I Vísperas – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXVIII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a al voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: 2P 1, 19-21

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. Ante todo, tened presente que ninguna predicción de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos por el Espíritu Santo.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a dios? Levántate, vete: tu fe te ha salvado.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a dios? Levántate, vete: tu fe te ha salvado.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, que nos has librado de nuestros pecados por tu sangre,
— no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como ministros de tu Evangelio
— sean siempre fieles y celosos administradores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones,
— para que atiendan con interés a los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causas de raza, color, condición social, lengua o religión,
— y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor, dales también parte en tu felicidad,
— con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 12 de octubre

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican; derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas aun aquello que no nos atrevemos a pedir. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 11,27-28
Estaba él diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy es bien breve, pero encierra un significado importante en el conjunto del evangelio de Lucas. Nos da la clave para entender lo que Lucas enseña respecto de María, la Madre de Jesús, en el así llamado Evangelio de la Infancia (Lc 1 y 2).
• Lucas 11,27: La exclamación de la mujer.“Estaba él diciendo estas cosas cuando alzó la voz una mujer de entre la gente y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» La imaginación creativa de algunos apócrifos sugiere que aquella mujer era una cecina de Nuestra Señora, allá en Nazaret. Tenía un hijo, llamado Dimas, que, como tantos otros chicos jóvenes de Galilea de aquella época, entró en la guerrilla contra los romanos, fue llevado a la cárcel y ejecutado junto con Jesús. Era el buen ladrón (Lc 23,39-43). Su madre, al oír que Jesús hablaba tan bien a la gente, recordó a María, su vecina y dijo: “¡María debe ser tan feliz teniendo a un hijo así!”.
• Lucas 11,28: La respuesta de Jesús. Jesús responde, haciendo el mayor elogio de su madre: “Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. Lucas habla poco de María: aquí (Lc 11,28) y en el Evangelio de la Infancia (Lc 1 y 2). Para Lucas, María es la hija de Sión, imagen del nuevo pueblo de Dios. Presenta a María como modelo para la vida de las comunidades. En el Concilio Vaticano II, el documento preparado sobre María, fue inserto como capítulo final en el documento Lumen Gentium sobre la Iglesia. María es modelo para la Iglesia. Y sobre todo en la manera de relacionarse con la Palabra de Dios Lucas ve en ella el ejemplo para las comunidades. María nos enseña cómo acoger la Palabra de Dios, cómo encarnarla, vivirla, profundizarla, rumiarla, hacerla nacer y crecer, dejarnos plasmar por ella, aún cuando no la entendemos o cuando nos hace sufrir. Es ésta la visión que subyace detrás del Evangelio de la Infancia (Lc 1 e 2). La llave para entender estos dos capítulos nos es dada en el evangelio de hoy: “Dichosos, más bien, los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. Veamos cómo en estos capítulos María se relaciona con la Palabra de Dios.
a) Lucas 1,26-38:
La Anunciación: «¡Hágase en mí según tu palabra!»
Saber abrirse, para que la Palabra de Dios sea acogida y se encarne.
b) Lucas 1,39-45:
La Visitación: «¡Dichosa aquella que creyó! »
Saber reconocer la Palabra de Dios en una visita y en tantos otros hechos de la vida.
c) Lucas 1,46-56:
El Magnificat: “¡El Señor hizo en mí maravillas!”
Reconocer la Palabra en la historia de la gente y producir un canto de resistencia y de esperanza.
d) Lucas 2,1-20:
El nacimiento: “Ella meditaba todas estas cosas en su corazón.»
No había sitio para ellos. Los marginados acogen la Palabra.
e) Lucas 2,21-32:
La presentación: «¡Mis ojos vieron tu salvación!»
Los muchos años de vida purifican los ojos.
f) Lucas 2,33-38:
Simeón y Ana: «Una espada atravesará su alma»
Acoger y encarnar la palabra en la vida, ser señal de contradicción.
g) Lucas 2,39-52:
A los doce años en el Templo: «Entonces, ¿no sabían que tengo que estar con el Padre?»
Ellos no comprendieron las Palabras que les fueron dichas!
h) Lucas 11,27-28:
El elogio de la madre: «Dichoso el vientre que te llevó!»
Dichoso aquel que escucha y pone en práctica la Palabra.

4) Para la reflexión personal

• ¿Consigues descubrir la Palabra viva de Dios en tu vida?
• ¿Cómo vives la devoción a María, la madre de Jesús?

