Vísperas – Jueves XXVI de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

JUEVES XXVI TIEMPO ORDINARIO

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Tras el temblor opaco de las lágrimas,
no estoy yo solo.
Tras el profundo velo de mi sangre,
no estoy yo solo.

Tras la primera música del día,
no estoy yo solo.
Tras la postrera luz de las montañas,
no estoy yo solo.

Tras el estéril gozo de las horas,
no estoy yo solo.
Tras el augurio helado del espejo,
no estoy yo solo.

No estoy yo solo; me acompaña, en vela,
la pura eternidad de cuanto amo.
Vivimos junto a Dios eternamente.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

 

SALMO 71: PODER REAL DEL MESÍAS

Ant. Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.

Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

Que los montes traigan paz,
y los collados justicia;
que él defienda a los humildes del pueblo,
socorra a los hijos del pobre
y quebrante al explotador.

Que dure tanto como el sol,
como la luna, de edad en edad;
que baje como lluvia sobre el césped,
como llovizna que empapa la tierra.

Que en sus días florezca la justicia
y la paz hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran río al confín de la tierra.

Que en su presencia se inclinen sus rivales;
que sus enemigos muerdan el polvo;
que los reyes de Tarsis y de las islas
le paguen tributo.

Que los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones;
que se postren ante él todos los reyes,
y que todos los pueblos le sirvan.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta el fin de la tierra.

 

SALMO 71

Ant. Socorrerá el Señor a los hijos del pobre, rescatará sus vidas de la violencia.

Él librará al pobre que clamaba,
al afligido que no tenía protector;
él se apiadará del pobre y del indigente,
y salvará la vida de los pobres;
él rescatará sus vidas de la violencia,
su sangre será preciosa a sus ojos.

Que viva y que le traigan el oro de Saba;
que recen por él continuamente
y lo bendigan todo el día.

Que haya trigo abundante en los campos,
y susurre en lo alto de los montes;
que den fruto como el Líbano,
y broten las espigas como hierba del campo.

Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
que él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
el único que hace maravillas;
bendito por siempre su nombre glorioso;
que su gloria llene la tierra.
¡Amén, amén!

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Socorrerá el Señor a los hijos del pobre, rescatará sus vidas de la violencia.

 

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

 

LECTURA: 1P 1, 22-23

Ahora que estáis purificados por vuestra obediencia a la verdad y habéis llegado a quereros sinceramente como hermanos, amaos unos a otros de corazón e intensamente. Mirad que habéis visto a nacer, y no de una semilla mortal, sino de una inmortal, por medio de la palabra de Dios viva y duradera.

 

RESPONSORIO BREVE

R/ El Señor es mi pastor nada me falta.
V/ El Señor es mi pastor nada me falta.

R/ En verdes praderas me hace recostar.
V/ Nada me falta.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Señor es mi pastor nada me falta.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A los hambrientos de justicia, el Señor los sacia y colma de bienes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A los hambrientos de justicia, el Señor los sacia y colma de bienes.

 

PRECES

Elevemos nuestros corazones agradecidos a nuestro Dios y Salvador, que ha bendecido a su pueblo con toda clase de bienes espirituales, y digámosle con fe:

Bendice a tu pueblo, Señor.

Dios todopoderoso y lleno de misericordia, protege al papa y a nuestro obispo,
— a los que tú mismo has elegido para guiar a la Iglesia.

Protege, Señor, nuestros pueblos y ciudades
— y aleja de ellos todo mal.

Multiplica, como renuevos de olivo alrededor de tu mesa, hijos que se consagren a tu reino,
— siguiendo a Jesucristo en pobreza, castidad y obediencia.

Conserva el propósito de las que han consagrado a ti su virginidad,
— para que sigan al Cordero divino adondequiera que vaya.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que los difuntos descansen en tu paz eterna
— y que se afiance nuestra unión con ellos por la comunión de los santos.

 

Ya que por Jesucristo hemos llegado a ser hijos de Dios, acudamos confiadamente a nuestro Padre:
Padre nuestro…

 

ORACION

Al ofrecerte, Señor, nuestra alabanza vespertina, te pedimos humildemente que, meditando tu ley día y noche, consigamos un día la luz y el premio de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 3 de octubre

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial 

¡Oh Dios!, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia; derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo. Por nuestro Señor.

