Vísperas – Jueves XXVII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

JUEVES XXVII DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Éste es el día del Señor.
Éste es el tiempo de la misericordia.

Delante de tus ojos
ya no enrojeceremos
a causa del antiguo
pecado de tu pueblo.

Arrancarás de cuajo
el corazón soberbio
y harás un pueblo humilde
de corazón sincero.

En medio de las gentes,
nos guardas como un resto
para cantar tus obras
y adelantar tu reino.

Seremos raza nueva
para los cielos nuevos;
sacerdotal estirpe,
según tu Primogénito.

Caerán los opresores
y exultarán los siervos;
los hijos del oprobio
serán tus herederos:

Señalarás entonces
el día del regreso
para los que comían
su pan en el destierro.

¡Exulten  mis entrañas!
¡Alégrese mi pueblo!
Porque el Señor que es justo
revoca sus decretos:

La salvación se anuncia
donde acechó el infierno,
porque el Señor habita
en medio de su pueblo. Amén.

SALMO 131: PROMESAS A LA CASA DE DAVID

Ant. Que tus fieles, Señor, vitoreen al entrar en tu morada.

Señor, tenle en cuenta a David
todos sus afanes:
cómo juró al Señor
e hizo voto al Fuerte de Jacob:

«No entraré bajo el techo de mi casa,
no subiré al lecho de mi descanso,
no daré sueño a mis ojos,
ni reposo a mis párpados,
hasta que encuentre un lugar para el Señor,
una morada para el Fuerte de Jacob.»

Oímos que estaba en Efrata,
la encontramos en el Soto de Jaar:
entremos en su morada,
postrémonos ante el estrado de sus pies.

Levántate, Señor, ven a tu mansión,
ven con el arca de tu poder:
que tus sacerdotes se vistan de gala,
que tus fieles vitoreen.
Por amor a tu siervo David,
no niegues audiencia a tu Ungido.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Que tus fieles, Señor, vitoreen al entrar en tu morada.

SALMO 113

Ant. El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella.

El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono.

Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono.»

Porque el Señor ha elegido a Sión,
ha deseado vivir en ella:
«Ésta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo.

Bendeciré sus provisiones,
a sus pobres los saciaré de pan,
vestiré a sus sacerdotes de gala,
y sus fieles aclamarán con vítores.

Haré germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor ha elegido a Sión, ha deseado vivir en ella.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor le dio el poder, el honor y el reino, y todos los pueblos le servirán.

LECTURA: 1P 3, 8-9

Procurad todos tener un mismo pensar y un mismo sentir: con afecto fraternal, con ternura, con humildad. No devolváis mal por mal o insulto por insulto; al contrario, responded con una bendición, porque para esto habéis sido llamados: para heredar una bendición.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Señor nos alimentó con flor de harina.
V/ El Señor nos alimentó con flor de harina.

R/ Nos sació con miel silvestre.
V/ Con flor de harina.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Señor nos alimentó con flor de harina.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

PRECES

Invoquemos a Cristo, pastor, protector y ayuda de su pueblo, diciendo:

Señor, refugio nuestro, escúchanos.

Bendito seas, Señor que nos has llamado a tu santa Iglesia;
— consérvanos siempre en ella.

Tú que has encomendado al papa la preocupación por todas las Iglesias,
— concédele una fe inquebrantable, una esperanza viva y una caridad solícita.

Da a los pecadores la conversión, a los que caen, fortaleza,
— y concede a todos la penitencia y la salvación.

Tú que quisiste habitar en un país extranjero,
— acuérdate de los que viven lejos de su familia y de su patria.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A todos los difuntos que esperan en ti,
— concédeles el descanso eterno.

Ya que por Jesucristo hemos llegado a ser hijos de Dios, oremos con confianza a Dios, nuestro Padre:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, te damos gracias por el día que termina e imploramos tu clemencia para que nos perdones benignamente todas las faltas que, por la fragilidad de la condición humana, hemos cometido en este día. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 10 de octubre

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican; derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 11,5-13
Les dijo también: «Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: `Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle’, y aquél, desde dentro, le responde: `No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos’, os aseguro que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, se levantará para que deje de molestarle y le dará cuanto necesite. «Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»

3) Reflexión

● El evangelio de hoy continúa el asunto de la oración, iniciado ayer con la enseñanza del Padre Nuestro (Lc 11,1-4). Hoy Jesús enseña que debemos rezar con fe e insistencia, sin desfallecer. Para esto, usa una parábola provocadora.
● Lucas 11,5-7: La parábola que provoca. Como de costumbre, cuando tiene algo importante que enseñar, Jesús recurre a una comparación, a una parábola. Hoy nos cuenta una historia curiosa que termina en pregunta, y dirige esta pregunta a la gente que escucha y también a nosotros que hoy leemos o escuchamos la historia: «Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: “Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle’, y aquél, desde dentro, le responde: `No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos”. Antes de que Jesús dé la respuesta, quiere que nosotros demos nuestra opinión. ¿Qué contestarías: sí o no?
● Lucas 11,8: Jesús mismo responde a la provocación. Jesús da su respuesta: “Os aseguro que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, se levantará para que deje de molestarle y le dará cuanto necesite”. Si no fuera Jesús, ¿tendrías el valor de inventar una historia en la que se sugiere que Dios atiende nuestras oraciones para verse libre de ser molestado? La respuesta de Jesús afianza el mensaje sobre la oración, a saber: Dios atiende siempre nuestra oración. Esta parábola recuerda otra, también en Lucas, la de la viuda que insiste en conseguir sus derechos ante el juez a quien no le importa ni Dios ni la justicia, y que atiende a la viuda no porque es justo, sino porque quiere librarse de la mujer inoportuna (Lc 18,3-5). Jesús saca luego unas conclusiones para aplicar el mensaje de la parábola a la vida.
● Lucas 11,9-10: La primera aplicación de la Parábola. “Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán”. ¡Pedir, buscar, llamar! Jesús no pone condiciones. Si pides, recibirás. Si llamas a la puerta, te abrirán. Jesús no dice cuánto tiempo va a durar el pedido, la búsqueda o el llamar, pero lo cierto es que vas a obtener resultado.
● Lucas 11,11-12: La segunda aplicación de la parábola. “¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión?” Esta segunda aplicación deja ver al público que escuchaba las palabras de Jesús y la manera en que él enseña en forma de diálogo. El pregunta: “Tu tienes hijos, si te pide un pez ¿le das en cambio una culebra?” La gente responde: “¡No!” –“y si pide un huevo, ¿le das un escorpión?” -“¡No!” Por medio del diálogo, Jesús implica a las personas en la comparación y por la respuesta que recibe, las compromete con el mensaje de la parábola.
● Lucas 11,13: El mensaje: recibir el don del Espíritu Santo. “Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” El gran don que Dios tiene para nosotros es el Espíritu Santo. Cuando fuimos creados, el sopló su espíritu en nuestras narices y nos volvimos un ser vivo (Gén 2,7). En la segunda creación, a través de la fe en Jesús, él nos da de nuevo al Espíritu, el mismo Espíritu que hizo que la Palabra se encarnara en María (Lc 1,35). Con la ayuda del Espíritu Santo, el proceso de encarnación de la Palabra sigue hasta la hora de la muerte en la Cruz. Al final, en la hora de la muerte, Jesús devuelve el Espíritu al Padre: “Entre tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Es éste el Espíritu que Jesús promete como fuente de verdad y de comprensión (Jn 14,14-17; 16,13), y como ayuda en medio de las persecuciones (Mt 10,20; He 4,31). Este Espíritu no se compra con dinero en los grandes almacenes. La única manera de obtenerlo es mediante la oración. Nueve días de oración obtuvieron el don abundante del Espíritu en día de Pentecostés (He 1,14; 2,1-4).

4) Para la reflexión personal

● ¿Cómo reaccionas ante la provocación de la parábola? Una persona que vive en un piso pequeño en un gran ciudad, ¿cómo respondería? ¿Abriría la puerta?
● Cuando rezas, ¿rezas con la convicción de que vas a recibir algo?

