Comentario del 6 de octubre

Nuestra pertenencia a una institución como la Iglesia y nuestra presencia en el lugar de la acción litúrgica no se entienden sin fe. Estamos en la Iglesia porque creemos en Dios Padre y en su Hijo Jesucristo, y porque deseamos llenarnos siquiera un poco de la fuerza de su Espíritu. Estamos en el lugar de la acción cultual porque creemos que la palabra de la Escritura que allí se proclama es su (de Dios) palabra y que los sacramentos de la Iglesia –la que nos ha dado esta fe- son sus (de Dios) sacramentos, los signos y cauces de su gracia. Estamos en el lugar de la reunión litúrgica porque tenemos fe, pero también porque tenemos poca fe y necesitamos pedir: auméntanos la fe; porque la fe es algo que puede aumentarse y puede disminuir, e incluso morir.

Santiago habla de una fe muerta, que es una fe que no produce frutos de caridad, que son sus frutos. Pero el poder de la fe es muy grande: siendo ésta del tamaño de un granito de mostaza, podría mover montañas o arrancar de raíz una morera y plantarla en el mar. ¿Qué pequeña debe ser nuestra fe cuando ni siquiera es capaz de levantarnos de nuestro confortable asiento, o de arrancarnos de nuestro lugar de diversión o de entretenimiento para plantarnos en la presencia del Señor? ¿Qué insignificante debe ser esa fe que no es capaz de exclaustrarnos de nuestro egoísmo y de plantarnos en la casa del necesitado? ¿Qué minúscula debe ser esa fe que no es capaz de movernos ni de movilizarnos?

La fe que no mueve es la fe a la que Santiago califica de muerta, tan muerta como un cadáver, que ni mueve ni se mueve. Ésta no puede ser sino una fe carente de caridad, ya que lo que mueve es el amor: el amor al dinero, el amor a una persona, el amor a Dios. Donde no hay amor no hay movimiento; y si la fe mueve es porque está vivificada por el amor. Una fe sin amor es una fe sin vida.

Dábamos por supuesto que tenemos fe. Pero si la fe que tenemos no nos saca de nuestra inercia, no nos moviliza, no nos arranca de nuestro confort y de nuestros apegos, no rompe nuestras ataduras, no nos despierta de nuestra somnolencia… es que no tiene siquiera el tamaño de un granito de mostaza. Por eso, ¡qué necesaria resulta esta petición: auméntanos la fe!

Pero si podemos y debemos pedir un aumento de fe es porque la fe es algo que puede darsey que puede acrecentarse; más aún, que puede perderse. De hecho, la fe la hemos recibido de Dios, que ha salido a nuestro encuentro y que se ha servido de diferentes medios para donárnosla. En primer lugar, de Cristo, su Hijo hecho hombre, que comenzó a extender el mensaje de la filiación divina y a llamar a los pecadores a la conversión y que envió apóstoles para prolongar su misión; por tanto, también la Iglesia apostólica ha prestado este valioso servicio en favor de la propagación de la fe; y después de ella, la Iglesia postapostólica, y con ella nuestros antepasados en la fe, nuestros abuelos y nuestros padres. Gracias a la colaboración de todas esas personas, la fe ha llegado a nosotros.

Es, pues, un don de Dios, aunque no sin colaboración humana; pero un don sometido a la prueba, puesto que lo llevamos en vasijas de barro: un tesoro, por tanto, encerrado en el barro. Y el barro es siempre frágil. Y la vida nos reserva muchos golpes. En cualquiera de ellos podemos acudir a Aquel en el que hemos depositado nuestra fe y puede que, como el profeta Habacuc, no obtengamos respuesta a nuestra súplica angustiada: ¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches? Pero, en su caso, la respuesta no se hizo esperar: Espera el momento de la visión –se le dice-… Si tarda, espera, porque ha de llegar.

Porque lo peor para el creyente que suplica no es la respuesta que reciba, sino la falta de respuesta. Esto es lo que causa mayor dolor al orante. Pero el Señor invita a esperar con confianza. La visión (o la solución) puede tardar en llegar (Dios sabe por qué misteriosos designios suyos), pero finalmente llegará. Mientras tanto, el justo, el creyente, el que suplica, debe vivir de la fe por la fe y en la fe o desde la fe. Vivir en la fe es vivir en la oscuridad del que no ve, es decir, no vivir aún en la visión; pero también es vivir en la seguridad que le proporciona la misma fe, es decir, la confianza en Dios, del que no puede no esperar una respuesta. Y vivir por la fe de la fees vivir gracias a la fe, es vivir en la esperanza y en el gozo que no pueden desligarse de la fe.

Y la fe puede dar vida no sólo porque forma parte de la vida, sino porque es una virtus, una potencia vital, y un habitus, una disposición permanente. La fe es como un fuego que nos habita y que debe ser avivado (con la palabra, con el contacto, con la acción) y protegido de la palabra o lectura nocivas o destructoras, de la acción incrédula o escéptica, de la corrosión de la duda, de la erosión del propio egoísmo, de las agresiones y de las contaminaciones. Pero no basta con protegerle; hay que avivarle: avivándole, se le protege, porque se le fortalece y se le vigoriza para afrontar los ataques endógenos y exógenos.

San Pablo equipara la fe cristiana con un espíritu de energía, amor y buen juicio. Según esto, podemos preguntarnos: ¿Dónde está nuestra energía y nuestro amor? ¿Dónde nuestro buen juicio? ¿Dónde está nuestro atrevimiento o capacidad para dar la cara por nuestro Señor y por su prisionero, que entonces era el apóstol Pablo y hoy puede ser Francisco, la Iglesia, nuestro obispo, o nuestro vecino?

Y es que la fe obliga muchas veces no sólo a dar testimonio, sino también a dar la cara, en primer lugar por Cristo y después por todo lo que le representa. ¿Cuáles son los trabajos del evangelio (duros o blandos, agradables o desagradables) que llevo a cabo por la fe? Porque difícilmente podré hablar de fe si no va asociada a trabajos que la acrediten: trabajos por el evangelio, por la Iglesia, por la parroquia, por la familia, por los desvalidos. Son los trabajos a los que la fe tiene que movernos; porque si la fe no nos mueve a ningún trabajo, se hace sospechosa de falta de vitalidad o de vigor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

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