2) Lectura 

Del santo Evangelio según Lucas 10,1-12
Después de esto, designó el Señor a otros setenta y dos y los envió por delante, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde él había de ir. Y les dijo:
«La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: `Paz a esta casa.’ Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comed y bebed lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: `El Reino de Dios está cerca de vosotros.’ En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid: `Sacudimos sobre vosotros hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies. Sabed, de todas formas, que el Reino de Dios está cerca.’ Os digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad.

3) Reflexión.

• El contexto. El cap. 10, que empieza con nuestro pasaje, presenta un carácter de revelación. En 9, 51 se dice que Jesús “se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén”. Este camino, expresión de su ser filial, se caracteriza por una acción doble: están estrechamente unidos el “ser quitado” de Jesús (v.51) y su “venida” mediante la invitación de sus discípulos (v.52); hay una ligazón en el doble movimiento: “ser quitado del mundo” para ir al Padre, y ser enviado a los hombres. De hecho sucede a veces que el enviado no es atendido (v.52) y por tanto debe aprender a “entregarse” sin por desistir ante el rechazo de los hombres (9,54-55). Tres breves escenas ayudan al lector a comprender el significado del seguimiento de Jesús, que va a Jerusalén para ser quitado del mundo. En la primera, se presenta un hombre que desea seguir a Jesús a dondequiera que vaya; Jesús lo invita a abandonar todo lo que le proporciona bienestar y riqueza. Los que quieran seguirlo deben compartir con él su condición de nómada. En la segunda, es Jesús el que toma la iniciativa y llama a un hombre cuyo padre acaba de morir. El hombre pide una dilación de la llamada para atender a su deber de sepultar a su padre. La urgencia del anuncio del reino supera a este deber: la preocupación por sepultar a los muertos resulta inútil porque Jesús va más allá de las puertas de la muerte y esto lo realiza incluso en los que lo siguen. Finalmente, en la tercera escena, se presenta a un hombre que se ofrece espontáneamente a seguir a Jesús, pero pone una condición: saludar antes a sus padres. Entrar en el reino no admite demoras. Después de esta renuncia, la expresión de Lc 9,62, “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el reino de Dios”, introduce el tema del cap. 10.
• Dinámica del relato. El pasaje objeto de nuestra meditación empieza con expresiones muy densas. La primera, “Después de esto”, remite a la oración de Jesús y a su firme decisión de ir a Jerusalén. La segunda, respecta al verbo “designar”: “designó a otros setenta y dos y los envió…” (10.1), precisando que los envía delante de sí, es decir, con la misma resolución con la que él se encamina a Jerusalén. Las recomendaciones que Jesús les da antes de enviarlos son una invitación a ser conscientes de la misión a la que se les envía: la mies abundante en contraste con el número exiguo de obreros. El Señor de la mies llega con toda su fuerza, pero la alegría de su llegada se ve impedida por el reducido número de obreros. De aquí, la invitación categórica a la oración: “Rogad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (v.2). La iniciativa de enviar a la misión es competencia del Padre, pero Jesús da la orden: “Id”, indicando después el modo de seguir (vv.4-11). Empieza con el equipamiento. Ni bolsa, ni alforja, ni sandalias. Estos elementos manifiestan la fragilidad del que es enviado y su dependencia de la ayuda que viene del Señor y de los habitantes de la ciudad. Las prescripciones positivas se resumen, en primer lugar, en la llegada a la casa (vv.5-7) y después en el éxito en la ciudad (v.8-11). En ambos casos no se excluye el rechazo. La casa es el lugar en el que los misioneros tienen los primeros intercambios, las primeras relaciones, valorando los gestos humanos del comer, del beber y del descanso, como mediaciones sencillas y normales para comunicar el evangelio. La paz es el don que precede a la misión, es decir, la plenitud de vida y de relaciones; la alegría verdadera es el signo que caracteriza la llegada del Reino. No hay que buscar la comodidad, es indispensable ser acogidos. La ciudad, sin embargo, es el campo más extenso de la misión en el que se desenvuelve la vida, la actividad política, las posibilidades de conversión, de acogida o de rechazo. A este último aspecto se une el gesto de sacudirse el polvo (vv.10-11), como si los discípulos, al abandonar la ciudad que los ha rechazado, dijesen a sus habitantes que no se han apoderado de nada, o también podría indicar el cese de las relaciones. Al final, Jesús recuerda la culpabilidad de la ciudad que se cierre a la proclamación del evangelio (v.12).

4) Para la reflexión personal

• Cada día el Señor te invita a anunciar el Evangelio a tus íntimos (la casa) y a los hombres (la ciudad). ¿Adoptas un estilo pobre, esencial, al testimoniar tu identidad cristiana?
• ¿Eres consciente de que el éxito de tu testimonio no depende de tus capacidades personales, sino sólo del Señor que envía y de tu disponibilidad?

5) Oración final

«Busca su rostro».
Sí, Yahvé, tu rostro busco:
no meocultes tu rostro.
No rechaces con ira a tu siervo,
No me abandones, no me dejes,
Dios de mi salvación. (Sal 27,8-9)

Agradecimiento en la Misa y en la Comunión (Acciones de gracias)

La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el Sacrificio Eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1359).

La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. «Eucaristía» significa, ante todo, acción de gracias (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1360).

La acción de gracias después de la Misa no habría de terminar sino con el día […]. El tiempo que sigue a la Misa es tiempo de negociar con Dios y de hacerse con tesoros celestiales (San Alfonso Mª de Ligorio, Misa y oficio atropellados, pp. 422-423).

La misma naturaleza del Sacramento reclama (la acción de gracias) para que su percepción produzca en los cristianos abundancia de frutos de santidad: ciertamente ha terminado la reunión pública de la comunidad, pero cada cual, unido con Cristo, conviene que no interrumpa el cántico de alabanza, dando siempre gracias a Dios Padre en nombre de Nuestro Señor Jesucristo (Ef 5, 20) […]. Tan lejos está la Sagrada Liturgia de reprimir los íntimos sentimientos de cada uno de los cristianos, que más bien los reanima y los estimula para que se asemejen a Jesucristo, y por Él se encaminen al Eterno Padre; por lo cual ella misma quiere que todo el que hubiere participado de la Hostia santa del altar, rinda a Dios las debidas gracias, pues a nuestro Divino Redentor le agrada oír nuestras súplicas, hablar con nosotros de corazón a corazón, y ofrecernos un refugio en el suyo ardiente (Pío XII, Enc. Mediato Dei, n. 30).

[…] No os alejéis del templo apenas recibido el Santo Sacramento. ¿Tan importante es lo que os espera, que no podéis dedicar al Señor diez minutos para decirle gracias? No seamos mezquinos. Amor, con amor se paga (J. Escrivá de Balaguer, Homilía 13-4-1973, Sacerdote para la eternidad, 1.c., p. 43).

Habiendo ya rezado las oraciones para después de la Comunión, llamaréis en vuestra ayuda a la Santísima Virgen, a los ángeles y a los santos para dar juntos gracias a Dios por el favor que acaba de dispensarnos. (Santo Cura de Drs, Sermón sobre la Comunión).

La unión espiritual con Cristo, a la que se ordena el mismo sacramento, no se ha de procurar únicamente en el tiempo de la celebración eucarística, sino que ha de extenderse a toda la vida cristiana, de modo que los fieles cristianos, «contemplando asiduamente en la fe el don recibido» y guiados por el Espíritu Santo, vivan su vida ordinaria en acción de gracias y produzcan frutos más abundantes de caridad. para que puedan continuar más fácilmente en esta acción de gracias, que de un modo eminente se da a Dios en la Misa, se recomienda a los que han sido alimentados con la sagrada comunión que permanezcan algún tiempo en oración (Pablo VI, Ena. Euchtarísticum mysterium, 38).

No sólo has de avivar tu devolución antes de la comunión, sino que la has de conservar solícitamente después de recibir el sacramento. No ha de ser menor el cuidado de después que la preparación de antes. Porque el buen cuidado posterior es otra óptima preparación para conseguir mayor gracia. En cambio, se indispone grandemente para ello el que enseguida se entrega a exteriores entretenimientos. Evita conversaciones, permanece solo y goza de tu Dios, pues tienes al que nadie te puede quitar. Yo soy a quien debes darte del todo, de manera que ya no vivas más en ti; sino en Mí, sin ninguna preocupación (Imitación de Cristo, 4, 12, 4).

Aquel tiempo que sigue después de la comunión es el mejor que hay para negociar con Dios y para abrazarle dentro de su corazón. Y así debe el hombre estar este tiempo en la iglesia o donde comulgó dando gracias al Señor por este beneficio y ocupando su corazón en santos pensamientos y oraciones (Fran Luis de Granada, Del Sacramento de la Eucaristía).

La Misa acabada, recójase media hora a dar gracias y hólguese con Él que en sus entrañas tiene, y aprovéchese de Él, no de otra manera de como cuando acá vivía fue recibido de Zaqueo o de Mateo, o de otro que se lea; porque el más quieto tiempo de todos es aquél mientras el Señor está en nuestro pecho, el cual tiempo no se ha de gastar en otras cosas, si extrema necesidad a otra cosa no nos constriñese (San Juan de Ávila, Obras espirt. Carta 5).

Estaos vos con Él de buena gana; no perdáis tan buena sazón de negociar, como es la hora después de haber comulgado […]. Este es buen tiempo para que os enseñe nuestro Maestro, y que le oigamos y besemos los pies porque nos quiere enseñar, y le supliquéis que no se vaya de con vos […] (Santa Teresa, Camino de Perfección, 34, 10).

Se ha de procurar que a la sagrada comunión le preceda una diligente preparación y le siga una conveniente acción de gracias, adaptada a las posibilidades, condición y deberes de cada uno (San Pío X, Denz. 2383).

El amor a Cristo, que se ofrece por nosotros; nos impulsa a saber encontrar, acabada la Misa, unos minutos para una acción de gracias personal, íntima, que prolongue en el silencio del corazón esa otra acción de gracias que es la Eucaristía (J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa).

Después que lo haya recibido, invita a tu corazón a rendirle homenaje a este, Rey de salud; trata con Él de tus asuntos íntimos, contémplale en tu interior, donde Él ha venido a morar para dicha tuya; finalmente, hazle la mejor acogida posible y compórtate de manera que en todas tus actuaciones se eche de ver que Dios está contigo (San Francisco de Sales, Introd. a la vida devota, 2, 21).

Se alejan del recto camino de la verdad los que, ateniéndose más a la palabra que al sentido, afirman y enseñan que, acabado ya el Sacrificio, no se ha de continuar la acción de gracias, no sólo porque el mismo Sacrificio del altar es de por sí una acción de gracias; sino también porque pertenece a la piedad privada y particular de cada uno y no al bien de la Comunidad (Pío XII, Enc. Mediator Dei, 30).

Comentario del 3 de octubre

Después de haber elegido de entre sus discípulos a Doce para que estuvieran con él, ahora designa a setenta y dos para enviarlos por delante a esos lugares y pueblos adonde pensaba ir él. Luego les envía para que preparen de algún modo su llegada a tales lugares.

Y les envía como obreros: pocos para una mies tan abundante; y con una petición a quien es Dueño de todo, incluida la mies: que mande obreros a su mies, puesto que el envío de tales obreros depende esencialmente de Él, aunque también de quienes han de estar dispuestos a poner sus manos, su boca y su inteligencia al servicio de esta misión. En cuanto obreros, merecerán su salario, pero éste no rebasa los límites de la subsistencia diaria: la comida y la bebida que tengan en la casa que les haya acogido. No se hace referencia a otro tipo de salario que el que da para el sustento diario.

Y al tiempo que les envía: ¡Poneos en camino!, les da ciertas instrucciones: Mirad que os mando como corderos en medio de lobosNo llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino. Han de ir con la conciencia de ser sólo corderos, aunque se hallen en medio de lobos y sientan las garras y fauces de esos lobos muy cerca de ellos. Nunca deben perder la mansedumbre propia de los corderos, por muy hostil que se les presente el ambiente que les rodee. El cordero ha de estar dispuesto a ser llevado al matadero. Pero han de saber que en los lugares a que son enviados se encontrarán con lobos que les enseñarán los dientes. No por eso deben detenerse ni dejar de anunciar que el Reino de los cielos está cerca.

Jesús entiende que la misión de tales discípulos no requiere de otros medios: ni talega, ni alforja, ni sandalias de repuesto. Todo eso acabaría estorbándolos. ¿Para qué quieren talega alforja si la casa que les acoja les proporcionará lo necesario para ese día: techo y comida? Les prohíbe incluso que se detengan a saludar a nadie por el camino. El anuncio del Reino no permite «detenciones» ni distracciones en su ejercicio. Su único objetivo debe ser llegar cuanto antes a esos lugares que se les ha asignado para la misión. No debe haber otras paradas con otros objetivos que les desviarían de esta finalidad: anunciar la cercanía del Reino.