5) Oración final

Doy gracias a Yahvé de todo corazón,
en la reunión de los justos y en la comunidad.
Grandes son las obras de Yahvé,
meditadas por todos que las aman. (Sal 111,1-2)

Afabilidad

Todo el evangelio es una continua muestra del respeto con que Jesús trata a todos aquellos con quienes se encuentra: sanos, enfermos, ricos, pobres, niños, mayores, mendigos, pecadores… Es el ejemplo a imitar en nuestra convivencia diaria. Nos encontramos con personas muy diferentes en nuestro trabajo, en la propia familia, en la calle, etc., con caracteres y modos de ser muy diversos, y es muy necesario que nos ejercitemos en la convivencia con todos. Santo Tomás señala que se requiere una virtud especial -que encierra en sí otras muchas pequeñas virtudes- que cuide de ordenar «las relaciones de los hombres con sus semejantes, tanto en los hechos como en las palabras» (Suma Teológica, 2-2, q. 114, a. 1). Esta virtud especial de la convivencia es la afabilidad, que nos lleva a hacer la vida más grata y amable a quienes nos rodean, porque es difícil «aguantar un solo día el trato con una persona sumida en la tristeza o con una persona desagradable» (ibíd., a. 2). Todos estamos obligados, «por un cierto deber natural de honestidad, a ser afables con quienes nos rodean, salvo que sea útil entristecer a alguno, en alguna ocasión determinada» (ibid.), para su propio bien. Porque tampoco se trata de agradar a toda costa: «la afabilidad, aunque tenga por objeto propio agradar a quienes nos rodean, sin embargo no debe temer, si es necesario, desagradar para conseguir un bien o para evitar un mal» (ibid., q. 115, a. 1). Un padre o un superior, por ejemplo, harían un mal (en algunas ocasiones grave) si, cuando es preciso, no corrigiera por el temor a causar un disgusto. Con todo, se debe cuidar la forma de hacerlo para no producir heridas innecesarias.

La afabilidad no causa una admiración ruidosa; sin embargo, cuando falta se echa de menos y se hacen tirantes las relaciones entre los hombres; a veces, muy difíciles o quizá imposibles. Esta virtud hace amable la vida cotidiana (familia, trabajo, tráfico, etc.). Es virtud opuesta, por su misma naturaleza, al egoísmo, al gesto destemplado, al mal humor, a las faltas de educación en el trato mutuo, al desorden, a los gritos, a vivir sin tener en cuenta a quienes nos rodean. «Una palabra buena se dice pronto; sin embargo, a veces se nos hace difícil pronunciarla. Nos detiene el cansancio, nos distraen las preocupaciones, nos frena una sentimiento de frialdad o de indiferencia egoísta. Así sucede que pasamos al lado de personas a las cuales, aun conociéndolas, apenas les miramos el rostro y no nos damos cuenta de lo que frecuentemente están sufriendo por esa sutil, agotadora pena que proviene de sentirse ignoradas. Bastaría una palabra cordial, un gesto afectuoso, e inmediatamente algo se despertaría en ellas: una señal de atención y de cortesía puede ser una ráfaga de aire fresco en lo cerrado de una existencia, oprimida por la tristeza y por el desaliento. El saludo de María llenó de alegría el corazón de su anciana prima Isabel (cfr. Lc 1, 44)» (Juan Pablo II, Hom. 11-II-1981). Formando parte de la afabilidad se encuentra la benignidad, la indulgencia ante los pequeños defectos y errores de los demás, la educación y la urbanidad en palabras y modales, la simpatía, la cordialidad, la gratitud, el respeto, el elogio oportuno…

A la afabilidad se oponen la adulación, que intenta agradar de manera desordenada para obtener alguna ventaja personal; el llamado espíritu de contradicción, que consiste en oponerse frecuente o sistemáticamente a la opinión de los demás, con la intención de contristarles o, al menos, de no complacerles. No viven tampoco esta virtud los violentos, que se irritan por cualquier motivo; los rencorosos, que conservan durante largo tiempo el recuerdo de la injuria recibida; y los obstinados, que no descansan hasta devolver mal por mal.

El cristiano sabrá convertir los múltiples detalles de la virtud humana de la afabilidad en otros tantos actos de la virtud de la caridad, al hacerlos también por amor a Dios. La caridad hace de la misma afabilidad una virtud más fuerte, más rica en detalles y con un horizonte mucho más elevado. El cristiano, mediante la fe y la caridad, sabe ver en sus hermanos los hombres a hijos de Dios, que siempre merecen el mayor respeto y las mejores muestras de atención y consideración.

Comentario del 10 de octubre

Ya comentamos en su momento el pasaje paralelo del evangelio de Mateo. El de Lucas es mucho más escueto y pobre en detalles explicativos. Quizá esté más próximo al arameo de origen. Jesús solía retirarse a orar con cierta frecuencia, al menos en esta etapa de su actividad misionera. Y sus discípulos, sus acompañantes más asiduos están al tanto de este hábito oracional. En una de esas ocasiones –nos dice el evangelista- estaba Jesús orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».

A esta petición Jesús responde de inmediato proponiéndoles un modelo de oración: Cuando oréis –les dice- decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano (πιούσιον), perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo (παντι φειλοντι), y no nos dejes caer en la tentación». He aquí el Padre nuestro en la versión de san Lucas.

Resulta una evidencia que estamos ante una oración de carácter filial en la que Jesús, el Hijo por excelencia, deja su impronta personal, pues a ella traslada sus centros de interés: el Reino, el perdón de los pecados, la tentación.

¿Quién más plenamente que él puede decir: Abba, Padre? ¿Quién mejor que él puede desear que el nombre del Padre sea reconocido en toda su santidad por todos? ¿Quién puede anhelar más que él que venga su Reino, crezca, se implante y alcance su plena realización? ¿Qué persona puede haber más indicada para pedir el pan nuestro de cada día que el que sació el hambre de toda una multitud multiplicando unos cuantos panes y que se ofrece a sí mismo como pan para la vida del mundo? ¿Quién mejor que el que vino como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y que perdonó pecados puede decir en nombre de todos los pecadores: perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, instándonos de este modo a perdonar a nuestros deudores u ofensores? ¿Y quién mejor que el que sufrió y venció tentaciones podrá expresar en nombre de todos sus seguidores este deseo: no nos dejes caer en la tentación?

Luego la fórmula oracional que él ofrece como un modelo a seguir no deja de ser el fruto de una experiencia personal de relación con su Padre. Jesús quiere estar en el corazón de todos los creyentes que experimentan la necesidad de elevar su plegaria al Dios de cielos y tierra. Se trata de ese Padre que no va a dar una piedra al hijo que le pide pan, ni una serpiente al que le pide pescado: el Padre bueno que sabe dar cosas buenas a los que le piden. Y nada hay más bueno que el Reino deseable y deseado o que el perdón que da acceso a ese Reino; y nada hay más necesario para mantenerse en esta vida de lucha contra las tentaciones que el pan cotidiano que la sostiene tanto en su dimensión corporal como espiritual. Tampoco hay nada más conveniente para seguir avanzando por el camino del Reino que la superación de esos obstáculos que son las inevitables tentaciones que nos salen al paso en nuestro recorrido existencial.

Pedir al Padre todo esto es pedir su auxilio para la vida presente y la futura; pero en ningún caso es pedir que nos supla en aquello que nos incumbe hacer a nosotros: trabajar, luchar, esforzarse, orar, querer, perdonar, pedir perdón, poner todas nuestras energías, inteligencia y voluntad, al servicio del bien y de la verdad.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

147. Está claro que la Palabra de Dios te invita a vivir el presente, no sólo a preparar el mañana: «No se preocupen por el mañana; el mañana se preocupará de sí mismo; a cada día le basta con lo suyo» (Mt 6,34). Pero esto no se refiere a lanzarnos a un desenfreno irresponsable que nos deja vacíos y siempre insatisfechos, sino a vivir el presente a lo grande, utilizando las energías para cosas buenas, cultivando la fraternidad, siguiendo a Jesús y valorando cada pequeña alegría de la vida como un regalo del amor de Dios.

De bien nacidos es ser agradecidos

1.- Y sucedió que mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Para ser agradecidos, a una persona o a Dios, lo primero que tenemos que hacer es reconocer que no merecíamos el don que nos han hecho. Ante Dios, esto para nosotros los cristianos nos resulta relativamente fácil, porque no resulta difícil reconocer que la mayor parte de los dones que Dios nos ha hecho no se han debido a méritos nuestros previos, sino a su bondad y misericordia. Así, por ejemplo, los dones de la vida, el haber nacido en una buena familia, la salud, la inteligencia, y muchos otros dones más. Nos resulta más difícil ser agradecidos a las personas que nos han hecho algún favor. Nos resulta, muchas veces, fácil pensar que los favores que nos hacen es porque nos lo merecemos. Por eso, yo aquí, ahora, prefiero insistir en lo bueno y lo cristiano que es ser agradecidos, en la vida, a las personas con las que convivimos habitualmente, o con las que tratamos por la razón que sea. El ser agradecidos es más que decir gracias, simplemente, es responder con hechos o con actitudes, al agradecimiento. Esta es muy importante hacerlo dentro de la familia, con los amigos, y con las personas con las que nos relacionamos por la razón que sea. Es decir, que ante las personas que son generosas con nosotros, nosotros debemos responder siendo generosos con ellas. E, incluso, ante las personas que son desagradecidas con nosotros, nosotros como cristianos que somos, debemos responder siendo generosas con ellas. Tenemos que ser agradecidos siempre, por humildad cristiana, e igualmente debemos ser generosos siempre por ser cristianos. El samaritano del evangelio sabía que él, como samaritano, no merecía ser tendido y curado por un judío, los otros nueve pensaban que ellos, como judíos que eran, merecían ser atendidos por los sacerdotes y ser curados por un judío.

2.- En aquellos días, el sirio Naamán bajó y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra de Eliseo, el hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio de la lepra. Naamán regresó al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Se detuvo ante él exclamando: Ahora reconozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel. Recibe, pues, un presente de tu siervo. Pero Eliseo respondió: vive el Señor a quien sirvo, que no he de aceptar nada. El sirio Naamán era una persona agradecida, porque él, como extranjero, no creía que un profeta judío tuviera la obligación de atenderle. Por eso, creía que tenía que pagar al profeta Eliseo el favor que le habían hecho. Pero el profeta Eliseo sabía muy bien que el Dios de Israel atiende siempre generosamente al que se lo pide con fe. Jesús de Nazaret decía más de una vez a los que curaba: tu fe te ha salvado. Nosotros, los cristianos de siglo XXI, debemos saber que para nosotros, como discípulos de Jesús, todas las personas somos hermanos, sin distinción de raza, legua o nación. Atendamos, pues, a los emigrantes con generosidad de hermanos e igualmente seamos agradecidos a cualquier extranjero que nos hace algún favor. Favor con favor se paga.

3.. Lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús. San Pablo nos invita en esta su carta a Timoteo a ser corredentores con Cristo de toda la humanidad. Sepamos, pues, aceptar nuestros dolores y sufrimientos y ofrecérselos a Dios. Cristo nos salvó con su cruz, unámonos nosotros a Cristo ofreciendo al Padre nuestras pequeñas cruces de cada día. Ser corredentores con Cristo nos hace de alguna manera ser otros Cristos y contribuir así a la salvación del mundo. Convertir nuestro sufrimiento en materia de salvación es actuar como auténticos cristianos, discípulos y seguidores de Cristo.

Gabriel González del Estal

¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasó por entre Samaría y Galilea. Al entrar en una aldea, salieron diez leprosos a su encuentro, que se detuvieron a distancia y se pusieron a gritar: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, volvió alabando a Dios en voz alta y se echó a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era samaritano. Jesús dijo: «¿No han quedado limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No hubo quien volviera a dar gracias a Dios, sino este extranjero?». Y le dijo: «Levántate, anda; tu fe te ha salvado».

Lucas 17, 11-19

Para meditar

Los leprosos le dicen a Jesús que tenga compasión de ellos. Hoy en día, en el mundo, hay muchas personas que no tienen lo necesario para ser felices, como los leprosos. Y nosotros, los creyentes, somos los que tenemos que vivir la compasión, los que debemos tener compasión por todas esas personas que sufren y estar con ellas.

Y fi aros que de los diez leprosos, sólo uno de ellos volvió a Jesús a darle las gracias. Muchas veces no somos agradecidos con quienes lo dan todo por nosotros. En este caso, el único leproso que volvió a dar gracias a Jesús era un extranjero…

Para hacer vida el evangelio

  • Escribe una noticia o algo que haya pasado esta semana por lo que hayas sentido compasión.
  • ¿Qué debemos hacer los cristianos con las injusticias que ocurren en el mundo? ¿Cómo debemos practicar la compasión?
  • Escribe un compromiso que te ayude a ser una persona compasiva con los que sufren..

Oración

Aquí nos tienes hoy, como hijos suplicantes
para pedirte que no te apartes
de nuestro lado,
que atiendas a tus hijos más desfavorecidos
que despiertes a los que la vida
les ha ido muy bien,
para que intercambien y compartan,
para que se amen como hermanos.
Queremos pedirte por todos tus hijos
que no te conocen, porque nadie
te ha presentado,
por tantos que viven adorando otros dioses
y por eso tienen una vida mediocre
y sin sentido.
Te pedimos por los que te utilizan
para oprimir,
para hacer guerras en tu nombre,
para dividir a las gentes y enfrentarlas,
para sentirse ellos mal consigo mismos.
Tú que eres liberación para la persona,
Tú que eres entendimiento entre las gentes
Tú que haces brotar de nosotros
la misericordia,
envuélvenos a todos en tu Amor
y no nos dejes.

Una y mil veces, te pedimos, Señor

Como decía Jesús, aunque sea
por aburrimiento,
atiendes nuestras súplicas,
haces caso a nuestras peticiones,
acudes a auxiliarnos.

Aquí nos tienes hoy, como hijos suplicantes
para pedirte que no te apartes
de nuestro lado,
que atiendas a tus hijos más desfavorecidos
que despiertes a los que la vida
les ha ido muy bien,
para que intercambien y compartan,
para que se amen como hermanos.

Queremos pedirte por todos tus hijos
que no te conocen, porque nadie
te ha presentado,
por tantos que viven adorando otros dioses
y por eso tienen una vida mediocre
y sin sentido.

Te pedimos por los que te utilizan para oprimir,
para hacer guerras en tu nombre,
para dividir a las gentes y enfrentarlas,
para sentirse ellos mal consigo mismos.

Tú que eres liberación para la persona,
Tú que eres entendimiento entre las gentes
Tú que haces brotar de nosotros la misericordia,
envuélvenos a todos en tu Amor
y no nos dejes.

Mari Patxi Ayerra

Notas para fijarnos en el evangelio Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

• La escena aparece únicamente en Lucas. Aunque es un relato de un milagro (se cuenta la curación de 10 leprosos que piden la misericordia de Jesús), más que el milagro, el motivo central es la gratitud del samaritano curado: el que recibe el don de Dios debe ser agradecido.

• Jesús prosigue el “camino” hacia la Pascua (1). Un camino que pasa por la frontera: frontera geográfica entre dos territorios que viven de espaldas (11), y frontera humana, cerca de los excluidos, de los “leprosos” (12), aquellos que siempre tienen que estar al otro lado de la frontera, a los que nadie se acerca.

• Curiosidad: ver como la enfermedad de estas personas (lepra) ha unido lo que la vida mortal separaba (van en grupo con un samaritano y, ya sabemos que los judíos jamás se trataban con los samaritanos).

• Los leprosos toman la iniciativa….; guardan la Ley (guardan la distancia-están lejos); Jesús también guarda la Ley (les manda presentarse ante el sacerdote). La Ley mandaba que los leprosos vivieran separados (Lv 13, 45-46), y el día en que estuvieran curados tenían que presentarse ante un sacerdote para que éste comprobara su curación (según el mandato de Moisés) y le permitiera reintegrarse a la vida normal (Lv 14), pudiendo a partir de entonces participar en las celebraciones del culto… por eso no es una curación simple-física, sino una restauración en la vida social de su pueblo.

* Los excluidos llaman “a gritos” (13). Reconocen a Jesús como “Maestro” (13). Con la petición que le hacen expresan que lo reconocen como Mesías. Le piden lo que sólo Dios puede dar, que es lo contrario de la exclusión (13): creer que Dios no los excluye.

* Jesús les responde. ¿Les da lo que piden? De momento los ha escuchado, les ha prestado atención; y los pone en acción porque el reconocimiento de Dios ya lo tienen, pero el reconocimiento de la comunidad se lo tienen que trabajar: han de dar testimonio ante la comunidad de lo que han hallado en Dios (14). Esta acción, este testimonio, contribuirá a transformar la realidad injusta.

• Judíos y samaritanos tenían como referencia sacerdotales diferentes: para los judíos era el sacerdocio sito en Jerusalén, para los Samaritanos el sacerdocio del monte Garizim. Pero a Judíos y Samaritanos les obliga la Ley-Torah y, aunque se despreciaban mutuamente, aquí aparecen unidos en la marginalidad y en la sanación. La sanación no es inmediata sino que se realiza “mientras van de camino”. Se evita, así, el Jesús milagrero, la admiración de la figura de Jesús…. y el que pase tiempo, da ocasión al acto de fe. En todo caso, la curación no es la salvación.

