Vísperas – San Pío de Pieltrecina

VÍSPERAS

SAN PÍO DE PIELTRECINA, presbítero

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cantemos al Señor con alegría
unidos a la voz del pastor santo;
demos gracias a Dios, que es luz y guía,
solícito pastor de su rebaño.

Es su voz y su amor el que nos llama
en la voz del pastor que él ha elegido,
es su amor infinito el que nos ama
en la entrega y amor de este otro cristo.

Conociendo en la fe su fiel presencia,
hambrientos de verdad y luz divina,
sigamos al pastor que es providencia
de pastos abundantes que son vida.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores. Amén.

SALMO 10: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL JUSTO

Ant. El Señor se complace en el pobre.

Al Señor me acojo, ¿por qué me decís:
«Escapa como un pájaro al monte,
porque los malvados tensan el arco,
ajustan las saetas a la cuerda,
para disparar en la sombra contra los buenos?
Cuando fallan los cimientos,
¿qué podrá hacer el justo?

Pero el Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres.

El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Hará llover sobre los malvados ascuas y azufre,
les tocará en suerte un viento huracanado.

Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor se complace en el pobre.

SALMO 14: ¿QUIÉN ES JUSTO ANTE EL SEÑOR?

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua,

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aun en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA: 1P 5, 1-4

A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

R/ El que entregó su vida por sus hermanos.
V/ El que ora mucho por su pueblo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que le reparta la ración a sus horas. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que le reparta la ración a sus horas. Aleluya.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente diciendo:

Salva a tu pueblo, Señor.

Tú que por medio de pastores santos y eximios, has hecho resplandecer de modo admirable a tu Iglesia,
— haz que los cristianos se alegren siempre de ese resplandor.

Tú que, cuando los santos pastores te suplicaban, con Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
— santifica, por su intercesión, a tu Iglesia con una purificación continua.

Tú que, en medio de los fieles, consagraste a los santos pastores y, por tu Espíritu, los dirigiste,
— llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo.

Tú que fuiste el lote y la heredad de los santos pastores
— no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre esté alejado de ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por medio de los pastores de la Iglesia, das la vida eterna a tus ovejas para que nadie las arrebate de tu mano,
— salva a los difuntos, por quienes entregaste tu vida.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:

Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que concediste a san Pío, presbítero, la gracia singular de participar en la cruz de tu Hijo, y por su ministerio renovaste las maravillas de tu misericordia, concédenos, por su intercesión, que, compartiendo los sufrimientos de Cristo, lleguemos felizmente a la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 23 de septiembre

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, que has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo; concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 8,16-18

«Nadie enciende una lámpara y la tapa con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz. Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto. Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos trae tres pequeños dichos de Jesús. Son frases sueltas que Lucas coloca aquí después de la parábola de la simiente (Lc 8,4-8) y de su explicación a los discípulos (Lc 8,9-15). En este contexto literario Lucas coloca las tres frases, y ayuda a comprender la manera en que quiere que la gente entienda estas frases de Jesús.
• Lucas 8,16: La lámpara que ilumina. «Nadie enciende una lámpara y la tapa con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz.”. Esta frase de Jesús es una pequeña parábola. Jesús no explica, pues todo el mundo sabía de qué se trataba. Era algo da la vida de todos los días. En aquel tiempo, no había luz eléctrica. Uno se puede imaginar lo siguiente. La familia está reunida en casa. Comienza a caer la noche. Alguien se levanta, toma la lámpara, la enciende y la pone debajo de una cama o la tapa con algo. ¿Qué dirán los demás? Todos gritarán: ¿Estás loco/a, o qué? ¡Pon la lámpara encima de la mesa!” En una reunión bíblica, alguien hizo el siguiente comentario: la palabra de Dios es una lámpara para ser encendida en la oscuridad de la noche. Si se queda en el libro cerrado de la Biblia, es como una lámpara tapada con una vasija. Está colocada encima de la mesa e ilumina la casa cuando es leída por la comunidad y está enlazada con la vida.
En el contexto en que Lucas coloca esta frase, se refiere a la explicación que Jesús dio de la parábola de la semilla (Lc 8,9-15). Es como si dijera: las cosas que tú acabas de oír, no debes guardarlas para ti, sino que debes irradiarlas para los demás. Un cristiano no debe tener miedo a dar testimonio y a irradiar la Buena Nueva. La humildad es importante, pero es falsa la humildad que esconde los dones de Dios dados para edificar la comunidad (1Cor 12,4-26; Rom 12,3-8).
• Lucas 8,17: Lo escondido se volverá manifiesto. “Pues nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto.” Esta segunda frase de Jesús, de acuerdo con el contexto que fue puesto por Lucas, también se refiere a las enseñanzas que Jesús dio en particular a sus discípulos (Lc 8,9-10). Los discípulos no pueden conservarlas para sí, sino que deben divulgarlas, pues forman parte de la Buena Nueva de Dios que Jesús nos trae.
• Lucas 8,18: Prestar atención a las ideas preconcebidas. “Mirad, pues, cómo oís; porque al que tenga, se le dará; y al que no tenga, aun lo que crea tener se le quitará». En aquel tiempo, había muchas ideas preconcebidas sobre el Mesías que impedían a la gente el que entendiera de forma correcta la Buena Nueva del Reino que Jesús anunciaba. Por esto, esta advertencia de Jesús con relación a ideas preconcebidas es de mucha actualidad. Jesús pide a los discípulos que tomen conciencia de las ideas preconcebidas con que escuchan la enseñanza que él les ofrece. A través de esta frase de Jesús, Lucas está diciendo a las comunidades y a todos nosotros: “¡Prestad atención a las ideas con que miráis a Jesús!” Pues, si el color de los ojos es verde, todo será de color de verde. ¡Si fuera azul, todo será de color de azul! Si la idea con la que miro a Jesús fuera equivocada, todo lo que pienso, recibo y enseño sobre Jesús estará amenazado de error. Si yo pienso que el mesías ha de ser un rey glorioso, no voy a entender nada de lo que Jesús enseña sobre la Cruz, sobre el sufrimiento, la persecución y el compromiso, y hasta voy a perder aquello que yo pensaba poseer. Uniendo esta tercera fase a la primera, se puede concluir lo siguiente: quien quiera quedarse con lo que recibe, sin compartirlo con los demás, pierde aquello que tiene, pues se va a pudrir.

