la persona en un ser que ya no sabe valorar lo que le pasa por dentro, lo ve normal, se siente distinto y distante del resto de la humanidad.

El dinero es una droga muy poderosa. Produce una ambición que no tiene límites. Es una espiral infinita: siempre más con la ansiedad de conseguir todo, despojando a quienes tiene menos o nada.

¿Por qué es tan poderoso el efecto de droga del dinero? Porque lo que yace en fondo de la persona es el deseo de Poder. ¿Y qué hay tras ese deseo? La ambición primera, la del inicio de los tiempos: ser como Dios.

Seamos astutos en el uso del dinero, también los que no sabemos de ingeniería financiera. La ambición vive dentro del ser humano y el miedo también. Y una cosa y otra se expanden por todos lados: personas, instituciones, empresas, organismos internacionales, gobiernos, y la propia Iglesia.

Además, en este tiempo con tantos medios de difusión, estamos expuestos a multitud de estímulos exteriores que nos dicen que la felicidad se encuentra en poseer cosas materiales que se consiguen con dinero… ¡Peligro y frustración!

Dice el Papa Francisco (*): “Animaos a no sucumbir a la tentación de un modelo económico idólatra que siente la necesidad de sacrificar vidas humanas en el altar de la especulación y la mera rentabilidad, que sólo toma en cuenta el beneficio inmediato en detrimento de la protección de los más pobres, de nuestro medio ambiente y sus recursos”. (Del discurso a las autoridades en el viaje a Islas Mauricio, 9 septiembre 2019)

Gracias, Jesús, por hablar claro, ayudarnos a abrir los ojos y espabilarnos esa insana ingenuidad psicológica que no nos deja ver.

Gracias, Jesús, por hablar del dinero. Es un tema que o se oculta sibilinamente, o se comunica de forma que nadie, de los de abajo, pueda entender.

Gracias, muchas gracias, por poner el tema encima de la mesa con pocas palabras y para la posteridad: “Ningún siervo puede servir a dos señores” (…) “No podéis servir a Dios y al dinero”. ¡Está claro… es incompatible!

Dios es Amor gratuito y el dinero lo quiere todo… hasta el alma.

Mari Paz López Santos

Servir a Dios es siempre idolatría

Jesús hablaba para que le entendiera la gente sencilla. Hay explicaciones demasiado rebuscadas. Por ejemplo: Que el administrador, cambiando los recibos, no defrauda al amo, sino que renuncia a su propia comisión. No parece verosímil que el administrador se embolsara el 50% de los recibos de su señor. Otra explicación demasiado alambicada es que el administrador hizo lo que tenía que hacer, es decir, ceder sus bienes a los que no pueden pagar su deuda. Por eso es alabado el administrador. En este caso perderían sentido las últimas palabras del relato.

Seguramente Lc ya modifica el relato original, añadiendo el adjetivo de “injusto”, tanto para el administrador, como para el dinero. Este añadido dificulta la interpretación de la parábola. En primer lugar porque no se entiende que se alabe al administrador injusto. En segundo lugar porque podemos devaluar el mensaje al pensar que se trata de desautorizar solo la riqueza conseguida injustamente. La riqueza injusta se descalifica por sí misma, no es el tema de la parábola. En el relato, se trata de la riqueza que, aunque sea “justa”, puede convertirse en dios.

Debemos evitar toda demagogia. Pero no podemos ignorar el mensaje evangélico. En este tema, ni siquiera la teoría está muy clara. Hoy, menos que nunca, podemos responder con recetas a las exigencias del evangelio. Cada uno tiene que encontrar la manera de actuar con sagacidad para conseguir el mayor beneficio, no para su falso yo sino para su verdadero ser. Si somos sinceros, descubriremos que en nuestra vida, confiamos demasiado en las cosas externas, y demasiado poco en lo que realmente somos. Con frecuencia, servimos al dinero y nos servimos de Dios.

“Los hijos de este mundo son más sagaces con su gente que los hijos de la luz”. Esta frase explica el sentido de la parábola. No nos invita a imitar la injusticia que el administrador está cometiendo, sino a utilizar la astucia y prontitud con que actúa. Él fue sagaz, porque supo aprovecharse materialmente de la situación. A nosotros se nos pide ser sabios para aprovecharnos en el orden espiritual. Hoy la diferencia no está entre los hijos del mundo y los hijos de la luz sino en la manera que todos los cristianos tenemos de tratar los asuntos mundanos y los asuntos religiosos.

No podéis servir a Dios y al dinero. No está bien traducido. El texto griego dice mamwna.  Mammón era un dios cananeo, el dios dinero. No se trata, pues, de la oposición entre Dios y un objeto material, sino de la incompatibilidad entre dos dioses. Servir al dinero significaría que toda mi existencia está orientada a los bienes materiales. Sería tener como objetivo buscar por encima de todo el placer sensorial y las seguridades que proporcionan las riquezas. Significaría que he puesto en el centro de mi vida el falso yo y buscar la potenciación y seguridades de ese yo.

Podemos dar un paso más. A Dios no le servimos para nada. Si algo dejó claro Jesús fue que Dios no quiere siervos sino personas libres. No se trata de doblegarse con sumisión externa a lo que mande desde fuera un señor poderoso. Se trata de ser fiel al creador, respondiendo a las exigencias de mi ser. Servir a un dios externo, que puede premiarme o castigarme, es idolatría y, en el fondo, egoísmo. Hoy podemos decir que no debemos servir a ningún “dios”. Al verdadero Dios solo se le puede servir sirviendo al hombre. Aquí está la originalidad del mensaje cristiano.

Es curioso que ni siquiera cuestionemos que lo que es legal puede no ser justo. El dinero es injusto, no solo por la manera de conseguirlo, sino por la manera de gastarlo. Las leyes que rigen la economía están hechas por los ricos para defender sus intereses. No pueden ser consideradas justas por parte de aquellos que están excluidos de los beneficios del progreso. Unas leyes económicas que potencian la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos, mientras grandes sectores de la población viven en la miseria, no podemos considerarla justa.