5) Oración final

¡Cantadle, tañed para él,
recitad todas sus maravillas;
gloriaos en su santo nombre,
se alegren los que buscan a Yahvé! (Sal 105,2-3)

Jesús sigue haciéndose el encontrado

1.- AGRADECIMIENTO. – Naamán era un gran soldado sirio, querido de su rey por su valor y su lealtad. Pero su cuerpo estaba podrido. La lepra le corroía la piel y la carne. Una muchacha hebrea, botín de guerra, esclava de su esposa, interviene. En su tierra, dice, vive un profeta que puede curar a su amo de aquella terrible enfermedad. Naamán cree y se pone en camino hacia Israel. El profeta le atiende: «Lávate siete veces en el Jordán y quedarás limpio». El bravo soldado sirio se resiste, le parece que aquello es un remedio absurdo. Por fin accede a bañarse en el Jordán. Y su carne quedó limpia como la de un niño.

Un caso más de fe en la palabra de Dios, un prodigio más que nos anima a creer contra toda esperanza, a vivir todo lo que nos exige nuestra condición de creyentes. Un hecho que nos empuja a la generosidad, a la entrega por encima de todo egoísmo, de toda incomprensión, de toda ingratitud.

Naamán se vuelca gozoso en ese Dios bueno que ha tenido compasión de su dolor. Es un corazón agradecido el suyo, un corazón noble. Y su agradecimiento es algo más que un puñado de palabras. Él llega hasta las obras. Vuelve a Eliseo y le ofrece un rico presente como prueba de su gratitud.

Sí, el corazón se nos llena de gozo cuando Dios nos ayuda, entonces nos inclinamos a dar gracias, alegres y eufóricos porque las cosas nos salieron bien. Pero muchas veces todo eso se queda en un mero sentimiento, una sensación efímera y fugaz que a lo más que llega es a las palabras… Hemos de ser agradecidos con el Señor por los innumerables beneficios que continuamente nos otorga, hemos de corresponder con amor al gran amor que él nos tiene. Sí, porque amor con amor se paga. Pero no olvidemos que el mejor modo de amar a Dios es amar a los hombres porque son criaturas suyas. Y no sólo con palabras, sino con obras y de verdad.

2.- MUCHO PEOR QUE LA LEPRA. – San Lucas refiere con frecuencia que Jesús caminaba hacia Jerusalén. De ordinario los viajes a la Ciudad Santa para los hebreos eran una peregrinación hacia el Templo de Dios Altísimo. Eran viajes, por tanto, cargados de un profundo sentido religioso en el que se caminaba con la mirada puesta en Dios, y con el deseo de adorarle, y de ofrecerle un sacrificio de expiación o de alabanza. Jesús se nos presenta en el tercer evangelio en un continuo camino hacia el monte Sión, el lugar sagrado en el que se inmolaría él mismo como víctima de amor para redimir a todos los hombres.

A lo largo de ese camino, el Señor enseña a cuantos le siguen; cura y sana a los enfermos que acuden a él. La fama de su poder y compasión era cada vez más grande. En el pasaje que contemplamos son diez leprosos los que se acercan cuanto pueden, más quizá de lo permitido, para implorar que los sane de su repugnante enfermedad. Exclamación angustiada y dolorida, súplica ardiente de quienes se encuentran en una situación límite, oración vibrante y esperanzada, que solicita con todas las fuerzas del alma que sus cuerpos se vean libres de aquella podredumbre que les roía la carne.

La lepra viene a ser como un símbolo del pecado, enfermedad mil veces peor que daña al hombre en lo que tiene de más valioso. En efecto, el pecado corroe el espíritu y lo pudre en lo más hondo, provoca desesperación y desencanto, nos entristece y nos aleja de Dios. Si comprendiéramos en profundidad la miseria en qué quedamos por el pecado, recurriríamos al Señor con la misma vehemencia que esos diez leprosos, gritaríamos como ellos, suplicaríamos la compasión divina, confesaríamos con humildad y sencillez nuestros pecados, para poder recibir de Dios el perdón y la paz, la salud del alma, mil veces más importante que la del cuerpo.

Cristo Jesús sigue pasando por nuestros caminos, sigue haciéndose el encontradizo. Acerquémonos como los leprosos de hoy, gritemos con el corazón, lloremos nuestros pecados, mostremos nuestro arrepentimiento y nuestro deseo de no volver a pecar. En una palabra, hagamos una buena confesión. El milagro se repetirá; como los leprosos sentiremos que nuestra alma se rejuvenece, se llena de paz y de consuelo, de fuerzas para seguir luchando con entusiasmo, con la esperanza cierta de que, con la ayuda divina, podremos seguir limpios y sanos, capaces de perseverar hasta el fin en nuestro amor a Dios.

Ante este prodigio, nunca bien ponderado, de la misericordia y el poder divinos al perdonarnos, que se nos llene el corazón de alegría y de gratitud, que seamos como ese samaritano que volvió a dar las gracias al Señor por haberlo curado de tan terrible enfermedad. Tengamos en cuenta, además, que la ingratitud cierra el paso a futuros beneficios y la gratitud lo abre. Pensemos que es tan grande el don recibido, que no agradecerlo es inconcebible, señal clara de mezquindad. Por el contrario, ser agradecido es muestra evidente de nobleza y de bondad.

Antonio García- Moreno

Comentario del 12 de octubre

Hoy, bajo la advocación del Pilar, felicitamos a María por ser la madre del Salvador. Ya lo hizo una mujer del pueblo que se encontraba en medio de la multitud que escuchaba a Jesús, como nos recuerda el evangelio: Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. Aquella mujer felicitaba a la madre de Jesús por tener el hijo que tenía. El elogio iba destinado a ese «hombre» que despertó en ella tanta admiración y al que hubiera deseado seguramente tener por hijo; pero toca de lleno a la madre a la que declara dichosa por haber llevado en su vientre y haber amamantado a un hijo como ése. También a la madre le reconoce el mérito de haber contribuido a la crianza y formación de ese hombre que merece toda su admiración.

Al elogio de la mujer, sin embargo, Jesús no se limita a asentir, sin añadir nada. Al contrario, corrige, precisa y mejora esta apreciación: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Él sitúa las cosas y, por tanto, la felicidad que se desprende de ellas, en un plano más hondo y decisivo que el biológico o el de las relaciones naturales que brotan del mismo. Para el Señor, los verdaderamente dichosos son los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen; porque se trata de una palabra dicha no sólo para ser oída con atención (de modo que quedemos bien informados), ni siquiera para ser reconocida en su autoridad o validez, sino para ser cumplida, pues concierne a nuestro modo de conducirnos en la vida y a nuestro destino final.

Según esto, María sería más dichosa por escuchar la palabra de Dios y cumplirla que por haber parido y criado a un «hombre admirable», más aún, al mismo Hijo de Dios hecho hombre; entre otras razones, porque si fue la madre (biológica) de Jesús es porque «antes» escuchó la palabra de Dios y dijo: Hágase (fiat). Sin este asentimiento voluntario que brotaba de una extrema disponibilidad para adecuarse a los planes de Dios, sin este hágase (o activa apertura al cumplimiento de esa voluntad divina), no se hubiera hecho –no hubiera sucedido- ni la concepción ni el alumbramiento del Mesías; para ambas cosas Dios pide colaboración humana. Por eso entra en diálogo y ofrece razones o muestra caminos de realización: El Espíritu Santo vendrá sobre ti; la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra. Será una partenogénesis.

Luego María fue dichosa (una dicha no exenta de sufrimientos) por haber tenido a ese hijo –un hijo que le reportó tanto alegrías como sufrimientos-; pero antes lo fue por haber escuchado la palabra de Dios. Precisamente por haber escuchado y secundado esta palabra tuvo al hijo. De no haberlo hecho, no lo habría tenido. Tener a Jesús fue «efecto» de una acción de Dios que reclamaba colaboración humana: «¿Quieres ser la madre del Mesías? -Hágase conforme a tu querer». Y se hizo. Por eso hoy la declaramos dichosa y la reconocemos «exaltada» no por nuestras alabanzas, sino por Dios, que nos la presenta sobre la columna, «coronada» como Señora, porque tiene el señorío de tantos corazones atraídos por su tacto maternal, y «exaltada», esto es, puesta a la vista de todos para facilitar su acogida y favorecer su intercesión. Pero no podríamos verla «exaltada» si no hubiese permanecido firmemente asentada en la roca de la fe: esa confianza extrema en Dios que la llevaba a decir una y otra vez: Hágase tu voluntad.

Esa es la firmeza de convicción que ella quiere infundir en sus hijos. Esa es la firmeza que, según la tradición, infundió en el apóstol Santiago, a orillas del Ebro, para que continuara la labor de la evangelización de los antiguos pobladores hispanos en momentos de desánimo y abatimiento. Esa es la firmeza que la Iglesia nos invita a pedir a Dios, por intercesión de María, Señora del Pilar, para nosotros, que vivimos también tiempos de desánimo, o de duda, o de deserción, tiempos de «apostasía silenciosa», han dicho voces autorizadas. Dios nos conceda, pues, fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

149. Esto incluye también los momentos duros, que deben ser vividos a fondo para llegar a aprender su mensaje. Como enseñan los Obispos suizos: «Él está allí donde nosotros pensábamos que nos había abandonado y que ya no había salvación alguna. Es una paradoja, pero el sufrimiento, las tinieblas, se convirtieron, para muchos cristianos […] en lugares de encuentro con Dios»[79]. Además, el deseo de vivir y de experimentar se refiere en especial a muchos jóvenes en condición de discapacidad física, mental y sensorial. Incluso si no siempre pueden hacer las mismas experiencias que sus compañeros, tienen recursos sorprendentes e inimaginables que a veces superan a los comunes. El Señor Jesús los llena con otros dones, que la comunidad está llamada a valorar, para que puedan descubrir su plan de amor para cada uno de ellos.