4) Para la reflexión personal

• ¿Tienes experiencia de idas preconcebidas que te impiden percibir y apreciar en su justo valor, las cosas buenas que las personas hacen?
• ¿Te has dado cuenta de las ideas preconcebidas que están detrás de ciertas historias, anécdotas y parábolas que las personas cuentan?

5) Oración final

Dichosos los que caminan rectamente,
los que proceden en la ley de Yahvé.
Dichosos los que guardan sus preceptos,
los que lo buscan de todo corazón. (Sal 119,1-2)

Recursos para la semana

1. La liturgia meditada a lo largo de la semana.

A lo largo de los días de la semana anterior al Domingo 26 del Tiempo Ordinario, intentad meditar la Palabra de Dios de este domingo. Meditadla personalmente, una lectura cada día, por ejemplo. Elegid un día de la semana para la meditación comunitaria de la Palabra: en un grupo parroquial, en un grupo de padres, en un grupo de un movimiento eclesial, en una comunidad religiosa…

2. Oración de los fieles inspirada en el Salmo.

Se puede hacer la Oración Universal inspirada en el Salmo de hoy: “Señor, haz justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, protege a los extranjeros…”

3. Oración en la lectio divina.

En la meditación de la Palabra de Dios (lectio divina), se puede prolongar el momento de la acogida de las lecturas con una oración.

Al terminar la primera lectura: Bendito seas, Dios de justicia y Padre de los pobres, porque abres los ojos de los profetas a los signos de los tiempos. Ante los excesos de fortuna y de bienestar, Tú nos haces leer los anuncios de revueltas y de desórdenes. Te pedimos por nuestra tierra y por nuestra sociedad, cuyas riquezas están tan mal distribuidas. Te pedimos perdón por nuestros propios excesos.

Después de la segunda lectura: Soberano y único bienaventurado, Rey de reyes y Señor de señores, que eres inmortal, te damos gracias porque das vida a todas las cosas y te bendecimos por tu Hijo Jesús, que se manifestará en el tiempo prefijado. Te pedimos que nos guardes irreprensibles, en la fe y en el amor, en la perseverancia y en la bondad.

Al finalizar el Evangelio: Padre de los pobres y defensor de los oprimidos, te bendecimos por los profetas que nos envías, cuando dejamos los caminos de la justicia, y por la gloria que reservas a aquellos a los que los hombres desprecian. Presos en las redes de una sociedad que produce tanto pobres, te pedimos: ilumínanos con tu Espíritu, condúcenos por los caminos de la justicia.

4. Plegaria Eucarística.

Se puede utilizar la Plegaria Eucarística I, que alude a Abraham (primera lectura).

5. Palabra para el camino.

¿Y nosotros hoy?
Las palabras de Amós atañen sin compasión a aquellos que no se preocupan por el desastre de Israel. Lucas pone en escena a un hombre rico cerrado en el lujo, que no ve al pobre Lázaro que está a su puerta.
¿Y nosotros hoy?
¿Ricos o no, ante todos los desastres del mundo, tenemos una mirada diferente hacia todos los “Lázaros” de nuestra sociedad o nos conformamos con lamentarnos ante la televisión?
¿Oímos sus golpes discretos a nuestra puerta?
¿O serán solamente los perros los que les asistan?

Comentario del 23 de septiembre

Es una obviedad. Si se enciende un candil es para alumbrar a los que se hallan en ese espacio. Al tiempo que se alumbra, sale a la luz lo que esconden las tinieblas. Y todo lo oculto está siendo ocultado por algo o por alguien. Lo oculto es lo que aún no ha salido a la luz. Pero –sentencia Jesús- nada hay oculto que no llegue a descubrirse, nada secreto que no llegue a saberse o a hacerse público.