Lo que nos dice el evangelio es una cosa obvia. Nuestra vida no puede tener dos fines últimos, solo podemos tener un “fin último”. Todos los demás objetivos tienen que ser penúltimos, es decir, orientados al último (haceros amigos con el dinero injusto). No se trata de rechazar esos fines intermedios, sino de orientarlos todos a la última meta. La meta debe ser “Dios”. Entre comillas por lo que decíamos más arriba. La meta es la plenitud, que para el hombre solo puede estar en lo trascendente, en lo divino que hay en él.

“Ganaros amigos con el dinero injusto”. Es una invitación a poner todo lo que tenemos al servicio de lo que vale de veras. Utilizamos con sabiduría el dinero injusto cuando compartimos con el que pasa necesidad. Lo empleamos sagazmente, pero en contra nuestra, cuando acumulamos riquezas a costa de los demás. Nunca podremos actuar como dueños absolutos de lo que poseemos. Somos simples administradores. Hace poco tiempo oí a De Lapierre decir: Lo único que se conserva es lo que se da. Lo que no se da, se pierde.

El tema de las riquezas, planteado desde la pura renuncia, no tiene solución. La programación lleva siempre a posturas artificiales que no puede cambiar mi actitud fundamental. Si de verdad quieres ser rico no te afanes en aumentar tus bienes sino en disminuir tus necesidades. Con demasiada frecuencia compramos el dinero demasiado caro. Esto quiere decir que no seguimos el consejo del evangelio que nos invita a ser sagaces. Descubre que lo que ya tienes es tu mayor riqueza.

Meditación-contemplación

No podéis servir al Dios de Jesús y al dios dinero
Jesús no dice que no “debéis”, sino que no “podéis”…
Lo que “tenemos” debemos subordinarlo a lo que “somos”.
Si he descubierto el “tesoro” escondido en lo hondo de mi ser,
el resto quedará iluminado por su brillo.

Fray Marcos

Comentario del 22 de septiembre

No podéis servir a Dios y al dinero. Así concluye el pasaje evangélico de hoy, en el que se equiparan dos cosas desiguales: Dios (ser personal y único) y el dinero (medio de cambio/cosa).

Se les equipara porque ambos tienen poder y a ambos se les puede servir como a amos. Una vez que adquieren esta categoría de amos (algo o alguien a quien se sirve), no es posible servir a los dos a la vez. Servir a Dios es estar dispuestos a cumplir su voluntad; servir al dinero, que carece de voluntad, no puede significar otra cosa que convertirle en «dueño» de nuestras vidas. ¿En qué modo? Se me ocurre apuntar estas modalidades: dedicando a su consecución la mayor parte de nuestro tiempo y energías; estando dispuestos a vendernos, a prostituirnos, a perder la salud, a hacer barbaridades por conseguirlo; no dejando de pensar en él y en el modo de aumentar su caudal; apreciándole por encima de su valor real y convirtiéndole en el motor principal de todas nuestras acciones y emprendimientos.

Pero si el dinero es lo único que nos mueve a trabajar, a desplazarnos, a elegir entre un oficio u otro; si el dinero es lo que realmente nos turba, nos quita la paz o nos proporciona alegría, entonces lo hemos convertido en nuestro amo. Ya no nos servimos del dinero como de un medio para obtener determinados fines, sino que servimos al dinero como bien supremo, como dios. Lo hemos convertido, casi sin advertirlo, en un ídolo al que rendimos culto, reconociendo su poder soberano. Ya lo dice el refrán castellano: «Poderoso caballero es don dinero». Porque con él nos es posible conseguirlo casi todo.

Es verdad que lo que de ordinario se persigue no es el dinero en sí, sino lo que el dinero puede dar: placeres, prestigio, fama, posesiones, poder político y social, acceso a mejores prestaciones sanitarias, servicios de todo tipo. Lo que se persigue no es el dinero, sino el poder del dinero. No es extraño que, siendo tan poderoso, se le entronice y se la adore, subordinándole todo: amistades, familia, amor, deberes, vidas humanas… Si esto es así, si la codicia del dinero provoca tales efectos, ¿cómo no hablar del él como dios –ídolo- al que se subordina al mismo Dios? Y si convertimos al dinero en nuestro dios, porque le servimos a él como suprema divinidad, dejamos de servir a Dios, para servirnos de él poniéndole al servicio de nuestros intereses.

Y en una sociedad que privilegia este objetivo, que vive sólo para tener más o para más disfrutar, es decir, sometida a la codicia del poseer más (poder, ciencia, dominio, experiencias), la persona acaba perdiendo todo su valor, o vale únicamente por lo que tiene o por lo que produce. Ello explica que acabe desechándose como cosas sin valor a los ancianos, a los enfermos irrecuperables, a los mendigos, a los parásitos, a los minusválidos, a los nascituros; y cada vez encontremos más razones para su abandono, su reclusión o su eliminación. Porque lo peor de una ley que despenaliza el aborto no es que deje de penalizarse a los causantes del mismo, sino que deje de tenerse conciencia de que se está cometiendo un homicidio, puesto que se está dando muerte a un ser humano, aunque se halle aún en estado embrionario; pero el estado en que se encuentre un ser humano no le priva de su condición de humano.

Ya siglos antes de Cristo, el profeta Amós denunciaba las injusticias de una sociedad que vivía también absorbida por la codicia o el deseo de tener que le empujaba a todo tipo de desmanes: la explotación de los pobres, la disminución de las medidas, el excesivo aumento de los precios, la manipulación fraudulenta de las balanzas, etc. La codicia generaba, pues, injusticias, engaños y opresiones, reduciendo a los más débiles a la condición de explotados. Pero tales acciones no serán olvidadas por el que tiene la memoria y el juicio supremos. Es la conclusión a la que llega el profeta: El Señor no olvidará vuestras acciones.

La parábola de Jesús en el evangelio también tiene al dinero por protagonista. Se trata de un administrador de bienes ajenos. Al dueño de tales bienes le llega la noticia de la mala gestión de los mismos por parte de su administrador, que los está derrochando injustificadamente, y decide despedirle. El administrador, viéndose en la calle y desprovisto de fuerzas para trabajar y de vergüenza para mendigar, realiza una última maniobra, que le vale la alabanza de su amo. Éste le felicita por la astucia con que había procedido, aunque no deja de considerarle administrador injusto, ni revoca su despido.

