Una sanación que transforma

Nos encontramos, nuevamente, con un texto que sitúa a Jesús en su gran viaje desde Cafarnaún hasta Jerusalén. Un viaje que es, más bien, una catequesis itinerante para ilustrar a sus discípulos sobre lo esencial de su novedoso mensaje con respecto al judaísmo. Veremos que la curación de los diez leprosos no pretende enseñar una técnica para realizar un milagro, no se detiene en una explicación de un hecho espectacular, más bien en el significado de lo que supone vincularse a Jesús como un compromiso de fondo con los más vulnerables y excluidos. 

Antes de entrar en un pueblo se acercaron diez leprosos que, desde lejos, le gritaron que se compadeciera de ellos, llamándole “Maestro”. Jesús ya es un gran líder con un mensaje interesante, diferente y con fama de milagrero. Es importante conocer que la lepra, en esta época, era una enfermedad con una tremenda connotación religiosa. No se sabía mucho de ella y era interpretada como una maldición de Dios por algún pecado cometido personal o de sus antepasados. Eran expulsados de la práctica del culto, la familia no se hacía cargo y apartados de toda relación humana. Estos leprosos se sitúan a lo lejos de Jesús porque cumplían las prescripciones legales evitando el contacto con las personas sanas. Un ejemplo de la tradición judía de cómo se contrae esta enfermedad lo encontramos en María, la hermana de Moisés, cuando cuestiona el comportamiento de su hermano y contrae la lepra. Esta maldición recae en ella por tener palabra ya que las mujeres no eran autorizadas para ello.

Los leprosos piden a Jesús compasión. Desean ser compadecidos, percibir que su desgracia no pasa desapercibida y sentir el calor de la comprensión de alguien significativo y con autoridad. Nuevamente, igual que en la parábola del Buen Samaritano, Jesús muestra que la compasión no es suficiente, que quedarse en la esfera de los sentimientos no soluciona el problema. Se requiere una acción que ayude a la persona a recuperar su dignidad. Esta es la clave de la miseri-cordia, poner corazón-acción en la miseria humana y restaurarla desde dentro.

La respuesta de Jesús puede generar cierta incertidumbre: Id a presentaros a los sacerdotes. Al ser la lepra una enfermedad relacionada con lo religioso era el sacerdote quien confirmaba si la enfermedad era curada o no. Si era así, volvían a su vida normal y quedaban nuevamente admitidos en el Templo y en la sociedad.  Jesús no necesita un aval objetivo, una comprobación de este hecho porque quiere mostrar un signo que vaya más allá de la curación física o la inclusión en lo religioso. La enseñanza es clara: la relación con el Dios de Jesús no es el cumplimiento de un rito sino una experiencia liberadora y sanadora de lo que contamina la auténtica existencia desde este vínculo con Dios.

Mientras iban de camino quedaron limpios. Uno de ellos, notando que estaba curado, se volvió alabando a Dios a voces, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole las gracias; era un samaritano. Esta anotación es de mucha trascendencia porque, una vez más, el evangelio nos pone delante la percepción de nuestra fe como algo superficial o como una vivencia más profunda. Quedar limpio, ser purificado, es quedarse en un nivel más periférico.  De los diez leprosos, nueve se sienten con posibilidad de volver a su vida de siempre, una curación que no supone ninguna novedad radical, desde la raíz, tan solo volver a la vida judía con todos los derechos y obteniendo el perdón.

Ahora bien, uno de ellos es consciente de algo más: se siente sanado, es decir, es capaz de percibir el impacto de Dios en su vida. Una percepción que ya no se queda en una limpieza exterior sino en una experiencia profunda que transforma. La purificación tiene más que ver con una acción humana mientras que la curación es más propia de Dios, como en algunas ocasiones indica la tradición judía en el Antiguo Testamento. En la curación ya nada es igual. Por eso, este leproso se vuelve a agradecer lo que Jesús ha hecho por él, el resto necesitan de la ley y del cumplimiento de la misma para que se lo confirmen. El leproso agradecido quizá percibe que la relación con Jesús no es una ayuda para sobrevivir en medio de la vorágine de la vida, sino que ayuda a VIVIR con dignidad y pleno sentido. Y este leproso es capaz de agradecer y proclamar a gritos esta curación porque era samaritano, una persona liberada de la dogmática judía y que ha comprobado, en su misma existencia, que es Dios quien restaura la dignidad y el valor de su persona. Precisamente por eso se postra ante Jesús, porque ha reconocido la manifestación de la divinidad a través del Mesías, un gesto que era reservado para la adoración y agradecimiento a la acción de Dios.

Concluye Jesús pidiéndole que se levante y que se vaya, no especificando que sea a ver a los sacerdotes. En definitiva, no vivas tu fe sólo como momentos de postración y adoración ante Dios, sé consciente de que la consecuencia de ese vínculo es vivir “en pie” apoyado en tu capacidad de ser y vivir desde la fuente interior, siempre en beneficio de rescatar la dignidad de los que son tus hermanos y hermanas. Este sería el verdadero milagro capaz de cambiar nuevamente la historia y el auténtico significado de que “tu fe te ha salvado”.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

II Vísperas – Domingo XXVIII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXVIII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como un luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo vamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces —siempre, siempre—, entonces
seremos bien lo que seremos.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo, que es su Verbo,
gloria al Espíritu divino,
gloria en la tierra y en el cielo. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

SALMO 111: FELICIDAD DEL JUSTO

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA: Hb 12, 22-24

Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.

RESPONSORIO BREVE

R/ Nuestro Señor es grande y poderoso.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

R/ Su sabiduría no tiene medida
V/ Es grande y poderoso.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Uno de los leprosos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Uno de los leprosos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos. Aleluya.

PRECES

Alegrándonos en el Señor, de quien viene todo don, digámosle:

Escucha, Señor, nuestra oración.

Padre y Señor de todos, que enviaste a tu Hijo al mundo para que tu nombre fuese glorificado, desde donde sale el sol hasta el ocaso,
— fortalece el testimonio de tu Iglesia entre los pueblos.

Haznos dóciles a la predicación de los apóstoles,
— y sumisos a la verdad de nuestra fe.

Tú que amas a los justos,
— haz justicia a los oprimidos.

Liberta a los cautivos, abre los ojos a los ciegos,
— endereza a los que ya se doblan, guarda a los peregrinos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que los que duermen ya el sueño de la paz
— lleguen, por tu Hijo, a la santa resurrección.

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:
Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

¡Vuelve a Jesús!

Una vez más nos recuerda el texto que Jesús va de camino hacia Jerusalén, donde se enfrentará al poder del templo, lo que le llevará a la muerte y a la plenitud como ser humano en la entrega total. En esa subida se va haciendo presente la salvación, no solo al final del camino como nos han hecho creer. Jesús sale al encuentro de los oprimidos y esclavizados de cualquier clase. Se preocupa de todo el que encuentra en su camino y tiene dificultades para ser él mismo. Sin la compasión de Jesús, el relato sería imposible.

