Vísperas – San Vicente de Paúl

VÍSPERAS

SAN VICENTE DE PAÚL, Presbítero

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cantemos al Señor con alegría
unidos a la voz del pastor santo;
demos gracias a Dios, que es luz y guía,
solícito pastor de su rebaño.

Es su voz y su amor el que nos llama
en la voz del pastor que él ha elegido,
es su amor infinito el que nos ama
en la entrega y amor de este otro cristo.

Conociendo en la fe su fiel presencia,
hambrientos de verdad y luz divina,
sigamos al pastor que es providencia
de pastos abundantes que son vida.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores. Amén.

SALMO 40: ORACIÓN DE UN ENFERMO

Ant. Sáname, señor, porque he pecado contra ti.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Yo dije: «Señor, ten misericordia,
sáname, porque he pecado contra ti.»

Mis enemigos me desean lo peor:
«A ver si se muere, y se acaba su apellido.»

El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención,
y, cuando sale afuera, la dice.

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,
hacen cálculos siniestros:
«Padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse.»

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,
haz que pueda levantarme,
para que yo les dé su merecido.

En esto conozco que me amas:
en que mi enemigo no triunfa de mí.

A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.

Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora y por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

SALMO 45: DIOS, REFUGIO Y FORTALEZA DE SU PUEBLO

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: 1P 5, 1-4

A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

R/ El que entregó su vida por sus hermanos.
V/ El que ora mucho por su pueblo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis», dice el Señor.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente diciendo:

Salva a tu pueblo, Señor.

Tú que por medio de pastores santos y eximios, has hecho resplandecer de modo admirable a tu Iglesia,
— haz que los cristianos se alegren siempre de ese resplandor.

Tú que, cuando los santos pastores te suplicaban, con Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
— santifica, por su intercesión, a tu Iglesia con una purificación continua.

Tú que, en medio de los fieles, consagraste a los santos pastores y, por tu Espíritu, los dirigiste,
— llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo.

Tú que fuiste el lote y la heredad de los santos pastores
— no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre esté alejado de ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por medio de los pastores de la Iglesia, das la vida eterna a tus ovejas para que nadie las arrebate de tu mano,
— salva a los difuntos, por quienes entregaste tu vida.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, que dotaste de virtudes apostólicas a tu presbítero san Vicente de Paúl, para que entregara su vida al servicio de los pobres y a la formación del clero, concédenos, te rogamos, que, impulsados por su mismo espíritu, amemos cuanto él amó y practiquemos sus enseñanzas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 27 de septiembre