La maniobra había consistido en ganarse amigos con el dinero de la administración, rebajando a los deudores de su amo las deudas que tenían contraídas con él. Y Jesús concluye: Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luzGanaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas, es decir, proceded en las cosas del Reino con la astucia con que procedió aquel hijo del mundo que era el administrador injusto, sirviéndoos del dinero, el vil dinero, incluso el dinero injusto (o injustamente adquirido) para que os reciban en las moradas eternas.

¿De qué modo? Tal vez ganándoos a los pobres mediante la reducción de su deuda o granjeándonos su amistad; sirviéndonos del dinero para remediar injusticias o para hacer obras de caridad. Porque cuando nos falte el dinero o éste ya no nos sirva para nada, podremos acogernos a esos amigos que nos reciban o nos avalen en la eternidad. El dinero es muy poderoso en este mundo, pero, llegada la muerte, perderá todo su valor; y es que el dinero no es Dios, aunque lo parezca; por eso no puede salvar.

Si no fuisteis de fiar en el vil dinero (porque lo habéis usado mal, porque os habéis dejado seducir por él, porque lo habéis convertido en vuestro dios) ¿quién os confiará lo que vale de veras?

Ya se ve que, para Jesús, el dinero no es lo que vale de veras; lo que vale de veras son las personas y sus valores personales, empezando por la vida. Dios nos confía la vida de las personas, dándonos poder para engendrarlas, para criarlas y para educarlas, y nos confía la tierra con sus plantas y animales, con sus ríos y montañas, con su aire y con su agua, para hacer de ella una morada habitable para el hombre. Dios nos confía la vida de los recién nacidos y de los concebidos, de los niños y de los jóvenes, y de los ancianos y desvalidos. Dios nos confía la educación de estos niños y la fe que nos ha sido donada para transmitirla. Dios nos confía cosas mucho más valiosas que el dinero. Y de esta administración, más que de ninguna otra, también hemos de dar cuenta. Pero no sólo nos confía lo ajeno, sino también lo nuestro: nuestra propia vida, nuestra fe. Nos las confía para conservarlas y acrecentarlas.

Pues preguntémonos: ¿Qué hemos hecho de estas fianzas? Porque somos administradores de unos bienes que Dios ha puesto en nuestra manos y tenemos que responder de ellos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

128. Cualquier otra solución será débil y pasajera. Quizás servirá para algo durante un tiempo, y de nuevo nos encontraremos desprotegidos, abandonados, a la intemperie. Con Él, en cambio, el corazón está arraigado en una seguridad básica, que permanece más allá de todo. San Pablo dice que él quiere estar unido a Cristo para «conocer el poder de su resurrección» (Flp3,10). Es el poder que se manifestará una y otra vez también en tu existencia, porque Él vino para darte vida, «y vida en abundancia» (Jn 10,10).

Lectio Divina – 22 de septiembre

La parábola del administrador infiel
La fidelidad a Dios como único Señor

Lucas 16, 1-13

1. Oración inicial

Señor, Padre mío, hoy coloco delante de ti mi debilidad, mi vergüenza, mi lejanía; no escondo mi deshonestidad e infidelidad, porque tú todo lo conoces y lo ves, hasta el fondo, con los ojos de tu amor y de tu compasión. Te ruego, buen médico,
derrama sobre mi herida el ungüento de tu Palabra, de tu voz que me habla, me llama y me amaestra. No me quites tu don, que es el Espíritu Santo: deja que sople sobre mí, como aliento de vida, de los cuatro vientos; que me cubra como lengua de fuego y que me inunde como agua de salvación; envíalo para mí de tus cielos santos, como columna de verdad, que me anuncie también para hoy, que tú eres y me esperas, me tomas de nuevo contigo, después de todo, como al primer día, cuando tú me plasmaste, me creaste y me llamaste. 

2. Lectura

a) Para colocar el pasaje en su contexto:

Esta perícopa evangélica pertenece a la gran sección del relato de Lucas que comprende todo el largo viaje de Jesús hacia Jerusalén; se abre con Lucas 9, 51 para terminar en Lucas 19, 27. Esta sección, a su vez, está subdividida en tres partes, casi tres etapas del viaje de Jesús, cada una de la cuales se introduce con una anotación casi de repetición: “Jesús se dirigió decididamente hacia Jerusalén” (9, 51); “Pasaba por ciudades y aldeas enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén” (13,22); “Durante el viaje hacia Jerusalén, Jesús atravesó la Samaría y la Galilea” ( 17,11); para llegar a la conclusión del 19,28: “Dichas estas cosas Jesús siguió adelante subiendo hacia Jerusalén”, cuando Jesús entra en la Ciudad.

Nos encontramos en la segunda parte, que va desde 13, 22 a 17,10 y que se compone de diversas enseñanzas, que Jesús ofrece a sus interlocutores: la gente, los fariseos, los escribas, los discípulos. En esta unidad, Jesús está dialogando con sus discípulos y les propone una parábola, para indicar cual debe ser el correcto uso de los bienes de este mundo y cómo debe ser la administración concreta de la propia vida, sumergida en una relación filial con Dios. Siguen tres aplicaciones secundarias de la misma parábola en situaciones diversas, que ayudan al discípulo a dejar espacio a la vida nueva en el Espíritu, que el Padre ofrece.

b) Para ayudar a la lectura del pasaje:

vv. 1-8: Jesús expone la parábola del administrador sabio y sagaz: un hombre, acusado por su excesiva avidez, de alguna manera ya insostenible, se encuentra en un momento decisivo y difícil de su vida, pero consigue utilizar todos sus recursos humanos para convertir en bien su clamoroso fallo. Como este hijo del mundo ha sabido discernir sus intereses, así también lo hijos de la luz deben aprender a discernir la voluntad de amor y de don del Padre a ellos para vivir como Él.
v.9: Jesús quiere hacer comprender que también la riqueza deshonesta e injusta, que es la de este mundo, si se utiliza para el bien, en el don , conduce a la salvación.
vv. 10-12: Jesús explica que los bienes de este mundo no están condenados, sino que hay que estimarlos por el valor que tienen. Se llaman “mínimos”, son “el poco” de nuestra vida, pero estamos llamados a administrarlos con fidelidad y atención, porque son medios para entrar en comunión con los hermanos y por tanto con el Padre.
v. 13: Jesús ofrece una enseñanza fundamental: hay un sólo y único fin en nuestra vida y es Dios, el Señor. Buscar y servir otra cualquier realidad significa convertirse en esclavos, atarse a engaños y morir ya desde ahora.

Lucas 16, 1-13

c) El texto:

1 Decía también a sus discípulos: «Había un hombre rico que tenía un administrador a quien acusaron ante él de malbaratar su hacienda. 2 Le llamó y le dijo: `¿Qué oigo decir de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no seguirás en el cargo.’ 3 Se dijo entre sí el administrador: `¿Qué haré ahora que mi señor me quita la administración? Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza. 4 Ya sé lo que voy a hacer, para que cuando sea destituido del cargo me reciban en sus casas.’
5 «Y llamando uno por uno a los deudores de su señor, dijo al primero: `¿Cuánto debes a mi señor?’ 6 Respondió: `Cien medidas de aceite.’ Él le dijo: `Toma tu recibo, siéntate en seguida y escribe cincuenta.’ 7 Después dijo a otro: `Tú, ¿cuánto debes?’ Contestó: `Cien cargas de trigo.’ Dícele: `Toma tu recibo y escribe ochenta.’
8 «El señor alabó al administrador injusto porque había obrado con sagacidad, pues los hijos de este mundo son más sagaces con los de su clase que los hijos de la luz.
9 «Yo os digo: Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando llegue a faltar, os reciban en las eternas moradas. 10 El que es fiel en lo insignificante, lo es también en lo importante; y el que es injusto en lo insignificante, también lo es en lo importante. 11 Si, pues, no fuisteis fieles en el dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero? 12 Y si no fuisteis fieles con lo ajeno, ¿quién os dará lo vuestro?
13 «Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se dedicará a uno y desdeñará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero.» 

3. Un momento de silencio orante

Acojo el silencio de este momento, de este tiempo sagrado del encuentro con Él. Yo, pobre, sin dinero, sin posesiones, sin casa y sin fuerza propia, porque nada viene de mí, sino que toda cosa me la da Él, me dejo alcanzar de su riqueza de compasión y de misericordia. 

4. Algunas preguntas

a) Como todo cristiano, también yo soy “un administrador” del Señor. El Hombre rico de nuestra existencia, el Único que posee bienes y riquezas. ¿Qué es lo que rige mi pensamiento y por consiguiente, mis elecciones, mis acciones de cada día y mis relaciones?
b) La vida, los bienes, los dones que mi Padre me ha dado, estas infinitas riquezas, que valen más que nada en el mundo: ¿las estoy malgastando, tirando como perlas a los puercos?
c) El administrador infiel, pero sabio, sagaz, de improviso cambia de vida, cambia las relaciones, medidas, pensamientos. Hoy es un nuevo día, es el principio de una nueva vida, dirigida por la lógica del perdón, de la distribución: ¿sé que la verdadera sabiduría está escondida en la misericordia?
d) “O amará al uno, o amará al otro…” ¿De quién quiero ser siervo? ¿En casa de quién quiero vivir? ¿Junto a quién quiero vivir mi vida? 

5. Una clave de lectura

* ¿Quién es el administrador del Señor?

En la parábola de Lucas se repite por siete veces el término “administrador” o administración”, que viene a ser así la palabra clave del pasaje y del mensaje que el Señor quiere dejarme. Trato ahora de buscar en las Escrituras algunas huellas, o una luz que me ayude a entender mejor y a verificar mi vida, mi administración que el Señor me ha confiado.

En el Antiguo Testamento se encuentra varias veces esta realidad, sobre todo referida a las riquezas de los reyes o a las riquezas de las ciudades o imperios: en los libros de las Crónicas (o Paralipómenos), por ejemplo, se habla de administradores del rey David (1 Cr 27,31; 28,1) y así también en los libros de Ester (3,9), Daniel (2,49; 6,4) y Tobías (1,22) encuentro administradores de reyes y príncipes. Es una administración del todo mundana, ligada a las posesiones, al dinero, a la riqueza, al poder; o sea, ligada a una realidad negativa, como la acumulación, la usurpación, la violencia. Es, en resumen, una administración que acaba, caduca y engañosa, aun cuando se reconozca que ella sea, en cierta medida, necesaria para el desarrollo de la sociedad.

El Nuevo Testamento, al contrario, me introduce de pronto en una dimensión diversa, más elevada, porque mira a las cosas del espíritu, del alma, cosas que no terminan, que no se cambian con el mudar de los tiempos y de las personas. San Pablo dice: “Cada uno se considere como ministro de Cristo y administrador de los misterios de Dios. Ahora bien, lo que se requiere en los administradores es que cada uno resulte fiel” (1 Cor 4, 1s) y Pedro: “Cada uno viva según la gracia recibida, poniéndola al servicio de los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pt 4,10). Por tanto comprendo que yo soy un administrador de los misterios y de la gracia de Dios, a través del instrumento pobre y miserable que es mi misma vida; en ella yo estoy llamado a ser fiel y bueno. Pero este adjetivo “bueno” es igual al que Juan usa refiriéndose al pastor, a Jesús: kalós, a saber, bello y bueno. Y ¿por qué? Simplemente porque ofrece su vida al Padre por las ovejas. Esta es la única verdadera administración que se me confía en este mundo, para el mundo futuro.

* Qué cosa es la sagacidad del administrador del Señor?

El pasaje dice que el dueño alaba a su mayordomo injusto, porque había obrado con “sagacidad” y repite el término, “sagaz”, varias veces. Quizás una traducción más correcta podría ser “sapiente”, o sea “sabio” o “prudente”. Es una sabiduría que nace de un pensar atento, profundo, de la reflexión, del estudio y de la aplicación de la mente, de los afectos a algo que interesa grandemente. Como adjetivo este vocablo se encuentra en Mt. 7, 24, donde se nos muestra la verdadera sabiduría del hombre que construye la casa sobre la roca y no sobre la arena, o sea, del hombre que fundamenta su existencia sobre la Palabra del Señor y también en Mt 25, donde sabias son las vírgenes que tienen consigo las lámparas y el aceite, de modo que no puedan ser sorprendidas por las tinieblas, sino que saben esperar siempre con amor invencible, incorruptible, el regreso del Señor. Por tanto, este administrador es sabio y prudente, no porque se tome a broma a los otros, sino porque ha sabido regular su vida y transformarla sobre la medida y la forma de vida de su Señor: ha puesto todo el empeño de su ser, mente, corazón, voluntad y deseo de imitar a aquel a quien servía.

