Vísperas – Lunes XXVIII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES XX TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Y dijo el Señor Dios en el principio:
«¡Que sea la luz!» Y fue la luz primera.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que exista el firmamento!»
Y el cielo abrió su bóveda perfecta.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que existan los océanos,
y emerjan los cimientos de la tierra!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Qué brote hierba verde,
y el campo dé semillas y cosechas!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que el cielo ilumine,
y nazca el sol, la luna y las estrellas.»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que bulla el mar de peces;
de pájaros, el aire del planeta!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Hagamos hoy al hombre,
a semejanza nuestra, a imagen nuestra!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y descansó el Señor el día séptimo.
y el hombre continúa su tarea.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

SALMO 135: HIMNO PASCUAL

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

Él afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

SALMO 135

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Él hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación, se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 3, 12-13

Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos. Y que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Llenos de confianza en Jesús, que no abandona nunca a los que se acogen a él, invoquémoslo, diciendo:

Escúchanos, Dios nuestro.

Señor Jesucristo, tú que eres nuestra luz, ilumina a tu Iglesia,
— para que predique a los paganos el gran misterio que veneramos, manifestado en la carne.

Guarda a los sacerdotes y ministros de la Iglesia,
— y haz que, después de predicar a los otros, sean hallados fieles, ellos también, en tu servicio.

Tú que, por tu sangre, diste la paz al mundo.
— aparta de nosotros el pecado de discordia y el azote de la guerra.

Ayuda, Señor, a los que uniste con la gracia del matrimonio,
— para que su unión sea efectivamente signo del misterio de la Iglesia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concede, por tu misericordia, a todos los difuntos el perdón de sus faltas,
— para que sean contados entre tus santos.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

ORACION

Quédate con nosotros, Señor Jesús, porque atardece; sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra débil esperanza; así, nosotros, junto con nuestros hermanos, podremos reconocerte en las Escrituras y en la fracción del pan. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 14 de octubre

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 11,29-32
Habiéndose reunido la gente, comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide un signo, pero no se le dará otro signo que el signo de Jonás. Porque así como Jonás fue signo para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos presenta una acusación muy fuerte de Jesús contra los fariseos y los escribas. Ellos querían que Jesús diera una señal, pues no creían en las señales y en los milagros que estaba haciendo. Esta acusación de Jesús sigue en los evangelios de los próximos días. Al meditar estos evangelios, debemos tomar mucho cuidado para no generalizar la acusación de Jesús como si fuera dirigida contra el pueblo judío. En el pasado, la ausencia de esta atención contribuyó, lamentablemente, a aumentar en los cristianos el anti-semitismo que tantos males acarreó a la humanidad a lo largo de los siglos. En vez de levantar el dedo en contra de los fariseos del tiempo de Jesús, es mejor mirarnos en el espejo de los textos, para percibir en ellos al fariseo que vive escondido en nuestra Iglesia y en cada uno de nosotros, y que merece la misma crítica de parte de Jesús.
• Lucas 11,29-30: El señal de Jonas. “Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás.» Habiéndose reunido la gente, comenzó a decir: Esta generación es una generación malvada; pide un signo, pero no se le dará otro signo que el signo de Jonás”. El evangelio de Mateo informa que algunos escribas y fariseos: pidieron una señal (Mt 12,38). Querían que Jesús realizara para ellos una señal, un milagro, para que pudiesen verificar si era él mismo el enviado de Dios según se lo imaginaban. Querían que Jesús se sometiera a los criterios de ellos. No había en ellos apertura para una posible conversión. Pero Jesús no se sometió a sus pedidos. El evangelio de Marcos dice que Jesús, ante el pedido de los fariseos, soltó un profundo respiro (Mc 8,12), probablemente de disgusto y de tristeza ante tanta ceguera. Porque de nada sirve poner un bonito cuadro ante alguien que no quiere abrir los ojos. La única señal es la señal de Jonás. “Porque así como Jonás fue signo para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación”. ¿Como será esta señal del Hijo del Hombre? El evangelio de Mateo responde: “ Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches.” (Mt 12,40). La única señal será la resurrección de Jesús. Esta es la señal que, en el futuro se dará a los escribas y a los fariseos. Jesús, condenado por ellos a una muerte de cruz, será resucitado por Dios y seguirá resucitando de muchas maneras en aquellos que creen en él. La señal que convierte no son los milagros, sino ¡el testimonio de vida!
• Lucas 11,31: Salomón y la reina del Mediodía. La alusión a la conversión de la gente de Ninive asocia y hace recordar la conversión de la Reina del Mediodía: “La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará; porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón”. Esta evocación casi ocasional del episodio de la Reina del Mediodía que reconoció la sabiduría de Salomón, muestra cómo se usaba la Biblia en aquel tiempo. Era por asociación. La interpretación principal era ésta: “La Biblia se explica por la Biblia”. Hasta hoy, ésta es una de las normas más importantes para la interpretación de la Biblia, sobre todo para la Lectura Orante de la Palabra de Dios.
• Lucas 11,32: Aquí hay algo más que Jonás. Después de la digresión sobre Salomón y la Reina del Mediodía, Jesús vuelve a hablar de la señal de Jonás: “Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás”. Jesús es mayor que Jonás, mayor que Salomón. Para los cristianos, es la clave principal para la Escritura (2Cor 3,14-18).