• Centro del relato (interés del mismo): sólo un extranjero tuvo bastante fe para reconocer la bondad de Dios que actuaba en Jesús. Los otros 9 quedaron curados (fueron conscientes de ello), pero para estos no fue acontecimiento de salvación, como lo fue para el samaritano que le salvó su propia fe (aquí la fe tiene un matiz de compromiso y entrega personal a Jesús mismo; fe como reconocimiento de la presencia activa de Dios). El elogio del samaritano se convierte en un reproche para los hijos de Israel (Lc 4,27).

• Además de mostrarnos la gratitud del hombre ante los dones de Dios, el relato nos ilustra sobre la fe de la que había hablado a los discípulos (Lc 17,5 de la semana pasada). La fe, es la respuesta confiada del hombre ante la gracia de Dios, que siempre nos precede…. Y recordemos que el camino de salvación está siempre abierto a todos (también a los excluidos). Sólo la fe en Jesús manifestada en el samaritano le aporta la salvación (17,19). Un relación similar entre fe y salvación la encontramos en Lc 7,50; 8,48.50.

* Jesús dice explícitamente cuál es la voluntad de Dios: que el hombre se levante y sea libre (19).

* Y expresa que es la fe en Dios –es decir, Dios-, por pequeña que sea (Lc 17,5-6), la que “salva” (19), es decir, la que hace vivir ya ahora como salvados.

• Hay una gran similitud entre el sirio Naamán y el Samaritano: los dos leprosos, los dos extranjeros, los dos curados a distancia, los dos vuelven… la clave no es la curación, sino la apertura de la fe a la trascendencia, la conversión, en definitiva.

Comentario al evangelio – 10 de octubre

Pues sinceramente, no es lo primero que a uno se le ocurre al dirigirse a Dios: pedirle su Espíritu Santo. Nos salen fácilmente mil otras cosas antes que esta que nos propone Jesús, más de andar por casa, más que nos saquen las castañas del fuego. Es humano que así sea. Pero es importante al acercarnos a Dios para comunicarnos con él, sobre todo para pedir,  que recordemos aquello que nos viene ya de Isaías (55, 8): «Porque mis planes no son vuestros planes, ni vuestros caminos como los míos».

Esto lo tuvo que aprender Pedro (y también nosotros) cuando Jesús advirtió del sufrimiento, el rechazo y la muerte que le esperaban. A él, y a los suyos. La «petición» de Pedro fue: «Dios no lo quiera, eso no te puede ocurrir». Pero Dios sí lo quería, la «voluntad del Padre» era otra. Pedro estaba siendo «tentador» (Satanás). Y Jesús tuvo que reñirle.

Sus seguidores hemos recibido el encargo de sanar y expulsar espíritus. Y vamos a ello con nuestra mejor buena voluntad, pero se repite la experiencia de que «no podemos», no lo conseguimos. «Porque esta clase de demonios no puede ser expulsada sino con la oración» (Mc 9, 14-29). «Todo es posible para el que tiene fe», nos asegura Jesús». Pero nuestra fe es pequeña y tenemos que orar:  «Auméntanos la fe» (Lc 17, 5).

Cuando nos llegan los momentos más difíciles, los momentos del desconcierto, de dudar de todo, cuando aparece el miedo, nuestra tentación es «dormirnos» y abandonar la plegaria insistente que puede darnos luz y fuerzas para seguir hasta el final. «Velad y orad para que no caigáis en tentación» (Mt 26, 41).

En definitiva: nuestra mente y nuestro corazón están bastante lejos de los de Dios y de su Hijo. Y lo que podemos conseguir con nuestras pobres intenciones y fuerzas… no es demasiado. «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5). 

Jesús es el que ha «buscado» el Reino de Dios y su justicia… y ha recibido con él todo lo demás. Jesús es el que ha «pedido» «que pase de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad». Y ha sido escuchado. Jesús es el que ha «llamado», a gritos, «¿por qué me has abandonado?». Y el Padre le ha respondido. 

En la oscuridad de la medianoche, en las tinieblas del Viernes Santo, se encendió la Luz. La tremenda puerta cerrada del sepulcro quedó abierta, y se levantó (resucitó) para darnos el Pan de Vida. 

Esta es nuestra seguridad y confianza para no cansarnos de orar, y seguir pidiendo: «Padre, haznos como él; derrama sobre nosotros el Espíritu del Señor, el Espíritu de tu Hijo,  para que sepamos orar según tus pensamientos, para que acertemos a tomar tus caminos. Danos, pues, el Espíritu Santo… y no necesitamos pedirte nada más».