Notas para fijarnos en el evangelio Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

• Jesús, que se dirige a los fariseos, amigos del dinero (Lc 16,14), nos pone a todos ante un retrato de dos vidas opuestas. Dos vidas bien reales y concretas, tanto de ayer como de hoy. Dos vidas que hallamos por todas partes: “recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, sólo recibió males” (25).

• La vida opulenta y harta del rico y la vida pobre y hambrienta de Lázaro, absolutamente opuestas en este mundo, en la parábola se corresponden a dos situaciones igualmente opuestas más allá de la muerte: “hay un abismo inmenso” (26).

• Jesús no juzga, tan sólo constata la realidad. Esto todavía lo hace más duro: mientras haya tan sólo un “Lázaro” en el mundo, la buena vida de un rico es el anti–signo de la bendición de Dios. Dios no crea estas diferencias.

• Tras constatar la realidad, existe la posibilidad de convertirse y, desde la conversión personal, la posibilidad de transformar, de cambiar la situación. Para hacer posible la conversión, Dios mismo nos da medios: “Moisés y los Profetas” (29.31), es decir, la Palabra de Dios que podemos “escuchar” (29) en el diálogo entre la Escritura y la Vida. [En la primera lectura de este domingo, de los “profetas”, encontramos una denuncia clara que debería provocar que cualquier rico que la escuche recapacite: Amos 6,1a.4-7].

• Para los cristianos, la Palabra de Dios es sobre todo Jesús y su Evangelio: Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros (Jn 1,14). El Evangelios en diálogo con la vida de nuestro mundo, con la vida de cada persona y de cada “pueblo”, hace viva y presente y activa la voluntad de Dios.

• La parábola pone en relación el tema del desequilibrio injusto entre ricos y pobres con la cuestión de la resurrección (30.31). Pero, por boca de Abrahán, precisa (31): la resurrección no es un juego de ilusionismo, no es una prueba irrebatible del más allá. Todo lo contrario: “no harán caso ni aunque resucite un muerto” (31). La fe en Jesucristo muerto y resucitado nos hace creer que el futuro de vida plena y feliz que Dios quiere dar a todo el mundo, tiene, no sólo relación, sino unidad con el presente, un presente vivido también con Dios. Jesucristo, quien ha resucitado, es el mismo que fue crucificado. No podemos separar a Cristo, no podemos separar el presente del futuro.

• Es decir. El “abismo inmenso” (26) que, tras la muerte, hay entre el rico y el pobre, se corresponde al “abismo inmenso” que habría también en vida. Las dos grandes diferencias son que los papeles se han intercambiado y que el “abismo” ahora ya no se puede “atravesar” (26) –“en vida” (25) sí que se podía–.

• La fe que nos hace confesar que el Crucificado ha Resucitado y nos permite «escuchar» la Escritura como Palabra de Dios, es la misma fe que nos permite reconocer en el otro al hermano o a la hermana. Es la misma fe que nos hace reconocer a Dios mismo en el pobre concreto que molesta y cuestiona y decir que es hermano o hermana. La misma fe que nos hace confesar que en la Eucaristía recibimos el Cuerpo de Cristo, aunque sea aburrida y celebrada por gente incoherente.