Nada más llegar a su destino han de dar (y, por tanto, también desear) la paz, y esa paz o conjunto de bienes mesiánicos, descansará sobre todos los hombres y mujeres de paz que habiten en esa casa o lugar. Sólo la gente de paz recibirá la paz que ellos portan. Si allí no hubiera gente de paz, se produciría un efecto-rechazo y la paz que ellos intentaban darles volvería a sus donantes.

En el pueblo en que sean bien recibidos, han de aceptar con gratitud la comida que les ofrezcan (porque el obrero merece su salario), pero sin olvidar aquello para lo que han llegado a ese lugar: para anunciar que el Reino de los cielos está cerca y para significarlo en la curación de los enfermos que haya. Pero cuando no los reciban deberán hacer un acto público de desagravio. Saldrán a la plaza y dirán: Hasta el polvo de vuestro pueblo, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros, como haciendo ver que no quieren nada con aquellos ingratos que han rechazado el don de Dios que les llega por su medio. Pero deben saber, a pesar de su persistente sordera, que, lo quieran o no lo quieran admitir, el Reino de Dios está cerca. Semejante rechazo no quedará sin consecuencias: aquel día le será más llevadero a Sodoma que a ese pueblo. Y todos sabían lo que le había ocurrido al pueblo de Sodoma.

¿Por qué concede Jesús tanta importancia a este anuncio que tiene el tono de un pregón? ¿Por qué deben saber esos pueblos que el Reino de Dios está cerca? ¿Qué puede significar para sus vidas la aceptación de semejante noticia?

La cercanía del Reino no puede desconectarse de la actividad mesiánica del mismo Jesús en medio de su pueblo. La implantación del Reino no es otra cosa que la presencia benéfica (salvífica) del Salvador que hace sentir su efecto salvífico ya en el mundo. La cercanía del Reino de Dios es la cercanía del mismo Dios en su Hijo encarnado, la cercanía de Dios en la humanidad de Jesucristo. Acoger este anuncio es acogerle a él y acoger su mensaje, su perdón y su salvación. Y acoger el don salvífico de Dios que se hace presente en su humanidad es muy importante. Ese don transformará al hombre, le convertirá en habitante del Reino y le hará vivir en la paz, el amor, la justicia, la misericordia, la fraternidad y el gozo que imperan en ese Reino.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

140. Algunos jóvenes quizás rechazan esta etapa de la vida, porque quisieran seguir siendo niños, o desean «una prolongación indefinida de la adolescencia y el aplazamiento de las decisiones; el miedo a lo definitivo genera así una especie de parálisis en la toma de decisiones. La juventud, sin embargo, no puede ser un tiempo en suspenso: es la edad de las decisiones y precisamente en esto consiste su atractivo y su mayor cometido. Los jóvenes toman decisiones en el ámbito profesional, social, político, y otras más radicales que darán una configuración determinante a su existencia»[76]. También toman decisiones en lo que tiene que ver con el amor, en la elección de la pareja y en la opción de tener los primeros hijos. Profundizaremos estos temas en los últimos capítulos, referidos a la vocación de cada uno y a su discernimiento.


[76] DF 68.

Octubre, mes misionero

Hoy es el primer domingo del mes de octubre, el mes misionero por excelencia. Un mes que comienza con la memoria de santa Teresita del Niño Jesús, patrona de las misiones, y en el que se celebra además el Domingo Mundial de las misiones, el Domund. Un misionero es aquel que, allá donde va, lleva la fe cristiana, el Evangelio. Este domingo, la palabra de Dios nos habla precisamente de la fe.

1. El justo vivirá por su fe. En la primera lectura escuchamos el lamento del profeta Habacuc, que se queja ante Dios de las desgracias que suceden a su alrededor y del escándalo que produce el silencio de Dios ante éstas. El profeta acude a Dios pidiéndole auxilio ante las injusticias y la violencia. Sin embargo, la respuesta de Dios no ofrece una solución a sus problemas, como el profeta espera, sino que le invita a perseverar en la fe. Dios no permanece indiferente ante los sufrimientos de los hombres, sino que anuncia un castigo para los injustos, mientras que “el justo vivirá por su fe”. Por tanto, Dios no es injusto permaneciendo alejado de la realidad del hombre, sino que promete una justicia. La justificación, la salvación, tal como anuncia Dios al profeta Habacuc, no viene por cumplir una serie de leyes y preceptos, como pensaban los judíos, sino que es la fe la que salva al creyente. Una fe que es confianza en Dios y que proviene del amor de Cristo. Muchas veces hemos oído expresiones tales como: “Yo tengo mucha fe a tal santo o a tal imagen de Cristo o de la Virgen”. Es hermoso tener devoción a un santo o a una advocación de María. Pero la fe no es un sentimiento o una devoción particular, sino que la fe implica la vida entera, es un encuentro con Cristo, con la misericordia de Dios. No podemos decir que tenemos fe si nuestra vida no cambia según nos enseña el Evangelio. Por esto, la respuesta de Dios a Habacuc no es la solución de sus problemas, sino la confianza en un Dios que ama y que está al lado del que sufre.

