Comentario del 5 de octubre

Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Se trata de la petición hecha a nuestro Padre del cielo; por tanto, de la oración de petición. Jesús establece una equivalencia entre la petición, la búsqueda y la llamada, aunque una cosa sea pedir y otra llamar o buscar. Pero probablemente el que busca tenga que pedir respuestas o aclaraciones o indicaciones con el fin de encontrar lo que busca. Y el que llama es muy probable que lo haga porque busca algo. Jesús alienta la esperanza de sus discípulos, de modo que les permita mantenerse en estado de petición, de búsqueda o de llamada. Porque lo normal es que el que pide acabe recibiendo, aunque sólo sea por la insistencia. Lo mismo le sucede al que llama. Si insiste en la llamada, tarde o temprano la puerta se le abrirá. Y si persevera en la búsqueda acabará encontrando.

Pero aquí se trata de pulsar el llamador de la puerta del cielo. El destinatario de nuestra petición es Dios, el Dios que lo trasciende todo, pero que no es ajeno a nuestras vidas, preocupaciones y necesidades. Pues resulta que ese Dios es también nuestro Padre del cielo. Puede parecernos que el cielo está muy distante de la tierra y que los intereses del cielo poco tienen que ver con los de la tierra, pero un Padre, por muy celeste que sea, no puede estar distante de las necesidades y aspiraciones de sus hijos. Y el Padre de Jesucristo se ha revelado también nuestro Padre. Al final, las tres acciones (pedir, buscar y llamar) se concentran en una sola: pedir. Sobre la petición recaen todos los ejemplos: Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!

Todos hemos tenido padres y muchos lo son. No nos entra en la cabeza que un padre normal le dé a su hijo una piedra cuando éste le pide pan. Podrá desentenderse de la responsabilidad de alimentar a su hijo, que ya sería grave, pero darle una piedra (o una bomba disfrazada o un pan envenenado) en lugar del pan que le pide nos parecería una monstruosidad. Pero esta es la conducta ordinaria que se espera de un padre medianamente bueno (o malo) con su hijo. Hasta los padres malos saben dar cosas buenas a sus hijos; porque no dejan de ser padres, aunque sean malos. Se supone que para sus hijos harán más acopio de bondad. Pero aquí estamos hablando de Dios, que es sólo bueno, que no tiene la más mínima sombra de maldad, que es la suprema bondad. ¿Qué cabe esperar de este Padre? Sólo el bien, sólo cosas buenas. Un hijo de Dios no puede esperar de Él cosas malas. Y de un Padre con capacidad operativa no debemos limitarnos a esperar el bien; también podemos pedirlo. Cuántas veces nos hemos dirigido a nuestros padres para pedir algo o que hagan algo por nosotros; y ellos han discernido si convenía o no satisfacer nuestra petición. Es verdad que nuestros padres son ignorantes y falibles. Necesitan muchas veces que les manifestemos nuestras necesidades y deseos y pueden errar a la hora de decidir qué es lo mejor, si cumplir tales deseos o no.

Dios conoce lo que nos hace falta aún antes de que se lo pidamos y sabe perfectamente lo que nos conviene en orden a la consecución de nuestro bien definitivo. Nuestras peticiones tienen un valor relativo. No le informan de nada, puesto que conoce hasta lo profundo de nuestro corazón. Todo está patente a su mirada. A pesar de todo, Jesús nos dice: Pedid y se os dará. Quizá para que tomemos conciencia de que tenemos Padre a quien poder dirigirnos desde nuestra indigencia, para reforzar nuestra conciencia de hijos y no de huérfanos. Y pedir con la certeza de que de ese Padre sólo pueden proceder cosas buenas. ¿Pero qué sucede cuando nos encontramos con el mal de una enfermedad, de un agravio, de una calumnia, de un oprobio? ¿Qué sucede cuando pedimos ser liberados de ese mal y el mal persiste? ¿Es que Dios no nos oye? ¿Es que está impedido para actuar en nuestro favor? ¿Es que no puede evitar lo que sucede? Pero ¿no es el Todopoderoso? ¿Es que el mal que sufrimos no es en realidad un mal, sino un bien, porque de él se desprenden muchos bienes? ¿Es que lo que ahora experimentamos como un mal se transformará pronto en un bien?

No todas nuestras preguntas van a encontrar una respuesta fácil; pero, en cuanto hijos de Dios, hemos de vivir pendientes de dos grandes certezas: que Dios nos escucha y que, por tanto, podemos y debemos pedirle mientras tengamos necesidades, y que Dios no puede darnos más que cosas buenas, aunque de momento no pueda darnos el «bien supremo» o el «bien carente de todo mal», esto es, el cielo, puesto que aún no ha llegado nuestra hora, aún somos habitantes de la tierra.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística