Vísperas – Miércoles XXV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

MIÉRCOLES XXV DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Amo, Señor, tus sendas, y me es suave la carga
8la llevaron tus hombros) que en mis hombros pusiste;
pero a veces encuentro que la jornada es larga,
que el cielo ante mis ojos de tinieblas se viste.

que el agua del camino es amarga…, es amarga,
que se enfría este ardiente corazón que me diste;
y una sombría y honda desolación me embarga,
y siento el alma triste hasta la muerte triste…

El espíritu débil y la carne cobarde,
lo mismo que el cansado labriego, por la tarde,
de la dura fatiga quisiera reposar…

Mas entonces me miras…, y se llena de estrellas,
Señor, la oscura noche; y detrás de tus huellas,
con la cruz que llevaste, me es dulce caminar.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Amén.

SALMO 26: CONFIANZA ANTE EL PELIGRO

Ant. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?+

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
+ El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

Cuando me asaltan los malvados
para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.

Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.

Él me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca;

y así levantaré la cabeza
sobre el enemigo que me cerca;
en su tienda ofreceré
sacrificios de aclamación:
cantaré y tocaré para el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

SALMO 26: CONFIANZA ANTE EL PELIGRO

Ant. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.»
Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.

No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones,
Dios de mi salvación.

Si mi padre y mi madre me abandonan,
el Señor me recogerá.

Señor, enséñame tu camino,
guíame por la senda llana,
porque tengo enemigos.

No me entregues a la saña de mi adversario,
porque se levantan contra mí testigos falsos,
que respiran violencia.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.

Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

CÁNTICO de COLOSENSES: HIMNO A CRISTO, PRIMOGÉNITO DE TODA CRIATURA

Ant. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque por medio de él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

LECTURA: St 1, 22.25

Llevad a la práctica la ley y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. El que se concentra en la ley perfecta, la de la libertad, y es constante, no para oír y olvidarse, sino para ponerla por obra, éste será dichoso al practicarla.

RESPONSORIO BREVE

R/ Sálvame, Señor,  y ten misericordia de mí.
V/ Sálvame, Señor,  y ten misericordia de mí.

R/ No arrebates mi alma con los pecadores.
V/ Y ten misericordia de mí.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sálvame, Señor,  y ten misericordia de mí.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

PRECES

Que en todo sea glorificado el nombre del Señor, que atiende a su pueblo elegido con infinito amor. A él suba nuestra oración:

Muestra, Señor, tu caridad.

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia:
— guárdala de todo mal y haz que crezca en tu amor.

Que todos los pueblos, Señor, te reconozcan como el único Dios verdadero,
— y a Jesucristo como el Salvador que tú has enviado.

A nuestros parientes y bienhechores concédeles tus bienes,
— y que tu bondad les dé la vida eterna.

Te pedimos, Señor, por los trabajadores que sufren:
— alivia sus dificultades y haz que todos los hombres reconozcan su dignidad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

En tu misericordia, acoge a los que hoy han muerto
— y dales posesión de tu reino.

Terminemos nuestra oración con la plegaria que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios salvador nuestro, danos tu ayuda, para que siempre deseemos las obras de la luz y realicemos la verdad: así los que de ti hemos nacido como hijos de la luz seremos tus testigos ante los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 25 de septiembre

