La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

7.- EL ÁNGEL

Lc 1, 28-29

Habiendo entrado el ángel donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, llena de gracia…

Es posible que el ángel se apareciera con forma humana. En el libro de Daniel se dice que así se le presentó al profeta dos veces, y una tercera también como un hombre, pero resplandeciente de gloria: Su cuerpo era claro como el topacio; su rostro brillaba como el relámpago…[1] El día de la Resurrección, el ángel que encontramos al lado del sepulcro tenía aspecto como de relámpago, y su vestidura, blanca como la nieve (Mt).

Delante de María no eran necesarias estas apariencias: se ha dicho con acierto que el esplendor del alma de la Virgen era mayor que el de todos los ángeles y arcángeles. El mensajero hubiera quedado como oscurecido ante el resplandor de la gracia en el alma de la Virgen.

Nos sorprende que María no se asombrara. Cuando se manifestó a Zacarías, san Lucas nos indica que se alteró al verlo.La Virgen se turbó ante las palabras de Gabriel, no de su presencia. Pudo reconocer, incluso, que se trataba de un ángel, aunque él no dio explicación alguna. Su mundo interior, sin dejar de ser el de una joven normal de su tiempo, estaba muy cerca de Dios. La realidad de lo sobrenatural también era su mundo, su realidad vivida. El hombre de hoy, tan acostumbrado a ponderar solo lo sensible y lo material, no está con frecuencia capacitado para comprender la presencia y la realidad de los ángeles. A veces los mismos cristianos tienden a considerar a estos mensajeros de Dios como algo teórico, de menos entidad que la vida tangible de cada día: el trabajo, el sueldo, el colegio, la hipoteca… El universo de María tenía una apertura inmensamente mayor. Un ángel era para Ella algo misterioso, sí, pero real; tan cierto como la fuente del pueblo y tan posible como los sarmientos que brotaban de las vides plantadas en las afueras de Nazaret. En la Sagrada Escritura -alimento diario de su alma- aparecían con mucha frecuencia esos espíritus puros, como parte de la creación. Las páginas que oía los sábados en la sinagoga hablaban con toda naturalidad de esos mensajeros de Dios[2]. El ángel se llamaba Gabriel.


[1] Cfr. Dn 10, 5-6

[2] Desde la creación, donde los ángeles son llamados hijos de Dios, y a lo largo de toda la historia de la salvación, los encontramos anunciando de lejos o de cerca esa salvación y sirviendo al designio divino: cierran el paraíso terrenal, protegen a Lot, salvan a Agar y a su hijo, detienen la mano de Abrahán, la Ley es comunicada por su ministerio, conducen el pueblo de Dios, anuncian nacimientos y vocaciones, asisten a los profetas…

De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado estará rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. Cuando va a nacer el Primogénito en el mundo, se dice: adórenle todos los ángeles de Dios (Hb 1, 6). Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en todos los tiempos: Gloria a Dios… (Lc 2, 14). Protegerán la infancia de Jesús, le servirán en el desierto, le reconfortarán en la agonía. Son también los ángeles quienes anunciarán la buena nueva de la Encarnación y de la Resurrección de Jesús. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles, estos estarán presentes al servicio del Señor (cfr. Catecismo, nn. 335-336).

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