* La infidelidad (deshonestidad) y la injusticia

Otra palabra repetida muchas veces es “injusto” = “deshonesto” . Al administrador se le llama injusto y también a la riqueza. La deshonestidad es una característica que puede atacar al ser, en las grandes cosas, en lo mucho, pero también en las pequeñas, en lo poco. El texto griego no usa propiamente el término “injusto”, sino que dice “administrador de la injusticia”, “riqueza de la injusticia” e “injusto en lo mínimo”, “injusto en lo mucho”. La injusticia es una mala distribución, no igual, no equilibrada, en ella falta la armonía, falta un centro que atraiga hacia sí toda la energía, todo cuidado o intento; crea fracturas, heridas, dolor sobre dolor, acumulación por una parte y carencia por otra. Todos nosotros nos hemos topado en cierto modo con la realidad de la injusticia, porque es algo que pertenece a este mundo. Y nos hemos visto arrastrado por una y otra parte, perdemos la armonía, el equilibrio, la belleza; así es, no podemos negarlo. La palabra del Evangelio condena esta desarmonía tan fuerte que es el acumular, el mirar sólo para sí, el aumentar cada vez más, el tener y nos muestra el camino de curación que es el don, el compartir, el dar con corazón abierto, con misericordia. Como hace el Padre con nosotros, sin cansarse, sin desfallecer.

* Y la mammona ¿qué es?

La palabra mammona aparece, en toda la Biblia, sólo en este capítulo de Lucas (vv. 9.11 y 13) y en Mt 6,24. Es un vocablo semítico que corresponde a “riqueza”, “posesiones”, “ganancias”, pero que se convierte en casi la personificación del dios-dinero, a quien los hombres sirven como locos, esclavos de “ aquella avaricia insaciable, que es la idolatría” (Col 3, 5). Aquí todo está claro, está pleno de luz. Sé bien, ahora, cual es la pregunta que me queda, después del encuentro con esta Palabra del Señor: “¿A quién quiero servir yo? La respuesta es una sola, única, precisa…Retengo en mi corazón este verbo estupendo, maravilloso y dulce, el verbo “servir” y lo rumío, extrayendo toda la substancia de la verdad que lleva consigo. Me vuelven a la mente las palabras de Josué al pueblo: “Si os disgusta servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir” (Jos 24, 15).
Sé que soy injusto, que soy un administrador infiel, sé que no tengo nada, pero hoy yo escojo, con todo lo que soy, servir al Señor (cf. Act 20, 19; 1 Tes 1, 9; Gál 1, 10; Rom 12,11). 

6. Un momento de oración. Salmo 69

Reflexión sapiencial sobre el corazón,
que encuentra su riqueza en la presencia de Dios.

Rit. Dichosos los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.

¡Oíd esto, pueblos todos,
escuchad, habitantes del mundo,
lo mismo plebeyos que notables,
ricos y pobres a la vez!
Mi boca va a hablar sabiduría,
mi corazón meditará cordura;
prestaré oído al proverbio,
expondré mi enigma con la cítara. Rit.

¿Por qué he de temer los malos tiempos,
cuando me cercan maliciosos los que me hostigan,
los que ponen su confianza en su fortuna
y se glorían de su enorme riqueza?
No puede un hombre redimirse
ni pagar a Dios por su rescate,
(es muy caro el precio de su vida,
y nunca tendrá suficiente)
para vivir eternamente
sin tener que ver la fosa. Rit.

Puede ver, sin duda, morir a los sabios,
lo mismo que perecen necios y estúpidos,
y acabar dejando a otros sus riquezas.
Sus tumbas son sus casas eternas,
sus moradas de edad en edad,
¡y habían dado su nombre a países!
El hombre opulento no entiende,
a las bestias mudas se parece.
Así andan ellos, seguros de sí mismos,
y llegan al final, contentos de su suerte. Rit.

No temas si alguien se enriquece,
cuando crece el boato de su casa.
Que, al morir, nada ha de llevarse,
no bajará su boato con él.
Aunque en vida se daba parabienes
(¡te alaban cuando todo te va bien!),
irá a unirse a sus antepasados,
que no volverán a ver la luz. Rit.

“Dios quiere un amor gratuito, o sea un amor puro…. Dios llena los corazones, no los cofres. ¿Para qué te sirven las richezas si tu corazón está vacío?” (S. Agustín) 

7. Oración final

Señor, gracias por este tiempo pasado contigo, escuchando tu voz que me hablaba con amor y misericordia infinita; siento que mi vida está sana, sólo cuando permanezco contigo, en ti, cuando me dejo recoger por ti. Tú has cogido entre tus manos mi avaricia, que me vuelve seco y árido, que me encierra y me deja triste y solo; has escuchado mi avidez insaciable, que me llena de vacío y de dolor; has aceptado y tomado sobre ti mi ambigüedad e infidelidad, mi cojear, cansado e indeciso…Señor, ¡soy feliz cuando me abro a ti y te muestro todas mis heridas! Gracias por el bálsamo de tus palabras y de tus silencios Gracias por el soplo de tu Espíritu, que envía fuera el hálito del mal, del enemigo.
Señor, yo he robado, lo sé, me he quedado con lo que no era mío, lo he escondido, lo he malgastado, desde hoy quiero empezar a restituir, quiero vivir mi vida como un don siempre multiplicado y compartido con los demás. Mi vida es poca cosa, pero en tus manos se convertirá en barriles de aceite, medidas de grano, consolación y alimento para mis hermanos y mis hermanas.
Señor, no tengo más palabras delante de tu amor tan grande y desbordante, pero hago sólo una cosa: abro las puertas de mi corazón, y con una sonrisa, acogeré a todos aquellos que tú me envíes. (Act 28,30).

La ventaja de robarle a Dios

Jesús cerró el periódico y miró al grupo:

‒ Voy a contaros una historia. Un partido político tenía un administrador que aprovechaba las donaciones para aumentar su cuenta personal en Suiza. Enterado de que sospechaban de su gestión, se dijo: “Me van a echar del partido, incluso es posible que me denuncien. En la oposición no me darán trabajo, los bancos tampoco. ¿Qué puedo hacer? Iré anotando en una libreta todos los datos que puedan inculpar a los jefes del partido, amenazaré con publicarlos en la prensa, y ante el miedo de que se conozcan me dejarán tranquilo. Luego me iré a una isla del Caribe a disfrutar el resto de mi vida.