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, que has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo; concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 9,18-22
Estando una vez orando a solas, en compañía de los discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos ha resucitado.» Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contestó: «El Cristo de Dios.» Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.
Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.» 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy retoma el mismo asunto del evangelio de ayer: la opinión de la gente sobre Jesús. Ayer, era a partir de Herodes. Hoy es el mismo Jesús quien pregunta qué dice la opinión pública, y los apóstoles responden dando la misma opinión que ayer. En seguida viene el primer anuncio de la pasión, de la muerte y de la resurrección de Jesús.
• Lucas 9,18: La pregunta de Jesús después de la oración. “Estando una vez orando a solas, en compañía de los discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?” . En el evangelio de Lucas, en varias oportunidades importantes y decisivas Jesús aparece rezando: en el bautismo, cuando asume su misión (Lc 3,21); en los 40 días en el desierto, cuando vence las tentaciones del diablo con la luz de la Palabra de Dios (Lc 4,1-13); por la noche, antes de escoger a los doce apóstoles (Lc 6,12); en la transfiguración, cuando con Moisés y Elías conversa sobre la pasión en Jerusalén (Lc 9,29); en el huerto, cuando se enfrenta a la agonía (Lc 22,39-46); en la cruz, cuando pide perdón por el soldado (Lc 23,34) y entrega el espíritu a Dios (Lc 23,46).
• Lucas 9,19: La opinión de la gente sobre Jesús. “Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos ha resucitado.» Al igual que Herodes, muchos pensaban que Juan Bautista hubiera resucitado en Jesús. Era creencia común que el profeta Elías tenía que volver (Mt 17,10-13; Mc 9,11-12; Mt 3,23-24; Ec 48,10). Y todos alimentaban la esperanza de la venida del profeta prometido por Moisés (Dt 18,15). Respuestas insuficientes.
• Lucas 9,20: La pregunta de Jesús a los discípulos. Después de oír las opiniones de los demás, Jesús pregunta: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Pedro respondió: “¡El Mesías de Dios!” Pedro reconoce que Jesús es aquel que la gente está esperando y que viene a realizar las promesas. Lucas omite la reacción de Pedro tentando de disuadir a Jesús a que siguiera por el camino de la cruz y omite también la dura crítica de Jesús a Pedro (Mc 8,32-33; Mt 16,22-23).
• Lucas 9,21: La prohibición de revelar que Jesús es el Mesías de Dios. “Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie”. Les está prohibido el que revelen a la gente que Jesús es el Mesías de Dios. ¿Por qué Jesús lo prohibió? Es que en aquel tiempo, como ya vimos, todos esperaban la venida del Mesías, pero cada uno a su manera: unos como rey, otros como sacerdote, otros como doctor, guerrero, juez, o ¡profeta! Nadie parecía estar esperando al mesías siervo, anunciado por Isaías (Is 42,1-9). Quien insiste en mantener la idea de Pedro, esto es, del Mesías glorioso sin la cruz, no va a entender nada y nunca llegará a tomar la actitud del verdadero discípulo. Continuará ciego, como Pedro, cambiando a la gente por un árbol (cf. Mc 8,24). Pues sin la cruz es imposible entender quién es Jesús y qué significa seguir a Jesús. Por esto, Jesús insiste de nuevo en la Cruz y hace el segundo anuncio de su pasión, muerte y resurrección.
• Lucas 9,22: El segundo anuncio de la pasión. Y Jesús añadió: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.” La comprensión plena del seguimiento de Jesús no se obtiene por la instrucción teórica, sino por el compromiso práctico, caminando con él por el camino del servicio, desde Galilea hasta Jerusalén. El camino del seguimiento es el camino de la entrega, del abandono, del servicio, de la disponibilidad, de la aceptación del conflicto, sabiendo que habrá resurrección. La cruz no es un accidente de camino, sino que forma parte del camino. ¡Pues en un mundo organizado desde el egoísmo, el amor y el servicio sólo pueden existir crucificados! Quien hace de su vida un servicio a los demás, incomoda a los que viven agarrados a los privilegios, y sufre. 

4) Para la reflexión personal

• Creemos todos en Jesús. Pero algunos entienden a Jesús de una manera y otros de otra. Hoy ¿cuál es el Jesús más común en la manera de pensar de la gente?
• La propaganda ¿cómo interfiere en mi modo de ver a Jesús? ¿Qué hago para no dejarme embaucar por la propaganda? ¿Qué nos impide hoy reconocer y asumir el proyecto de Jesús? 

5) Oración final

Bendito Yahvé, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la batalla.
Es mi aliado y mi baluarte,
mi alcázar y libertador,
el escudo que me cobija. (Sal 144,1-2)

Comentario del 27 de septiembre

En cierta ocasión, refiere san Lucas, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo?

Por la respuesta que dieron podemos deducir que la idea más generalizada que se habían forjado de Jesús era la de un profeta al estilo de Juan el Bautista, de Elías o de uno de los antiguos profetas. En algún otro pasaje se dice que un profeta poderoso en palabras y obras. Esa era la imagen que había quedado grabada en la mente de sus oyentes y testigos, la de un profeta capaz de persuadir con su palabra poderosa y sus obras portentosas.