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, que has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo; concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 9,1-6
Convocando a los Doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar. Y les dijo: «No toméis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. Y si algunos no os reciben, salid de aquella ciudad y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos.» Partieron, pues, y recorrieron los pueblos, anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes. 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos trae la descripción de la misión que los Doce recibieron de Jesús. Más adelante, Lucas habla de la misión de los setenta y dos discípulos (Lc 10,1-12). Los dos se completan y revelan la misión de la iglesia.
• Lucas 9,1-2: Envío de los doce para la misión. “Les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar”.Llamando a los doce, Jesús intensifica el anuncio de la Buena Nueva. El objetivo de la misión es simple y claro: reciben el poder y la autoridad para expulsar a los demonios, para curar las dolencias y para anunciar el Reino de Dios. Así como la gente quedaba admirada ante la autoridad de Jesús sobre los espíritus impuros y ante su manera de anunciar la Buena Nueva (Lc 4,32.36), lo mismo deberá acontecer con la predicación de los doce apóstoles.
• Lucas 9,3-5: Las instrucciones para la Misión. Jesús los envió con las siguientes recomendaciones: no pueden llevar nada “ni bastón, ni alforja, ni dinero, ni dos túnicas”. No pueden andar de casa en casa, sino que “Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí.” En caso de que no os reciban “sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos”. Como veremos, estas recomendaciones extrañas para nosotros, tienen un significado muy importante.
• Lucas 9,6: La ejecución de la misión. Y ellos se fueron. Es el comienzo de una nueva etapa. Ahora ya no es sólo Jesús, sino es todo el grupo que va a anunciar la Buena Nueva de Dios a la gente. Si la predicación de Jesús ya causaba conflictos, cuánto más ahora, con la predicación de todo el grupo.
• Los cuatro puntos básicos de la misión. En el tiempo de Jesús, había diversos movimientos de renovación: esenios, fariseos, zelotes. Ellos también buscaban una nueva manera de convivir en comunidad y tenían a sus misioneros (cf. Mt 23,15). Pero éstos, cuando iban en misión, iban prevenidos. Llevaban alforja y dinero para cuidar de su propia comida. Pues no confiaban en la comida de la gente que no siempre era ritualmente “pura”. Al contrario de los otros misioneros, los discípulos y las discípulas de Jesús recibieron recomendaciones diferentes que nos ayudan a entender los puntos fundamentales de la misión de anunciar la Buena Nueva:
a) Deben ir sin nada (Lc 9,3; 10,4). Esto significa que Jesús obliga a confiar en la hospitalidad. Pues, quien va sin nada, va porque confía en la gente y piensa que va a ser recibido. Con esta actitud, critican las leyes de la exclusión, enseñadas por la religión oficial, y por la nueva práctica, mostraron que tenían otros criterios de comunidad.
b) Deben quedarse hospedados en la primera casa hasta retirarse del lugar (Lc 9,4; 10,7). Esto es, deben convivir de forma estable y no andar de casa en casa. Deben trabajar como todo el mundo y vivir de lo que reciben a cambio, “pues el obrero merece su salario” (Lc 10,7). Con otras palabras, tienen que participar de la vida y del trabajo de la gente, y la gente los acogerá en su comunidad y compartirá con ellos casa y comida. Esto significa que deben confiar en el compartir. Esto explica también la severidad de la crítica contra los que no aceptan el mensaje: sacudirse el polvo de los pies, como pretexto contra ellos (Lc 10,10-12), pues no rechazan algo nuevo, sino que su propio pasado.
c) Tienen que curar a los enfermos y expulsar los demonios (Lc 9,1; 10,9; Mt 10,8). Esto es, deben ejercer la función de “defensor” (goêl) y acoger para dentro del clan, dentro de la comunidad, a los excluidos. Con esta actitud critican la situación de desintegración de la vida comunitaria del clan y apuntan hacia salidas concretas. La expulsión de demonios es señal de que el Reino de Dios ha llegado (Lc 11,20).
d) Tienen que comer lo que el pueblo les da (Lc 10,8). No pueden vivir separados con su propia comida, sino que han de aceptar la comunión de mesa. Esto significa que, en contacto con la gente, no deben tener miedo a perder la pureza como era enseñada en la época. Con esta actitud critican las leyes de la pureza en vigor y muestran, por medio de la nueva práctica, que poseen otro acceso a la pureza, esto es, a la intimidad con Dios.
Estos eran los cuatro puntos básicos de la vida comunitaria que debían marcar la actitud de los misioneros o de las misioneras que anunciaban la Buena Nueva de Dios en nombre de Jesús: hospitalidad, compartir, comunión de mesa, y acogida a los excluidos (defensor, goêl). Si estas cuatro exigencias se cumplen, entonces pueden y deben gritar a los cuatro vientos: “¡El Reino ha llegado!” (cf. Lc 10,1-12; 9,1-6; Mc 6,7-13; Mt 10,6-16). Pues el Reino de Dios que Jesús nos ha revelado no es una doctrina, ni un catecismo, ni una ley. El Reino de Dios acontece y se hace presente cuando las personas, motivadas por su fe en Jesús, deciden convivir en comunidad para así testimoniar y revelar a todos que Dios es Padre y Madre y que, por consiguiente, nosotros, los seres humanos, somos hermanos y hermanas unos de otros. Jesús quería que la comunidad local fuera de nueva una expresión de la Alianza, del Reino, del amor de Dios como Padre, que nos hace a todos hermanos y hermanas. 