Se les quedó mirando y les preguntó.

‒ ¿Qué os parece ese administrador?

‒ Que es un…

Pedro se cortó a tiempo, pero era claro lo que seguía.

‒ Depende del partido al que robase ‒ comentó irónico Bartolomé.

‒ Eso lo hacen casi todos ‒ opinó Tomás.

‒ ¿Alguien está a favor del administrador?

Ninguno parecía de acuerdo y Jesús continuó.

‒ Voy a contaros ahora otra historia, pero esta vez de un terrateniente. Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: «¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.» El administrador se puso a echar sus cálculos: «¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa.» Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: «¿Cuánto debes a mi amo?» Éste respondió: «Cien barriles de aceite.» Él le dijo: «Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta. Luego dijo a otro: «Y tú, ¿cuánto debes?» Él contestó: «Cien fanegas de trigo.» Le dijo: «Aquí está tu recibo, escribe ochenta.»

Jesús hizo una pausa y les preguntó:

‒ ¿Sabéis cuál fue la reacción del terrateniente?

‒ Lo denunció para que lo metieran en la cárcel. Los ricos son unos…

‒ Te equivocas, Felipe. Alabó lo astuto que había sido.

Felipe lo miró incrédulo.

‒ ¿Y a ti te parece bien?

‒ Me parece estupendamente. Es un ejemplo para todos.

Pedro se rascó la cabeza y comentó escéptico.

‒ ¿Quieres que nos dediquemos a robar?

‒ Quiero que os dediquéis a utilizar el dinero con astucia. ¿Por qué hizo el administrador esas trampas? ¿Qué pretendía?

‒ Encontrar trabajo cuando lo echaran ‒ sugirió Sara.

‒ Algo parecido ‒ respondió Jesús‒. Cuando os conté la historia usé una expresión distinta: lo que quiere es que alguien me reciba en su casa. ¿Os dais cuenta de por dónde voy?

‒ No.

Jesús suspiró hondo. No acababa de acostumbrarse a la poca inteligencia de sus discípulos.

‒ Vosotros sois como el administrador. Más pronto o más tarde, tendréis que dar cuenta de cómo habéis administrado el dinero.

‒ El dinero, no. Nuestro dinero ‒ se atrevió a corregir Leví.

‒ Vuestro dinero, no. El dinero de Dios. Todo lo que tenemos es de Dios, y nos lo confía para que lo administremos. Podemos derrocharlo alegremente, y nos pedirá cuentas por ello. Y podemos darlo a otros, como el administrador del terrateniente, y nos ganaremos amigos que nos paguen un viaje al Caribe.

‒ El Caribe es el cielo, ¿verdad? ‒ bromeó María.

‒ Efectivamente. Y para pagar ese viaje no se puede ahorrar. Al contrario, hay que gastarse el dinero entregándolo al que lo necesita.

‒ Yo prefiero pagarme el viaje por mi cuenta.

‒ Imposible. Son otros los que tienen que pagar por ti.

‒ Lo que yo no entiendo ‒cortó Felipe‒  es eso de que el dinero no es mío. La panadería le costó a mi padre muchos años de trabajo y sacrificio.

‒ La panadería de tu padre, la furgoneta de Judas, todo, son cosas pequeñas, sin valor. Lo verdaderamente valioso es disfrutar de una habitación en el hotel del Caribe. Pero si no administras bien los bienes que te encomiendan en esta vida, no se fiarán de ti, y no te permitirán entrar en el hotel.

Pedro se acarició la barba.

‒ Muy complicado todo eso, maestro.

‒ ¿Es que no lo entiendes, o que no quieres entenderlo?

La ironía de la parábola

La segunda de las dos parábolas anteriores, que reproduce literalmente el texto del evangelio de Lucas, escandaliza a mucha gente porque Jesús termina alabando al administrador sinvergüenza. Pero las dificultades para entenderla parten de otros presupuestos en los que se basa Jesús, y que van en contra de nuestra forma de ver:

  1. Nosotros no somos propietarios sino administradores. Todo lo que poseemos, por herencia o por el fruto de nuestro trabajo, no es propiedad personal sino algo que Dios nos entrega para que lo usemos rectamente.
  2. Esos bienes materiales, por grandes y maravillosos que parezcan, son nada en comparación con el bien supremo de “ser recibido en las moradas eternas” (el hotel del Caribe).
  3. Para conseguir ese bien supremo, lo mejor no es aumentar el capital recibido sino dilapidarlo en beneficio de los necesitados.

La ironía de la parábola radica en decirnos: cuando das dinero al que lo necesita, tú crees que estás desprendiéndote de algo que es tuyo. En realidad, le estás robando a Dios su dinero para ganarte un amigo que interceda por ti en el momento decisivo.

La idolatría del dinero

El evangelio de este domingo termina con unas palabras muy famosas: Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

Jesús no parte de la experiencia del pluriempleo, donde a una persona le puede ir bien en dos empresas distintas, sino de la experiencia del que sirve a dos amos con pretensiones y actitudes radicalmente opuestas. Es imposible encontrarse a gusto con los dos. Y eso es lo que ocurre entre Dios y el dinero.

Estas palabras de Jesús se insertan en la línea de la lucha contra la idolatría y defensa del primer mandamiento («no tendrás otros dioses frente a mí»). El AT es en gran parte una condena de los dioses paganos y de los ídolos, que aparecían como rivales del único Dios verdadero. Al principio, los israelitas pensaban que los únicos rivales de Dios eran los dioses de los pueblos vecinos (Baal, Astarté, Marduk, etc.). Pero los profetas les hicieron caer en la cuenta de que los rivales de Dios pueden darse en cualquier terreno, incluido el económico. Para Jesús, la riqueza puede convertirse en un dios al que damos culto y nos hace caer en la idolatría.