Dice un proverbio oriental: cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando al dedo. Al seguir empleando títulos de relatos como: la oveja perdida, el hijo pródigo, los diez leprosos, etc., nos quedamos en el dedo y no descubrimos la luna a la que apuntan. El relato de hoy debía llamarse: diez leprosos son curados, uno se salva. En el texto vemos con toda claridad que la fe abarca, no solo la confianza sino la respuesta: fidelidad. Es la respuesta que completa la fe que salva. La confianza cura, la fidelidad salva. Mientras el hombre no responde con su propio reconocimiento y entrega, no se produce la verdadera liberación. Una vez más queda cuestionada nuestra fe, por no llevar implícita la fidelidad.

El protagonista es el que volvió. La lepra era el máximo exponente de la marginación. La lepra es una enfermedad contagiosa muy peligrosa. Al no tener clara la diferencia entre lepra y otras infecciones de la piel, se declaraba lepra cualquier síntoma que pudiera dar sospechas. Muchas de esas infecciones se curaban espontáneamente y el sacerdote volvía a declarar puro al enfermo. A esta manera de actuar puramente defensiva, Jesús quiere oponer una fe-confianza que debe cambiar también la actitud de la sociedad. Al tomar como referencia la salvación del samaritano, está resaltando la universalidad de la salvación de Dios; pero sobre todo, está criticando la idea que los judíos tenían de una relación con Dios exclusiva y excluyente.

No tiene por qué tratarse de un relato histórico. Los exégetas apuntan más bien, a una historia del primer cristianismo, encaminada a resaltar la diferencia entre el judaísmo y la primera comunidad cristiana. En efecto, el fundamento de la religión judía era el cumplimiento estricto de la Ley. Si un judío cumplía la Ley, Dios cumpliría su promesa de salvación. En cambio, para los cristianos, lo fundamental era el don gratuito e incondicional de Dios; al que se respondía con el agradecimiento y la alabanza. “Se volvió alabando a Dios y dando gracias”. Tenemos datos suficientes para descubrir que esta era la actitud de la primera comunidad.

Distinguimos 7 pasos: 1º.- Súplica profunda y sincera. Son conscientes de su situación desesperada y descubren la posibilidad de superarla. “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. 2º. – Respuesta indirecta de Jesús. “Id a presentaros a los sacerdotes”. Ni siquiera se habla de milagro. 3º.- confianza de los diez en que Jesús puede curarlos. “Mientras iban de camino”. 4º.- en un momento del camino quedan limpios. 5º.- Reacción espontánea de uno. “Viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios y dando gracias”. 6º.- Sorpresa de Jesús, no por el que vuelve, sino por los que siguieron su camino. “Los otros nueve, ¿dónde están?  7º.- Confirmación de una verdadera actitud vital que permite al samaritano alcanzar mucho más que una curación: una verdadera salvación. “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”.

En este relato encontramos una de las ideas centrales de todo el evangelio: La autenticidad, la necesidad de una religiosidad que sea vida y no solamente programación y acomodación a unas normas externas. Se llega a insinuar que las instituciones religiosas pueden ser un impedimento para el desarrollo integral de la persona. Todas las instituciones tienden a hacer de las personas robots, que ellas puedan controlar con facilidad. Si no defendemos nuestra personali­dad, la vida y el desarrollo individual termina por anularse. El ser humano, por ser a la vez individual y social, se encuentra atrapado entre estos dos frentes: la necesidad de las instituciones, y la exigencia de defenderse de ellas para que no lo anulen.

Solo uno volvió para dar gracias. Solo uno se dejó llevar por el impulso vital. Los nueve restantes se sintieron obligados a cumplir la ley: presentarse al sacerdote para que les declarara puro y pudieran volver a formar parte de la sociedad. Para ellos, volver a formar parte del organigrama religioso y social, era la única salvación que esperaban. Los nueve vuelven a someterse a la institución; van al encuentro con Dios en el templo. El Samaritano creyó más urgente volver a dar gracias. Fue el que acertó, porque, libre de las ataduras de la Ley, se atrevió a expresar su vivencia profunda. Encuentra la presencia de Dios en Jesús.

La verdadera salvación para el leproso llega en el agradecimiento del don. El problema es que queremos expresar a Dios nuestro agradecimiento como lo hacemos a otras personas. Solo viviendo el don podemos agradecerlo. Los otros nueve fueros curados, pero no encontraron la verdadera salvación; porque tenían suficiente con la liberación de la lepra y la recuperación del estatus social. Nos sentimos inclinados a buscar la salvación en las seguridades externas y a conformarnos con ella. Incluso no tenemos ningún reparo en meter a Dios en nuestra propia dinámica y convertirle en garante de la salvación que nosotros buscamos, la material.

El cumplimiento de una norma solo tiene sentido religioso cuando estamos de verdad motivados desde el convencimiento. Jesús no dio ninguna nueva ley, solo la del amor, que no puede ser nunca un mandamiento. Ese valor relativo que Jesús dio a la Ley, le costó el rechazo frontal de todas las instancias religiosas de su tiempo. Jesús tuvo que hacer un gran esfuerzo por librarse de todas las instituciones, que en su tiempo como en todo tiempo, intentaban manipular y anular a la persona. Para ser él mismo, tuvo que enfrentarse a la ley, al templo, a las instancias religiosas y civiles, a su propia familia.

El seguimiento de Jesús consiste en una forma de vivir. La vida escapa a toda posible programación que le llegue de fuera. Lo único que la guía es la dinámica interna, es decir, la fuerza que viene de dentro de cada ser y no el constreñimiento que le puede venir de fuera. La misma definición de Aristóteles lo expresa con toda claridad. Vida = «motus ab intrinseco» (movimiento desde dentro). No basta el cumplir escrupulosamente las normas, como hacían los fariseos, hay que vivir la presencia de Dios. Todos seguimos teniendo algo de fariseos.

Un ejemplo puede aclararnos esta idea. Cuando se vacía una estatua de bronce, el bronce líquido se amolda perfectamente a un soporte externo, el molde; la figura puede salir perfecta en su configuración externa; solo le falta una cosa, la vida. Eso pasa con la religión; puede ser un molde perfecto, pero, acoplarse a él no es garantía ninguna de vida. Y sin vida, la religión se convierte en un corsé, cuyo único efecto es impedir la libertad. Todas las normas, todos los ritos, todas las doctrinas, son solo medios para alcanzar la vida espiritual. Conformarnos con aceptar de la religión una programación perfecta puede impedirnos esa vida auténtica.

