La misa del domingo

SOLO ESTE EXTRANJERO HA VUELTO PARA DAR GRACIAS

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO
2 Reyes 5,14-17; 2 Timoteo 2,8-13 y Lucas 17,11-19

OBSERVACIONES PREVIAS

Conoces el cuento de la viejecita que lanzaba semillas por la ventana del autobús esperando un día verlas florecer. Resumía su acción diciendo: «Yo hago lo que puedo; ya vendrán las lluvias».

  • ¿Qué podemos hacer?
    Sembrar. La vida, el ser humano, es como un campo a punto de sementera. Y todos somos sembradores. Sembramos trabajo, sembramos ilusiones, sembramos ganas de vivir, sembramos alegría… Es de esperar que no estemos sembrando lo contrario. Y nuestra siembra ya está dando sus frutos.
  • ¿Hemos hecho lo que hemos podido?
    Si no es así…, no nos extrañemos de que el campo siga triste y sin flores. ¡Nuestro destino es sembrar!

PARA REFLEXIONAR

Una experiencia de vida

D. Manuel fue el ‘maestro’ de mi infancia. Supe, por deducción, cuando ya rondaba la veintena de años, que había sido republicano y que, por eso, nunca habíamos visto la bandera en la escuela, ni habíamos aprendido a cantar el carasol. También supe, por información indirecta que, para salvar su vida, estuvo encerrado tres días en el pozo de la casa de un vecino. Asistía a misa con nosotros todos los domingos con una actitud ejemplar. Puedo decir que fue y ha sido “mi maestro”…

Quiero dar gracias a D. Manuel y a gente como él que han influido positivamente en mi vida. Algunos, como mis padres, viven ya para siempre en los brazos de Dios. Un gracias, hoy, por tantos días de silencio y de falta de agradecimiento.

Iluminación de la Palabra

  • La curación de Naamán, el sirio. Es una historia con sus más y sus menos, con sus indecisiones y sus mediaciones, pero, que al final, logra su único y verdadero sentido: Dios quiere ser conocido por el reconocimiento de quien ha sido objeto de su don… Naamán lleva consigo “tierra de Israel», para poder adorar al único Dios, viva donde viva.
  • El relato de los diez leprosos ejemplariza un camino de conversión que solo un leproso, de los diez, supo recorrer. Y este era samaritano. Los diez se reconocen curados. Pero solo uno, por ser agradecido, participa del encuentro con el Señor de la vida y de la salvación. A los diez les tocó la ‘lotería’; a uno solo y solo a uno le llegó la salvación.

La peor lepra a los ojos de Dios

«Dejadme llevar una carga de tierra de Israel: porque en adelante yo no tendré otro Dios que no sea el Señor»: Naamán, el sirio.
«¿Dónde están los otros nueve…? El que volvió a dar gracias era un samaritano».
Dios quiere salvar a todos; pero parece que los “extranjeros” son más receptivos a la salvación que ofrece.

Habrá que tenerlo en cuenta, por si acaso.

PARA COMPROMETERSE

  • Dos encuentros y nueve desencuentros. Agraciados, pero no agradecidos y, por desagradecidos, desgraciados…
    ¿Cómo andamos de agradecimiento? ¿Cuál es nuestra calificación en esta materia?
    ¿Somos agradecidos a tanto bien como Dios nos ha hecho y hace cada día? O ni nos enteramos, como los nueve leprosos, de quién mueve nuestra existencia.

    ¿A cuántas personas que nos han ayudado desde niños, les hemos declarado nuestro agradecimiento? Gracias por aquellas palabras, gracias por haberme escuchado, gracias por aquella sonrisa que me devolvió la alegría, gracias porque me dijiste que aquel amor volvería… Gracias por…

  • La curación gratuita no les hizo hombres agradecidos, ni creyentes: solamente a uno y este era un extranjero. No podemos andar por la vida sin agradecer la fe, la compañía, el cariño… Por eso que toda nuestra vida es una eucaristía, una acción de gracias.

PARA REZAR

Te ofrezco, Padre,
mi corazón agradecido en esta mañana de domingo. Gracias por los dones que recibo sin saberlo,
por la sonrisa que en la calle me regalan,
por los rostros que no me son indiferentes…
Que no me olvide, Señor,
de decir “gracias” por las pequeñas y las grandes cosas, de agradecer el regalo de la fe
que es un don y una tarea…

Te ofrezco, Padre,
mi corazón agradecido en esta mañana de domingo. Gracias, Señor, de corazón
por los que me abrieron a la vida y, hablándome de ti,
me enseñaron cómo era tu corazón de Padre;
gracias por el trabajo de cada día
y por los compañeros con quienes comparto una ilusión de futuro.

Te ofrezco, Padre,
mi corazón agradecido en esta mañana de domingo. Gracias por ti, mi Dios,
a quien adivino cada día en mí mismo
y en el rostro de las personas y de las cosas…
Haz de mi existencia un canto de acción de gracias:
por mi vida, tal como es,
y por las vidas de mis hermanos, tal como tú quieres que sean.

Acepta, Padre, un día más, mi corazón agradecido.

Isidro Lozano, sdb