Naturalmente, ninguno de nosotros acude a un banco o una caja de ahorros a rezarle al dios del dinero, ni hace novenas a los banqueros. Pero, en el fondo, podemos estar cayendo en la idola­tría del dinero. Según el Antiguo y el Nuevo Testamentos, al dinero se le da culto de tres formas:

1) mediante la injusticia directa (robo, fraude, asesinato, para tener más). El dinero se convierte en el bien absoluto, por encima de Dios, del prójimo, y de uno mismo. Este tema lo encontramos en la primera lectura, tomada del profeta Amós.

2) mediante la injusticia indirecta, el egoísmo, que no hace daño directo al prójimo, pero hace que nos despreocupemos de sus necesidades. El ejemplo clásico es la parábola del rico y Lázaro, que leeremos el próximo domingo.

3) mediante el agobio por los bienes de este mundo, que nos hacen perder la fe en la Providencia.

Unos casos de injusticia directa: Amós 8, 4-7

Amós, profeta judío del siglo VIII a.C. criticó duramente las injusticias sociales de su época. Aquí condena a los comerciantes que explotan a la gente más humilde. Les acusa de tres cosas:

1) Aborrecen las fiestas religiosas (el sábado, equivalente a nuestro domingo, y la luna nueva, cada 28 días) porque les impiden abrir sus tiendas y comerciar. Es un ejemplo claro de que “no se puede servir a Dios y al dinero”.

2) Recurren a trampas para enriquecerse: disminuyen la medida (el kilo de 800 gr), aumentan el precio (el paso de la peseta al euro fue un ejemplo que pasará a la historia) y falsean la balanza.

3) El comercio humano, reflejado en la compra de esclavos, que se pueden conseguir a un precio ridículo, “por un par de sandalias”. Hoy se dan casos de auténtica esclavitud (como los chinos traídos para trabajar a escondidas en fábricas de sus compatriotas) y casos de esclavitud encubierta (invernaderos de Almería; salarios de miseria aprovechando la coyuntura económica, etc.).

José Luis Sicre

Lo menudo

Durante los preparativos de un encuentro, al pensar cómo distribuir las tareas, uno de los organizadores dijo: “Al final siempre acabamos recurriendo a los mismos”. Y es que, cuando tenemos que organizar algo especial y necesitamos ayuda, aunque haya varias personas conocidas, lo más normal es recurrir a quienes nos merecen más confianza, porque sabemos que nos van a responder bien. La confianza es algo que se va construyendo y generando día a día, en el trato cotidiano, y no sólo en grandes ocasiones, sino sobre todo en los pequeños detalles.

La mayor parte de nuestra vida, ya sea en la familia, trabajo, estudios, amigos, aficiones y por supuesto también nuestra vida de fe, está constituida por “lo menudo” de lo cotidiano, por lo “insignificante” del día a día, salpicadas de vez en cuando por algún acontecimiento extraordinario.

Pero eso que solemos calificar de “insignificante” es lo más valioso para Dios. Por eso hoy en el Evangelio, Jesús nos ha dicho: El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. Es en “lo menudo” del día a día en donde nos jugamos el ser o no merecedores de confianza: para los demás, para nosotros mismos, y para Dios.

Por eso, fijándonos en lo menudo de nuestro día a día, preguntémonos respecto a los demás: ¿Cómo es mi relación con mi familia? ¿Renuncio a algo por ellos? ¿Colaboro en el funcionamiento y sostenimiento del hogar? ¿Soy cuidadoso y limpio en mi comunidad de vecinos o en el barrio, pienso si puedo estar haciendo algo que pueda molestar a alguien? Con mis amigos, ¿soy servicial, sin esperar que me lo pidan? ¿Sé guardar un secreto, o soy chismoso? En mi trabajo, ¿procuro hacerlo bien, sea el que sea, aunque nadie lo vea o me lo reconozca? En la sociedad, ¿cumplo mis obligaciones fiscales? ¿soy solidario? Si soy estudiante: ¿Cómo es mi comportamiento en el colegio, instituto…? ¿Estudio lo que debo? ¿Me implico en algo más que simplemente “ir a clase”?

Preguntémonos respecto a mí mismo:

¿Cuido bien de mi salud, con una alimentación sana, con algo de ejercicio, con el tiempo necesario de descanso? ¿Cuido de mi aspecto, soy desaliñado, o excesivamente vanidoso? ¿Sé reconocer mis cosas buenas y también mis defectos y debilidades? ¿Ejercito una sana autoestima?

Preguntémonos, también, respecto a Dios:

¿Hago oración, trato de amistad con Dios, o me limito a “decir mis oraciones”? ¿Es la Eucaristía dominical el centro de mi vida como cristiano, o voy sobre todo para cumplir el precepto? ¿Procuro llegar al templo con tiempo para prepararme, o no me importa llegar tarde porque sigo pensando que “si llego antes del Credo, me vale”? ¿He asumido algún compromiso, fruto de mi fe? ¿Participo en el día a día de la comunidad parroquial, en alguna de las áreas pastorales, formo parte de algún Equipo de Vida, o sólo acudo a “oír Misa”, o cuando necesito algo o con ocasión de alguna celebración familiar, y me desentiendo de la parroquia el resto del tiempo?

¿De qué personas puedo afirmar que “son de fiar”? ¿Por qué? ¿Y yo, soy de fiar? ¿Por qué?

A la hora de afrontar nuestro día a día, deberíamos tener presentes las palabras del Señor: El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo, tampoco en lo importante es honrado. Y preguntarnos con sinceridad si doy muestras de que soy de fiar, de que se puede contar conmigo tanto para lo extraordinario como sobre todo para lo ordinario.

Como hemos dicho, es en “lo menudo” del día a día en donde nos jugamos el ser o no “de fiar” para los demás, para nosotros mismos, y para Dios. Y deberíamos tener más presente que si cada cristiano, individualmente, somos “de fiar” en lo menudo, también la Iglesia entera “será de fiar”. Cuidemos lo menudo, lo cotidiano, porque como dice el Papa Francisco en “Evangelii gaudium” 127: “hay una forma de predicación que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata (…) Es la predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación y también cuando visita un hogar. Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino”.

La misa del domingo

En la Palabra de Dios que acabamos de escuchar, se resaltan dos ideas: la primera es que no hemos de aprovecharnos ni abusar de los demás para tener cada vez más bienes materiales, más poder, más riqueza. Y la segunda, que si tenemos bienes materiales es para compartirlos y ayudar a aquellos que más lo necesitan, no somos nosotros lo más importante, aunque no lo creamos Dios nos enseña que lo principal y más importante, el centro no soy yo.