Al celebrar la misa, no sé si somos conscientes de que “eucaristía” significa acción de gracias. Además, en ella repetimos más de quince veces “Señor ten piedad”, como los diez leprosos. La gloria es reconocer y agradecer a Dios lo que Él es. El evangelio de hoy tenía que ser un acicate para celebrar conscientemente esta eucaristía. Que de verdad sea una manifestación comunitaria de agradecimiento y alabanza. Antiguamente tenía gran importancia litúrgica la celebración de las Témporas en los primeros días de Octubre. Eran unos días de acción de gracias que tenían mucho sentido para la gente sencilla del campo. Al finalizar la recolección de los frutos, se le daba gracias a Dios por todos sus dones.

Meditación

La confianza produce la curación, la fidelidad produce la salvación.
La identificación con el Otro me libera de la opresión de los otros.
En los demás puedo encontrar seguridades. En Dios encontraré libertad.
Sin reconocimiento del don, no puede haber respuesta.
La principal tarea del ser humano es ese descubrimiento,
que nos llevará a una fidelidad incondicional.

Fray Marcos

«Malos», pero agradecidos

Las lecturas de este domingo son fáciles de entender y animan a ser agradecidos con Dios. La del Antiguo Testamento y el evangelio tienen como protagonistas a personajes muy parecidos: en ambos casos se trata de un extranjero. El primero es sirio, y las relaciones entre sirios e israelitas eran tan malas entonces como ahora. El segundo es samaritano, que es como decir, hoy día, palestino. Para colmo, tanto el sirio como el samaritano están enfermos de lepra.

Naamán el sirio

El relato del segundo libro de los Reyes (5,14-17) es mucho más extenso e interesante de lo que refleja la lectura litúrgica. Naamán es un personaje importante de la corte del rey de Siria, pero enfermo de lepra. En su casa trabaja una esclava israelita que le aconseja visitar al profeta de Samaria, Eliseo. Así lo hace, y el profeta, sin siquiera salir a su encuentro, le ordena bañarse siete veces en el Jordán. Naamán, enfurecido por el trato y la solución recibidos, decide volverse a Damasco. Pero sus servidores le convencen de que haga caso al profeta.

Con vistas al tema de este domingo, lo importante es la actitud de agradecimiento: primero con el profeta, al que pretende inútilmente hacer un regalo, y luego con Yahvé, el dios de Israel, al que piensa dar culto el resto de su vida. Pero no olvidemos que Naamán es un extranjero, una persona de la que muchos judíos piadosos no podrían esperar nada bueno. Sin embargo, el “malo” es tremendamente agradecido.

Un samaritano anónimo

Si malo era un sirio, peor, en tiempos de Jesús, era un samaritano. Pero a Lucas le gusta dejarlos en buen lugar. Ya lo hizo en la parábola del buen samaritano, exclusiva suya, y lo repite en el pasaje de hoy. Este relato refleja mejor que el de Naamán la situación de los leprosos. Viven lejos de la sociedad, tienen que mantenerse a distancia, hablan a gritos. Y Jesús los manda a presentarse a los sacerdotes, porque si no reciben el “certificado médico” de estar curados no pueden volver a habitar en un pueblo.

Lo importante, de nuevo, es que diez son curados, y solo uno, el samaritano, el “malo”, vuelve a dar gracias a Jesús. El episodio termina con las palabras: «tu fe te ha salvado». Todos han sido curados, pero sólo uno se ha salvado. Nueve han mejorado su salud, sólo uno ha mejorado en su cuerpo y en su espíritu, ha vuelto a dar gloria a Dios.

Examen de conciencia

¿Dónde me sitúo? ¿Entre los “buenos” poco agradecidos o entre los “malos” agradecidos?

José Luis Sicre

Comentario del 13 de octubre

San Lucas nos presenta a Jesús camino de Jerusalén, su meta. Allí completará su misión, llevando a cabo su obra redentora. Mientras tanto va dando muestras de lo que es capaz. Jesús, el que ha venido al encuentro del hombre pecador, el pastor que ha salido en busca de la oveja perdida o el médico que se acerca a los enfermos, se hace el encontradizo de los que se sienten necesitados o indigentes, como esos diez leprosos que salen a su encuentro pidiendo misericordia para su lastimosa situación. Se paran a lo lejos porque tienen prohibido acercarse a los sanos –la lepra tiene para los enfermos de la misma el carácter de una verdadera maldición-. Y no sienten ningún rubor al gritar: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros.

Ni siquiera se atreven a pedirle la curación; pero Jesús entiende que eso es lo que quieren, y les concede la salud. Pero lo hace de la manera más discreta o menos notoria; se limita a enviarles a los sacerdotes, que son los que tienen que confirmar o acreditar que están realmente limpios y pueden reintegrarse de nuevo en sus tareas ordinarias. Es durante el trayecto cuando aquellos leprosos advierten que están limpios, sin apenas percatarse que la nueva situación les ha venido de aquel de quien habían reclamado compasión. Jesús se había apiadado de ellos; por eso, estaban limpios. Quizá lo estaban también porque habían obedecido su mandato: Id a presentaros a los sacerdotes.

También Naamán, el sirio, obtiene la curación cuando cumple las condiciones del profeta de Israel: bañarse siete veces en el Jordán. Son condiciones sencillas, pero que exigen la confianza en el que las impone. Naamán, una vez curado de la lepra, reconoce a su benefactor, el Dios de Eliseo, como único Dios merecedor de sus sacrificios y ofrendas. Fue esa experiencia gratificante de recuperación de la salud perdida, lo que le llevó a una explícita profesión de fe en el Dios de Israel. Con la curación vino la acción de gracias y con la acción de gracias el reconocimiento de la soberanía de Dios.

En la escena del evangelio, no todos los leprosos, ya limpios, llegan a este reconocimiento; más aún, no llegan siquiera a la acción de gracias. Tan sólo uno, y éste samaritano (quizá aquel de quien menos cabía esperarlo), al verse curado, se vuelve alabando a Dios y agradeciendo su curación a Jesús. Da gracias a Jesús, su inmediato sanador, y alaba a Dios que hace semejantes prodigios por boca de este hombre. Al parecer, la acción misericordiosa de Dios sólo ha logrado su efecto en uno de los diez leprosos, porque sólo de él ha arrancado la alabanza, la acción de gracias y el reconocimiento de su soberanía.

Y Jesús lo echa en falta: ¿Dónde están los otros nueve? ¿No han sido también ellos curados? ¿Por qué no vuelven para agradecer el beneficio y dar gloria a Dios? ¿Tan pronto se han olvidado de su benefactor? Así de pronto nos olvidamos nosotros de los beneficios de Dios, nuestro supremo benefactor; porque hasta que no carecemos de eso (salud, comida, bienestar) que creíamos tener en propiedad, no caemos en la cuenta de que, si lo tenemos, es porque lo hemos recibido, y lo mismo que lo tenemos lo podemos perder en cualquier momento.