4) Para la reflexión personal

• Jesús critica a los escribas y a los fariseos que llegaban a negar la evidencia, volviéndose incapaz de reconocer la llamada de Dios en los acontecimientos. Y nosotros, los cristianos de hoy, y yo: ¿merecemos esta misma crítica de Jesús?
• Nínive se convirtió ante la predicación de Jonás. Los escribas y los fariseos no se convirtieron. Hoy, lo que acontece provoca mutaciones y conversiones en la gente del mundo entero: amenaza ecológica, la urbanización que deshumaniza, el consumismo que masifica y aliena, las injusticias, la violencia, etc. Muchos cristianos vivimos ajenos a estos clamores de Dios que vienen de la realidad.

5) Oración final

¡Alabad, siervos de Yahvé,
alabad el nombre de Yahvé!
¡Bendito el nombre de Yahvé,
desde ahora y por siempre! (Sal 113,1-2)

La viuda y el juez injusto

Jesús propuso esta parábola para invitar a sus discípulos a no desanimarse en su intento de implantar el reinado de Dios en el mundo. Para ello, además de trabajar duro, deberán ser constantes en la oración, como la viuda lo fue en pedir justicia hasta ser oída por aquél juez que hacía oídos sordos a su súplica. Su constancia, rayana en la pesadez, llevó al juez a hacer justicia a la viuda, liberándose de este modo de ser importunado por ella.

Esta parábola del evangelio tiene un final feliz, como tantas otras, aunque no siempre suele suceder así en la vida. Porque, ¿cuánta gente muere sin que se le haga justicia, a pesar de haber estado de por vida suplicando al Dios del cielo? ¿Cuántos mártires esperaron en vano la intervención divina en el momento de su ajusticiamiento? ¿Cuántos pobres luchan por sobrevivir sin que nadie les haga justicia? ¿Cuántos creyentes se preguntan hasta cuándo va a durar el silencio de Dios, cuándo va a intervenir en este mundo de desorden e injusticia legalizada? ¿Cómo permite el Dios de la paz y el amor esas guerras tan sangrientas y crueles, el demencial armamento militar, el derroche de recursos que destruyen el medio ambiente, el hambre, la desigualdad creciente entre países y entre ciudadanos?

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros tu reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

O tal vez haya que cancelar para siempre esa imagen de Dios a la que dan poca base las páginas evangélicas. Porque, leyéndolas, da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni impasible –al menos no ejerce como tal-, sino débil, sufriente, “padeciente”; el Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos; marcha en la lucha reprimida y frustrada de sus pobres, y no a la cabeza de los poderosos.

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores. Sólo la oración lo mantendrá en esperanza.

No andamos dejados de la mano de Dios. Por la oración sabemos que Dios está con nosotros. Y esto nos debe bastar para seguir insistiendo sin desfallecer. Lo importante es la constancia, la tenacidad. Moisés tuvo esa experiencia. Mientras oraba, con las manos elevadas en lo alto del monte, Josué ganaba en la batalla; cuando las bajaba, esto es, cuando dejaba de orar, los amalecitas, sus adversarios, vencían. Los compañeros de Moisés, conscientes de la eficacia de la oración, le ayudaron a no desfallecer, sosteniéndole los brazos para que no dejase de orar. Y así estuvo –con los brazos alzados, esto es, orando insistentemente-, hasta que Josué venció a los amalecitas. De modo ingenuo se resalta en este texto la importancia de permanecer en oración, de insistir ante Dios.

En la segunda lectura Pablo también recomienda a Timoteo ser constante, permaneciendo en lo aprendido en las Sagradas Escrituras, de donde se obtiene la verdadera sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. El encuentro del cristiano con Dios debe realizarse a través de la Escritura, útil para enseñar, reprender, corregir y educar en la virtud. De este modo estaremos equipados para realizar toda obra buena. El cristiano debe proclamar esta palabra, insistiendo a tiempo y a destiempo, reprendiendo y reprochando a quien no la tenga en cuenta, exhortando a todos, con paciencia y con la finalidad de instruir en el verdadero camino que se nos muestra en ella.