A Jesús ésta respuesta no parece satisfacerle del todo, porque continúa preguntando. Esta vez reclama una respuesta más personal y comprometida: Y vosotros¿quién decís que soy yo? Le importa conocer la opinión que tienen aquellos que están más cerca de él, que han tenido por ello más posibilidades de conocerle mejor. ¿Se aproximarán a lo que él realmente es? ¿Compartirán con la gente esa idea más extendida de Jesús como profeta? ¿O habrán sido capaces de captar algo más? Porque no se trata de que esa idea fuese errónea o deformada.

Jesús realmente se comportaba como un profeta. Su palabra y su comportamiento eran proféticos, y en la línea de los grandes profetas de la antigüedad. Era además una comprensión benevolente de su figura y actuación, porque había quienes veían en él un aliado de Belzebú, el príncipe de los demonios, o un falso profeta, o un embaucador, o un transgresor de la Ley, o un endemoniado incluso. Los fariseos, en general, tenían una mala imagen de Jesús. Luego, pudieron ver en él a un condenado a muerte de cruz, es decir, a un maldito. Pero la gente en general, la gente del pueblo, tenía de Jesús la imagen de un verdadero profeta. ¿Era esto, sin embargo, todo?

Cuando Jesús se dirige a sus discípulos pidiéndoles una respuesta personal, parece esperar de ellos una opinión más acendrada y exacta, o una noción más profunda. Es lo que se espera de un amigo, a quien el trato de amistad le hacen acreedor de un conocimiento más cabal, más atinado o más personalizado. El evangelista refiere que sólo Pedro tomó la palabra para responder.

Podemos imaginar un tenso silencio roto por la palabra de Pedro. Quizá los demás discípulos no tenían una opinión distinta de la gente; tal vez podían añadir algunos perfiles como su maestro, su señor, su guía; quizá, su pastor. Puede que cada uno tuviera su propia opinión, y ésta no fuera del todo compartida por los demás. Y es Pedro quien asume el protagonismo y se presenta como portavoz del resto. Al fin y al cabo Jesús había preguntado en plural (y vosotros), como si fuera posible recabar una respuesta unificada, conjunta. Al menos, sabemos que le bastó con la respuesta de Pedro, porque ya no hubo más preguntas.

Lo que sí hubo fue una prohibición y unas precisiones a la respuesta de Pedro: El Mesías de Dios. Tú eres el Mesías de Dios. Parece la respuesta de un iluminado. El evangelista Mateo nos dice que Jesús le aseguró: Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.

Semejante aseveración deja constancia de que la respuesta de Pedro había sido no un «chivatazo», pero sí una «revelación». Así lo entiende el mismo Jesús, que se siente identificado con esta declaración que le revela como el Ungido de Dios. Ya no era visto como uno de los muchos y buenos profetas del pueblo de Israel, sino como el Ungido de Dios en singular. Y no es que en el pueblo de Israel no hubiera habido otros ungidos, como reyes y profetas; pero a Jesús Pedro le designa como el Ungido, en singular.

Y el Señor se siente delatado por esta palabra. Pero quiere evitar malentendidos y falsas interpretaciones del término. Por eso, les prohíbe terminantemente decírselo a nadie. Él es realmente lo que Pedro ha dicho de él, el Mesías de Dios, pero de la figura mesiánica había muy diversas interpretaciones entre los judíos. Podían confundirle con un Mesías-rey o Mesías-guerrero, dispuesto a iniciar una campaña bélica, al estilo de un nuevo Judas macabeo, contra el ejército invasor del Imperio romano. Podían equipararle con una figura más pacífica, con la figura de un Mesías-sacerdote, venido para reformar el culto judío y devolverle a su prístina pureza. Pero ni uno ni otro eran el Mesías real, ese Ungido del Señor que había venido para evangelizar a los pobres y devolver a los cautivos la libertad por otras vías no coactivas ni violentas, por la vía de la humillación y del despojamiento.

Por eso anuncia de inmediato el futuro que se presenta a ese Mesías. Él es el Hijo del hombre que tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día. El Ungido de Dios es también un Hijo de hombre expuesto al sufrimiento y a la muerte. De hecho, sufrirá o padecerá mucho, y será desechado, y por tanto, humillado, como un desecho de la sociedad por sus dirigentes más notables: los ancianos o miembros del Sanedrín (consejo rector), los sumos sacerdotes (cabezas de este consejo) y los letrados (sabios o asesores del gobierno). Será incluso condenado a muerte y ejecutado. Así concluirá los días de su vida mortal, como un condenado a muerte, como un malhechor.

Este es el final borrascoso que se anuncia en forma de presagio para el Mesías. Imaginar otro destino para este Mesías, el de Dios, es andar extraviado, andar en el error. Para evitarles este error, Jesús ha tenido interés por mostrarle el camino existencial que habrá de recorrer el reconocido por ellos con el título honorífico de Mesías. Al final del camino se encontrarán con un Mesías crucificado. Por tanto, no al Mesías que entusiasma a las multitudes, no al que cosecha éxitos o al que la gente enfervorizada quiere proclamar rey, no al que se ha ganado la fama de taumaturgo al que no se le resiste ninguna enfermedad, ni siquiera la muerte. Aunque tenemos que hacer la salvedad de que el final tenebroso de su existencia terrena no es el final.

Los apóstoles, receptores de estos augurios, tendrán también ocasión de ver a este mismo Mesías crucificado vencedor del pecado y de la muerte tras resucitar de entre los muertos al tercer día de su crucifixión. Porque Jesús no se queda en su ejecución; anuncia también su resurrección al tercer día. Luego la clausura de la muerte y del sepulcro no es el final del Mesías. Para él hay vida detrás de la muerte y éxito detrás del fracaso, y misión detrás de la cruz. Pero habrá de pasar por aquí. Este itinerario de humillación y muerte es exigencia de su amor compasivo y de su obediencia a la voluntad del Padre, exigencia de su misión por ser exigencia de su ser. Lo mismo que le llevó a encarnarse, su amor al hombre y su obediencia, le lleva ahora a la humillante muerte de cruz.

Pero de aquí brota la vida porque el grano de trigo enterrado esconde la Vida misma. Y la Vida no puede morir, aunque pueda pasar por la muerte como se pasa por un pasaje oscuro o tenebroso.

Hoy Jesús nos dirige a nosotros la misma pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Nuestra respuesta será recta opinión (=ortodoxa) si confesamos con Pedro: Tú eres el Mesías de Dios. Pero sólo será verdaderamente correcta (=ortodoxa) si asume como propias las precisiones del mismo Jesús, es decir, si aceptamos al Mesías que fue y que es, no a un Mesías imaginario o a la medida de nuestros deseos, aspiraciones o intereses.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

Capítulo quinto
Caminos de juventud

134. ¿Cómo se vive la juventud cuando nos dejamos iluminar y transformar por el gran anuncio del Evangelio? Es importante hacerse esta pregunta, porque la juventud, más que un orgullo, es un regalo de Dios: «Ser joven es una gracia, una fortuna»[71]. Es un don que podemos malgastar inútilmente, o bien podemos recibirlo agradecidos y vivirlo con plenitud.


[71] S. Pablo VI, Alocución para la beatificación de Nunzio Sulprizio (1 diciembre 1963): AAS 56 (1964), 28.

Misa del domingo: misa con niños

1. MONICIÓN DE ENTRADA

Muy buenos días a todos. ¡Sed bienvenidos a la mesa del Señor! Cada Eucaristía, por si lo olvidamos, es un aperitivo de lo que nos espera en el cielo.

El Día del Señor pone en el horizonte de nuestra vida, de cada semana a DIOS. ¿Seremos capaces de no dejarlo arrinconado el resto de los días?