Pero si Dios reclama el reconocimiento no es con el fin de cobrarse el beneficio otorgado. Jesús no exige nada al leproso que vuelve agradecido. Se limita a despedirle y a recordarle que es su fe la que le ha salvado. Ni siquiera le recuerda que es él quien le ha curado, sino su fe en él, como dándole todo el mérito a esa fe que pertenece al que la profesa y no al que la suscita y es objeto de la misma, y gracias al cual se produce el efecto milagroso.

Porque somos tan olvidadizos (y en consecuencia, desagradecidos), san Pablo le insiste a su discípulo Timoteo: Haz memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertosHaz memoria de Jesucristo y de los muchos beneficios recibidos por su medio. Haz memoria para que no te olvides de lo que has recibido y de tu benefactor. Sólo así te mantendrás agradecido y atento a sus indicaciones y promesas. Porque Dios siempre quiere darte más, quiere darte lo máximo, cuanto seas capaz de recibir para colmar tus ansias de felicidad y de vida. Sólo el agradecido continuará siendo agraciado, hasta alcanzar la máxima gracia permitida.

Tu fe te ha salvado, oye el leproso que vuelve para dar gracias, no sólo porque ha obtenido la salud corporal, como los demás, sino porque le ha abierto las puertas a una salud muy superior, a esa salud que llamamos salvación, donde nos será posible recuperar la vida de modo definitivo, la vida sin posible deterioro.

Cada vez que celebramos la eucaristía hacemos memoria de Jesucristo, haciéndonos presentes sus dones. De este modo combatimos nuestra tendencia a olvidar y a olvidarnos de lo mucho que hemos recibido y seguimos recibiendo de Dios. Sólo esta conciencia nos mantendrá agradecidos; porque la ingratitud acaba aislándonos y cortando nuestros vínculos más vitales con Dios y con los demás. La ingratitud acaba sepultándonos en nuestro propio egoísmo. Demos, pues, gracias al Señor y a todos aquellos por cuyo medio nos llegan sus dones.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Lectio Divina – 13 de octubre

Los diez leprosos:El reconocimiento por el don gratuito de la salvación
Lucas 17, 11-19

Oración inicial

Señor, mientras sigues caminando y atravesando nuestras tierras, hoy te has detenido y has entrado en mi aldea, en mi casa, en mi vida. No has tenido miedo, no has desdeñado la profunda enfermedad de mi pecado, más aún, Tu me has amado. Me detengo a distancia, o Maestro, junto con mis hermanos y hermanas, que andan conmigo por este mundo. Levanto mi voz y te llamo; te muestro la herida de mi alma. Te ruego, sáname con el ungüento de tu Palabra, nada más puede sanarme, solamente Tú que eres el Amor…

Lucas 17, 11-19

1. Leo la Palabra

a) Texto:

11 De camino a Jerusalén, pasó por los confines entre Samaría y Galilea. 12 Al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia 13 y, levantando la voz, dijeron: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!» 14 Al verlos, les dijo: «Id y presentaos a los sacerdotes.» Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. 15 Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz, 16 y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. 17 Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? 18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?» 19 Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado.»

b) El contexto:

Este pasaje coloca nuestros pasos en la tercera etapa del camino de Jesús hacia Jerusalén. La meta está cerca y el maestro llama con más intensidad aún a sus discípulos, es decir a nosotros, a que le sigamos hasta entrar con El en la ciudad santa, en el misterio de la salvación, del amor. El paso se da sólo mediante la fe, alimentada por una intensa, incesante, insistente y confiada oración. Lo vemos recorriendo los capítulos que preceden y siguen este relato (17, 6; 17, 19; 18, 7-8; 18, 42). Estas palabras nos invitan a identificarnos con los leprosos, que se hacen niños (cf. Lc 18, 15-17) y con el rico que se convierte y acoge la salvación en su casa (Lc 18, 18 ss.); si las acogemos verdaderamente y las guardamos para ponerlas en práctica, podremos por fin llegar nosotros también a Jericó (19, 1) y desde allí empezar a subir con Jesús (19, 28), hasta el abrazo gozoso con el Padre.

c) La estructura:

v. 11: Jesús camina y atraviesa Samaria y Galilea; se acerca lentamente a Jerusalén, visita todo, no deja nada sin visitar, no deja nada no tocado por su mirada de amor y de misericordia. 
vv. 12-14a: Jesús entra en una aldea, que no tiene nombre, porque es el lugar, es la vida de todos y aquí encuentra a diez leprosos, hombres enfermos, ya tocados por la muerte, excluidos y lejanos, marginados y despreciados. Inmediatamente acoge su oración, que es un clamor que brota del corazón y los invita a que entren en Jerusalén, a que no se queden lejos, sino a que alcancen el corazón de la Ciudad santa, el templo, a los sacerdotes. Los invita a que vuelvan a la casa del Padre. 
v. 14b: En el momento mismo en que empieza el santo viaje hacia Jerusalén, los diez leprosos son sanados, se convierten en hombres nuevos. 
vv. 15-16: Pero uno solamente vuelve atrás para dar gracias a Jesús: parece casi verlo correr y saltar con gozo. Alaba a Dios a gran voz, se postra en adoración y hace eucaristía. 
vv. 17-19: Jesús constata que de los diez solamente uno ha vuelto, un samaritano, uno que no pertenecía al pueblo elegido: la salvación es para todos, también para los lejanos, los extranjeros. Nadie es excluido del amor del Padre, que salva gracias a la fe.

2. Medito la Palabra

a) Entro en el silencio:

La invitación está ya clara en mi corazón: el Amor del Padre me espera, como aquel único samaritano que ha vuelto lleno de gozo y de agradecimiento. La Eucaristía de mi sanación está lista ya; la sala de arriba está adornada, el banquete está preparado, el cordero ha sido inmolado, el vino ha sido servido… mi lugar está listo. Vuelvo a leer con atención el pasaje deteniéndome en las palabras, en los verbos, miro los movimientos de los leprosos, los repito, los hago míos, yo también me muevo, hacia el encuentro con el Señor Jesús. Y me dejo guiar por El, escucho su voz, su mandamiento. Yo también voy hacia Jerusalén, hacia el templo, que es mi corazón y al realizar este santo viaje vuelvo a pensar en todo el amor que el Padre me tiene. Me dejo envolver por su abrazo, siento en mi alma la sanación… Y por esto, lleno de alegría, me levanto, vuelvo atrás, corro hacia la fuente de la verdadera felicidad que es el Seños. Me preparo para decirle gracias, para cantarle el cántico nuevo de mi amor para con El. ¿Cómo devolveré al Señor todo el bien que me ha hecho? …

b) Profundizo en algunos términos:

