Dios nunca nos dejará

1.- Entiendo perfectamente la frase de los apóstoles. “Auméntanos la fe” porque la fe a veces flojea y a veces desaparece sin saber cómo, quedando sólo la costumbre y la inercia surgida del grupo, de hacer las cosas como nuestro entorno. La fe –yo lo sé— es un don de Dios y sin esa gracia del Señor la fe no llega. Hay muchos ejemplos en la historia del cristianismo siendo los más relevantes por espectaculares los casos de San Pablo y San Agustín. Pero es verdad, por otro lado, que ya siendo personas de fe, se tiene la impresión, muchas veces, de que a veces la fe es la tenue chispa de una antigua llama que apenas podrá aguantar con un leve golpe de viento.

2.- Jesús los responde de una manera magistral. Conoce la fe de sus discípulos y, prácticamente, les dice que su fe es casi inexistente y que si la fe, con toda la intensidad que Dios puede dar, estuviera en sus corazones harían verdaderas maravillas… casi, casi, podrían imitar el amor y el poder de Dios. Y a veces pedimos que aumente algo en nosotros, cuando, verdaderamente, no lo tenemos. O queremos decir que queremos mejorar, cuando, en realidad, ni siquiera nos hemos puesto en el camino del cambio y de la reforma de nuestras vidas.

3.- Una ventaja de no tener fe y luego tenerla es que se sabe de manera clara que ya se tiene fe en contraste y comparación de los momentos en que no se tenía. No. Esto no es un trabalenguas. Significa que aquel que ha vivido sin fe y Dios se la ha dado, sabe que la tiene por comparación con la época anterior. Y no es poco. Tal vez, los conversos tengan alguna ventaja con los convertidos de toda la vida. Pero, en fin.

4.- Pero no es ocioso –y creo que conveniente— examinarnos de fe cada cierto tiempo. No se trata de ponerse un día a meditar si se tiene la fe del famoso carbonero. Y, por cierto –esto ya lo he escrito otra vez— ¿quién sería ese afortunadísimo carbonero con una fe a prueba de todo avatar? La rutina puede desdibujar nuestra fe y la conveniencia personal tiende a enfriarla. ¿Y cómo podríamos luchar contra todo estos efectos? Pues, creo que hay una pregunta muy sencilla y que está incluida en lo fundamental de nuestra fe: ¿amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a mí mismo? Y es que compartir a Dios con los ídolos materiales y situarnos nosotros mismos como figura predilecta –y casi única— de nuestros desvelos e intereses es una declaración clara de que ni tenemos fe, ni la deseamos. Y hay otra cuestión si creemos en un Dios lejano, poderoso, árbitro mudo de un universo imposible también esteremos con fe. El Dios que nos comunicó Cristo es el Dios del amor y si prescindimos del amor como combustible fundamental de nuestras vidas no podremos presumir de fe.

4.- De todas formas, tampoco es cuestión de angustiarse si nuestra alma está llena de dudas. Todo el mundo tiene dudas y estas van y vienen como las ráfagas de viento en un día tormentoso. Dios va a acompañarnos en nuestras dudas y si nuestro talante es humilde, lo más alejado que sea posible de la soberbia, vendrá en nuestra ayuda en cualquier momento. Lo que no podemos es intentar hacer un ejercicio de crecimiento de nuestra fe solo con nuestras fuerzas o por la influencia de un ambiente chato y repetitivo, que no ayuda y entenebrece las dudas. Lo de la fe del carbonero, que decía al principio, puede ser imagen de una fe una meditada y construida con la inteligencia y el corazón, porque la tentación de no pensar y creer en lo más conveniente está mucho más extendida de lo que creemos. La fe, en definitiva, es la base de nuestra relación con Dios y esa es una relación directa y bilateral, que siempre tiende a tener en cuenta a los hermanos. Es directa y bilateral –bilateralidad constituida por cada uno de nosotros y Dios— pero no está encerrada en ningún compartimento estanco. No vive en un castillo de marfil, ni en un agujero de desesperación.

5.- Es urgente velar nuestras armas de fe y tenerlas dispuestas para la lucha, porque vivimos un ambiente de ausencia de fe en Dios que tenderá a deshumanizar al mundo.El fenómeno de la increencia, de ignorar a Dios de manera total y sustituirle por cualquier idolatría, va creciendo muy deprisa, mucho. Ya no se niega ardorosamente a Dios como hacían los ateos antiguos que, en el fondo, demostraban con su pasión estar muy enfadados con Dios, aunque quisieran sacarle de sus vidas, Ahora se le ignora y creo –yo creo en eso— que a pesar de los vientos interiores de fe que reciben en sus corazones, estos viven más cerca de otras cosas y, desgraciadamente, no necesitan más que la satisfacción que produce la rutina de una vida sin complicaciones. Y hemos de esforzarnos por transmitir nuestra fe para que el mundo no sucumba a una realidad de egoísmo y desamor.

Y, en fin, que la humildad nos llevará a vivir en atención permanente para que nuestra inteligencia y nuestro corazón sepan aceptar vaivenes, bajadas y subidas en nuestra fe sabiendo que Dios nunca nos dejará. Buen domingo para luchar un poquito más para nuestra fe.

Ángel Gómez Escorial