Os invitamos, además, a que dejemos todas nuestras preocupaciones en la calle. Ahora brindemos esta escasa media hora al Señor. Un Señor que nos da el tiempo, la riqueza, la sabiduría y los medios materiales para vivir en la tierra.

Iniciamos esta celebración cantando.

(Se puede traer un cartel donde ponga: “Señor; Tú eres nuestra riqueza”)

2. PENITENCIAL

2.1. Por buscar con más interés lo que produce gozo y placer. Señor ten piedad (se puede enseñar una cartulina con diferentes anuncios)

2.2. Por olvidar las necesidades de los demás. Cristo ten piedad (se puede mostrar el rostro de un pobre)

2.3. Por ser egoístas y despreocuparnos de crecer en el conocimiento de Jesús. Señor ten piedad (se puede presentar un interrogante ¿Dios?)

3. MONICIÓN A LAS LECTURAS

Al escuchar las lecturas de este domingo sería bueno que recordásemos algunas cosas:

Primero: Quien vive de espaldas a Dios, puede llegar a olvidar a todos los que le rodean

Segundo: La caridad, el ser desprendidos, es una bandera de los que pertenecemos al grupo de Jesús

Tercero: La riqueza bien empleada es buena. Pero cuando nos centramos sólo en ella, puede llevarnos a un olvido de Dios.

Escuchemos atentamente.

4. ORACIÓN DE LOS FIELES

4.1. Por la Iglesia. Para que a pesar de las dificultades para hacer presente a Cristo en los corazones de los hombres, no se canse nunca de insistir y de llamar al encuentro con Dios. Roguemos al Señor.

4.2. Por todos los políticos; para que dejen a un lado sus diferencias y trabajen por fomentar una justa distribución de la riqueza en el mundo. Roguemos al Señor.

4.3. Por todos los que estamos en esta Eucaristía. Para que nos quitemos el barro que nos impide ver a Dios en medio de nosotros. Para que el afán de tener no sea más grande que el de creer. Roguemos al Señor.

4.4. Por todos los niños y jóvenes; para que no se dejen engañar por los falsos anuncios que nos dicen que en el mundo sólo vale y existe o que se ve y se toca. Roguemos al Señor.

5. OFRENDAS

5.1. Con estas manos abiertas queremos expresar, Señor, nuestro deseo de poner al servicio de los demás parte de lo que somos y tenemos. (Unas manos abiertas)

5.2. Con estos ladrillos queremos simbolizar el obstáculo que nos trae el acaparar y el poner la atención en el dinero. Que la FE nos ayude a romper con todo aquello que nos aleja de Dios.

5.3. Con el pan y el vino, esfuerzo y conquista de toda la semana, llevamos hasta el altar nuestro deseo de querer alimentar nuestra vida con la presencia de Jesús muerto y resucitado.

6. ORACIÓN FINAL
Si me intereso sólo por las cosas,
que no me olvide de Ti, Señor
Si me olvido de los demás,
ablanda mi corazón, Señor
Si no miro al cielo,
háblame para que levante mis ojos
Si doy la espalda a la tierra,
grítame desde el rostro de las personas
Si sólo confío en el dinero
recuérdame que en el cielo no sirve de nada
Si doy migajas de mi fortuna
dame una mano más generosa
Amén.

La misa del domingo

DOMINGO XXVI del TIEMPO ORDINARIO
29 de septiembre de 2019

Lc 16, 19-31

El evangelio de Lucas de hoy domingo nos presenta la parábola conocida tradicionalmente como del rico epulón y del pobre Lázaro.

La verdad es que este evangelio Jesús no tiene como intención asustarnos ni meternos miedo al infierno ni cosas parecidas que muchas veces hemos oído en las predicaciones. Jesús no quiere infundirnos temor, sino hablarnos de las consecuencias que en nuestra vida tiene una vida apegada a lo material o una vida libre y liberada de todo lo que son apegos, ataduras y esclavitudes.