[79] Conferencia Episcopal Suiza, Prendre le temps: pour toi, pour moi, pour nous (2 febrero 2018).

Y… ¿qué se dice?

En un mundo donde siempre nos parece tener más derechos que obligaciones, estamos perdiendo algo tan sencillo como difícil: el arte de dar las gracias. La gratitud es camino abierto a nuevas generosidades, a otros detalles o a que, aquel que salió a nuestro encuentro cuando le necesitábamos, vuelva a brindarse otra vez cuando haga falta. Muy al contrario, la ingratitud, es una actitud que nos cierra muchas ventanas. “Es la amnesia del corazón” (Gaspar Betancourt)

1.- Es de agradecer que, personas que no tienen compromiso alguno con otras terceras, se detengan en su camino para socorrer. Algo así ocurrió en aquel encuentro de Jesús con los leprosos: se detuvo, miró su estado físico, espiritual y corporal… y los curó. Tan sólo uno de ellos tuvo la gentileza de, volviendo sobre sus pasos, darle las gracias por aquella curación.

Hemos avanzado mucho en la sociedad que nos toca vivir pero, también es verdad, que en algunos aspectos hemos ido dejado por el camino valores que –hasta hace cuatro días- formaban parte de la buena educación, de las mínimas normas de urbanidad o del respeto hacia los otros: el dar las gracias.

Nuestros padres o nuestros profesores, nuestros sacerdotes o los responsables de nuestra educación cuando éramos pequeños –al recibir un regalo- siempre nos solían enunciar: ¡qué se dice! Y, a continuación, conscientes de nuestro olvido respondíamos: ¡gracias!

2.- También, respecto a Dios, somos tremendamente desagradecidos. Pensamos que los destinos del mundo, el día y la noche, el sol y la luna, la salud y el bienestar…depende exclusivamente del ser humano. ¿Por qué dar gracias? ¡Tengo derecho a la luz, a vivir, a ser feliz! Es un pensamiento habitual, incluso, en personas que nos decimos creyentes.

La eucaristía de cada domingo es un retroceder en nuestro caminar para dar gracias a Dios por los muchos beneficios que nos da; por la vida y por el trabajo, por los amigos y por la fe, por el presente y sobre todo por el futuro que junto a Él nos espera: el cielo.

3.- El mes de octubre, además de ser un tiempo especialmente indicado para iniciar o recuperar el rezo del Santo Rosario, es un espacio reservado para dar gracias al Señor: los del campo por aquello que han recogido, los profesores por el curso recién iniciado, los padres por los hijos y por la familia, los sacerdotes porque –de nuevo- se nos envía a salir al encuentro de los que necesitan sanación o consuelo.

4.- Pero, sobre todo, más allá del oportunismo, de lo que podemos considerar como imprescindible o válido para dar gracias a Dios que, hoy, no nos olvidemos de darle gracias por la fe. Una fe que nos hace confiar en Él, esperar en Él, apoyarnos en Él y curar nuestras dolencias en Él.

Hay mucho desagradecido suelto. Mucho hijo de Dios que, teniéndose como tal, olvida el rezar un padrenuestro antes de salir de casa o una jaculatoria mariana antes de acostarse. El mundo de las prisas, del individualismo y del egocentrismo hace que, también a nosotros, nos pase factura: pensamos que todo lo bueno viene de cualquier sitio… menos de Dios. Y, eso, no es así.

5.- QUE NO ME OLVIDE, SEÑOR

Darte las gracias por lo mucho que me das
y de esperar, cuando tardas en llegar
Darte las gracias por los detalles insignificantes
por los dones que, de tantas personas, recibo sin saberlo
por las sonrisas que, por la calle, se me regalan
por los rostros que no me son indiferentes.

QUE NO ME OLVIDE, SEÑOR
De ver tu mano allá donde sólo veo el mundo
De abrir mi corazón a tu presencia
De tener mis ojos despiertos a tu paso
De abrir mis manos a quien lo necesita
QUE NO ME OLVIDE, SEÑOR
De cultivar la gratitud cuando tanto se me da
De decir “gracias” por pequeñas o grandes cosas
De agradecer la fe como don y como tarea
De pedir cuanto necesite
aunque no sea a la hora que yo lo espere

QUE NO ME OLVIDE, SEÑOR
De cuidar el corazón, con la vitamina de la gratitud
De fortalecer mi fe, con el arma de la oración
De robustecer mi alma, con savia de la caridad
De curar mi espíritu, con mi confianza en Ti
Amén

Javier Leoz

El agradecimiento a Dios

El pasado domingo hablábamos de la fe como idea central de las lecturas de la palabra de Dios. Este domingo, en continuidad con el pasado domingo, las lecturas nos vuelven a hablar de la fe del que es curado por Dios. Otra idea que aparece es el agredecimiento a Dios como actitud fundamental en el cristiano. Y, por último, en este mes misionero extraordinario convocado por el papa Francisco, las lecturas de hoy nos recuerdan una vez más que la salvación es para todos, no sólo para unos pocos.

1. La fe del que es curado por Dios. En numerosos textos el Evangelio leemos cómo Jesús reclama la fe a quien pide ser curado, o también afirma que ha sido la fe la que ha curado a alguien. Hoy, en el Evangelio, volvemos a escuchar a Jesús que le dice, en esta ocasión al único leproso que vuelve para darle gracias: “Levántate, vete: tu fe te ha salvado”. El domingo pasado decíamos que la fe no es cumplir una serie de ritos, sino que es una auténtica confianza en Dios, que es quien nos salva. Así lo vemos en los leprosos del Evangelio de hoy, que suplican llenos de fe: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Es la confianza de quien reconoce que sólo Dios puede salvarnos, que de Él viene todo lo que necesitamos. Por eso los leprosos obedecen a Jesús que les manda que vayan a presentarse a los sacerdotes. Los leprosos no podían entrar en la ciudad ni acercarse a nadie, sin embargo aquellos leprosos obedecen sin dudar al Señor y cumplen lo que les pide, con la confianza de que Jesús les dará la salud que esperan. Además, nos damos cuenta de que el Evangelio dice que los leprosos quedaron limpios mientras iban de camino, es decir, que fue su fe, la confianza en Jesús, y no unos gestos externos lo que les salvó. Por otro lado, en la primera lectura escuchamos la historia de la curación de Naamán el sirio, que hizo lo que le había mandado el profeta Eliseo, y también él quedó curado de la lepra. Fue entonces cuando ante Eliseo manifestó su fe en Dios: “Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel”. La fe no es sólo un requisito que pide Jesús para la salvación, sino que es también un regalo que Dios da a aquellos a los que sana. La fe, por tanto, es requisito para la acción de Dios en nosotros, pero es también un don que recibimos por esta misma acción de Dios en nuestras vidas.

2. La salvación es para todos. Tanto la primera lectura como el Evangelio nos presentan la curación de unos leprosos, Naamán el sirio en la primera lectura y el único de los diez leprosos del Evangelio que vuelve a dar gracias a Jesús y que era extranjero. Ninguno de ellos era judío, ninguno pertenecía al pueblo de Israel. Sin embargo, los dos son curados por Jesús, que no tiene en cuenta su procedencia. Sabemos de sobra que los judíos estaban convencidos de que la salvación estaba reservada sólo para los judíos, para los que pertenecían al pueblo de Israel. Sin embargo, Jesús nos demuestra una vez más que Él ha venido a traer la salvación a todos los hombres. La salvación, por tanto, no depende del origen de cada uno, sino que es para todos los pueblos y naciones de la tierra. Así lo hemos rezado juntos en el salmo: “El Señor revela a las naciones su salvación”. San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que la salvación viene por medio de Jesucristo, resucitado de entre los muertos. Si morimos con Él, viviremos con Él, si perseveramos con Él en nuestros sufrimientos, con Él reinaremos. Pero también nos advierte que, si lo negamos, si nos olvidamos de Él y lo rechazamos, también Él nos negará. Por lo tanto, san Pablo nos hace caer en la cuenta de que la salvación viene por medio de Jesucristo, y que nosotros hemos de unirnos a Él en nuestra vida y en nuestros sufrimientos, porque Él, con su pasión en la cruz y su resurrección, nos ha curado de nuestra lepra que es el pecado, nos ha liberado de la muerte y nos ha dado vida eterna. Es por tanto la fe en Cristo resucitado la que nos salva.

3. Agradecidos con Dios. Y una tercera idea que aparece en las lecturas de hoy es el agradecimiento. Naamán el sirio, en señal de agradecimiento por su curación, quiso ofrecer a Eliseo un presente que éste rechazó. Y en Evangelio leemos la pregunta de Jesús: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están?”. Jesús se sorprende de la actitud de aquellos nueve que no volvieron a darle gracias. Habían quedado limpios, Jesús les había devuelto la salud y ahora podían volver de nuevo a la ciudad, pero se olvidaron de volver un momento a donde estaba Jesús para agradecérselo. Seguramente se dieron prisa para ir a casa y poder abrazar a sus familias, pero se olvidaron de quien hizo posible aquello, se olvidaron de las maravillas que Dios obró en ellos. Muchas veces nos pasa esto mismo a nosotros: Dios nos da tantas cosas al cabo del día, y nosotros vivimos siempre centrados en lo nuestro, sin parar un momento para agradecer a Dios todo lo que hace por nosotros. El agradecimiento es una actitud que ha de estar siempre presente en el cristiano. Todo lo que tenemos es gracias a Dios. Por ello nuestro corazón debe parar algún instante cada día para, como aquel leproso del Evangelio, volver de nuevo al Señor para darle gracias.

En este mes misionero extraordinario recordamos que hay muchas personas, de muchas naciones, que todavía no han oído hablar de las maravillas de Dios. Por esto, hombres y mujeres como nosotros salen de sus casas y de sus países para ir allí donde hace falta llevar la palabra de Dios. Son los misioneros. Pero también nosotros somos misioneros allí donde nos encontramos. Seguro que muy cerca de nosotros hay muchos leprosos, ya no enfermos de lepra, sino manchados por la lepra del pecado, que necesitan, como Naamán el sirio, de algún Eliseo que los lleve a la fe en Dios. Agradezcamos hoy a Dios el don de la fe y tantas maravillas que hace en nosotros, y salgamos de esta Eucaristía dando gloria a Dios y llevando allí donde vayamos la buena noticia de Jesús, Dios que está con nosotros y que nos salva.

Francisco Javier Colomina Campos

El valor de la gratitud

1.- «¿Qué tienes que no hayas recibido gratis?». En esta sociedad pragmática en la que nos ha tocado vivir se valora a la persona sólo por lo que tiene: «tanto tienes, tanto vales». Y además, se supone, que todo lo que tienes lo has conseguido por méritos propios, gracias al esfuerzo que has puesto. Parece que «todo nos es debido». No se valora una cosa hasta que la perdemos, ocurre con la salud y con otros bienes a los que «tenemos derecho». Esto puede observarse en ciertas actitudes de los niños y jóvenes con respecto a sus padres. Es la cultura de la «exigencia». Hemos perdido el sentido de la gratitud, del agradecimiento. A nivel de nuestra práctica religiosa es más frecuente pedir que dar gracias. Cuando estamos en apuros solemos «aplicar misas», pero ¡cuánto trabajo nos cuesta agradecer la ayuda que recibimos! Sin embargo, de «bien nacidos es ser agradecidos». Todo lo hemos recibido gratis: la fe, la salud, la vida, los padres, el amor.

Recuperemos la actitud de agradecimiento. No olvidemos que Eucaristía significa «buena gracia», acción de gracias. Por eso nos reunimos todos los domingos, para agradecer a Dios el don de nuestra fe. A Él le debemos, como dice San Agustín «la existencia, la vida y la inteligencia; a Él le debemos el ser hombres, el haber vivido bien y el haber entendido con gratitud. Nuestro no es nada, a no ser el pecado que poseemos. Pues ¿qué tienes que no hayas recibido? «. El santo obispo de Hipona recomienda curarnos de la enfermedad de la altivez y de la ingratitud y elevar nuestro corazón purificado de la vaciedad y dar gracias a Dios.

2.- «El Señor revela a las naciones su salvación». Naamán, el general sirio, aprendió el significado de la humildad cuando tuvo que obedecer al criado del profeta y bañarse siete veces en el río Jordán, excluyendo a todos los ríos de su tierra. Naamán reconoce que la curación se debe a Dios. El milagro no es su curación, sino la doble confesión de fe de Naamán. Reconoce la gracia y la fuerza curativa del Dios de Israel. «Reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel». La petición de una carga de tierra refleja la sinceridad de su conversión. Responde a la mentalidad de que una divinidad sólo puede ser adorada en la tierra en la que se ha manifestado, y a la convicción de que una tierra donde se practica el culto idolátrico queda profanada. El texto del Libro Segundo de los Reyes enseña que la salvación es para todos los hombres sin distinción de raza, lengua o religión como proclama el salmo 97, «el Señor revela a las naciones su salvación».

3.- Ser agradecidos. De los diez leprosos curado por Jesús, solo uno vuelve a darle gracias. Los otros nueve siguen anclados en la servidumbre del cumplimiento de la Ley. Vuelven al templo a cumplir las prescripciones rituales. Sólo uno, precisamente un extranjero samaritano, se da cuenta de la grandeza de su curación y vuelve para dar gracias a Jesús. Se produce entonces el milagro: el encuentro con Jesús y su transformación en persona nueva. Sólo este se vio plenamente renovado, pues «su fe le había salvado». Recuerdas cuando de niño tus padres te decían después de recibir un regalo «¿Cómo se dice?». Y tú contestabas con una sonrisa y un beso: «GRACIAS». Sé agradecido, reconoce todo lo que has recibido gratis ý sé generoso sin esperar nada a cambio. El Papa Francisco cuenta que una vez una anciana le dijo que “la gratitud es una flor que florece en tierra noble”. El que sabe agradecer vive otros muchos valores.

José María Martín OSA

Creer sin agradecer

El relato comienza narrando la curación de un grupo de diez leprosos en las cercanías de Samaría. Pero, esta vez, no se detiene Lucas en los detalles de la curación, sino en la reacción de uno de los leprosos al verse curado. El evangelista describe cuidadosamente todos sus pasos, pues quiere sacudir la fe rutinaria de no pocos cristianos.

Jesús ha pedido a los leprosos que se presenten a los sacerdotes para obtener la autorización que los permita integrarse en la sociedad. Pero uno de ellos, de origen samaritano, al ver que está curado, en vez de ir a los sacerdotes, se vuelve para buscar a Jesús. Siente que para él comienza una vida nueva. En adelante, todo será diferente: podrá vivir de manera más digna y dichosa. Sabe a quién se lo debe. Necesita encontrarse con Jesús.

Vuelve «alabando a Dios a grandes gritos». Sabe que la fuerza salvadora de Jesús solo puede tener su origen en Dios. Ahora siente algo nuevo por ese Padre Bueno del que habla Jesús. No lo olvidará jamás. En adelante vivirá dando gracias a Dios. La alabará gritando con todas sus fuerzas. Todos han de saber que se siente amado por él.

Al encontrarse con Jesús, «se echa a sus pies dándole gracias». Sus compañeros han seguido su camino para encontrarse con los sacerdotes, pero él sabe que Jesús es su único Salvador. Por eso está aquí junto a él dándole gracias. En Jesús ha encontrado el mejor regalo de Dios.

Al concluir el relato, Jesús toma la palabra y hace tres preguntas expresando su sorpresa y tristeza ante lo ocurrido. No están dirigidas al samaritano que tiene a sus pies. Recogen el mensaje que Lucas quiere que se escuche en las comunidades cristianas.

«¿No han quedado limpios los diez?». ¿No se han curado todos? ¿Por qué no reconocen lo que han recibido de Jesús? «Los otros nueve, ¿dónde están?». ¿Por qué no están allí? ¿Por qué hay tantos cristianos que viven sin dar gracias Dios casi nunca? ¿Por qué no sienten un agradecimiento especial hacia Jesús? ¿No lo conocen? ¿No significa nada nuevo para ellos?

«¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?». ¿Por qué hay personas alejadas de la práctica religiosa que sienten verdadera admiración y agradecimiento hacia Jesús, mientras algunos cristianos no sienten nada especial por él? Benedicto XVI advertía hace unos años que un agnóstico en búsqueda puede estar más cerca de Dios que un cristiano rutinario que lo es solo por tradición o herencia. Una fe que no genera en los creyentes alegría y agradecimiento es una fe enferma.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 12 de octubre

Hace muchos siglos, la evangelización de los Apóstoles se inició con una certeza: Jesús, que los había enviado, los acompañaba en ese tarea. Todos los días hasta el fin del mundo. El Señor, iba por delante de ellos. El Espíritu les inspiraba la palabra oportuna y les infundía la fortaleza frente a la adversidades y sinsabores de la misión. Pero llegaban los momentos de desánimo, la sensación de fracaso: Preguntadle al Apóstol Santiago.

Los cimientos de nuestra fe se asientan sobre la roca de los apóstoles. Y, María, la Virgen del Pilar, no es ajena a lo que vamos construyendo. Su fiesta es una invitación a fortalecer y renovar esa fe. Más en este año de la fe que ya concluye. Podemos echar una mirada hacia atrás, no por nostalgia, sino para comprobar la multitud de hermanos nuestros (Hb 12, 1) que han vivido con hondura y verdad la fe en Jesucristo. Hoy, como el Apóstol Santiago, también necesitamos ser sostenidos y acariciados por la mano de la Madre del Señor. En nuestros desvelos, luchas, fatigas, desánimos, incomprensiones y contrariedades como discípulos de Jesús, ella pone su Pilar debajo de nosotros para que no tiremos la toalla en nuestro empeño de llevar a Jesús hasta los últimos confines del orbe.

Nuestra Sra del Pilar en Zaragoza es una imagen pequeñita de una mujer con su hijo en brazos. La rodea una enorme corona que imita un sol resplandeciente. Está colocada sobre un pilar de piedra, que se ha ido desgastando por nuestros besos cariñosos, hasta hacerle casi un boquete.

Esto de la columna desgastada me sugiere que algo parecido le ha ido pasando ella. María en el Evangelio es una figura discreta, que aparece en muy pocas escenas, y de la que se nos han conservado muy pocas palabras. Con el paso de los siglos, y seguramente por el cariño y la admiración que despertó los cristianos, se convirtió en «otra cosa». Empezamos a rodearla de elementos extraños. Así, en distintas épocas de la historia, nos la han pintado arrodillada en su casa sobre un reclinatorio, rodeada continuamente de ángeles, vestida de gran dama del Renacimiento, coronada de florecitas por pajaritos que revoloteaban alrededor de su cabeza… la fuimos llenando de coronas, mantos, joyas, privilegios…  Pero «no era ella». Nos la presentaban como la mujer recogida en casa, ocupada en las tareas del hogar, obediente a José y cuidando del Hijo, ¡muy pasiva!, como en las nubes… Con frecuencia se la hecho sujeto de extrañas revelaciones bien poco evangélicas, de mensajes de condena y amenazas. Hasta el punto de llegar, en algunos casos, a eclipsar, a ocupar el lugar de su propio Hijo. La fuimos convirtiendo en una mujer digna de admiración, devoción y adoración… a la vez que la alejábamos de nuestra vida real, y perdíamos su verdadero sentido y misión.

El Concilio Vaticano II y después el gran Pablo VI, ya se dieron cuenta de todo este lío, y nos hicieron una invitación a revisar nuestro culto mariano, la teología, y a suprimir todo lo legendario, fantasioso y mágico, para recuperar a María del Evangelio. Y comenzamos una tarea de demolición que ha traído dos consecuencias:

– Algunos cristianos siguen a lo suyo, y siguen tratándola como una especie de diosa, y haciéndola objeto de todo tipo de excesos e incoherencias.

– Otros, particularmente los más jóvenes, «se han quedado sin Madre». No saben qué hacer con ella. No saben relacionarla con su vida de fe, con lo que viven cada día. Se les ha perdido entre dogmas, extraños privilegios y gracias que no terminan de entender. Incluso ven en ella el tipo de mujer obediente, pasiva, callada… que muchas mujeres están tratando de superar.

El Evangelio es el que pone las cosas en su sitio. ¿Qué tenemos que buscar en esta mujer, a la que aclamamos como el “Pilar de nuestra fe”?

– María, en primer lugar, es la Mujer del «Haced lo que él os diga». Su primer empeño es que pongamos la atención en quien más se la merece: su Hijo. Cada vez que nos tomamos en serio las palabras de Jesús, le estamos dando un alegrón. Este es el mejor culto que le podemos dar.

– En segundo lugar: María es la mujer del «Hágase en mí todo lo que has dicho». Es la que escucha la Palabra con atención, y la cumple. Dios puede hacer con nosotros las obras grandes que ha soñado para nuestro bien. María, la Mujer que guardaba la Palabra en su corazón, tratando de comprenderla y aplicarla a su vida.

– En tercer lugar: Ella fue una mujer en un pueblo perdido del Imperio, que sufrió las incomprensiones de su embarazo; emigrante huida a Egipto (y ya sabemos lo mal que lo pasan muchos de ellos); no pocas veces desconcertada al no entender el comportamiento de su Hijo. Tuvo que ver cómo su Hijo iba fracasando en su tarea, y se lo quitaban clavándolo en una cruz. Su vida estuvo muy envuelta en sufrimientos y dificultades. Peregrina de la fe. No le llegaron telegramas celestiales, ni más Mensajeros angelicales que le aclarasen o resolviesen las cosas. Su realidad no fue muy distinta de la de cualquiera de nosotros. Pero sí que fue la mujer de la fe, la esperanza, y el amor incondicional.

– En cuarto lugar: Si leemos el cántico que ella misma proclama en el Evangelio (de Lucas), María no tiene nada de pasiva, callada, conformada encerrada en sí misma. Allí grita proféticamente, sin temor y orgullosa, que su Dios dispersa a los soberbios y enaltece a los humildes, que a los hambrientos los colma de bienes, y echa de su lado, vacíos, a los ricos. María destila Evangelio, compromiso con los pobres, inconformismo con la situación social, una gran sensibilidad hacia las necesidades de la gente de su pueblo. Por eso, me imagino que estaría encantada de que sus hijos la dejaran repartir lo que vamos dejando a sus pies… entre esos otros hijos que lo necesitan todo para sobrevivir.

– Para terminar, ella es, por voluntad de Jesús, nuestra Madre. Y como buena Madre, nos da orientaciones de vida, está al lado en los momentos difíciles (junto a la cruz), nos llena de confianza en nosotros mismos, se esfuerza porque seamos hermanos de todos los hombres, alrededor de la mesa del Señor; sufre cuando no hacemos caso a su Hijo. Reza, (ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte).

Arrimarse al Pilar de Zaragoza, visitarla en su Basílica, celebrarla en esta fiesta de hoy es escuchar el susurro de las aguas, no tanto las del Ebro, cuanto las del Espíritu, que nos invitan, especialmente en estos tiempos recios, a que no dejemos de avanzar en el conocimiento de Jesús, y en procurar -como Santiago y como todos los que nos llamamos discípulos de su Hijo- que todos los hombres le conozcan, le sirvan y le amen.