Homilía – Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

¡AUMÉNTANOS LA FE!

 

EL ERROR DE CREER QUE SE CREE

Los apóstoles se dan cuenta, al lado de Jesús, al ver su confianza total en el Padre, que su fe es una llamita vacilante y, con todo anhelo, le suplican: Señor, auméntanos la fe. Jesús, al escuchar su petición, no atenúa su confesión: «Hombre, no es que sea enteramente madura vuestra fe, pero, bueno… es aceptable». No, al revés, les echa en cara que tienen una fe tan diminuta que no alcanza ni el tamaño de un grano de mostaza, que es como la cabeza de un alfiler. «Porque, aunque no fuera más que de ese tamaño, haríais verdaderos milagros…». Pero si participan en las celebraciones de la sinagoga, si rezan los salmos, si son gente piadosa, si son buenas personas… Pues, a pesar de todo, les echa en cara su falta de fe. Y no sólo en este momento, sino en repetidas ocasiones; por ejemplo, cuando pierden la esperanza en la tormenta del lago de Tiberíades, les increpa: Hombres de poca fe, ¿por qué teméis? La misma recriminación les hace cuando no son capaces de liberar al endemoniado que le presentan para que lo curen. Esta situación de los apóstoles ha de provocar en nosotros una sospecha. A pesar de las oraciones y de la vida piadosa, a pesar de mis cumplimientos y de mi vida decente, ¿tendré yo también una fe tan diminuta que no alcanza el tamaño de un grano de mostaza?

Con respecto a la fe, ocurre lo mismo que con respecto a cualquier otra disposición humana. No hay actitud más nefasta que creer que se sabe todo. No hay cosa más perniciosa que creer fácilmente que se cree. ¡Qué diferencia!, en cambio, con los grandes creyentes que dudan de su propia fe. Monseñor Casaldáliga, candidato al premio Nobel de la Paz por su lucha en favor de los indígenas y que ha estado a punto de ser mártir, testimonia tímidamente en unas confesiones escritas: Creo que creo… Si él solamente «cree que cree», ¿qué podremos decir otros? Y es que la fe es esencialmente humilde. La fe presumida no existe. Confesaba un convertido de una fe rutinaria a una fe rutilante: «El creer que creía me ha hecho más daño que una blasfemia».

 

LA FE Y SUS FALSIFICACIONES

Con respecto a la fe se dan muchas falsificaciones. Muchos afirman con presunción: Yo, gracias a Dios, tengo mucha fe. Pero dicen esto porque ignoran en realidad lo que es la experiencia de fe. Muchos confunden la fe con la credulidad,con la creencia en el poder mágico de ciertas prácticas religiosas: «San Antonio no me falla cuando se me ha perdido una cosa y le rezo la oración». Con frecuencia se confunde fe con la mera aceptación sumisa de dogmas, de verdades abstractas («creer lo que no se ve») que archivan en la memoria como un teorema matemático que, de hecho, no influye absolutamente nada en la vida, no sirve nada más que para los exámenes.

La fe de la que habla Jesús es algo muy parecido a lo que se siente ante un hermano que es un genio, un gran líder, que sé que me adora, que sabe lo que es lo mejor para mí, lo quiere y lo puede realizar. Y entonces me pongo en sus manos y le digo: «He puesto toda mi confianza en ti, dime lo que tengo que hacer» (2Tm 1,13). Y ese hermano adorable, genial, que nos quiere lo indecible, nos dice: «Aquí lo que hay que hacer es guardar severamente un régimen». Le respondo: «Lo que tú digas; estoy en tus manos». Esto, dicho y referido a Jesús, es la fe.

Tener fe en Jesús es sentir una fascinación tan absoluta por él y una experiencia tan clara de su amor, presencia y acción que nos lleva a ponernos incondicionalmente a su disposición para colaborar en su causa y vivir según su espíritu. Esto, ni más ni menos, es la fe cristiana. Pablo expresa certeramente su fe cuando le dice a Timoteo: Sé bien de quién me he fiado (2Tm 1,12).

La verdadera fascinación por Jesús lleva indefectiblemente a la acción. Sólo es fe viva aquella que «actúa por la caridad» (Gá 5,6), que se convierte en un impulso dinámico. Lo contrario es fe muerta: «¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe si no tiene obras?» (St 2,14). Un gran convertido de nuestros días escribe: «No se puede conocer a Jesucristo y no admirarle; no se puede admirarle y no amarle; no se puede amarle y no seguirle». Ni siquiera la oración y el culto, que habrían de ser la fe en ejercicio, son garantía suficiente de fe auténtica; por eso el mismo Jesús afirma categóricamente: «No basta decirme: ¡Señor, Señor!, para entrar en el Reino de Dios; hay que poner por obra la voluntad de mi Padre» (Mt 7,21).

La experiencia de que el Padre, el Hijo y el Espíritu nos aman locamente, el saber que nos habitan, que nos son más íntimos que nuestra propia intimidad (Cf. Jn 14,23) genera una confianza tal en el creyente que tiene la sensación de que puede llevarse todo el mundo por delante. Pablo, incandescente por la fe en la presencia actuante de Jesús, llega a decir con enorme audacia: Todo lo puedo en aquel que me conforta (Flp 4,13).

«Si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a esa montaña que se trasladase al mar y se trasladaría», afirma Jesús. Habla, por supuesto, en sentido metafórico. Esa montaña son los incontables obstáculos que encontramos en el camino y que se nos hacen irremontables. Si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a ese pesimismo que creéis que os puede, a ese individualismo que os parece insuperable, a esos rencores, conflictos familiares, vecinales, laborales: «¡Echaos al mar, y se precipitarían!».

«Lo de nuestras familias ya no tiene arreglo. No creo que pueda perdonar a mi hermano y su familia jamás», decían las familias de dos hermanos enfrentadas por un piso. A la mujer de uno de ellos que me lo contaba le recordé este texto evangélico: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esa montaña de odios: ¡Húndete en el mar! y se hundiría». Le recordé que ella debía hacer por su parte todo lo que pudiera. Y la montaña se hundió. «Ese proyecto de comunidad que nos presentas —me decían unos cuantos cristianos un tanto individualistas y comodones— es un sueño de una noche de verano. Nos gusta demasiado ir a lo nuestro; la gente no quiere comprometerse». Les recordé también las palabras de Jesús: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza…». Hoy son una realización del proyecto de comunidad que les presentaba.

 

ALIMENTAR LA FE

La fe, como la hoguera, para que no se consuma y se apague, precisa ser alimentada. Una fe, que no se alimenta, se puede decir que ya está muerta. La leña que hay que echar al fuego de la fe es ésta:

La oración. «Donde calla la oración —dicen los obispos españoles en un documento sobre el apostolado laical— se apaga la fe. La primera forma de echar leña al fuego de la fe es orar. Y en la oración pedir también el don y el crecimiento de la fe, como hicieron los apóstoles: Señor, auméntanos la fe, o como le pidió el padre del chico enfermo: Señor, yo creo; pero ayúdame en lo que falta a mi fe (Me 9,24).

Vivir la fe. Una forma imprescindible para crecer en la fe es ejercitarla actuando bajo sus impulsos. «El justo vive de la fe», afirma Pablo (Rm 1,17). Se alimenta la fe cuando, impulsado por ella, sirvo al Señor en mis hermanos desde mi tarea profesional y mis compromisos cotidianos, como lo haría Jesús si estuviera en mi lugar. Cuando se vive como se cree, la fe va cobrando una hondura increíble.

Compartir la fe. Medio milagroso para crecer en la fe es compartirla. Ya decía san Cipriano: «Un cristiano solo no es ningún cristiano»; mucho más hay que decirlo hoy en que sufrimos tantas agresiones directas e indirectas contra la fe. «Si no fuera por el grupo de fe —me decían unos cuantos cristianos— no queremos ni pensar qué hubiera sido de nosotros». Es muy difícil, por no decir imposible, mantenerse fiel a la fe en Jesús y a su estilo de vida viviendo a la intemperie, sin estar acompañado por una comunidad. Como cristianos, es una temeridad ir solos por la vida.

Formarse. Es también imprescindible. La urgencia de crecer exige que los cristianos leamos libros religiosos, participemos en grupos, cursos y charlas que nos ayuden a profundizar en ella. La dejación, en este sentido, es un atentado serio contra la fe. Es necesario, para alimentarla, acercarse a la fuente de la misma que es la Palabra del Señor. Este acercamiento implica: esforzarse por comprenderla, asimilarla mediante la reflexión y la oración, y llevarla a la vida mediante la acción, al estilo de María, que conservaba en su corazón y molía con todo su ser las palabras y los hechos de Jesús de los que era testigo (Le 2,19).

Atilano Aláiz