¡Cuántas cosas desearíamos permanecieran ocultas! ¡Cuántas cosas personales desearíamos que no llegaran a saberse nunca, porque su notoriedad nos avergonzaría! En general, preferimos que no se haga público lo que nos avergüenza o nos llena de sonrojo: aquellos actos que desearíamos ocultar eternamente.

Pero a la mirada de Dios nada está oculto; ni siquiera esos pensamientos que hemos tenido, pero que no hemos expresado, que no han salido a la luz y puede que ni siquiera salgan. A la mirada de Dios todo está patente: lo que esconde la materia en su estructura más nuclear; lo que esconde la hipocresía o las estrategias humanas; lo que esconde la mente o el corazón de los hombres. No hay acción, por íntima que sea, que escape a la mirada de Dios. Si esto es así, nada podrá escapar de su juicio. Y en nuestra vida lo que definitivamente importa es el juicio de Dios, no el de los hombres.

No obstante, parece que la mirada de Dios no nos incomoda. En cambio, la mirada de los hombres sí nos alarmaría en ciertas situaciones. Hay cosas que deseamos mantener ocultas a la mirada de los demás, que no desearíamos por nada del mundo que se hicieran públicas. Suponemos que el juicio de los hombres es menos comprensivo y menos misericordioso que el juicio de Dios, y esto es así aunque los demás puedan tener, y de hecho tengan, las mismas debilidades que nosotros. Pero eso no les hace jueces más idóneos de nuestras obras.

Pero el nada hay oculto que no llegue a descubrirse no parece dicho en relación con Dios, puesto que a Él nada le está oculto, sino en relación con aquellos a quienes se pueden ocultar las cosas por algún tiempo al menos. Jesucristo nos advierte que finalmente todo saldrá a la luz: nuestras buenas (desconocidas de muchos) y nuestras malas (ocultadas) acciones.

¿Para qué? Para que resplandezca la verdad, para que se haga justicia, para obtener la debida recompensa. Quizá suceda que al entrar en el reino de la luz ya no haya espacio para la oscuridad ni para la ocultación. Entrar en el reino de la luz es entrar en el reino de lo manifiesto, de lo público, de lo visible. Tal es el significado de la verdad, la aletheia. Hay verdad donde la realidad se manifiesta, queda desvelada a los ojos de los que ven o entienden.

En cuanto hijos de la luz o testigos de la verdad, hemos de desear que la luz resplandezca o que la verdad se descubra, aunque ponga al descubierto nuestras miserias más ocultas. Si esa luz procede de Dios también pondrá de manifiesto las motivaciones y las fuerzas más recónditas de nuestro lábil y voluble modo de conducirnos en la vida. Si esa luz procede de Dios irá acompañada siempre de su misericordia. Confiemos, pues, en la misericordia divina.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

El Espíritu da vida

130. En estas tres verdades –Dios te ama, Cristo es tu salvador, Él vive– aparece el Padre Dios y aparece Jesús. Donde están el Padre y Jesucristo, también está el Espíritu Santo. Es Él quien está detrás, es Él quien prepara y abre los corazones para que reciban ese anuncio, es Él quien mantiene viva esa experiencia de salvación, es Él quien te ayudará a crecer en esa alegría si lo dejas actuar. El Espíritu Santo llena el corazón de Cristo resucitado y desde allí se derrama en tu vida como un manantial. Y cuando lo recibes, el Espíritu Santo te hace entrar cada vez más en el corazón de Cristo para que te llenes siempre más de su amor, de su luz y de su fuerza.

Homilía – Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

EL RICO POBRE Y EL POBRE RICO

 

PARÁBOLA DENUNCIADORA

Con esta parábola Jesús refleja la situación social de Palestina que él mismo ha comprobado con sus ojos en sus itinerancias misioneras. Había visto personas y familias que vivían demasiado bien, que derrochaban, mientras que otras muchas personas y familias pasaban mil penalidades y deseaban las migajas que caían de la mesa de los ricos. Con esta parábola el rabí de Nazaret denuncia proféticamente estas injusticias, como lo había hecho anteriormente Amos. Lo que agrava la iniquidad es que los escribas y fariseos bendicen la situación desde la interpretación egoísta e interesada de las Escrituras. Porque, ¿no afirmaban los libros sagrados que la riqueza es un premio que Dios concede a sus fieles? (Pr 10,22;

22,4; Job 1,21). Cuando Jesús concluye la parábola del administrador infiel y previene que no se puede servir a dos señores, los fariseos, «que son amigos del dinero, se burlaban de él» (Le 16,14-15), al tiempo que pensaban cuánto les daría la viuda de turno cuando fueran a rezar con ella por su marido (Le 20,47). A esas burlas, a ese cinismo, responde Jesús con esta parábola; no la dirige a sus discípulos, sino a los fariseos. Y, al mismo tiempo, alerta a los seguidores de todos los tiempos sobre el peligro de la vida de consumo y del derroche pasando inadvertidamente ante los «pobres lázaros» que encontramos en el camino. No se trata sólo de una denuncia contra los excesos de los grandes ricachones.

Evidentemente esta parábola tiene aplicación al hombre de clase media de hoy, con más posibilidades de consumo y bienestar que los grandes ricachones del tiempo de Jesús. La parábola es también una voz de alerta para nosotros. Hablar de la sociedad de hoy como de una sociedad de consumo y de derroche es una perogrullada. Todos nos hemos convertido en devoradores de productos. Comprobamos cada día que el consumo y el derroche que nos ofrecen los distintos medios, nos tientan, tiran de nosotros para que nos unamos a la marcha. ¡Ésta sí que es miseria espiritual, más dramática que la material del pobre Lázaro! Es preciso aclarar para no incurrir en malentendidos: Al rico se le condena por no recibir la vida como un don y no ofrecer ayuda al pobre hambriento que se consume precisamente al lado de su puerta.

EL RICO POBRE

Jesús pone de relieve en esta parábola la gran pobreza del que busca su seguridad y pone su dicha en el buen vivir que le proporcionan los medios económicos. Hay un detalle significativo en la parábola que no es fácil percibir. Intencionadamente Jesús pone nombre al pobre, se llamaba Lázaro, pero deja sin nombre al rico. Comúnmente se le denomina «epulón», el rico «epulón»; pero éste es un nombre común que se le ha puesto posteriormente para enunciar la parábola; La palabra griega «epulón» significa «banqueteador», aludiendo a su forma opulenta de vida. Jesús al mantenerle anónimo quiere indicar su irrelevancia, lo poco que era ante Dios.

Hay que señalar también que la miseria interior del rico no provenía de que fuera un estafador o un ladrón; el pecado que Jesús denuncia en él es la omisión. En medio de su vida sibarítica pasa de largo ante el pobre Lázaro. Jesús señala que la abundancia, el consumismo y el derroche ciegan a la persona, la insensibilizan. El epulón ni se percata ni se preocupa cuando vuelve de su paseo de que, llagado y tendido a la puerta, está el pobre Lázaro. Me parecen semejantes a él quienes dicen con toda naturalidad: «Si hoy gracias a Dios no hay pobres, si sólo pasa necesidad el que quiere; toda la gente vive bien».

El rico epulón pide a Abrahán que envíe un muerto a prevenir a sus hermanos, para que no cometan su misma insensatez. Abrahán le contesta: «Ya tienen a Moisés y a los profetas. Que los escuchen. Si no los escuchan, no harán caso ni a un muerto que resucite». Jesús quiere señalar con esta expresión que el empachado de bienes y satisfacciones se vuelve sordoa los mensajes de Dios, impermeable a ellos.

Del rico se asegura que bajó al infierno (el «hades»). Esto significa que su vida ha terminado en el fracaso. Se ha encerrado en su interés y en su riqueza de tal forma que al llegar ante la luz de Dios, que es don de amor, se encuentra inútil y vacío, condenado. Ha elegido una forma de existencia que es contraria al misterio de Dios y de la vida.

Jesús pinta sus parábolas con colores fuertes y reproduce situaciones-límite para que resalte más su mensaje. Está claro que entre nosotros no hay quien haga llegar su embriaguez de consumismo y bienestar a las escandalosas extralimitaciones del rico epulón; pero pienso que todos tenemos algo de epuloncitos. Los cristianos sensibilizados que vienen del Tercer Mundo sienten compasión hacia nosotros por la fiebre consumista que padecemos. Dicen los economistas que con los desperdicios de comida de Europa habría para alimentar a toda una nación africana. Como en el caso del rico epulón, se prefiere a veces tirar al mar los excedentes para que no caigan los precios antes que dárselos a los pobres. A través de la parábola el Señor me interpela: ¿Derrocho? ¿Me arrastra la corriente consumista? ¿De qué gastos podría prescindir?

 

LA MÍSTICA DEL AMOR AL POBRE

Con respecto a Lázaro, el pobre, hay que decir que Jesús no le exalta por el mero hecho de ser económica o sociológicamente pobre, sino por sus actitudes interiores. En este sentido, el pobre es rico. La situación social de pobreza no es ningún seguro de salvación eterna. Si así fuera constituiría un verdadero pecado contra el pobre el redimirle de su situación; Jesús recuerda que nuestro amor hacia él nos urge a liberarle de su situación inhumana.

Esa mística consiste esencialmente en vivir el servicio a ellos como un privilegio, como una dicha, como un honor, que no nos merecemos, como tantas veces repetía de sí misma la madre Teresa de Calcuta. Ayudar a los pobres material y espiritualmente, más que un deber, es un privilegio, porque Jesús, Dios hecho Hombre, nos ha asegurado: «Cuanto hagáis a uno de estos hermanos míos, me lo hacéis a mí» (Mt 25,40). Frente a la fiebre de «tener», de «consumir», de «gozar» que domina en gran medida a la sociedad, el cristiano ha de vivir la mística del compartir,la mística de la solidaridad.

Así como muchos se pelean por acercarse a los famosos, recabar sus firmas, fotografiarse con ellos, honrarse con su amistad, los cristianos hemos de rivalizar por hacer lo mismo con los pobres, rivalizar por servirles, estar a su lado, gozar de su compañía, ya que ellos son presencia de Cristo (Mt 25,40).