El evangelio concluye con estas palabras: no se puede servir a dos señores, pues uno de los dos será olvidado u odiado. Y nos da el ejemplo de un administrador que únicamente estaba preocupado por ganar dinero, por acumular bienes y vivir bien. No estaba preocupado por las trampas y engaños que llevaba a cabo, ni por las consecuencias de sus abusos hacia los demás. Su única preocupación era él mismo, sin importarle los demás, y concluye haciendo lo mismo, sigue buscándose la vida, sin pensar en nadie más.

Ya en la primera lectura del profeta Amós tenemos una crítica hacia la sociedad, que solo se preocupa de engañar, estafar y robar a los más débiles y abandonados. Y en cierta manera, es un afán que tenemos todos, aunque muchas veces ni siquiera nos demos cuenta. Siempre estamos buscando la manera de poder ganar más dinero, más poder, más fama. Y puede que no nos preocupemos por las maneras. En los estudios, si hay que copiar en un examen, se hace. En los deportes, ocurre lo mismo, si puedo superar al contrario y ganar, parece que no importan los modos. Y en el trabajo, es igual, con tal de parecer mejor que el compañero y ganar más. Da la sensación de que hemos aprendido a hacer cualquier cosa con tal de conseguir más. El objetivo parece ser vivir bien, sin preocuparnos de los demás. Y el profeta Amós ya nos muestra el parecerde Dios: “No olvidaré jamás ninguna de sus acciones”.

Y en este momento nos puede llegar el miedo, el temor. Con todas las cosas que no he hecho bien, ¿cómo puedo cambiar para ser mejor y salvarme? Y Pablo nos muestra realmente a un Dios misericordioso, que busca que todos los hombres se salven, llegando al conocimiento de la verdad. Pero esto no llega de manera gratuita, hemos de vivir sin ira hacia los demás, ni divisiones. No hemos de buscar nuestro propio bien, sino el bien de todos, comenzando por las personas más débiles, las más necesitadas, las más oprimidas. Hemos de trabajar por el bien, la justicia y la paz de todos. Debemos trabajar todos juntos para un bien único, el de todos.

Jesús nos lo muestra en el evangelio de hoy, si servimos a nuestro bien, y al de los demás. Puede que uno de los dos quede olvidado, y cuál es el más importante. Debemos amar a Dios y al prójimo, no tener la prioridad en nosotros mismos. Cuando uno se preocupa únicamente de sí mismo, busca la confianza de los demás para aprovecharse de ellos. Y entonces, es cuando fallamos a la confianza dada por Dios a todos nosotros.

Hemos de trabajar por lograr un mundo mejor, una sociedad mejor, pero para ello hemos de trabajar por no aprovecharnos de los demás, por no buscar como único afán el tener más que los demás. La verdadera felicidad está en compartir con los demás, y no los bienes materiales, sino nuestra vida, nuestro amor como personas que aman a Dios, buscando el amor de Dios en aquel que está a nuestro lado. Este es el único Señor que debemos amar, que siempre confiará en nosotros y nunca nos fallará. Con el único que conseguiremos la verdadera felicidad, la de los hijos de Dios.

Germán Rivas, SDB

Comentario al evangelio – 22 de septiembre

¿Para qué queremos el dinero?

      Una vez dijo alguien que “es imposible amasar una fortuna sin antes hacer harina a los demás”. Posiblemente sea una exageración pero, como todas las exageraciones, tiene algo-mucho de verdad. La realidad es que la prosperidad que se experimenta hoy en los países desarrollados se debe mucho al trabajo y la industria de sus ciudadanos pero también, seamos realistas, a todo lo que en el pasado y hoy de diversas maneras, se ha sacado de los pueblos más pobres. No es cuestión de entrar aquí a discutir cuestiones económicas ni históricas. Pero sin llegar tan lejos no es difícil comprender que el sistema económico en el que vivimos no es precisamente evangélico. 

      En el evangelio de hoy Jesús nos cuenta la historia del administrador injusto. Sabe que va a ser despedido y procura utilizar todos los recursos de que dispone para hacerse con amigos que le garanticen su futuro. Ya se sabe, “hoy por ti y mañana por mí”. Jesús no pretendía hablar de economía. Simplemente planteaba la situación de un hombre que se encuentra en una situación límite y que es capaz de discurrir lo suficiente como para sacar partido de ella en orden a cubrirse el futuro. Pero a nosotros nos vale la comparación y no es difícil aplicarla al mundo de la economía que tan importante es en nuestra sociedad. 

      En primer lugar, ¿quién no está a punto de ser despedido? Ciertamente hoy se vive una situación de precariedad laboral. Pero es que además, nuestra estancia en este mundo es limitada, nuestra vida aquí tiene fecha de caducidad, aunque no esté escrita en la etiqueta como en los productos del supermercado. No sabemos de cuanto tiempo disponemos. En segundo lugar, ¿no es injusto el dinero que tenemos? ¿Podemos decir que es “mío”? Los recursos de este mundo son para todos y en la fraternidad todo se comparte. Así que lo mejor que podemos hacer es compartir aquello de lo que nos hemos apropiado. Y, tercero, que mejor que compartirlo haciendo amigos, creando fraternidad, estableciendo lazos de solidaridad. De esa manera lo que en nuestra sociedad nos separa –lo mío y lo tuyo, mi dinero, mi casa…–, se convierte en instrumento de fraternidad. Y, de paso, nos encontramos con la llave que nos abre la puerta a una vida mejor, a una vida más plena en la que ya aquí podemos saborear la vida del Reino: la fraternidad de los hijos de Dios. 

      Al final, los que se dedican exclusivamente a cuidar lo “suyo” convierten el dinero, lo que poseen, en un ídolo, en otro dios al que sirven con pasión y devoción. Pero se equivocan porque Dios sólo hay uno. Y los bienes de este mundo no son más que instrumentos al servicio del Reino. 

 

Para la reflexión      ¿Utilizo bien los recursos de que dispongo o los despilfarro en gastos inútiles que no me benefician ni a mí ni a mi familia? ¿Cómo los debería usar? ¿Cómo contribuyo a crear fraternidad con mis bienes?

Fernando Torres, cmf