La misa del domingo

En la Palabra de Dios que acabamos de escuchar, se resaltan dos ideas: la primera es que no hemos de aprovecharnos ni abusar de los demás para tener cada vez más bienes materiales, más poder, más riqueza. Y la segunda, que si tenemos bienes materiales es para compartirlos y ayudar a aquellos que más lo necesitan, no somos nosotros lo más importante, aunque no lo creamos Dios nos enseña que lo principal y más importante, el centro no soy yo.

El evangelio concluye con estas palabras: no se puede servir a dos señores, pues uno de los dos será olvidado u odiado. Y nos da el ejemplo de un administrador que únicamente estaba preocupado por ganar dinero, por acumular bienes y vivir bien. No estaba preocupado por las trampas y engaños que llevaba a cabo, ni por las consecuencias de sus abusos hacia los demás. Su única preocupación era él mismo, sin importarle los demás, y concluye haciendo lo mismo, sigue buscándose la vida, sin pensar en nadie más.

Ya en la primera lectura del profeta Amós tenemos una crítica hacia la sociedad, que solo se preocupa de engañar, estafar y robar a los más débiles y abandonados. Y en cierta manera, es un afán que tenemos todos, aunque muchas veces ni siquiera nos demos cuenta. Siempre estamos buscando la manera de poder ganar más dinero, más poder, más fama. Y puede que no nos preocupemos por las maneras. En los estudios, si hay que copiar en un examen, se hace. En los deportes, ocurre lo mismo, si puedo superar al contrario y ganar, parece que no importan los modos. Y en el trabajo, es igual, con tal de parecer mejor que el compañero y ganar más. Da la sensación de que hemos aprendido a hacer cualquier cosa con tal de conseguir más. El objetivo parece ser vivir bien, sin preocuparnos de los demás. Y el profeta Amós ya nos muestra el parecerde Dios: “No olvidaré jamás ninguna de sus acciones”.

Y en este momento nos puede llegar el miedo, el temor. Con todas las cosas que no he hecho bien, ¿cómo puedo cambiar para ser mejor y salvarme? Y Pablo nos muestra realmente a un Dios misericordioso, que busca que todos los hombres se salven, llegando al conocimiento de la verdad. Pero esto no llega de manera gratuita, hemos de vivir sin ira hacia los demás, ni divisiones. No hemos de buscar nuestro propio bien, sino el bien de todos, comenzando por las personas más débiles, las más necesitadas, las más oprimidas. Hemos de trabajar por el bien, la justicia y la paz de todos. Debemos trabajar todos juntos para un bien único, el de todos.

Jesús nos lo muestra en el evangelio de hoy, si servimos a nuestro bien, y al de los demás. Puede que uno de los dos quede olvidado, y cuál es el más importante. Debemos amar a Dios y al prójimo, no tener la prioridad en nosotros mismos. Cuando uno se preocupa únicamente de sí mismo, busca la confianza de los demás para aprovecharse de ellos. Y entonces, es cuando fallamos a la confianza dada por Dios a todos nosotros.

Hemos de trabajar por lograr un mundo mejor, una sociedad mejor, pero para ello hemos de trabajar por no aprovecharnos de los demás, por no buscar como único afán el tener más que los demás. La verdadera felicidad está en compartir con los demás, y no los bienes materiales, sino nuestra vida, nuestro amor como personas que aman a Dios, buscando el amor de Dios en aquel que está a nuestro lado. Este es el único Señor que debemos amar, que siempre confiará en nosotros y nunca nos fallará. Con el único que conseguiremos la verdadera felicidad, la de los hijos de Dios.

Germán Rivas, SDB