La esperanza del pobre

En una parroquia de Valencia, que tiene dos fachadas que hacen esquina, con una puerta en cada una de estas fachadas, pude ver una escena para reflexionar. Iba en un autobús que en su trayecto rodea ambas fachadas: en la primera puerta había dos personas sentadas sobre cartones, vestidas con andrajos, pidiendo limosna; en la otra puerta estaban saliendo del templo los invitados a una boda de postín. Todos vestían con chaqués, trajes de noche, pamelas… sin acercarse ni mirar a quienes estaban en la otra puerta. Desde el autobús se podían contemplar los dos escenarios: parecían dos mundos diferentes, y sin embargo sólo estaban separados por unos pocos metros. Y pensé que esta escena era una metáfora de lo que ocurre en todo el mundo: el mundo desarrollado y rico “no quiere ver” a quienes están “en la otra puerta” pidiendo simplemente “vivir”.

No hay que caer en la demagogia, y además hay que estar atentos para no fomentar tanto la picaresca como la actuación de bandas organizadas que utilizan a personas para sacar beneficio con la mendicidad. Pero la situación, con diferentes escenarios, es muy común: el contraste entre los ricos, cada vez más ricos, y los pobres, cada vez más pobres. Por eso el Papa Francisco ha escrito un mensaje para la III Jornada Mundial de los Pobres: “La esperanza del pobre nunca se frustrará”.

Y en dicho mensaje afirma: “La crisis económica no ha impedido a muchos grupos de personas un enriquecimiento que con frecuencia aparece aún más anómalo si vemos en las calles de nuestras ciudades el ingente número de pobres que carecen de lo necesario y que en ocasiones son además maltratados y explotados. Con frecuencia vemos a los pobres en los vertederos recogiendo el producto del descarte y de lo superfluo, para encontrar algo que comer o con qué vestirse… sin que exista ningún sentimiento de culpa por parte de aquellos que son cómplices en este escándalo”.

Esta situación ya fue denunciada el profeta Amós, como hemos escuchado en la 1ª lectura: Os acostáis en lechos de marfil… coméis… canturreáis… bebéis vinos… os ungís con los mejores perfumes, y no os doléis de los desastres de José. Quizá al ver este contraste entre los muy ricos y los muy pobres, nos hacemos “la pregunta que se ha repetido a lo largo de los siglos hasta nuestros días: ¿Cómo puede Dios tolerar esta disparidad? ¿Cómo puede permitir que el pobre sea humillado, sin intervenir para ayudarlo? ¿Por qué permite que quien oprime tenga una vida feliz mientras su comportamiento debería ser condenado precisamente ante el sufrimiento del pobre?”.

Pero aunque nos hagamos estas preguntas, no nos sentimos aludidos porque acabamos pensando: “Yo no soy rico, apenas puedo vivir. Quien tenga dinero que haga algo”, y acabamos cayendo en lo que indica el Papa Francisco en “Evangelii gaudium” 54: “se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe”.

Sin embargo, Dios no es indiferente a esta situación, y así lo anunciaba Amós: Irán al destierro… se acabó la orgía de los disolutos. Y esa cercanía de Dios a los pobres se cumple en su Hijo, nacido en la pobreza: “ante esta multitud innumerable de indigentes, Jesús no tuvo miedo de identificarse con cada uno de ellos”.

Y Jesús lo manifestó con la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro: “El Dios que Jesús quiso revelar es éste: un Padre misericordioso, que ofrece esperanza sobre todo a los que están desilusionados y privados de futuro”.

Una parábola que es a la vez un toque de atención hacia nosotros, que ordinariamente no nos sentimos responsables de esa situación: “La condición de los pobres obliga a no distanciarse de ninguna manera del Cuerpo del Señor que sufre en ellos. Más bien, estamos llamados a tocar su carne para comprometernos en primera persona en un servicio que constituye auténtica evangelización. Es necesario un cambio de mentalidad para redescubrir lo esencial y darle cuerpo y efectividad al anuncio del Reino de Dios. Los pobres necesitan nuestras manos para reincorporarse. Los pobres no son números… Los pobres son personas a las que hay que ir a encontrar”. 

¿Qué siento al contemplar a gente pobre? ¿Me considero algo responsable de su situación? ¿Estoy afectado por la “globalización de la indiferencia”? ¿Qué hago para luchar contra la pobreza?

El Papa nos recuerda que “el compromiso de los cristianos en la vida ordinaria de cada día, no consiste sólo en iniciativas de asistencia. La condición que se pone a los discípulos del Señor Jesús, para ser evangelizadores coherentes, es sembrar signos tangibles de esperanza”. En Cáritas Parroquial y Diocesana tenemos los medios y programas necesarios “para dar cuerpo y efectividad al anuncio de Reino de Dios”, de modo que hagamos realidad lo que Jesús indicó con su parábola: Que Dios “no es indiferente a la suerte de sus hijos más débiles”.