4) Para la reflexión personal

• La participación en la comunidad ¿te ha ayudado a acoger y a confiar más en las personas, sobre todo en los más sencillos y en los pobres?
• ¿Cuál es el punto de la misión de los apóstoles que tiene más importancia para nosotros hoy? ¿Por qué? 

5) Oración final

Mi porción es Yahvé.
He decidido guardar tus palabras.
Busco con anhelo tu favor,
tenme piedad por tu promesa. (Sal 119,57-58)

Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 10, 41-45

<

p style=»text-align:justify;»>41Y, al oírlo, los diez comenzaron a irritarse con Santiago y Juan.


42Y, llamándolos a sí, les dice Jesús: “Sabéis que los que parecen gobernar a los gentiles los dominan, y los grandes imponen su autoridad sobre ellos. 43Pero no es así entre vosotros, sino que quien quiera llegar a ser grande entre vosotros será vuestro servidor, 44y quien quiera ser el primero entre vosotros será esclavo de todos; 45porque tampoco el Hijo del Hombre vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos”».

10, 41-45: El enojo de los diez discípulos restantes ante la tentativa de Santiago y Juan de acaparar el protagonismo (10,41) proporciona el impulso para esta segunda conversación. Jesús, al oír o al barruntar esta irritación (cf. 2,6-8; 3,5; 8,14-15; 9,33-35), llama a los demás y vuelve a tratar temas que ha tocado recientemente en el relato: el último será el primero y el modo de hacerse importante es convertirse en el más humilde de todos (cf. 9,35; 10,31). En la forma presente del pasaje, el interés crucial puede ser que quienes más se horrorizan por el auto-engrandecimiento de otros desean a menudo y en secreto engrandecerse a sí mismos. Pero Jesús puede dar también a entender que si los demás están enfadados con Santiago y Juan por tratar de situarse por delante, tienen que comprender que la preferencia en el reinado de Dios implica el sacrificio y no el dominio.

En cualquier caso, Jesús responde a la indignación de estos discípulos invirtiendo el modo por el que se mide la grandeza en el mundo y mostrando la manera con la que se consigue en el reinado de Dios (10,42b-43); la clave operativa es: «No es así entre vosotros» (10,43a). La revelación de Jesús va seguida de una definición de la extraña naturaleza de la grandeza verdadera, experimentada por los que han dejado todas las aspiraciones de poder convencional y se han convertido, por el contrario, en siervos de sus colegas humanos (10,43-44). Esta idea ha aparecido hace poco en el relato marcano (cf. 9,35; 10,31), pero ahora se radicaliza al representarla por medio de vocablos relacionados con la esclavitud. Para la gente libre en el mundo grecorromano, había pocos horrores peores que caer en la esclavitud, una degradación relacionada no por casualidad con la muerte tanto en nuestro texto (10,45b) como en Flp 2,7-8. En nuestro pasaje Jesús incita a sus seguidores a asumir una condición que habría sido considerada como el punto más bajo de la degradación; a pesar de todo, el Maestro proclama paradójicamente que es el camino a la gloria.

La justificación de esta extraordinaria afirmación viene en 10,45: «Porque tampoco el Hijo del Hombre vino a ser servido sino a servir y a dar su vida como rescate en pro de muchos». El «porque» sugiere aquí que la imagen de Jesús, que sirve a los demás hasta la muerte (10,45), fundamenta la afirmación de que la manera de ser exaltado es hacerse esclavo de todos (10,43-44). Pero ¿cómo? La respuesta que generalmente se ofrece es que los discípulos son llamados a modelar su vida de acuerdo con el ejemplo de servicio de Jesús: él se hizo un esclavo; igual deben hacerse ellos. Hay un elemento de verdad en esta  interpretación ejemplarista, pero no explica cómo la esclavitud conduce a la exaltación, según indica 10,43-44. Los pasajes del Antiguo Testamento a los que se alude en Mc 10,45, a saber, Dn 7-12 e Is 52,13-53,12, son provechosos a este respecto. En el primero, «el pueblo de los santos», vinculado estrechamente con un «como un hijo de hombre», soporta la tribulación escatológica, hace tornar a «muchos» hacia la justicia y es entronizado finalmente junto con «muchos» en el esplendor de la vida eterna (Dn 7,18.25-27; 12,1-3). En el segundo, el siervo sufriente del Señor, que ha llevado sobre sí el pecado de «muchos» y ha sufrido una muerte expiatoria en nombre de ellos, es exaltado y glorificado (Is 52,13). Así pues los contextos amplios del pasaje iluminan la lógica implícita de Mc 10,42-45: quienes participan en el descenso del Hijo del Hombre al abismo compartirán también su exaltación (cf. Flp 2,5- 11).