2. Señor, auméntanos la fe. Siguiendo con este mismo tema, en el Evangelio de hoy encontramos la petición que los discípulos hacen a Jesús: Auméntanos la fe. Los discípulos reconocen que su fe es débil, pobre. Que han escuchado a Jesús predicar y hacer milagros muchas veces, que lo siguen de verdad, pero que en el fondo de su corazón no tienen todavía esta confianza plena en un Dios que quiere que le entreguemos toda nuestra vida. La respuesta de Jesús es una invitación a no preocuparse por la cantidad de fe, o de su tamaño, sino a buscar una fe verdadera, auténtica, que concuerde con nuestras palabras y acciones. Por eso le dice que aunque su fe sea pequeña como un grano de mostaza, una semilla diminuta que es fácil de perder, si es auténtica serán capaces de mandar a una morera arrancarse de su lugar y plantarse en el mar. No es la cantidad de fe lo que importa, sino la autenticidad. Y Jesús explica a continuación, con el ejemplo del señor y del criado, que la fe consiste no en esperar que Dios haga lo que nosotros le pedimos o le mandamos, sino en servir a Dios con sencillez, reconociéndolo como Señor de nuestra vida y de nuestra historia.

3. Toma parte en los duros trabajos del Evangelio. Así, la fe es servicio. Como Jesucristo ha hecho con nosotros, lavándonos los pies y dando su vida por nosotros en la cruz, así hemos de hacer también nosotros. La fe nos lleva a reconocernos no como señores que pueden mandar y pedir a Dios lo que deseamos, como muchas veces hacemos los cristianos, sino como siervos que escuchan la voz del Señor y que cumplen sus mandatos, poniendo la confianza en Él, que nunca se olvida de los que le aman. Así, san Pablo, en la segunda lectura, le exhorta a Timoteo a que no se avergüence de Dios cuando hay dificultades, como hacía el profeta Habacuc al principio de la primera lectura, sino que tome parte en los trabajos por el Evangelio. Es Dios quien nos da la fuerza, le recuerda san Pablo, pues la fe es también reconocer que no son nuestras fuerzas, no somos nosotros los que somos capaces, sino que es Dios quien da su fuerza a los que tienen fe, una fuerza capaz de mover una morera hasta plantarla en el mar sólo con la palabra.

En esta Eucaristía, cada uno de nosotros, como los discípulos, le pedimos a Dios que aumente nuestra fe. Reconocemos que muchas veces nos falta la confianza en Dios. Una confianza no en que Él hará lo que le pedimos, sino la confianza de saber que nuestra vida está en sus manos, y que Él quiere hacer de nosotros instrumentos suyos. Como el criado al llegar a casa de su señor, pongámonos también nosotros ante Dios y ofrezcámosle nuestra vida para que Él haga de nosotros instrumentos que lleven su palabra allá donde vayamos, como auténticos misioneros de su Evangelio.

Francisco Javier Colomina Campos

¡Si tuvierais fe…!

Los apóstoles le dijeron: «Acrecienta nuestra fe». Y el Señor dijo: «Si tuvierais una fe tan grande como un grano de mostaza y dijerais a este sicómoro: Arráncate y trasplántate al mar, él os obedecería». «¿Quién de vosotros, que tenga un criado arando o pastoreando, le dice cuando llega del campo: Pronto, ven y siéntate a la mesa? Más bien le dirá: Prepárame de cenar, y ponte a servirme hasta que yo coma y beba. Después comerás y beberás tú. ¿Tendría que estar agradecido al criado porque hizo lo que se le había ordenado? Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os haya ordenado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer».

