Homilía – Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

EL RICO POBRE Y EL POBRE RICO

 

PARÁBOLA DENUNCIADORA

Con esta parábola Jesús refleja la situación social de Palestina que él mismo ha comprobado con sus ojos en sus itinerancias misioneras. Había visto personas y familias que vivían demasiado bien, que derrochaban, mientras que otras muchas personas y familias pasaban mil penalidades y deseaban las migajas que caían de la mesa de los ricos. Con esta parábola el rabí de Nazaret denuncia proféticamente estas injusticias, como lo había hecho anteriormente Amos. Lo que agrava la iniquidad es que los escribas y fariseos bendicen la situación desde la interpretación egoísta e interesada de las Escrituras. Porque, ¿no afirmaban los libros sagrados que la riqueza es un premio que Dios concede a sus fieles? (Pr 10,22;

22,4; Job 1,21). Cuando Jesús concluye la parábola del administrador infiel y previene que no se puede servir a dos señores, los fariseos, «que son amigos del dinero, se burlaban de él» (Le 16,14-15), al tiempo que pensaban cuánto les daría la viuda de turno cuando fueran a rezar con ella por su marido (Le 20,47). A esas burlas, a ese cinismo, responde Jesús con esta parábola; no la dirige a sus discípulos, sino a los fariseos. Y, al mismo tiempo, alerta a los seguidores de todos los tiempos sobre el peligro de la vida de consumo y del derroche pasando inadvertidamente ante los «pobres lázaros» que encontramos en el camino. No se trata sólo de una denuncia contra los excesos de los grandes ricachones.

Evidentemente esta parábola tiene aplicación al hombre de clase media de hoy, con más posibilidades de consumo y bienestar que los grandes ricachones del tiempo de Jesús. La parábola es también una voz de alerta para nosotros. Hablar de la sociedad de hoy como de una sociedad de consumo y de derroche es una perogrullada. Todos nos hemos convertido en devoradores de productos. Comprobamos cada día que el consumo y el derroche que nos ofrecen los distintos medios, nos tientan, tiran de nosotros para que nos unamos a la marcha. ¡Ésta sí que es miseria espiritual, más dramática que la material del pobre Lázaro! Es preciso aclarar para no incurrir en malentendidos: Al rico se le condena por no recibir la vida como un don y no ofrecer ayuda al pobre hambriento que se consume precisamente al lado de su puerta.

EL RICO POBRE

Jesús pone de relieve en esta parábola la gran pobreza del que busca su seguridad y pone su dicha en el buen vivir que le proporcionan los medios económicos. Hay un detalle significativo en la parábola que no es fácil percibir. Intencionadamente Jesús pone nombre al pobre, se llamaba Lázaro, pero deja sin nombre al rico. Comúnmente se le denomina «epulón», el rico «epulón»; pero éste es un nombre común que se le ha puesto posteriormente para enunciar la parábola; La palabra griega «epulón» significa «banqueteador», aludiendo a su forma opulenta de vida. Jesús al mantenerle anónimo quiere indicar su irrelevancia, lo poco que era ante Dios.

Hay que señalar también que la miseria interior del rico no provenía de que fuera un estafador o un ladrón; el pecado que Jesús denuncia en él es la omisión. En medio de su vida sibarítica pasa de largo ante el pobre Lázaro. Jesús señala que la abundancia, el consumismo y el derroche ciegan a la persona, la insensibilizan. El epulón ni se percata ni se preocupa cuando vuelve de su paseo de que, llagado y tendido a la puerta, está el pobre Lázaro. Me parecen semejantes a él quienes dicen con toda naturalidad: «Si hoy gracias a Dios no hay pobres, si sólo pasa necesidad el que quiere; toda la gente vive bien».

El rico epulón pide a Abrahán que envíe un muerto a prevenir a sus hermanos, para que no cometan su misma insensatez. Abrahán le contesta: «Ya tienen a Moisés y a los profetas. Que los escuchen. Si no los escuchan, no harán caso ni a un muerto que resucite». Jesús quiere señalar con esta expresión que el empachado de bienes y satisfacciones se vuelve sordoa los mensajes de Dios, impermeable a ellos.

Del rico se asegura que bajó al infierno (el «hades»). Esto significa que su vida ha terminado en el fracaso. Se ha encerrado en su interés y en su riqueza de tal forma que al llegar ante la luz de Dios, que es don de amor, se encuentra inútil y vacío, condenado. Ha elegido una forma de existencia que es contraria al misterio de Dios y de la vida.