El dicho del rescate, con el que concluye el pasaje (10,45b), tiene una importancia central en el relato de Marcos porque es la reflexión marcana más clara sobre el objetivo salvífico de la muerte de Jesús (cf. 14,24). Esa muerte debe ser un «rescate», el desembolso de un precio que los «muchos» son incapaces de pagar por ellos mismos. Las imágenes del servicio de los versículos anteriores y el empleo de «servir» en el contexto presente favorecen la opinión de que este rescate se concibe como el pago del precio por un esclavo: Jesús se vende a sí mismo como esclavo para liberar a sus hermanos de la esclavitud. El texto no especifica a quién se paga este rescate, si a Dios o al diablo. A favor de la última interpretación está el que los rescates se pagan generalmente a los poderes hostiles y es fácil imaginarse a Satanás como un dueño de esclavos, sobre todo teniendo en cuenta la terminología de «atar» y «desatar» en la parábola del hombre fuerte de 3,27. Pero el trasfondo evidente de nuestro pasaje, Isaías 53, concede espacio a la duda, puesto que en este profeta el Señor se complace en herir a su siervo justo, cargando sobre él la iniquidad de la nación y recibiendo de él mismo el precio del pecado de esta última.

En cualquier caso, nuestro pasaje termina con una alusión a Is 52-53, que habla del siervo justo del Señor, que expone su alma a la muerte para expiar la iniquidad de «muchos». De este modo, el servicio a los demás es implícitamente un correlato del servicio a Dios. En el contexto canónico de Isaías es importante que el sufrimiento del siervo del Señor se inserte en un marco amplio de gozoso rescate. Y dentro en concreto de Isaías 52-53, la víctima es un iluminado que a su vez ilumina a otros e invierte así la sentencia condenatoria a la ceguera pronunciada contra el pueblo en Is 6,9-10, pasaje citado destacadamente en Mc 4,12. Y dentro del marco amplio de Isaías, el sacrificio del siervo se convierte en el medio por el que el Guerrero divino consigue su llamativa victoria sobre la muerte y sus aliados, un triunfo que incluye acontecimientos milagrosos como valles que se aplanan, desiertos que florecen y ciegos que recobran gozosamente la visión (cf. Is 29,18; 35,1-7; 40,1-11; 42,1-17). No es sorprendente, pues, que nuestro pasaje sobre la muerte servil del Hijo del Hombre vaya seguido de inmediato por otro en el que el Hijo de David abre los ojos milagrosamente de un ciego.

Comentario del 25 de septiembre

El evangelio de san Lucas nos refiere que antes del «envío» definitivo, tras la resurrección de Jesús, hubo otros envíos o «ensayos misioneros». Jesús, nos dice el evangelista reunió a los Doce. Primero los reúne y después los envía con una clara intención: que proclamen el Reino de Dios y que curen a los enfermos. Antes de enviarles, los reúne para darles lo necesario para la misión: autoridad (exousía) y poder (dynamis) sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. La autoridad requiere la potestad. ¿De qué serviría tener autoridad para hacer algo (expulsar demonios o curar enfermedades) si se carece de la potestad necesaria?

La autoridad (y autorización) sin la potestad sería totalmente inútil. Pues bien, Jesús les reúne para concederles ambas cosas: autoridad para actuar sobre los demonios y poder para vencer o contrarrestar su maleficio, porque la instalación del imperio (reino) del bien implica la retirada o contracción del imperio del mal. Jesús les prepara, pues, para cumplir una misión que va a consistir esencialmente en el anuncio clamoroso del reino de Dios, es decir, de la proximidad, de la llegada, de la presencia del Reino de Dios. Porque estando Jesús y su palabra en el mundo, ya está operando en él el Reino de Dios o Dios implantando su reinado.

Anunciar la presencia del Reino es pregonar la presencia de Dios (el Enmanuel, el Dios con nosotros) sembrando su semilla o insertando su levadura de paz, justicia y amor, una levadura con potencia suficiente para hacer fermentar a toda la masa, hasta el punto de transformar el mal en bien, o el odio en amor, o el egoísmo en altruismo, o la enfermedad en salud. ¿Por qué esta asociación entre la actuación saludable sobre los demonios y la curación o actuación saludable sobre las enfermedades del cuerpo? ¿Por qué esa ligación entre la proclamación del Reino y la sanación de los enfermos?

Seguramente, porque el mejor signo de la presencia del Reino o imperio del bien es la victoria sobre ese mal tan visible y palpable como la enfermedad corporal o psíquica. Para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder para perdonar pecados, le dijo al paralítico: coge tu camilla y vete a tu casa. La curación física se convierte así en la mejor expresión del poder de Jesús para sanar al hombre de su pecado o enfermedad moral. En ambos casos, se trata de una sanación, ya sea física o moral. Y la presencia operativa de Dios, implantando su Reino, tiene un efecto sanador de todo mal, sin el cual no es posible semejante implantación ni, consecuentemente, la subsistencia de ese Reino. ¿Cómo podría subsistir el Reino del bien infectado por el mal del pecado o debilitado por la enfermedad? No es concebible un Reino de Dios en el que sus moradores vivieran abatidos por la enfermedad o envueltos en guerras, rencillas, crímenes. En este Reino no cabe otra ley que la del amor. Pero semejante ley ha de ser acogida con amor, libre y voluntariamente.

Esta es la misión que les compete a los enviados de Jesús: predicar la sanación (del mal) y actuarla significándola en las curaciones que les ha sido dado realizar. Para ello han de convertirse en apóstoles itinerantes, siempre en camino, y para el camino no necesitan siquiera los instrumentos que suelen acompañar a todo caminante: el bastón, la alforja, el pan, quizá algo de dinero y alguna muda o túnica de repuesto. ¿Por qué estas condiciones o exigencias tan extremas? ¿Por qué prescindir de cosas que parecen tan necesarias al caminante? ¿En qué puede estorbar a la misión esa mínima equipación que no desdice de la itinerancia: un simple bastón para ayudarse a caminar, un trozo de pan para no desfallecer en el trayecto, el dinero o la ropa necesaria para hacer frente a una eventualidad?

Al parecer, Jesús quiere apóstoles «en camino» desprovistos de todo, sin distracciones de ningún tipo, centrados exclusivamente en la tarea de la evangelización, cuyo único alimento sea cumplir la voluntad del Padre. Eso no significa que rechacen la acogida que les dispensen. Si son bien recibidos en una casa, deben agradecer esta acogida y disfrutar de ella. Pero han de contar también con el rechazo. Habrá lugares que no les reciban. En este caso la única reacción genuina debe ser «sacudirse el polvo de los pies» en señal de desaprobación y para declarar su culpa. Pero nada más: ninguna maldición, ninguna increpación, ninguna reacción violenta. Por tanto, se les pide que no lleven nada para el camino, pero que tampoco rechacen la oferta de lecho, comida y cobijo que les brinden las gentes de buena voluntad que han decidido acoger al profeta porque es profeta.

Ellos, sin esperar a momentos más propicios, se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, cumpliendo lo encomendado, es decir, anunciando la Buena Noticia de la llegada del Reino y curando en todas partes. No faltaba ni el anuncio ni la curación, como si una actividad no pudiese separarse de la otra, como si no pudiese anunciarse el Reino sin curar, como si no se pudiese curar (o hacer el bien) sin anunciar la presencia actuante y salvífica de Dios en el mundo. Con ambas acciones se actuaba la salvación traída por Jesucristo.

Es también lo que nos corresponde hacer a nosotros como apóstoles de Jesús: anunciar la salvación aportada por él y activarla haciendo el bien o curando (o consolando) a los oprimidos por el mal. Y para realizar esta tarea no hacen falta muchos medios. Al contrario, la ausencia de medios puede hacer mucho más eficaz el anuncio y la actuación. Pues los medios pueden convertirse muchas veces en impedimentos y más que mediar, como su nombre indica, interfieren, absorben, distraen, estorban, dificultando más que favoreciendo la misión a realizar.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

132. ¿Buscas pasión? Como dice ese bello poema: ¡Enamórate! (o déjate enamorar), porque «nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de Él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera».[70] Este amor a Dios que toma con pasión toda la vida es posible gracias al Espíritu Santo, porque «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5,5).


[70] Pedro Arrupe, Enamórate.

Comentario Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

Oración preparatoria

Señor Jesús, como el ciego Bartimeo, te pido ver, ver la realidad, ver al hermano crucificado a la puerta de mi vida cotidiana, ver a quienes tengo delante, no como árboles, sino como personas, ver para curar y curarme, ver para ser más que para tener. AMEN.

 

Lc 16, 19-31

«19Pero había un hombre rico y vestía de púrpura y lino, celebrando todos los días espléndidas fiestas.

20Pero un pobre, llamado Lázaro se echaba junto a su portal, cubierto de llagas, 21y deseando ser saciado de lo que caía de la mesa del rico; en cambio, hasta los perros viniendo le lamían sus llagas.

22Pero sucedió que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.

Pero murió también el rico y fue sepultado.

23Y, estando en el Hades entre tormentos, levantando sus ojos vio de lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno. 24Y él, gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten misericordia de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama”.

25Pero dijo Abrahán: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida y Lázaro, al contrario, los males; pero ahora aquí es consolado y tú atormentado. 26Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de allí puedan pasar hacia nosotros”.

27Pero [el rico] dijo: “Pues entonces te ruego, padre, para que le envíes a la casa de mi padre, 28porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también ellos a este lugar de tormento”.

29Pero dice Abrahán: “Tienen a Moisés y a los profetas; que les escuchen”.
30Pero él dijo: “No, padre Abrahán, que si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán”.

31Pero [Abrahán] le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán en caso de que uno de los muertos resucite”».

¡PALABRA DEL SEÑOR!

 

CONTEXTO

En el camino de formación discipular, ya en el evangelio del pasado domingo se nos enseñaba la actitud de servicio gratuito en la comunidad, y de alguna manera continúa en el evangelio de hoy. Pero el tono amenazante de la “parábola”, con ese “abismo enorme” que sin embargo no dificulta una conversación entre Abrahán y el anónimo rico, seguramente es debido a que los interlocutores de Jesús son los fariseos, “los amigos del dinero, que se burlaban de él” (cf. 16,14). No debemos perder el hilo conductor, esmerarse en un comportamiento servicial y atento en la comunidad, que continúa en los vv. siguientes (17,7-10). Tras ellos, llegaremos a la tercera y última etapa del camino a Jerusalén, que comienza en 17,11 con el episodio de los diez leprosos (para dentro de dos domingos).

 

TEXTO

Podemos estructurar el evangelio en dos partes:

a) vv. 19-22: la escena terrena, con la situación de los personajes (vv. 19-21) y su final terreno (v. 22); destaca el hecho de que el pobre tiene nombre (Lázaro = Dios ayuda), algo inaudito en las parábolas de Jesús;

b) vv. 23-31: la escena en el Hades, estructurada en 3 diálogos, cada vez más cortos, entre el anónimo rico y Abrahán: primer diálogo (vv. 23-26), donde se presenta la enseñanza central de la parábola (el uso egoísta de la riqueza no solo perjudica la dignidad de los necesitados, sino que arruina el proyecto de vida de quien la disfruta); segundo diálogo (vv. 27-29); tercer diálogo (vv. 30-31). Es un texto completamente judío: su teología, escenas, personajes…, encajan perfectamente en la religiosidad y mentalidad judías.

 

ELEMENTOS A DESTACAR

• El hombre rico no tiene nombre; el hombre pobre sí. El nombre, en la cultura antigua, era expresión de la persona, del ser. De modo que un hombre tiene, el otro es. El texto nos invita a tomar una decisión radical: o “ser” o “tener”. “Lázaro” es un nombre elegido: significa “Dios ayuda” y supone un desafío a nuestra comprensión de cómo y cuándo Dios nos ayuda.

• El rico, que no había tenido en cuenta al pobre cuando realmente era necesario (en vida), ahora resulta que lo “ve”, pese a estar al otro lado de un abismo enorme: no lo veía cuando estaba “cerca” y ahora lo ve “de lejos”. Pero es demasiado tarde, las cosas ya no pueden cambiar. No le sirvió en vida y quiere servirse de él después de la muerte. No debemos esperar a que sea demasiado tarde para vivir de acuerdo a nuestra fe. ¿Sabemos ver, y ver a tiempo, las necesidades de nuestras hermanas y hermanos?

• Textos parecidos al nuestro eran comunes en el Oriente Antiguo, en Egipto, Mesopotamia y Grecia. Todos insisten en el cambio que se producirá después de la vida terrena: las circunstancias cambiarán drásticamente cuando la vida pase a un escenario “celestial”. Pero su objetivo no es enseñarnos sobre “el más allá”, sino provocar una reflexión sobre “el más acá”: cómo actuar (y en concreto cómo usar los bienes materiales) aquí y ahora.

• El rico está presentado en el vestir y el comer, precisamente los aspectos por los que los discípulos de Jesús no deben preocuparse (cf. Lc 12,22). En tal sentido, es como el “contra-modelo” del discípulo auténtico. Centrarse en los bienesmateriales nos aleja de Jesús y de los demás. La posesión y (mal) uso de las riquezas siempre conlleva perjuicio, de modo que hay que ser sagaces y andar con cuidado (recordemos la lección de la parábola del administrador infiel, que leíamos hace dos domingos).

 

Paso 1 Lectio: ¿Qué dice el texto? Atiende todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas.

Paso 2 Meditatio: ¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes. ¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?

Paso 3 Oratio: ¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón, ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…

Paso 4 Actio: ¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer efectiva esa enseñanza?

Para la catequesis: Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

XXVI Domingo de Tiempo Ordinario
29 de septiembre 2019

Amos 6, 1. 4-7; Salmo 145; 1 Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: «Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y telas finas y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo, llamado Lázaro, yacía a la entrada de su casa, cubierto de llagas y ansiando llenarse con las sobras que caían de la mesa del rico. Y hasta los perros se acercaban a lamerle las llagas. Sucedió, pues, que murió el mendigo y los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y lo enterraron. Estaba éste en el lugar de castigo, en medio de tormentos, cuando levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro junto a él. Entonces gritó: ‘Padre Abraham, ten piedad de mí. Manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas’. Pero Abraham le contestó: ‘Hijo, recuerda que en tu vida recibiste bienes y Lázaro, en cambio, males. Por eso él goza ahora de consuelo, mientras que tú sufres tormentos. Además, entre ustedes y nosotros se abre un abismo inmenso, que nadie puede cruzar, ni hacia allá ni hacia acá’. El rico insistió: ‘Te ruego, entonces, padre Abraham, que mandes a Lázaro a mi casa, pues me quedan allá cinco hermanos, para que les advierta y no acaben también ellos en este lugar de tormentos’. Abraham le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen’. Pero el rico replicó:

‘No, padre Abraham. Si un muerto va a decírselo, entonces sí se arrepentirán’. Abraham repuso: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto'».

 

Reflexión

¿Cómo trataba el hombre rico a Lázaro? Después de que Lázaro y el hombre rico murieron, ¿a dónde fue el alma del rico? ¿Y dónde fue el alma de Lázaro? Describe la experiencia del hombre rico en el Hades. Describe la experiencia de Lázaro en el seno de Abraham. ¿Pudo el hombre rico después de morir arrepentirse e ir al Paraíso? ¿El hombre rico creía en la Palabra de Dios? ¿Cómo saben? Si una persona no cree a la palabra de Dios y la rechaza ¿Creerá probablemente si alguna persona regresará de entre los muertos para advertirle de su destino eterno? ¿Qué quiere enseñarnos Jesús con esta parábola? (La riqueza puede ser causa de nuestra perdición si nos olvidamos de Dios y de nuestro prójimo necesitado.)

 

Actividad

En la siguiente página, colorear la parábola de Lázaro y el hombre rico. Hacer tarjetas con una promesa de traer algo (ropa, comida, juguetes para las personas necesitadas y llevarlas a donde recogen para los pobres en la Iglesia la próxima semana.)

Oración

Jesús, nunca quiero olvidarme de Ti. Gracias por todas las bendiciones que me regalas. Llena mi corazón de Tu Amor para que se derrame sobre todos a mí alrededor. Quiero enseñar amor a mi prójimo compartiendo de mis bendiciones. Ayúdame a siempre ser generoso. Amen.

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

¿Usan ustedes un reloj-alarma para despertarlos en la mañana? Muchos de los relojes-alarma tienen un botón llamado botón de dormitar. Cuando suena la alarma, puedes darle a ese botón y volver a dormir. Aproximadamente diez minutos más tarde la alarma sonará nuevamente. Puedes seguir haciendo esto y seguir durmiendo.

Aunque sea agradable el tener esos minutitos adicionales para dormir hay dos problemas con esa alarma de dormitar. La primera es que si le sigues dando al botón para dormitar puedes llegar tarde o perderte completamente una actividad. El segundo problema es que si sigues dándole al botón, puedes acostumbrarte al sonido de la alrma y no darte cuenta cuando suena y de esa manera seguirás durmiendo aunque esté sonando.

¿Sabes que Dios a veces nos suena una «alarma para levantarnos» en nuestras vidas? Él habla a nuestro corazón y le dice: «Es hora de levantarse y seguirme.» Algunas personas tocan el botón para dormitar y dicen: «Ahora no, Señor, despiértame más tarde.» Algunos le dan tanto al botón que llega el momento en que no oyen la voz de Dios. Cuando al fin se levantan encuentran que es muy tarde. Eso es lo que pasa en nuestra historia bíblica de hoy.

Jesús contó la historia de un hombre rico que vestía con las mejores ropas y vivía con mucho lujo. Un mendigo, un desamparado, llamado Lázaro se sentaba a la puerta de la casa del hombre rico. Lázaro tenía hambre y su cuerpo estaba cubierto de llagas. Él esperaba que el hombre rico tuviera compasión de él y que le satisfaciera su hambre con las migajas que caían de la mesa. Pero el hombre rico pasaba diariamente cerca de Lázaro sin percatarse de él. Me imagino que pasó tantas veces por su lado, sin prestarle atención, que eventualmente llegó el momento en que no lo veía.

La Biblia dice que Lázaro murió y fue al cielo. El hombre rico también murió, pero fue al infierno. Desde el infierno él vio a Lázaro en el cielo con Abraham. El hombre rico le pidió a Abraham que dejara que Lázaro mojara la punta de su dedo en agua y viniera a tocar su lengua, pero Abraham le dijo que no. Entonces Abraham le recordó al hombre rico cuánto había gozado de las buenas cosas en la tierra mientras que Lázaro no tuvo nada.

El rico entonces le pidió a Abraham el que le permitiera a Lázoro volver a la tierra para que le avisara a sus hermanos para que no terminaran en el infierno con él. Nuevamente Abraham dijo que no. El hombre rico había despertado al fin, pero era muy tarde.

Dios sigue sonando la alarma para que las personas despierten. Oremos para que escuchen la alarma, oigan su voz y le sigan antes de que sea muy tarde.

Querido Padre, cuando suenes la alarma dejándonos saber que es la hora de despertarnos y seguirte, permite que no toquemos el botón de dormitar y digamos: «Más tarde, Señor». En lugar de ésto, permite que nos levantemos y te sigamos. Amén.

Comentario al evangelio – 25 de septiembre

Hace tiempo conocí una pequeña comunidad de laicos que intentaban vivir de la “providencia”. A mi me parecieron poetas incurables… ¿quién en nuestro mundo se atreve a una osadía mayor, desafiando las leyes de la mercadotecnia? Pero hay personas que lo hacen, seducidas por Jesús se lanzan al camino de la vida fiados únicamente de esta palabra que hemos escuchado en el Evangelio de hoy, manifestando así su libertad y su confianza en Dios Padre Providente. Son testimonio de que el Evangelio no es una utopía, sino que se puede vivir, y que para ello sólo hace falta una cosa: “fiarse de Dios”.

Nos cuesta tanto fiarnos de Dios, incluso los que hemos hecho votos de pobreza, castidad y obediencia para manifestar al mundo que sólo Dios basta, nos llenamos de cosas inútiles pensando que ahí está la eficacia del trabajo por el Reino.

Necesitamos poetas que nos recuerden lo absurdo de nuestras inseguridades, necesitamos poetas que nos digan que con Dios a nuestro lado ya lo tenemos todo, necesitamos poetas que nos recuerden esa libertad primigenia de quien se desprende de todo para llenarse de Dios.