Notas para fijarnos en el evangelio Domingo XXVII de Tiempo Ordinario

• En la literatura clásica, la fe significa la confianza, la credibilidad que se deposita en los hombres o en los dioses. En la mentalidad semita expresa la estabilidad que se funda en la acción de Dios. Esta confianza estable y firme confiere al creyente posibilidades ilimitadas. La palabra que brota de la fe puede transformar incluso la creación (también Pablo habla de «la fe que mueve montañas», 1 Cor 13,2). Así que la fe no es tanto creerse algo sino la fuerza que brota de creer en Alguien y en las relaciones interpersonales lo que cuenta no es la cantidad sino la calidad. Los Apóstoles acaban de escuchar a Jesús decir «si (tu hermano) peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve a ti diciendo: me arrepiento, le perdonarás» (Lc 17,4). Son conscientes de que para cumplir esta exigencia se necesita mucha fe; el perdón ilimitado es imposible sin fe. Por eso piden fe.

* Eso de estar atento a los pobres y activos con ellos (Lc 16,19-31) y eso de afrontar las ofensas (Lc 17,3-4) no sale espontáneamente de dentro. El verdadero discípulo se percata de que para vivir así es necesario la misma fe que le hace decir con los labios: “creo en Dios” (parece que este puede ser el caso de los Apóstoles al pedir más fe –v.5-)

• Pero se confundían los Apóstoles si piden un aumento cuantitativo de fe. La respuesta enfática de Jesús sobre la morera («Arráncate de raíz y plántate en el mar») reclama la calidad, el grado de autenticidad de la confianza en Dios por parte de los discípulos. No habla Lucas de un don carismático con poderes sobrenaturales. Lucas habla de la reacción humana a la predicación de Jesús. Las posibilidades del creyente firmemente enraizado en Dios llegan a lo inaudito: plantar una morera en el mar. Aquí la fe es la respuesta del hombre a la predicación de Jesús: reconocer y aceptar al Dios que anuncia Jesús. La fe auténtica, de calidad, supone romper con la institución: la morera, co- mo la higuera, que son figura de la insti- tución judía.

* Los Apóstoles, a medida que avanzan en el camino del seguimiento de Jesús, cuanto más están con Él, tanto más se dan cuenta de que su fe es pequeña (paradoja ¿no?).

* Jesús les hace caer en la cuenta a los discípulos de que la fe es poderosa –precisamente- siendo pequeña: “si tuvierais fe como un granito de mostaza…”. Como el Reino de Dios, que se parece a un grano de mostaza (Lc 13,19).

• Esta fuerza debe crear en el discípulo un talante muy concreto, lejos de la arrogancia que puede nacer de los éxitos pastorales: el creyente es un servidor, y el servicio a Dios se halla en tensión con categorías tales como el mérito, la recompensa o la vanagloria. La parábola sobre el criado diligente lo explicita. El discípulo es un siervo y después de haber cumplido su obligación, sigue siendo un siervo. Todo en nuestra vida debe ser una respuesta agradecida a sus dones y no una búsqueda de recompensa. Todo lo que es y realiza el creyente es pura gracia: su destino y su recompensa… todo es regalo. Jesús se opone, así, a la mentalidad de los fariseos que pensaban que con el cumplimiento de la Ley obligaban a Dios a premiarles por su comportamiento. La parábola del criado labrador o pastor expresa que mientras no rompan su relación con la Ley tendrán con Dios una relación servil, no de hijos; paralelismo con el hijo mayor , hermano del pródigo. En el nuevo orden del Reino los hijos disfrutan siempre del amor del Padre, y todo «lo mío es tuyo».

• La fe y todas sus consecuencias –la oración, la acción, el servicio…- son don de Dios. Ante Dios nadie se puede sentir con derecho a exigir nada. El Reino es un don de Dios, no un salario. Por lo tanto no tiene sentido medir la fe…. Pero –esos sí- podemos reconocer que Dios actúa en tal persona, y en tal otra, y en la de más allá. Incluso en aquellas personas que no lo conocen.