Lucas 17, 5-10

Para meditar

Los apóstoles le dicen a Jesús que aumente la fe que ellos tienen. Pero Jesús les sorprende y les dice: si tuvierais una fe tan grande como un grano de mostaza, seríais capaces de todo.

¿Alguna vez habéis visto un grano de mostaza? Es minúsculo, muy pequeño. Pues bien, con esa poca fe, Jesús nos dice que seríamos capaces de todo.

Jesús quiere que crezca nuestra fe, que la fe esté en el centro de nuestra vida. Y que no busquemos la vía rápida. La fe no la podemos cocinar en un microondas. La fe se cocina cada día con la oración, con como nos comportamos con los demás…

Para hacer vida el evangelio

  • ¿Eres una persona de fe? Escribe algo que hayas hecho en tu vida por tener fe.
  • ¿Qué podemos hacer los cristianos para cuidar y hacer que nuestra fe sea el centro de nuestra vida?
  • Escribe un compromiso que te ayude a que tu fe sea mayor.

Oración

Quiero cuidar el tesoro de tu Amor,
y quiero extenderlo en mi entorno,
deseo vivir entregado a mis hermanos,
en justicia, derecho y rectitud.
Soy consciente de que me hiciste
para Ti, Señor,
y que mi vida anda desasosegada hasta que te goce.
Por eso te pido que no me abandones nunca,
para que viva en tu sensatez
e inteligencia.
Quiero bendecirte con mi vida,
Dios mío,
quiero que mis gestos sean de amor
a los hermanos
y de alabanza tuya al mismo tiempo,
porque Tú eres el centro de mi vida
y el motor constante de mis días.
Tú llenas mi vida de sentido
y mis momentos cotidianos de gozo;
contigo al lado me vuelvo fecundo,
porque Tú eres mi brújula, mi tesoro y mi pasión.

Aquí me tienes, Señor

Soy un siervo frágil e inseguro,
pero quiero presentarte hoy
mi vida entera,
quiero ofrecerte lo que soy
y lo que sueño,
lo que quisiera hacer y no consigo.

Yo sé que conmigo puedes contar poco,
pero contigo al lado, Señor,
soy otra cosa.
Tú me haces fuerte.
Tú me das sensatez y prudencia.

Quiero cuidar el tesoro de tu Amor,
y quiero extenderlo en mi entorno,
deseo vivir entregado a mis hermanos,
en justicia, derecho y rectitud.

Soy consciente de que me hiciste
para Ti, Señor,
y que mi vida anda desasosegada
hasta que te goce.
Por eso te pido que no me abandones nunca,
para que viva en tu sensatez
e inteligencia.

Quiero bendecirte con mi vida, Dios mío,
quiero que mis gestos sean de amor a los hermanos
y de alabanza tuya al mismo tiempo,
porque Tú eres el centro de mi vida
y el motor constante de mis días.

Tú llenas mi vida de sentido
y mis momentos cotidianos de gozo;
contigo al lado me vuelvo fecundo,
porque Tú eres mi brújula, mi tesoro y mi pasión.

Mari Patxi Ayerra

Notas para fijarnos en el evangelio Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

• En la literatura clásica, la fe significa la confianza, la credibilidad que se deposita en los hombres o en los dioses. En la mentalidad semita expresa la estabilidad que se funda en la acción de Dios. Esta confianza estable y firme confiere al creyente posibilidades ilimitadas. La palabra que brota de la fe puede transformar incluso la creación (también Pablo habla de «la fe que mueve montañas», 1 Cor 13,2). Así que la fe no es tanto creerse algo sino la fuerza que brota de creer en Alguien y en las relaciones interpersonales lo que cuenta no es la cantidad sino la calidad. Los Apóstoles acaban de escuchar a Jesús decir «si (tu hermano) peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti diciendo: me arrepiento, le perdonarás» (Lc 17,4). Son conscientes de que para cumplir esta exigencia se necesita mucha fe; el perdón ilimitado es imposible sin fe. Por eso piden fe.

* Eso de estar atento a los pobres y activos con ellos (Lc 16,19-31) y eso de afrontar las ofensas (Lc 17,3-4) no sale espontáneamente de dentro. El verdadero discípulo se percata de que para vivir así es necesario la misma fe que le hace decir con los labios: “creo en Dios” (parece que este puede ser el caso de los Apóstoles al pedir más fe –v.5-)

• Pero se confundían los Apóstoles si piden un aumento cuantitativo de fe. La respuesta enfática de Jesús sobre la morera («Arráncate de raíz y plántate en el mar») reclama la calidad, el grado de autenticidad de la confianza en Dios por parte de los discípulos. No habla Lucas de un don carismático con poderes sobrenaturales. Lucas habla de la reacción humana a la predicación de Jesús. Las posibilidades del creyente firmemente enraizado en Dios llegan a lo inaudito: plantar una morera en el mar. Aquí la fe es la respuesta del hombre a la predicación de Jesús: reconocer y aceptar al Dios que anuncia Jesús. La fe auténtica, de calidad, supone romper con la institución: la morera, co- mo la higuera, que son figura de la insti- tución judía.

* Los Apóstoles, a medida que avanzan en el camino del seguimiento de Jesús, cuanto más están con Él, tanto más se dan cuenta de que su fe es pequeña (paradoja ¿no?).

* Jesús les hace caer en la cuenta a los discípulos de que la fe es poderosa –precisamente- siendo pequeña: “si tuvierais fe como un granito de mostaza…”. Como el Reino de Dios, que se parece a un grano de mostaza (Lc 13,19).

• Esta fuerza debe crear en el discípulo un talante muy concreto, lejos de la arrogancia que puede nacer de los éxitos pastorales: el creyente es un servidor, y el servicio a Dios se halla en tensión con categorías tales como el mérito, la recompensa o la vanagloria. La parábola sobre el criado diligente lo explicita. El discípulo es un siervo y después de haber cumplido su obligación, sigue siendo un siervo. Todo en nuestra vida debe ser una respuesta agradecida a sus dones y no una búsqueda de recompensa. Todo lo que es y realiza el creyente es pura gracia: su destino y su recompensa… todo es regalo. Jesús se opone, así, a la mentalidad de los fariseos que pensaban que con el cumplimiento de la Ley obligaban a Dios a premiarles por su comportamiento. La parábola del criado labrador o pastor expresa que mientras no rompan su relación con la Ley tendrán con Dios una relación servil, no de hijos; paralelismo con el hijo mayor , hermano del pródigo. En el nuevo orden del Reino los hijos disfrutan siempre del amor del Padre, y todo «lo mío es tuyo».

• La fe y todas sus consecuencias –la oración, la acción, el servicio…- son don de Dios. Ante Dios nadie se puede sentir con derecho a exigir nada. El Reino es un don de Dios, no un salario. Por lo tanto no tiene sentido medir la fe…. Pero –esos sí- podemos reconocer que Dios actúa en tal persona, y en tal otra, y en la de más allá. Incluso en aquellas personas que no lo conocen.

Comentario al evangelio – 3 de octubre

“¡¡¡En marcha!!!”. Así traduce la Biblia que tengo delante las palabras con que Jesús incita a los suyos para que se dispersen en misión. Las palabras de Jesús discurren entre las dificultades (“Como corderos en medio de lobos”) y la esperanza (“El Reino de Dios está llegando”).

El estilo misionero de Jesús tiene sus luces, que nada tienen que ver con las fuerzas mundanas. Primero, la pobreza: “No llevéis bolsa ni alforjas”. Luego viene el compartir: unos llevan el mensaje, otros ofrecen morada y pan. Y el mensaje es la paz; la paz que evoca todos los bienes, desde la bondad de Dios hasta la justicia entre los hombres. No podía faltar lo que Jesús hizo toda su vida: curar, sanar, consolar.

Al enviado siempre le persigue el riesgo del rechazo a su persona y a su mensaje. Qué le vamos a hacer. Somos enviados por él. Él sabrá, y en sus manos nos ponemos. Y nos quedamos pacificados.

Este es nuestro destino. Jesús nos llama, el Espíritu nos unge y el Padre nos quiere. Somos misioneros. El Señor quiere hacer a través de nosotros. Entonces tenía a los setenta y dos discípulos; a lo largo de la historia y hoy tiene a muchos que quieren responder a su llamada.

El Reino ya está entre nosotros. Nosotros no lo hacemos, lo anunciamos y trabajamos en su construcción. Esta seguridad de la presencia del Reino nos colma de esperanza y de entusiasmo, a pesar de tantas señales del antirreino.

Y nos gozamos en nuestro anuncio: “Decid primero Paz a esta casa”. En un mundo de rencores, de violencia, de desamor, los cristianos ponemos paz, reconciliación, perdón. Nada menos.