Decía san Antonio María Claret: «Dios me ha dado una especial ternura hacia los pobres. Y ellos se dan cuenta de que les quiero de verdad». Siendo confesor de la Reina Isabel II, una muchedumbre de ellos copaba la escalera de acceso a su despacho durante la hora de audiencia. Le decía al Hermano de su congregación que vivía con él y que quería ponerle un vasito de vino para ayudar a su salud: «H. José, hay que ahorrar más para poder dar más a los pobres». Lo decía él que llevaba una vida austerísima. «¿Cuál es su mayor dicha?», le pregunta un periodista a la madre Teresa. «La de servir a los pobres, porque esto me permite estar veinticuatro horas con Jesucristo, encarnado en ellos».

 

«HAY MÁS DICHA EN DAR QUE EN RECIBIR»

«¿Cuándo acabará el hambre en el mundo?», le pregunta un periodista a la madre Teresa. «Cuando usted y yo compartamos más», respondió al instante. Es necesario compartir. Pero no es suficiente. En el comunicado final del Sínodo sobre los laicos dicen los Padres sinodales: «El Espíritu nos lleva a descubrir más claramente que hoy la santidad no es posible sin un compromiso con la justicia, sin una solidaridad con los pobres y oprimidos. El modelo de santidad de los fieles laicos tiene que incorporar la dimensión social en la transformación del mundo según el plan de Dios». No se puede decir nada más preciso y más autorizado.

Hay una religión que sigue captando adeptos cada día. No es nueva. No se presenta como una religión institucionalizada, pero tiene sus sumos sacerdotes, sus libros sagrados y sus lugares de culto: las tiendas donde se compra no lo que hace falta, sino lo que está de moda, los bancos donde se guarda el dinero y las bolsas donde se juega con las acciones. En el altar de esa nueva religión se sacrifica todo por tener y acumular más. Hay demasiada gente que ni siquiera disfruta de lo mucho que ya tiene. Su único interés es acumular más y más.

Mafalda, la niña ingeniosa dibujada por Quino hace años en Argentina, denunciaba: Es absolutamente imposible amasar una fortuna sin hacer harina a los demás. Muchos hermanos nuestros son sacrificados en ese altar y pasan su vida sin tener acceso a lo más mínimo para vivir dignamente. ¡Ojo! No vaya a ser que muchos de los que nos decimos cristianos vayamos los domingos a misa y los demás días sacrifiquemos en el altar de este ya antiguo ídolo. Jesús dice: No podéis servirá Dios y al dinero (Mt 6,24). Es preciso luchar proféticamente contra este ídolo devastador.

Atilano Aláiz

Lc 16, 19-31 (Evangelio Domingo XXVI de Tiempo Ordinario)

La lectura que hoy se nos propone representa una etapa más en el “camino hacia Jerusalén”.

La historia del rico y del pobre Lázaro es un texto exclusivo de Lucas. No es posible decir si se trata de una parábola procedente de una fuente desconocida, o si es una creación del mismo Lucas. De cualquier forma, se trata de una catequesis(desarrollada a lo largo de todo el capítulo 16 del Evangelio según Lucas) en la que se aborda el problema de la relación entre el hombre y los bienes de este mundo. Jesús se dirige, aquí, a los fariseos (cf. 16,14), como representantes de todos aquellos que aman al dinero y viven en función de él.

La parábola tiene dos partes.

En la primera parte(vv. 19-26), Lucas presenta los dos personajes fundamentales de la historia, según un cliché literario muy común en la literatura bíblica: un rico que vive lujosamente y que celebra grandes fiestas y un pobre, que tiene hambre, vive miserablemente y está enfermo. Sin embargo, la muerte de los dos cambia radicalmente la situación. ¿Qué es lo que, verdaderamente, está en juego aquí?

Prestemos atención a los dos personajes.

Del rico se dice, únicamente, que vestía de púrpura y lino fino, y que daba espléndidas fiestas. Por lo demás, no se dice de él si era malo o bueno, si frecuentaba o no el templo, si explotaba a los pobres o si era insensible a su sufrimiento; cuando murió, fue a parar a un lugar de tormentos.

Del pobre Lázaro se dice, únicamente, que yacía a la puerta del rico, que estaba cubierto de llagas, que deseaba saciarse con las migajas que caían de la mesa del rico y que los perros venían a lamerle las llagas; cuando murió, Lázaro fue “llevado por los ángeles al seno de Abraham” (quiere esto decir, a un lugar de honor en el festín presidido por Abraham. Se trata del “banquete del Reino”, donde los elegidos se unirán, de acuerdo con el imaginario judío, con los patriarcas y los profetas). No se dice, no obstante, si Lázaro llevó, en la tierra, una vida ejemplar o si cometió malas acciones, si fue un modelo de virtudes o fue un hombre cargado de defectos, si trabajaba duramente o fue un parásito que no quiso hacer nada para mudar su triste situación.

En esta historia, no parecen ser las acciones buenas o las malas realizadas en este mundo por los personajes (la historia no hace ninguna referencia a eso) las que deciden su suerte en el otro mundo. ¿Entonces, por qué uno está destinado a los tormentos y el otro al “banquete del Reino”?

La respuesta sólo puede ser una: lo que determina la diferencia de destinos es la riqueza y la pobreza. El rico sufre los “tormentos” porque es rico; el pobre goza del “banquete del Reino” porque es pobre. Pero entonces, ¿la riqueza es pecado? ¿Aquellos que acumulen riquezas sin defraudar a nadie serán culpables de algo? ¿Ser rico equivale a ser malo y, por tanto, es estar destinado a los “tormentos”?

En la perspectiva de Lucas, la riqueza, legítima o ilegítima, es siempre culpable. Los bienes no pertenecen a nadie en particular (ni siquiera a aquellos que trabajan duramente para tomar posesión de una tajada de los bienes que Dios puso en el mundo); sino que son dones de Dios, puestos a disposición de todos sus hijos, para ser compartidos y para asegurar una vida digna para todos. Quien se apodera, aunque sea legítimamente, de esos bienes en beneficio propio, sin compartirlos, está defraudando el proyecto de Dios.

Quien utiliza los bienes para tener una vida lujosa y sin preocupaciones, olvidándose de las necesidades de los otros hombres, está defraudando a sus hermanos que viven en la miseria. En esta historia, Jesús enseña que no somos dueños de los bienes que Dios puso en nuestras manos, aunque los hallamos adquirido de forma legítima: somos únicamente administradores, encargados de compartir con los hermanos aquello que pertenece a todos. Olvidar esto es vivir de forma egoísta y, por ello, es estar destinado a los “tormentos”.

En la segunda parte de nuestro texto (vv. 27-31), se insiste en que la Escritura, en la cual los fariseos eran peritos, presenta el camino seguro para aprender a asumir la actitud correcta en relación con los bienes. El rico permaneció sordo ante las interpelaciones de la Palabra y no se dejó transformar por ella.

El versículo final (v. 31) expresa perfectamente el mensaje contenido en esta segunda parte: hasta incluso los milagros más espectaculares son inútiles, cuando el hombre no acoge en su corazón la Palabra de Dios. Sólo la Palabra de Dios puede hacer que el hombre corrija sus opciones equivocadas, salga de su egoísmo, aprenda a amar y a compartir.

La historia que se nos propone es una ilustración de las bienaventuranzas y de los “ays” de Lc 6,20-26. Se anuncia, de esta forma, que el proyecto de Dios pasa por un “Reino” de fraternidad, de amor y de compartir. Quien rechaza ese proyecto y elige vivir cerrado en su egoísmo y autosuficiencia (los ricos), no puede formar parte de ese mundo nuevo de fraternidad que Dios quiere proponer a los hombres (la imagen de los “tormentos”, con todo, no debe ser tomada al pie de la letra: forma parte del folclore oriental y de la imágenes que los predicadores de la época utilizaban para impresionar a las personas y llevarlas a modificar radicalmente su comportamiento).

La reflexión y el compartir pueden iniciarse a partir de los siguientes puntos:

Tal vez la catequesis que el Evangelio de hoy nos presenta nos parezca, de partida, demasiado radical: ¿no tenemos derecho a ser ricos, a gozar de los bienes que conseguimos honestamente? No obstante conviene que tomemos conciencia de que cerca de un cuarto de la humanidad tiene en sus manos aproximadamente el 80% de los recursos disponibles del planeta; y que tres cuartas partes de la humanidad tienen que contentarse con el otro 20% de los recursos. ¿Esto es justo?

¿Es justo que varias decenas de miles de niños mueran diariamente a causa del hambre y de problemas relacionados con la desnutrición, mientras el primer mundo destruye cosechas enteras para que el exceso de producción no obligue a bajar los precios?

¿Es justo que se gasten en fiestas sociales cantidades ingentes de dinero que daban para construir una docena de escuelas o media docena de hospitales en un país del tercer mundo?

El Vaticano II afirma: Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa.

Sean las que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de los pueblos según las circunstancias diversas y variables, jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás. Por lo demás, el derecho a poseer una parte de bienes suficiente para sí mismos y para sus familias es un derecho que a todos corresponde” (Gaudium et Spes, 69).

¿Cómo me sitúo antes los bienes? ¿Veo los bienes que Dios me ha concedido como “míos, muy míos, sólo míos”, o como dones que Dios puso en mis manos para administrarlos y compartirlos, pero que pertenecen a todos los hombres?

Por muy pobres que seamos, debemos continuamente interrogarnos para analizar si no tenemos un “corazón de rico”, esto es, para percibir si nuestra relación con los bienes no es una relación egoísta, acaparadora, exclusivista (hay “pobres” cuyo sueño es, únicamente, llevar una vida igual a la de los ricos).

Y no nos olvidemos que es la Palabra de Dios la que nos cuestiona continuamente y que nos permite cambiar el corazón egoísta para tener un corazón capaz de amar y de compartir.

1Tim 6, 11-16 (2ª lectura – Domingo XXVI de Tiempo Ordinario)

Continuamos reflexionando sobre la Primera Carta de Timoteo. Timoteo es ese cristiano natural de Listra hijo de padre griego y de madre judeo-cristiana que acompañó en algunos de los viajes misioneros a Pablo, y a quien Pablo confió la coordinación pastoral de las iglesias de Asia y que, según la tradición, fue el primer obispo de la Iglesia de Éfeso.

El autor (que se presenta como Pablo, aunque la atribución de esta carta al apóstol sea, como ya vimos en los domingos anteriores, bastante problemática) traza, para la edificación de Timoteo, el retrato del “hombre de Dios”.

El contexto de las “cartas pastorales” nos sitúa, presumiblemente, en los inicios del siglo II, en un momento en el que las herejías, normalmente de tipo gnóstico, comienzan a molestar a los cristianos.

Aunque continúe discutiéndose el “ambiente” en el que las cartas pastorales aparecen, lo cierto es que se trata de una época en la que la comunidad cristiana comienza a sufrir las influencias de los “falsos maestros”, que difunden doctrinas extrañas (el autor de la carta traza el cuadro de los “falsos maestros”: son orgullosos, ignorantes, discuten cuestiones sin importancia, fomentan la discordia, los insultos, las sospechas injustas, las envidias y celos y están preocupados por las cuestiones del lucro, cf. 1 Tim 6,4-6). En este “ambiente”, es importante subrayar las características del verdadero discípulo, a través de quien la verdadera fe es transmitida.

¿Cómo debe ser, entonces, según la perspectiva del autor de este texto, el “hombre de Dios”?

El verdadero “hombre de Dios” (al que Timoteo debe representar) tiene que distinguirse por una vida santa, enraizada en la fe y en el amor a los hermanos. En concreto, el “hombre de Dios” debe cultivar la justicia, la piedad, la fe, el amor, la perseverancia, la dulzura. Tiene que ser paciente y manso, ante las dificultades que el servicio apostólico pone delante. Debe guardar “el mandamiento del Señor”, esto es, la verdadera fe que le fue transmitida por la tradición apostólica. Lo que dice respecto al perfil del “hombre de Dios”, se resume en el amor hacia los hermanos, en el entusiasmo por el ministerio y en la capacidad para transmitir la verdadera doctrina, heredada de los apóstoles.

El texto termina con un himno litúrgico, que presenta a Dios como el Señor de los señores, el único soberano, aquél que posee la inmortalidad, la gloria y el poder universal. Se trata de una solmene doxología que proviene, sin duda, del repertorio de oraciones utilizadas en las sinagogas judías del mundo griego y que presentaban a Dios en contraste con los falsos dioses y con los títulos humanos atribuidos a reyes y emperadores.

Para la reflexión y el compartir, tened en cuenta los siguientes datos:

El retrato aquí esbozado del “hombre de Dios” define los trazos del verdadero creyente: es alguien que vive con entusiasmo su fe, que ama a los hermanos (que trata a todos con dulzura, con paciencia, con mansedumbre) y que da testimonio de la verdadera doctrina de Jesús, sin dejarse seducir y desviar por las modas o por los propios intereses.

¿Nos identificamos con este modelo?

La propuesta que aquí se hace a Timoteo debe, sobre todo, caracterizar la vida de aquellos que tienen responsabilidades en la animación de las comunidades cristianas.
¿Los animadores de nuestras comunidades son, efectivamente, personas llenas de amor, de mansedumbre, de paciencia, de capacidad de dar la vida y de servir a los hermanos?

¿Son personas que transmiten, con fidelidad y coherencia, el proyecto de Jesús, o son personas que transmiten doctrinas propias, condicionadas por sus intereses? ¿En la vida y en el testimonio de los animadores de nuestras comunidades, se nota la voluntad de dar un verdadero testimonio de Jesús y de su propuesta de salvación, o se nota la búsqueda de privilegios, de títulos y de honores sociales?

Am 6, 1a. 4-7 (1ª lectura Domingo XXVI de Tiempo Ordinario)

Continuamos con Amós, el profeta de Tecua, de quien ya hablamos el pasado domingo.

Estamos a mediados del siglo VIII antes de Cristo (alrededor del año 762), en el reino del Norte (Israel).

Las conquistas de Jeroboán II crearon bienestar, riqueza, prosperidad, sin embargo, la situación de desahogo no beneficia tanto a toda la nación, cuanto a un grupo privilegiado (en el cual podemos incluir a los nobles, los cortesanos, los militares, los grandes latifundistas y los comerciantes sin escrúpulos). Nace, así, una clase dirigente poderosa, cada vez más rica, que vive instalada en el lujo, que explota a los pobres y que apoyada por jueces corruptos, comete ilegalidades y abusos. De otro lado, están los pobres, víctimas inocentes y silenciosas de un sistema que genera injusticia, miseria, sufrimiento, opresión. Es en este contexto en el que el “profeta de la justicia social” va a hacer oír su denuncia profética.

El texto que hoy se nos propone pertenece al género literario de los “ays” (v. 1). Comienza con una interjección (“hwy”) que es, habitualmente, utilizada en lamentaciones fúnebres. La palabra corresponde al grito con el que las plañideras acompañaban al cortejo fúnebre. (Es el tercer “ay” de Amós; los otros dos aparecen en Am 5,7 (a propósito de la justicia y de los tribunales) y en Am 5,18 (a propósito del culto). Los profetas utilizan, normalmente, esta palabra como introducción a un oráculo que anuncia el castigo: indica que ciertas personas o grupos se encuentran a las puertas de la muerte a causa de sus pecados.