Durante el viaje: En su hermosa lengua griega, Lucas nos dice que Jesús está continuando su viaje hacia Jerusalén y utiliza un muy hermoso e intenso verbo, aunque común y muy usado. Solamente en esta breve frase vuelve tres veces:
v. 11: en viajar
v. 14: id
v. 19. va
Es un verbo que indica movimiento, muy fuerte, que expresa plenamente todas las dinámicas típicas del viaje; podríamos traducirlo con todos estos matices: voy, salgo, me acerco, voy detrás, recorro. Además encierra el significado de atravesamiento, de mirar, de ir más allá, superando los obstáculos. Es Jesús el gran viajero, el peregrino incansable: El es el primero que ha dejado su morada, en el seno del Padre, y ha bajado hasta nosotros, cumpliendo el éxodo eterno de nuestra salvación y liberación. El conoce todos los caminos, todos los recorridos de la experiencia humana, ningún trecho del camino le queda escondido o imposible de andar. Por esto nos puede invitar también a nosotros a andar, a movernos, a atravesar, a ponernos en una situación continua de éxodo. Para que podamos por fin volver, con El, e ir de este mundo al Padre.

Entrando en una aldea: Jesús pasa por, atraviesa, recorre, se mueve y nos alcanza; a veces, luego, decide entrar, deteniéndose más. Como ocurre en este relato. Lucas se detiene sobre este particular y escribe que Jesús entró en una aldea. En sentido bíblico, entrar es una penetración, es ingresar en lo profundo, lo cual implica compartir y participar. Una vez más nos encontramos ante un verbo muy común y muy usado; solamente en el Evangelio de Lucas recurre muchísimas veces e indica claramente la intención de Jesús que quiere hacerse próximo, amigo y amante. El no desprecia ningún ingreso, ninguna comunión. Entra en la casa de Simón, el leproso (4, 38), en la casa del fariseo (7, 36 y 11, 37), luego en la casa del jefe de la sinagoga (8, 51) y de Zaqueo el publicano (19, 7). Entra continuamente en la historia del hombre y participa, come junto con él, sufre, llora y goza, compartiendo todo. Basta abrirle, como El mismo nos dice (Ap 3, 20) y dejarlo entrar, para que se quede (Lc 24, 29).

Diez leprosos: Me pregunto qué significa verdaderamente esta condición humana, esta enfermedad que se llama lepra. Parto del texto mismo de la Escritura que describe el status para el leproso en Israel. Dice así: “El afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados, se cubrirá hasta el bigote e irá despeinado gritando: ¡Impuro! Impuro! Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada” (Lev 13, 45-46). Así que entiendo que el leproso es una persona que ha recibido golpes y heridas: algo lo ha alcanzado con violencia, con fuerza, dejando en él una señal de dolor, una herida. Es una persona enlutada, que lleva un gran dolor dentro, como lo indican sus vestiduras rotas y la cabeza al descubierto; es uno que tiene que cubrirse la boca, porque no tiene derecho a hablar, ni siquiera a respirar en medio de los demás, es como un muerto. Es uno que no puede rendir culto a Dios, no puede entrar en el templo, ni tocar las cosas santas. Es por ello que los diez leprosos van al encuentro de Jesús, se detienen lejos de El, gritándole su dolor, su desesperación.

¡Jesús maestro!: Es estupenda esta exclamación de los leprosos, esta oración. En primer lugar todos llaman al Señor por su nombre, como se hace entre amigos. Parece que se conocen desde hace mucho, que sepan los unos del otro, que se hayan encontrado ya a nivel de corazón. Estos leprosos han sido ya admitidos al banquete de la intimidad con Jesús, a la fiesta de las nupcias de la salvación. Después de ellos, solamente el ciego de Jericó (Lc 18, 38) y el ladrón en la cruz (Lc 23, 42) repetirán esta invocación con la misma familiaridad, con el mismo amor: ¡Jesús! Solamente aquel que se reconoce enfermo, necesitado, pobre malhechor, se convierte alguien en quien Dios se complace. Luego lo llaman ‘maestro’, con un término que significa más propiamente ‘aquel que está en lo alto’, expresión que encontramos de nuevo en boca a Pedro, cuando en el barco, es llamado por Jesús a que le siga (Lc 5, 8) y el se reconoce pecador. Y aquí estamos en el corazón de la verdad, aquí se ha desvelado el misterio de la lepra, aquella enfermedad del alma: es el pecado, es la lejanía de Dios, la falta de amistad, de comunión con El. Esto hace que nuestra alma se seque, haciéndola morir poco a poco.

Volvió atrás: No es un simple movimiento físico, un cambio de dirección y de sentido, sino que más bien es un verdadero y profundo vuelco interior. Es cambiar una cosa por otra (Ap 11, 6); es volver a casa (Lc 1, 56; 2, 43), tras haberse alejado, como ha hecho el hijo pródigo, perdido en el pecado. Así hace este leproso: cambia su enfermedad en bendición, su extrañeza y lejanía de Dios en amistad, en relación de intimidad, como ocurre entre un padre y un hijo. Cambia, porque se deja cambiar por Jesús, se deja alcanzar por su amor.

Para agradecerle: Estupendo este verbo, en todos los idiomas, pero en particular en griego, porque encierra el significado deeucaristía. Sí, es así: el leproso ‘¡hace eucaristía’! Se siente a la mesa de la misericordia, allí donde Jesús se ha dejado herir y llagar antes que él, allí donde se ha convertido en el excluido, en el maldito, en aquel echado fuera del campamento, para acoger a todos nosotros en su corazón. Recibe el pan y el vino del amor gratuito, de la salvación, del perdón, de la vida nueva; y por fin puede entrar de nuevo en el templo y participar en la liturgia, en el culto. Por fin puede rezar, acercándose a Dios con total confianza. Ya no tiene las vestiduras rotas, sino que lleva el traje de fiesta, la túnica nupcial; lleva sandalias y al anillo al dedo. Ya no tiene que cubrirse la boca, sino que puede cantar y alabar a Dios, puede sonreír abiertamente; puede acercarse a Jesús y besarle, como un amigo hace con el amigo. La fiesta es completa, el gozo es desbordante.

!Levántate y anda!: Es la invitación de Jesús, del Señor. ¡Levántate, es decir ‘Resucita!’. Es la vida nueva después de la muerte, el día tras la noche. También para Saulo, por el camino de Damasco, resuena esta invitación, este mandamiento de amor: “Resucita!” (Hc 22, 10. 16) y ha nacido de nueve, de las entrañas del Espíritu Santo; ha vuelto a ver, ha empezado a comer, ha recibido el bautismo y el nuevo nombre. Su lepra había desaparecido.

Tu fe te ha salvado: Releo esta expresión de Jesús, la escucho en sus diálogos con las personas que encuentra, con la pecadora, con la hemorroisa, con el ciego…
● Jesús volviéndose, la vio y dijo: «Animo, hija, tu fe te ha salvado». Y en aquel instante la mujer se sanó (Mt 9, 22; Lc 8, 48).
● Y Jesús le dice: «Tu fe te ha salvado». E inmediatamente la mujer recobró la vista y lo siguió por el camino (Mc 10, 52).
● El dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado: vete en paz» (Lc 7, 50).
● Y Jesús le dijo: «¡Recobra la vista! Tu fe te ha salvado» (Lc 18, 42).
Entonces rezo, junto con los apóstoles y yo también digo: “¡Señor, aumenta mi fe!” (cf. Lc 17, 6); “Ayúdame en mi falta de fe!” (Mc 9, 24).

3. Rezo la Palabra

a) La confrontación con la vida:

Señor, he recogido la buena miel de tus palabras de la Escritura; tú me has dado luz, me has alimentado el corazón, me has indicado la verdad. Sé que en el número de aquellos leprosos, de aquellos enfermos, estoy yo también y sé que tú me estás esperando, para que yo vuelva, lleno de gozo, a hacer Eucaristía con te, en tu amor misericordioso. Te pido todavía la luz de tu Espíritu para poder ver con claridad, para dejarme conocer y cambiar por ti. Heme aquí, abro mi corazón, mi vida, ante ti… mírame, interrógame, sáname.

b) Unas preguntas:

* Si en este momento, Jesús pasara por mi vida y se detuviera para entrar en mi aldea, ¿estaría dispuesto a acogerle? ¿Le dejaría entrar con alegría? ¿Lo invitaría, insistiría, al igual que los discípulos de Emaús? Hele aquí: está a la puerta y llama… ¿Me levantaré para abrir a mi Amado? (Ct 5, 5).

* Y ¿cómo es mi relación con El? ¿Procuro llamarle por su nombre, como han hecho los leprosos, aunque de lejos, pero con toda la fuerza de su fe? ¿Nace, nunca, la invocación del nombre de Jesús sobre mis labios? Cuando me encuentro en el peligro, en el dolor, en el llanto, ¿cuáles son las exclamaciones que me salen espontáneas? ¿No podría procurar estar más atento a este aspecto, que parece secundario, que no cuenta mucho, pero que revela una realidad más fuerte y profunda? ¿Por qué no empiezo a repetir el nombre de Jesús en mi corazón, luego quizás sobre mis labios, como una oración o como un canto? Podría hacerme compañía mientras voy al trabajo, mientras ando, mientras hago esto o aquello…

* ¿Tengo el valor de poner al descubierto mi mal, mi pecado, que son mi verdadera enfermedad? Jesús invita a los diez leprosos a que vayan donde los sacerdotes, según la ley hebraica, pero para mí también hoy es importante, indispensable, da este paso: contarme, arrojar luz sobre aquello que me hace daño internamente y que me impide ser sereno, feliz, estar en paz. Si no es ante el sacerdote, por lo menos es necesario que me ponga ante el Señor, cara a cara con El, sin máscaras, sin escondites, y que le diga toda la verdad sobre mí. Solamente así será posible ser verdaderamente curado.

* La salvación del Señor es para todos; El ama a todos de un amor infinito. Pero son pocos aquellos que se abren a acoger su presencia en la propia vida. Uno de diez. Yo ¿al lado de quién estoy? ¿Logro reconocer todo el bien que el Señor ha hecho a mi vida? O ‘¿sigo quejándome, esperando siempre algo más, recriminando, protestando, amenazando? ¿Sé decir realmente gracias con sinceridad, con gratitud, convencido/a de que he recibido todo, que el Señor me da siempre el céntuplo? Sería realmente estupendo tomarme un poco de tiempo para agradecer todos los beneficios que El ha derramado en mi vida, desde que tengo memoria hasta ahora. Pienso que no podría terminar, porque pensaría siempre en algo más. Así que no me queda más remedio que hacer como el leproso, el único de entre los diez: volver atrás, correr hasta el Señor y echarme a sus pies, alabando a Dios a gran voz. Puedo hacerlo cantando un canto, o solamente repitiendo mi agradecimiento, o quizás llorando de alegría.

* Y ahora escucho la invitación de Jesús: “Levántate y anda”. Después de esta experiencia no puede quedarme parado/a, encerrarme en mi mundo, en mi tranquila beatitud y olvidarme de todos. Tengo que levantarme, salir fuera, ponerme en camino. Si el Señor me ha beneficiado, es para que yo lleve su amor a mis hermanos y hermanas. El gozo del encuentro con El y de la curación del alma no será verdadera si no la compartimos y si no la ponemos al servicio de los demás. Me basta un momento, para pensar en tantos amigos/as, personas más o menos cercanas que necesitan un poco de gozo y de esperanza. Y entonces, ¿por qué no me muevo de inmediato? Puede llamar por teléfono, puedo enviar un mensaje, escribir aunque fuera una tarjeta, o puede ir a ver a alguien, hacerle compañía un rato, y encontrar el valor de anunciar la belleza y el gozo de tener a Jesús como amigo, como médico, como salvador. Este es el momento.

c) Rezo con un salmo:

Hacia ti, grité, Señor y tú me sanaste.

Dichoso el hombre a quien Yahvé
no le imputa delito,
y no hay fraude en su interior.
Guardaba silencio y se consumía mi cuerpo,
cansado de gemir todo el día,
Reconocí mi pecado
y no te oculté mi culpa;
me dije: «Confesaré
a Yahvé mis rebeldías».
Y tú absolviste mi culpa,
perdonaste mi pecado.

Por eso, quien te ama te suplica
llegada la hora de la angustia.
Y aunque aguas caudalosas se desborden
jamás le alcanzarán.
Tú eres mi cobijo,
me guardas de la angustia,
me rodeas para salvarme.

«Voy a instruirte, a mostrarte el camino a seguir;
sin quitarte los ojos de encima, seré tu consejero».
¡Alegraos en Yahvé, justos, exultad,
gritad de gozo los de recto corazón!

4. Contemplo y alabo

Señor, desde la soledad y el aislamiento he venido hacia ti, con todo el peso y la vergüenza de mi pecado, de mi enfermedad. He gritado, he confesado, he pedido tu misericordia, a ti que eres el amor. Tú me has escuchado antes de que pudiera yo terminar mi pobre oración; aunque de lejos tú me has conocido y me has acogido. Tú sabes todo de mí, pero no te escandalizas, no desprecias, no alejas. Me has dicho que no tenía que temer, que no me escondiera. Lo único necesario ha sido confiar en ti, abrir una hendidura en el corazón y tu salvación me ha alcanzado, he sentido ya el bálsamo de tu presencia. He comprendido que tú me has sanado. Entonces, Señor, no he podido hacer otra cosa que volverme hacia ti, para decirte por lo menos gracias, para llorar de gozo. Pensaba que no tenía a nadie, que de ésta no iba a salir, que no aguantaría. Y, sin embargo, tú me has salvado, me has dado otra vez la posibilidad de empezar.
Señor, gracias a ti ¡he dejado de ser un leproso! He echado mis vestiduras rotas y me he puesto el traje de fiesta. He roto el aislamiento de la vergüenza, de la dureza y he empezado a salir de mí, dejándome a las espaldas mi cárcel. Me he levantado, he resucitado. Hoy, contigo, he empezado de nuevo a vivir.

Sed agradecidos

1.- Una serie de errores, que en todos los órdenes existen con frecuencia, me llevaron a redactar, mis queridos jóvenes lectores, un mensaje que no correspondía a la misa de este domingo, de manera que a última hora me pongo a enviaros, de prisa y corriendo una breve homilía, ya que el contenido de la primera y tercera lectura, el núcleo más simple, lo considero muy importante y actual.

Se resumiría tal vez el contenido, en lo que pide San Pablo a los colosenses: que la paz de Cristo presida vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados formando un solo Cuerpo. Y sed agradecidos.” (3,15) no por quedar bien, ni por caer simpáticos.

2.- Agradecer a Dios sus dones y al prójimo sus bondades es una exigencia cristiana. Al asirio le parecía una humillación ser fiel a la recomendación del profeta, pero su siervo le hizo ver que debía cumplir sin rechistar. Y le hizo caso. Y quedó agradecido al Dios de Israel de tal manera que para no olvidar el favor se llevó tierra del territorio del profeta, para ser agradecido a quien le había curado.

3.- Agradecer supone generosidad y humildad. Son las cualidades que el leproso extranjero tiene y demuestra. Dad las gracias y sentíos agradecidos, os ganaréis el favor de Dios y del que os ha favorecido, mis queridos jóvenes lectores. Tanto si podéis hacerlo de inmediato, como si pasa tiempo. me pongo como ejemplo y no quiero que lo consideréis chulería, hace un par de meses diseñe y encargue un “trofeo” para entregarlo a un ahora abuelo, pero que cuando tenía trece años, nos dio una lección de generosidad y valentía, salvando de ahogarse un compañero, tirándose al río. Me dio a mí también una enseñanza, cuando me enteré de su arriesgado y bondadoso gesto. Han pasado más de 60 años pero he querido que supiera que le estoy agradecido, aprendí altruismo de él.

El territorio de la primera lectura ocurrió muy cerca del Mar Muerto, el segundo episodio, el del evangelio, se le recuerda en una población de Palestina llamada Jenín.

Pedrojosé Ynaraja

Memoria agradecida

Al realizar un viaje, es muy común traernos “algo de recuerdo”. Pueden ser fotografías, o algo comprado en una tienda, o a veces una simple piedra. Quizá con el paso del tiempo se nos difuminan los recuerdos de ese viaje, pero al contemplar esos objetos, nos viene de nuevo a la memoria lo que vivimos y experimentamos entonces. La memoria es la facultad de recordar el pasado. Y como, a partir de cierta edad, nos solemos quejar de “falta de memoria”, se recomienda hacer ejercicios para ejercitarla: juegos de palabras o números, pasatiempos, imágenes…

La fe cristiana nos dice que nuestra vida entera es también un viaje: no hemos salido de la nada para acabar en la nada; estamos en camino hacia la casa del Padre. Y en este viaje de nuestra vida cristiana también vamos adquiriendo recuerdos, de diferentes tipos: experiencias, acontecimientos, personas… que nos han hecho llegar hasta donde estamos hoy. Y no quisiéramos olvidarlos.

Pero sabemos que con el paso del tiempo y con la atención que debemos prestar a lo inmediato, es muy común que esos recuerdos se vayan difuminando. De ahí la exhortación que san Pablo ha hecho a Timoteo en la 2ª lectura: Haz memoria de Jesucristo el Señor. Es una llamada para todos nosotros a “ejercitar nuestra memoria de la fe”. Y esto es más que un simple “recordar”, es algo que debe formar parte de nuestra vida de fe, como indica el Papa Francisco en “Evangelii gaudium” 13: “La memoria es una dimensión de nuestra fe… en analogía con la memoria de Israel”.

Periódicamente, el pueblo de Israel hacía memoria de las acciones de Dios, sobre todo cuando se habían apartado de Él, para que el recuerdo agradecido de esas acciones les impulsara a volver al buen camino.

Precisamente la “falta de memoria agradecida” es lo que Jesús ha denunciado en el Evangelio. De los diez leprosos curados, sólo uno se volvió alabando a Dios a grandes gritos, por eso Jesús dice: ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? Sólo uno hace memoria agradecida de la acción del Señor, y por eso tu fe te ha salvado.

Necesitamos hacer memoria agradecida de la acción del Señor en nuestra vida, porque como dice el Papa Francisco: “La vida cristiana es, ante todo, la respuesta agradecida a un Padre generoso. Los cristianos que sólo siguen «deberes» denuncian que no tienen una experiencia personal de ese Dios que es «nuestro». Tengo que hacer esto, esto, esto… Sólo deberes. ¡Pero te falta algo! ¿Cuál es el fundamento de este deber? El fundamento de este deber es el amor de Dios el Padre, que primero da, después manda. La gratitud es un rasgo característico del corazón visitado por el Espíritu Santo; para obedecer a Dios, primero debemos recordar sus beneficios. ¿A donde nos lleva todo esto? A hacer un ejercicio de memoria: ¡cuántas cosas bellas ha hecho Dios por cada uno de nosotros!” (Audiencia 27-junio-18)

¿Cómo ejercitar la memoria de nuestra fe? El Papa nos indica varios modos, entre otros:

La oración: “La oración, precisamente porque se alimenta del don de Dios que se derrama en nuestra vida, debería ser siempre memoriosa. Mira tu historia cuando ores y en ella encontrarás tanta misericordia. Al mismo tiempo esto alimentará tu consciencia de que el Señor te tiene en su memoria y nunca te olvida”. (Gaudete et exsultate 153)

Los Sacramentos: “En ellos se comunica una memoria encarnada, ligada a los tiempos y lugares de la vida, asociada a todos los sentidos; implican a la persona”. (Lumen fidei 40)

La Eucaristía: “es un acto de memoria, actualización del misterio, en el cual el pasado, como acontecimiento de muerte y resurrección, muestra su capacidad de abrir al futuro, de anticipar la plenitud final”. (Lumen fidei 44) 

Hay otros modos que la Iglesia nos ofrece para hacer ejercicios de memoria agradecida, porque la “Iglesia, como toda familia, transmite a sus hijos el contenido de su memoria” (Lumen fidei 40): la formación, la confesión de fe… para tener no sólo recuerdos, sino experiencia viva de Dios. Así dice el Papa:

“Que el cristiano siempre “haga memoria” de los modos y de las circunstancias con que Dios se ha hecho presente en su vida, porque esto refuerza el camino de la fe. Se trata de volver hacia atrás para ver cómo Dios nos ha salvado, recorrer el camino –con el corazón y con la mente– con la memoria, y llegar así a Jesús. Es importante hacer memoria, tener memoria de la propia vida y del propio camino. De esta manera llegamos a un nuevo encuentro, que podría llamarse el «encuentro de la gratitud», como el leproso del Evangelio, en el que se podría rezar así: «¡Gracias Señor, por este camino que has hecho conmigo!» La memoria nos acerca a Dios. ¡Hagan memoria! ¿Cómo ha sido mi vida, cómo ha sido mi jornada hoy, o cómo ha sido este último año? Memoria. ¿Cómo han sido mis relaciones con el Señor? Memoria de las cosas bellas, grandes que el Señor ha hecho en la vida de cada uno de nosotros”. (Homilía 21-abril-2016).

Un 90 por ciento de desagradecidos

1.- Sin duda, Jesús de Nazaret nos ofrece este domingo una enseñanza basada en la moderna estadística. El relato de Lucas de hoy nos habla de la presencia de diez leprosos que acuden a pedir la curación al Maestro. Apartados de la vida cotidiana por ser considerados impuros, los leprosos, presumiblemente, se agruparían para poder subsistir. Y de ahí que el grupo entero de los diez pidiera su curación a Jesús. La realidad es que si de diez sólo uno vuelve a agradecer el favor recibido –su curación— pues bien podríamos decir –trasponiendo el asunto a los principios estadísticos— que el noventa por ciento resultó poco generoso y que creyó, que tras presentarse a los sacerdotes, que les daban la patente de que ya no eran impuros, lo demás poco importaba.

2.- Otro aspecto llamativo de la narración de Lucas es que parece que el Señor Jesús no da importancia alguna a esa enormidad que significa curar de golpe a diez leprosos.La lepra –y sobre todo si está avanzada— es una enfermedad muy visible, con desaparición de zonas de tejidos y de carne, como, por ejemplo, pueden ser los dedos. Ya es, en sí misma, maravillosa la curación, la transformación inmediata de un cuerpo castigado y deformado por la enfermedad, a un cuerpo limpio. Pero eso no parece importar a Jesús, ni tampoco al evangelista que narra el prodigio. Le importa más la actitud de quienes han sido curados, de las personas. La curación podría tomarse, entonces, como un medio, no como un fin.

3.- Solo uno de los curados vuelve y agradece la curación dando grandes vítores a Dios y a la persona que le ha curado. Se da la circunstancia que uno es samaritano, como en la parábola del aquel es atacado por los bandidos y dejado medio muerto a la vera del camino. El único que se apiada en un samaritano, un hereje –casi un pagano— para los judíos fieles a la Ley de Moisés. Pero aquí no es una parábola, no es una narración imaginaria del Señor Jesús, realizada para mejor enseñar a los que le escuchaban. Es un hecho cierto y acontecido en el viaje de Jesús de Nazaret desde Galilea hacia Jerusalén, camino, precisamente, hacia la culminación de su misión redentora, camino de la Cruz y de la Resurrección. Y al ser una historia ocurrida pues no hay más remedio que pensar, también estadísticamente, en la dureza de corazón de los coetáneos de Jesús y en su falta total de generosidad.

4.- Jesús ve en la actitud de los leprosos curados y en la vuelta del samaritano a agradecer la curación el rechazo del Israel a su misión redentora. El mismo San Lucas en el capítulo cuarto (Lc 4,27) de su evangelio se lamenta de que “muchos leprosos había en Israel, en tiempos del profeta Eliseo, y solo se curó Naamán, el sirio”. Y por eso, la primera lectura de hoy no es otra que el fragmento del capítulo segundo del Libro de los Reyes en que se describe como Eliseo acompaña y cura de la lepra a Naamán. Naamán, como el samaritano del evangelio, también alabó al Señor.

5.- Hay muchos expertos y exegetas que consideran que todo el discurso general de Jesús de Nazaret era fuertemente subversivo contra el poder de la religión oficial de Israel. Y, sin duda, Jesús criticaba a fariseos y saduceos por haber utilizado a Dios, y a su Santo Nombre, en un puro instrumento para su beneficio, o para la confirmación de sus postulados. Pero mi idea no es tanto, que constantemente, Jesús estuviera criticando esa situación creada, como elemento dialéctico. La realidad –como lo demuestra el relato evangélico de hoy— es que la dureza de corazón de una gran parte del pueblo judío de entonces existía e impregnaba la vida cotidiana de esos días.

6.- Vamos jalonando domingo a domingo con el contenido –muy importante desde el punto de vista catequético— de la segunda carta del apóstol San Pablo a su discípulo Timoteo. Se diferencia esta carta de la primera porque Pablo, ya en prisión, para un momento de gran desencanto ya que, prácticamente, le han abandonado todos, salvo Lucas y la familia de Onesíforo Es, según la mayoría de los expertos, la última de las cartas escritas por Pablo. Y, además, de ese fin de enseñanza doctrinal busca que vengan a visitarle el propio Timoteo y Marcos, también. Pero Pablo recuerda y alecciona en ella a Timoteo a que los padecimientos por Jesús –Pablo los está pasando en la cárcel— los llevarán al Reino de los Cielos, donde reinarán con el Señor Jesús. “Por eso –dice— lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación”. La tristeza por su encierro y su abandono se ve dulcificada por el convencimiento pleno de que sus sufrimientos se alinean con los que el Señor sufrió en la Cruz y que fueron camino total de salvación.

7.- La enseñanza de hoy es muy útil para todos, pero sobre todo para aquellos que se ven muy seguros y complacidos con su presencia y militancia en la Iglesia. No es buena esa complacencia si no está impregnada de generosidad y del convencimiento claro de que “somos siervos inútiles”. Demasiada complacencia y falta de generosidad y amor tenían los judíos contemporáneos de Jesús de Nazaret. Eran, en realidad, duros como piedras e insensibles como figuras de madera. Que no seamos, nunca, nosotros así. Y que vayamos siempre con el agradecimiento por delante, a Dios y a los hermanos. No es ocioso repetir, aquí y ahora, ese viejo refrán castellano que “es de bien nacidos, ser agradecidos”. ¿No os parece?

Ángel Gómez Escorial