Comentario del 22 de septiembre

No podéis servir a Dios y al dinero. Así concluye el pasaje evangélico de hoy, en el que se equiparan dos cosas desiguales: Dios (ser personal y único) y el dinero (medio de cambio/cosa).

Se les equipara porque ambos tienen poder y a ambos se les puede servir como a amos. Una vez que adquieren esta categoría de amos (algo o alguien a quien se sirve), no es posible servir a los dos a la vez. Servir a Dios es estar dispuestos a cumplir su voluntad; servir al dinero, que carece de voluntad, no puede significar otra cosa que convertirle en «dueño» de nuestras vidas. ¿En qué modo? Se me ocurre apuntar estas modalidades: dedicando a su consecución la mayor parte de nuestro tiempo y energías; estando dispuestos a vendernos, a prostituirnos, a perder la salud, a hacer barbaridades por conseguirlo; no dejando de pensar en él y en el modo de aumentar su caudal; apreciándole por encima de su valor real y convirtiéndole en el motor principal de todas nuestras acciones y emprendimientos.

Pero si el dinero es lo único que nos mueve a trabajar, a desplazarnos, a elegir entre un oficio u otro; si el dinero es lo que realmente nos turba, nos quita la paz o nos proporciona alegría, entonces lo hemos convertido en nuestro amo. Ya no nos servimos del dinero como de un medio para obtener determinados fines, sino que servimos al dinero como bien supremo, como dios. Lo hemos convertido, casi sin advertirlo, en un ídolo al que rendimos culto, reconociendo su poder soberano. Ya lo dice el refrán castellano: «Poderoso caballero es don dinero». Porque con él nos es posible conseguirlo casi todo.

Es verdad que lo que de ordinario se persigue no es el dinero en sí, sino lo que el dinero puede dar: placeres, prestigio, fama, posesiones, poder político y social, acceso a mejores prestaciones sanitarias, servicios de todo tipo. Lo que se persigue no es el dinero, sino el poder del dinero. No es extraño que, siendo tan poderoso, se le entronice y se la adore, subordinándole todo: amistades, familia, amor, deberes, vidas humanas… Si esto es así, si la codicia del dinero provoca tales efectos, ¿cómo no hablar del él como dios –ídolo- al que se subordina al mismo Dios? Y si convertimos al dinero en nuestro dios, porque le servimos a él como suprema divinidad, dejamos de servir a Dios, para servirnos de él poniéndole al servicio de nuestros intereses.

Y en una sociedad que privilegia este objetivo, que vive sólo para tener más o para más disfrutar, es decir, sometida a la codicia del poseer más (poder, ciencia, dominio, experiencias), la persona acaba perdiendo todo su valor, o vale únicamente por lo que tiene o por lo que produce. Ello explica que acabe desechándose como cosas sin valor a los ancianos, a los enfermos irrecuperables, a los mendigos, a los parásitos, a los minusválidos, a los nascituros; y cada vez encontremos más razones para su abandono, su reclusión o su eliminación. Porque lo peor de una ley que despenaliza el aborto no es que deje de penalizarse a los causantes del mismo, sino que deje de tenerse conciencia de que se está cometiendo un homicidio, puesto que se está dando muerte a un ser humano, aunque se halle aún en estado embrionario; pero el estado en que se encuentre un ser humano no le priva de su condición de humano.

Ya siglos antes de Cristo, el profeta Amós denunciaba las injusticias de una sociedad que vivía también absorbida por la codicia o el deseo de tener que le empujaba a todo tipo de desmanes: la explotación de los pobres, la disminución de las medidas, el excesivo aumento de los precios, la manipulación fraudulenta de las balanzas, etc. La codicia generaba, pues, injusticias, engaños y opresiones, reduciendo a los más débiles a la condición de explotados. Pero tales acciones no serán olvidadas por el que tiene la memoria y el juicio supremos. Es la conclusión a la que llega el profeta: El Señor no olvidará vuestras acciones.

La parábola de Jesús en el evangelio también tiene al dinero por protagonista. Se trata de un administrador de bienes ajenos. Al dueño de tales bienes le llega la noticia de la mala gestión de los mismos por parte de su administrador, que los está derrochando injustificadamente, y decide despedirle. El administrador, viéndose en la calle y desprovisto de fuerzas para trabajar y de vergüenza para mendigar, realiza una última maniobra, que le vale la alabanza de su amo. Éste le felicita por la astucia con que había procedido, aunque no deja de considerarle administrador injusto, ni revoca su despido.

La maniobra había consistido en ganarse amigos con el dinero de la administración, rebajando a los deudores de su amo las deudas que tenían contraídas con él. Y Jesús concluye: Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luzGanaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas, es decir, proceded en las cosas del Reino con la astucia con que procedió aquel hijo del mundo que era el administrador injusto, sirviéndoos del dinero, el vil dinero, incluso el dinero injusto (o injustamente adquirido) para que os reciban en las moradas eternas.

¿De qué modo? Tal vez ganándoos a los pobres mediante la reducción de su deuda o granjeándonos su amistad; sirviéndonos del dinero para remediar injusticias o para hacer obras de caridad. Porque cuando nos falte el dinero o éste ya no nos sirva para nada, podremos acogernos a esos amigos que nos reciban o nos avalen en la eternidad. El dinero es muy poderoso en este mundo, pero, llegada la muerte, perderá todo su valor; y es que el dinero no es Dios, aunque lo parezca; por eso no puede salvar.

Si no fuisteis de fiar en el vil dinero (porque lo habéis usado mal, porque os habéis dejado seducir por él, porque lo habéis convertido en vuestro dios) ¿quién os confiará lo que vale de veras?

Ya se ve que, para Jesús, el dinero no es lo que vale de veras; lo que vale de veras son las personas y sus valores personales, empezando por la vida. Dios nos confía la vida de las personas, dándonos poder para engendrarlas, para criarlas y para educarlas, y nos confía la tierra con sus plantas y animales, con sus ríos y montañas, con su aire y con su agua, para hacer de ella una morada habitable para el hombre. Dios nos confía la vida de los recién nacidos y de los concebidos, de los niños y de los jóvenes, y de los ancianos y desvalidos. Dios nos confía la educación de estos niños y la fe que nos ha sido donada para transmitirla. Dios nos confía cosas mucho más valiosas que el dinero. Y de esta administración, más que de ninguna otra, también hemos de dar cuenta. Pero no sólo nos confía lo ajeno, sino también lo nuestro: nuestra propia vida, nuestra fe. Nos las confía para conservarlas y acrecentarlas.

Pues preguntémonos: ¿Qué hemos hecho de estas fianzas? Porque somos administradores de unos bienes que Dios ha puesto en nuestra manos y tenemos que responder de ellos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística