El agradecimiento a Dios

El pasado domingo hablábamos de la fe como idea central de las lecturas de la palabra de Dios. Este domingo, en continuidad con el pasado domingo, las lecturas nos vuelven a hablar de la fe del que es curado por Dios. Otra idea que aparece es el agredecimiento a Dios como actitud fundamental en el cristiano. Y, por último, en este mes misionero extraordinario convocado por el papa Francisco, las lecturas de hoy nos recuerdan una vez más que la salvación es para todos, no sólo para unos pocos.

1. La fe del que es curado por Dios. En numerosos textos el Evangelio leemos cómo Jesús reclama la fe a quien pide ser curado, o también afirma que ha sido la fe la que ha curado a alguien. Hoy, en el Evangelio, volvemos a escuchar a Jesús que le dice, en esta ocasión al único leproso que vuelve para darle gracias: “Levántate, vete: tu fe te ha salvado”. El domingo pasado decíamos que la fe no es cumplir una serie de ritos, sino que es una auténtica confianza en Dios, que es quien nos salva. Así lo vemos en los leprosos del Evangelio de hoy, que suplican llenos de fe: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Es la confianza de quien reconoce que sólo Dios puede salvarnos, que de Él viene todo lo que necesitamos. Por eso los leprosos obedecen a Jesús que les manda que vayan a presentarse a los sacerdotes. Los leprosos no podían entrar en la ciudad ni acercarse a nadie, sin embargo aquellos leprosos obedecen sin dudar al Señor y cumplen lo que les pide, con la confianza de que Jesús les dará la salud que esperan. Además, nos damos cuenta de que el Evangelio dice que los leprosos quedaron limpios mientras iban de camino, es decir, que fue su fe, la confianza en Jesús, y no unos gestos externos lo que les salvó. Por otro lado, en la primera lectura escuchamos la historia de la curación de Naamán el sirio, que hizo lo que le había mandado el profeta Eliseo, y también él quedó curado de la lepra. Fue entonces cuando ante Eliseo manifestó su fe en Dios: “Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel”. La fe no es sólo un requisito que pide Jesús para la salvación, sino que es también un regalo que Dios da a aquellos a los que sana. La fe, por tanto, es requisito para la acción de Dios en nosotros, pero es también un don que recibimos por esta misma acción de Dios en nuestras vidas.

2. La salvación es para todos. Tanto la primera lectura como el Evangelio nos presentan la curación de unos leprosos, Naamán el sirio en la primera lectura y el único de los diez leprosos del Evangelio que vuelve a dar gracias a Jesús y que era extranjero. Ninguno de ellos era judío, ninguno pertenecía al pueblo de Israel. Sin embargo, los dos son curados por Jesús, que no tiene en cuenta su procedencia. Sabemos de sobra que los judíos estaban convencidos de que la salvación estaba reservada sólo para los judíos, para los que pertenecían al pueblo de Israel. Sin embargo, Jesús nos demuestra una vez más que Él ha venido a traer la salvación a todos los hombres. La salvación, por tanto, no depende del origen de cada uno, sino que es para todos los pueblos y naciones de la tierra. Así lo hemos rezado juntos en el salmo: “El Señor revela a las naciones su salvación”. San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que la salvación viene por medio de Jesucristo, resucitado de entre los muertos. Si morimos con Él, viviremos con Él, si perseveramos con Él en nuestros sufrimientos, con Él reinaremos. Pero también nos advierte que, si lo negamos, si nos olvidamos de Él y lo rechazamos, también Él nos negará. Por lo tanto, san Pablo nos hace caer en la cuenta de que la salvación viene por medio de Jesucristo, y que nosotros hemos de unirnos a Él en nuestra vida y en nuestros sufrimientos, porque Él, con su pasión en la cruz y su resurrección, nos ha curado de nuestra lepra que es el pecado, nos ha liberado de la muerte y nos ha dado vida eterna. Es por tanto la fe en Cristo resucitado la que nos salva.

3. Agradecidos con Dios. Y una tercera idea que aparece en las lecturas de hoy es el agradecimiento. Naamán el sirio, en señal de agradecimiento por su curación, quiso ofrecer a Eliseo un presente que éste rechazó. Y en Evangelio leemos la pregunta de Jesús: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están?”. Jesús se sorprende de la actitud de aquellos nueve que no volvieron a darle gracias. Habían quedado limpios, Jesús les había devuelto la salud y ahora podían volver de nuevo a la ciudad, pero se olvidaron de volver un momento a donde estaba Jesús para agradecérselo. Seguramente se dieron prisa para ir a casa y poder abrazar a sus familias, pero se olvidaron de quien hizo posible aquello, se olvidaron de las maravillas que Dios obró en ellos. Muchas veces nos pasa esto mismo a nosotros: Dios nos da tantas cosas al cabo del día, y nosotros vivimos siempre centrados en lo nuestro, sin parar un momento para agradecer a Dios todo lo que hace por nosotros. El agradecimiento es una actitud que ha de estar siempre presente en el cristiano. Todo lo que tenemos es gracias a Dios. Por ello nuestro corazón debe parar algún instante cada día para, como aquel leproso del Evangelio, volver de nuevo al Señor para darle gracias.

En este mes misionero extraordinario recordamos que hay muchas personas, de muchas naciones, que todavía no han oído hablar de las maravillas de Dios. Por esto, hombres y mujeres como nosotros salen de sus casas y de sus países para ir allí donde hace falta llevar la palabra de Dios. Son los misioneros. Pero también nosotros somos misioneros allí donde nos encontramos. Seguro que muy cerca de nosotros hay muchos leprosos, ya no enfermos de lepra, sino manchados por la lepra del pecado, que necesitan, como Naamán el sirio, de algún Eliseo que los lleve a la fe en Dios. Agradezcamos hoy a Dios el don de la fe y tantas maravillas que hace en nosotros, y salgamos de esta Eucaristía dando gloria a Dios y llevando allí donde vayamos la buena noticia de Jesús, Dios que está con nosotros y que nos salva.

Francisco Javier Colomina Campos