Agradecimiento en la Misa y en la Comunión (Acciones de gracias)

La Eucaristía, sacramento de nuestra salvación realizada por Cristo en la cruz, es también un sacrificio de alabanza en acción de gracias por la obra de la creación. En el Sacrificio Eucarístico, toda la creación amada por Dios es presentada al Padre a través de la muerte y resurrección de Cristo. Por Cristo, la Iglesia puede ofrecer el sacrificio de alabanza en acción de gracias por todo lo que Dios ha hecho de bueno, de bello y de justo en la creación y en la humanidad (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1359).

La Eucaristía es un sacrificio de acción de gracias al Padre, una bendición por la cual la Iglesia expresa su reconocimiento a Dios por todos sus beneficios, por todo lo que ha realizado mediante la creación, la redención y la santificación. «Eucaristía» significa, ante todo, acción de gracias (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1360).

La acción de gracias después de la Misa no habría de terminar sino con el día […]. El tiempo que sigue a la Misa es tiempo de negociar con Dios y de hacerse con tesoros celestiales (San Alfonso Mª de Ligorio, Misa y oficio atropellados, pp. 422-423).

La misma naturaleza del Sacramento reclama (la acción de gracias) para que su percepción produzca en los cristianos abundancia de frutos de santidad: ciertamente ha terminado la reunión pública de la comunidad, pero cada cual, unido con Cristo, conviene que no interrumpa el cántico de alabanza, dando siempre gracias a Dios Padre en nombre de Nuestro Señor Jesucristo (Ef 5, 20) […]. Tan lejos está la Sagrada Liturgia de reprimir los íntimos sentimientos de cada uno de los cristianos, que más bien los reanima y los estimula para que se asemejen a Jesucristo, y por Él se encaminen al Eterno Padre; por lo cual ella misma quiere que todo el que hubiere participado de la Hostia santa del altar, rinda a Dios las debidas gracias, pues a nuestro Divino Redentor le agrada oír nuestras súplicas, hablar con nosotros de corazón a corazón, y ofrecernos un refugio en el suyo ardiente (Pío XII, Enc. Mediato Dei, n. 30).

[…] No os alejéis del templo apenas recibido el Santo Sacramento. ¿Tan importante es lo que os espera, que no podéis dedicar al Señor diez minutos para decirle gracias? No seamos mezquinos. Amor, con amor se paga (J. Escrivá de Balaguer, Homilía 13-4-1973, Sacerdote para la eternidad, 1.c., p. 43).

Habiendo ya rezado las oraciones para después de la Comunión, llamaréis en vuestra ayuda a la Santísima Virgen, a los ángeles y a los santos para dar juntos gracias a Dios por el favor que acaba de dispensarnos. (Santo Cura de Drs, Sermón sobre la Comunión).

La unión espiritual con Cristo, a la que se ordena el mismo sacramento, no se ha de procurar únicamente en el tiempo de la celebración eucarística, sino que ha de extenderse a toda la vida cristiana, de modo que los fieles cristianos, «contemplando asiduamente en la fe el don recibido» y guiados por el Espíritu Santo, vivan su vida ordinaria en acción de gracias y produzcan frutos más abundantes de caridad. para que puedan continuar más fácilmente en esta acción de gracias, que de un modo eminente se da a Dios en la Misa, se recomienda a los que han sido alimentados con la sagrada comunión que permanezcan algún tiempo en oración (Pablo VI, Ena. Euchtarísticum mysterium, 38).

No sólo has de avivar tu devolución antes de la comunión, sino que la has de conservar solícitamente después de recibir el sacramento. No ha de ser menor el cuidado de después que la preparación de antes. Porque el buen cuidado posterior es otra óptima preparación para conseguir mayor gracia. En cambio, se indispone grandemente para ello el que enseguida se entrega a exteriores entretenimientos. Evita conversaciones, permanece solo y goza de tu Dios, pues tienes al que nadie te puede quitar. Yo soy a quien debes darte del todo, de manera que ya no vivas más en ti; sino en Mí, sin ninguna preocupación (Imitación de Cristo, 4, 12, 4).

Aquel tiempo que sigue después de la comunión es el mejor que hay para negociar con Dios y para abrazarle dentro de su corazón. Y así debe el hombre estar este tiempo en la iglesia o donde comulgó dando gracias al Señor por este beneficio y ocupando su corazón en santos pensamientos y oraciones (Fran Luis de Granada, Del Sacramento de la Eucaristía).

La Misa acabada, recójase media hora a dar gracias y hólguese con Él que en sus entrañas tiene, y aprovéchese de Él, no de otra manera de como cuando acá vivía fue recibido de Zaqueo o de Mateo, o de otro que se lea; porque el más quieto tiempo de todos es aquél mientras el Señor está en nuestro pecho, el cual tiempo no se ha de gastar en otras cosas, si extrema necesidad a otra cosa no nos constriñese (San Juan de Ávila, Obras espirt. Carta 5).

Estaos vos con Él de buena gana; no perdáis tan buena sazón de negociar, como es la hora después de haber comulgado […]. Este es buen tiempo para que os enseñe nuestro Maestro, y que le oigamos y besemos los pies porque nos quiere enseñar, y le supliquéis que no se vaya de con vos […] (Santa Teresa, Camino de Perfección, 34, 10).

Se ha de procurar que a la sagrada comunión le preceda una diligente preparación y le siga una conveniente acción de gracias, adaptada a las posibilidades, condición y deberes de cada uno (San Pío X, Denz. 2383).

El amor a Cristo, que se ofrece por nosotros; nos impulsa a saber encontrar, acabada la Misa, unos minutos para una acción de gracias personal, íntima, que prolongue en el silencio del corazón esa otra acción de gracias que es la Eucaristía (J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa).

Después que lo haya recibido, invita a tu corazón a rendirle homenaje a este, Rey de salud; trata con Él de tus asuntos íntimos, contémplale en tu interior, donde Él ha venido a morar para dicha tuya; finalmente, hazle la mejor acogida posible y compórtate de manera que en todas tus actuaciones se eche de ver que Dios está contigo (San Francisco de Sales, Introd. a la vida devota, 2, 21).

Se alejan del recto camino de la verdad los que, ateniéndose más a la palabra que al sentido, afirman y enseñan que, acabado ya el Sacrificio, no se ha de continuar la acción de gracias, no sólo porque el mismo Sacrificio del altar es de por sí una acción de gracias; sino también porque pertenece a la piedad privada y particular de cada uno y no al bien de la Comunidad (Pío XII, Enc. Mediator Dei, 30).