¿Quiénes son los destinatario del mensaje que Amós enseña en este texto? ¿Quiénes son esos que se encuentran a las puertas de la muerte a causa de sus pecados?

Se trata de la clase dirigente, rica e indolente, que vive cómodamente en los palacios de la capital, que derrocha en lujos, que vive en una eterna fiesta; se trata de esos parásitos que se tienden “en lechos de marfil”, que comen alimentos exquisitos, que beben vinos exóticos, que utilizan perfumes importados, que se divierten oyendo música y componiendo canciones.

Lo más grave (este texto no lo dice directamente, pero la idea está siempre presente en la denuncia de Amós) es que todo este lujo y derroche es fruto de la explotación de los más pobres y de las rapiñas y prepotencias cometidas contra los débiles.

Por lo demás, esta clase rica e indolente vive egoístamente sumergida en su mundo cómodo y no se preocupa lo más mínimo por la miseria y el sufrimiento que aflige a sus hermanos. Los pobres trabajaban duramente, con una existencia llena de dolores, trabajos y miserias, para sustentar la indolencia y el lujo de la clase dirigente. ¿Podrá aceptar Dios que esta situación se prolongue indefinidamente?

Es evidente que Dios no está dispuesto a pactar con esta situación. La clase dominante de Samaría está inflingiendo gravemente los mandamientos de la “alianza” y Dios no acepta ser cómplice de aquellos que mantienen un elevado nivel de vida a costa de la sangre y de las lágrimas de los pobres. Por eso, el castigo llegará en forma de exilio en una tierra extranjera (el profeta se refiere a la caída a manos de los asirios de Salmanasar V, en el 721 antes de Cristo, y a la marcha de la clase dirigente hacia el cautiverio en Asiria).

Para la reflexión y el compartir, considerad las siguientes cuestiones:

El cuadro pintado por Amós describe, al pormenor, situaciones bien conocidas por todos nosotros. Pensemos en las fiestas de la jet-set y en los cuantiosos gastos en ropas, joyas, perfumes, de aquellos que las frecuentan; pensemos en los cuantiosos gastos en noches de fiesta realizados por gente que paga miserablemente a sus obreros; pensemos en los gobernantes que malgastan el dinero público y que ni siquiera van a los tribunales porque hay siempre una manera de hacer que los crímenes prescriban.

Y, por contraste, pensemos en los obreros que arriesgan la vida en obras peligrosas, porque el dueño no quiere gastar nada en sistemas de seguridad; pensemos en aquellos que ganan salarios mínimos, trabajando duramente para enriquecer a un jefe prepotente y sin escrúpulos, y que a final de mes no tiene dinero para pagar la guardería de los hijos; pensemos en los trabajadores clandestinos que no reciben el salario a final de mes, porque el señor desapareció sin dejar señas; pensemos en aquellos que reciben pensiones de miseria y que viven en condiciones infrahumanas.

¿Un cristiano puede quedarse tan tranquilo ante estos contrastes?
¿Qué podemos hacer?
¿Cómo reivindicar, con coraje profético, un mundo que se parezca más al proyecto de Dios?

Conviene, también, que nos apliquemos las cuestiones que el mensaje de Amos nos plantea a nosotros mismos. Muy probablemente no frecuentemos las fiestas de los famosos, ni utilicemos el dinero público en nuestro beneficio. Pero, ¿en una escala mucho menor, a veces, no nos dejamos arrastrar por el deseo de tener, comprando cosas superfluas, e imponiendo sacrificios a nuestra familia para pagar nuestras manías de grandeza? ¿No gastamos, a veces, de forma descontrolada, para pagar nuestros pequeños vicios, sin pensar en las necesidades de aquellos que dependen de nosotros? ¿Y los religiosos con voto de pobreza, no gastan, a veces, de forma superflua, olvidando que viven de los donativos generosos de personas que tienen menos que ellos?

Comentario al evangelio – 23 de septiembre

En nuestros días la luz está al alcance de la mano. Alargamos la mano, damos un botón y ya está, la sala iluminada. Hemos superado tantas fronteras, tantos obstáculos de la naturaleza gracias nuestro ingenuo que nos hemos creído que somos capaces de casi todo por nosotros mismos.

Pero el Evangelio no nos habla de esta luz producto de la técnica, sino de otra luz, y de esa nos falta tanto… esa luz que es capaz de dar alegría, esperanza, ilusión por la vida, esa luz que hace que la luchas, los esfuerzos, los sacrificios merezcan la pena. Es la luz de Jesús que ha venido a iluminar el mundo para que veamos la Verdad de todas las cosas.

Pero lo que de verdad inquieta del evangelio de hoy es el final: “al que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo poco que cree tener”, porque ¿no será que creemos que vemos tanto, que no veamos nada? ¿No será que estamos ciegos creyendo que vemos?

Necesitamos más humildad para reconocer nuestra ceguera, para reconocer el “misterio” que es nuestra vida y la de los demás, más humildad para acoger la única luz capaz de iluminar nuestro corazón.