Hay una curiosidad que llama la atención, y es que el rico no tiene nombre, al que nadie conoce, porque como no se ha ocupado más que de él mismo, de sus intereses, es de las personas que en otro evangelio Jesús dice: “no os conozco”.

Es curioso también que del rico solo se dice cómo vestía y cómo comía; nada más. Se preocupaba de aquello que Jesús había dicho: “nos os preocupéis de qué vais a comer o cómo os vais a vestir”. Y justo a continuación Jesús dice: “mirad los lirios del campo… mirad los pájaros del cielo…”

Sí, sí, … ¡pero alguien dirá ya!… y cómo pago el colegio de los hijos, y cómo pago la hipoteca del piso y cómo pago la factura de la luz y el gas y el agua y el teléfono, y cómo compro lo necesario para vivir. Y entonces viene la confusión. Nos gustaría vivir libres, pero estamos tremendamente apegados a los bienes materiales. Y es aquí donde el Señor quiere que prestemos atención: Tener dinero no es lo mismo que ser rico y tener poco dinero no es lo mismo que ser pobre, el ser rico o ser pobre es la elección libre que yo hago de cómo es mi distancia y mi relación con las cosas materiales. Hay gente que tiene muchos bienes materiales y los pone en función de los demás y puede haber gente que tiene pocos bienes, pero está muy apegado a ellos y vive con codicia, con envidia, … y no es un pobre en las categorías que habla el evangelio.

Dice el relato que cuando muere el pobre los ángeles lo llevaron al cielo (arriba): estaba “ligero”, no tenía lastre, en cambio el rico murió y lo enterraron (abajo), porque “pesaba mucho”, tenía mucho lastre, de todo lo acumulado, porque toda la vida la ha vivido en función de él mismo.

Y puede suceder que, en nuestro afán de riquezas, de bienes, de poder, etc., los pobres se nos vuelvan invisibles; no nos damos cuenta de que están a nuestro lado porque estamos tan centrados en nosotros mismos que no los vemos.

Cuando no ejercito mi caridad, cuando no ejercito la escucha, cuando no pongo mis ojos en las necesidades de los demás, … lo que hago es atrofiar mi capacidad de amar, justo lo que le paso al rico del evangelio de hoy.

Ojalá que nosotros nos tomemos en serio el no vivir apegados a lo material, y que nunca lo económico o el dinero sustituyan la alegría de vivir disponibles para con las personas que nos rodean.

Agustín Fernández, sdb

Cruzar los puentes (Oración)

CRUZAR LOS PUENTES

Como hago muchas semanas, quiero pasar un rato contigo, Jesús. Cierro los ojos, escucho la música, me doy cuenta de que tú siempre estás cerca de mí, aunque no siempre me fije. Estás en mi interior y estás alrededor. Eres como una caricia. Respiro despacio mientras me voy dando cuenta de que estamos juntos.

La lectura es una adaptación del evangelio de Lucas (Lc 16, 19-31):

Un día más, Jesús quiso enseñar algunas verdades a sus amigos, utilizando una historia.

Les dijo:

Había un hombre rico que comía grandes banquetes y vivía a cuerpo de rey. En la puerta de su casa había un hombre pobre, enfermo, y hambriento, llamado Lázaro. Pedía ayuda, pero no le daban ni las migajas. El mendigo murió y fue al cielo. El rico también murió, y fue al infierno. Y desde allí, mirando hacia lo lejos, vio a Lázaro en el cielo. Entonces le dijo: «Por favor, ayúdame».

Pero Abraham, que estaba en el cielo con el mendigo, le dijo: «¿No ves que tú ya lo tuviste todo en vida? ¿No te acuerdas de lo mal que estaba este hombre, y no le hiciste ni caso?» El rico se dio cuenta. Y se arrepintió de no haberle prestado más atención. Entonces dijo: «¿puedes, por lo menos, avisar a mis hermanos, para que no cometan el mismo error que yo?»

Abraham le dijo: «Pero si ya lo han oído mil veces».

El rico insistió: «Es que si se lo dice un muerto lo creerán».

Abraham le dijo: «Mira, todos saben ya lo que Dios quiere: que las personas cuiden unas de otras, que abran el corazón a los más pobres, y que compartan sus riquezas. Si no lo entienden, es porque no quieren».

La historia de Lázaro y el hombre rico, es muy real. Hay muchas situaciones parecidas. Gente muy rica y gente muy pobre. Lo que quiere Jesús es que quienes son más afortunados en la vida ayuden a quienes lo pasan peor. Piensa por un momento en las personas que tienen más suerte. Piensa a ver si conoces a alguien de todos estos, los más ricos, los que tienen más salud, los más populares que tienen muchos amigos, los que les caen bien a todo el mundo, los que siempre sacan buenas notas, a veces casi sin esfuerzo, los que juegan bien a todo… Y ahora piensa en los que tienen menos suerte, los más pobres, los que están enfermos, los que no tienen amigos, los que caen mal a todos, a los que les cuesta más estudiar, los que son más torpes en los juegos. Pues ahora, que has imaginado a todas estas personas, piensa que lo que Jesús quiere es que crucemos los puentes que nos separan y nos ayudemos.

Si te ayuda mientras suena la canción dibuja un puente en un papel y a las personas cruzando de un lado a otro. Los que tienen las manos llenas, vaciándolas en las que necesitan amor y paz.

Las manos llenas,
las manos llenas,
Las manos llenas
de buenas obras.

Los pies caminan,
los pies caminan,
siempre en senderos
de amor y paz.

Y solo buscan
y solo esperan
poder hacer
tu voluntad.

Y solo buscan
y solo esperan
poder hacer
tu voluntad,
tu voluntad,
tu voluntad.

Las manos llenas interpretado por Migueli, «Como un girasol.»

Repetimos ahora despacito las palabras de Abraham, pero como si las dijese hoy para nosotros.

Tú ya sabes lo que Dios quiere:
tienes que valorar lo que tienes,
que cuides a los otros,
que compartas tus riquezas,
que seas feliz con los otros.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio
ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Comentario al evangelio – 27 de septiembre

“Estando una vez orando a solas…” ¡Cuánto nos gustaría asomarnos a esa intimidad de Jesús con el Padre en la oración! Por la pregunta que dirige a los discípulos, da a entender que el tema de la oración era cómo estaba reaccionando la gente de Galilea a sus enseñanzas.

Jesús quiere cumplir con fidelidad la voluntad del Padre de reinar en medio de su pueblo. Ese apremiante deseo lo hace caminar de sinagoga en sinagoga, “recorría toda Galilea proclamando que el Reino de Dios está cerca”, dice el texto.

Jesús es humano y quiere ver los frutos de sus esfuerzos.

¿Habían comprendido las multitudes lo que habían visto y oído de Él? ¿Dónde están, qué hacen, a qué se dedican tantos que lo han escuchado? ¿En qué ha mejorado el ambiente de aquellas comunidades rurales después de escuchar su palabra y de ver sus milagros? Muchas preguntas, ciertamente.

Se hace presente seguramente también en su oración aquella variedad de opiniones tan diversas acerca de quién es Él. La gente lo identifica sin más con algún personaje famoso del pasado, pero a Él no lo han reconocido todavía, por eso pregunta directamente a sus discípulos:

-“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Hoy también el debate sobre Jesús sigue más abierto que nunca, jaleado además por los más variados intereses y al servicio de una audiencia que no conoce fronteras gracias a la globalización. Hablar de Jesús siempre suscita interés. Él no deja a nadie indiferente, porque su palabra, su persona toca las fibras más profundas del corazón humano.

¿Quién soy yo para ti, querido amigo, querida amiga?, nos pregunta Jesús ahora al terminar de leer este texto.