Jesús pinta sus parábolas con colores fuertes y reproduce situaciones-límite para que resalte más su mensaje. Está claro que entre nosotros no hay quien haga llegar su embriaguez de consumismo y bienestar a las escandalosas extralimitaciones del rico epulón; pero pienso que todos tenemos algo de epuloncitos. Los cristianos sensibilizados que vienen del Tercer Mundo sienten compasión hacia nosotros por la fiebre consumista que padecemos. Dicen los economistas que con los desperdicios de comida de Europa habría para alimentar a toda una nación africana. Como en el caso del rico epulón, se prefiere a veces tirar al mar los excedentes para que no caigan los precios antes que dárselos a los pobres. A través de la parábola el Señor me interpela: ¿Derrocho? ¿Me arrastra la corriente consumista? ¿De qué gastos podría prescindir?

 

LA MÍSTICA DEL AMOR AL POBRE

Con respecto a Lázaro, el pobre, hay que decir que Jesús no le exalta por el mero hecho de ser económica o sociológicamente pobre, sino por sus actitudes interiores. En este sentido, el pobre es rico. La situación social de pobreza no es ningún seguro de salvación eterna. Si así fuera constituiría un verdadero pecado contra el pobre el redimirle de su situación; Jesús recuerda que nuestro amor hacia él nos urge a liberarle de su situación inhumana.

Esa mística consiste esencialmente en vivir el servicio a ellos como un privilegio, como una dicha, como un honor, que no nos merecemos, como tantas veces repetía de sí misma la madre Teresa de Calcuta. Ayudar a los pobres material y espiritualmente, más que un deber, es un privilegio, porque Jesús, Dios hecho Hombre, nos ha asegurado: «Cuanto hagáis a uno de estos hermanos míos, me lo hacéis a mí» (Mt 25,40). Frente a la fiebre de «tener», de «consumir», de «gozar» que domina en gran medida a la sociedad, el cristiano ha de vivir la mística del compartir,la mística de la solidaridad.

Así como muchos se pelean por acercarse a los famosos, recabar sus firmas, fotografiarse con ellos, honrarse con su amistad, los cristianos hemos de rivalizar por hacer lo mismo con los pobres, rivalizar por servirles, estar a su lado, gozar de su compañía, ya que ellos son presencia de Cristo (Mt 25,40).

Decía san Antonio María Claret: «Dios me ha dado una especial ternura hacia los pobres. Y ellos se dan cuenta de que les quiero de verdad». Siendo confesor de la Reina Isabel II, una muchedumbre de ellos copaba la escalera de acceso a su despacho durante la hora de audiencia. Le decía al Hermano de su congregación que vivía con él y que quería ponerle un vasito de vino para ayudar a su salud: «H. José, hay que ahorrar más para poder dar más a los pobres». Lo decía él que llevaba una vida austerísima. «¿Cuál es su mayor dicha?», le pregunta un periodista a la madre Teresa. «La de servir a los pobres, porque esto me permite estar veinticuatro horas con Jesucristo, encarnado en ellos».

 

«HAY MÁS DICHA EN DAR QUE EN RECIBIR»

«¿Cuándo acabará el hambre en el mundo?», le pregunta un periodista a la madre Teresa. «Cuando usted y yo compartamos más», respondió al instante. Es necesario compartir. Pero no es suficiente. En el comunicado final del Sínodo sobre los laicos dicen los Padres sinodales: «El Espíritu nos lleva a descubrir más claramente que hoy la santidad no es posible sin un compromiso con la justicia, sin una solidaridad con los pobres y oprimidos. El modelo de santidad de los fieles laicos tiene que incorporar la dimensión social en la transformación del mundo según el plan de Dios». No se puede decir nada más preciso y más autorizado.

Hay una religión que sigue captando adeptos cada día. No es nueva. No se presenta como una religión institucionalizada, pero tiene sus sumos sacerdotes, sus libros sagrados y sus lugares de culto: las tiendas donde se compra no lo que hace falta, sino lo que está de moda, los bancos donde se guarda el dinero y las bolsas donde se juega con las acciones. En el altar de esa nueva religión se sacrifica todo por tener y acumular más. Hay demasiada gente que ni siquiera disfruta de lo mucho que ya tiene. Su único interés es acumular más y más.

Mafalda, la niña ingeniosa dibujada por Quino hace años en Argentina, denunciaba: Es absolutamente imposible amasar una fortuna sin hacer harina a los demás. Muchos hermanos nuestros son sacrificados en ese altar y pasan su vida sin tener acceso a lo más mínimo para vivir dignamente. ¡Ojo! No vaya a ser que muchos de los que nos decimos cristianos vayamos los domingos a misa y los demás días sacrifiquemos en el altar de este ya antiguo ídolo. Jesús dice: No podéis servirá Dios y al dinero (Mt 6,24). Es preciso luchar proféticamente contra este ídolo devastador.

Atilano Aláiz