A quienes tienen una mentalidad «moderna», en la que ya no imaginamos a Dios como un alguien que está «ahí afuera», y «ahí arriba» manejando los acontecimientos de este mundo, el sentido de la oración clásica de petición se nos ha ido transformando. En un primer momento damos menos valor a la oración de petición: descubrimos su carácter «egoísta», y su intención de «utilizar a Dios», «servirse» de él más que de servirle. Llega un momento en que asimilamos esta situación de estar en el mundo sin un «Dios tapa-agujeros» y le vemos menos sentido a estar recurriendo a él a cada instante. Vamos tratando de asumir este estar en el mundo «etsi Deus non daretur» (Grotius),como si dios no existiera. O, como dijo Bonhoeffer: nos sentimos «llamados a vivir ante Dios pero sin dios», es decir, sin poder echar mano de Él; el Dios verdadero quiere que seamos adultos, que asumamos nuestra propia responsabilidad. 

La oración continúa teniendo sentido, obviamente, pero «otro sentido» que el de andar estableciendo transacciones («yo te doy para que tú me des») con el «dios de ahí arriba», que supuestamente va a mejorarnos la salud, o a facilitarnos alguna dificultad del camino removiendo los obstáculos. La oración es otra cosa, es para otra finalidad, y sigue siendo bien necesaria, como la respiración, pero no sirve para remediar problemas ni hacer milagros. Por otra parte, «después de Copérnico y Newton, ya no hay milagros». Aunque, en el mundo de Einstein y de la física cuántica todo es un sorprendente milagro…

Con una «segunda ingenuidad», cabe permitirnos una forma leve (light) de oración de petición: aquella forma de oración en la que sabemos que no pretendemos realmente una «transacción» con Dios, ni ponerlo de nuestro lado (que en el fundo es querer influir a Dios, hacerle cambiar de actitud), sino simplemente permitirnos expresar ante Dios y ante nosotros mismos nuestras inquietudes. Como un desahogo personal, con una forma «teísta» de «hablar con el Misterio», como un modo de colocar nuestras preocupaciones en el contexto de la voluntad de Dios y de consolidar nuestra búsqueda de esa voluntad.

Sobre la oración de petición y su necesaria reconsideración, ya se ha escrito mucho y probablemente lo hemos estudiado bien. Lo que nos toca ahora es irnos haciendo más y más consecuentes. Adultos responsables, que tratan de vivir consecuentemente «ante Dios, sin Dios», entregados totalmente a la causa, apasionados, sin utilizar atajos fáciles. 

Comentario del 14 de octubre

Jesús no sólo tuvo éxitos en su vida; también se encontró con la resistencia y la hostilidad, que fue la que le llevó finalmente a la cruz. Es lo que pone de manifiesto el pasaje evangélico de san Lucas, que sitúa a Jesús, como en tantas otras ocasiones rodeado de gente que le busca, que le venera, que le aclama. Pero es en esa situación triunfal en la que Jesús denuncia la «la perversidad» de su generación, una malicia que se describe en términos de incredulidad o de resistencia a creer en él. Decía: Esta generación es una generación perversa. ¿En qué radica su perversidad? Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación.

La actividad mesiánica de Jesús estaba colmada de signos. Sus numerosas curaciones milagrosas fueron vistas por muchos de sus contemporáneos como signos de la presencia de un gran profeta en medio de su pueblo. Pero no todos apreciaron en estas acciones extraordinarias signos de la actuación de un enviado de Dios, sino más bien signos demoníacos o acciones llevadas a cabo en estrecha alianza con el diablo. Las interpretaciones eran totalmente antagónicas, pero coincidían en una cosa: eran efectos en los que se revelaban fuerzas sobrenaturales. Había quienes seguían pidiendo un signo, quizá más espectacular y convincente, un signo al que nadie pudiera oponer argumentos.

Pero Jesús se niega a satisfacer estas exigencias «diabólicas» que, a sus ojos, no son sino tentaciones, la reproducción de las tentaciones del desierto: Si eres Hijo de Diosdi a esta piedra que se convierta en pantírate desde el alero del templo, demuestra que lo eres realmente ofreciendo una prueba irrefutable.

La incredulidad es muy dura en sus reivindicaciones; siempre reclama signos, y signos más incuestionables. Ninguno de los signos que se le ofrecen es suficiente; siempre pide más. Es el orgullo del hombre que se resiste a doblegar su voluntad y su inteligencia a una autoridad superior. Pero la imagen reivindicante de un ser tan pequeño como el hombre exigiendo pruebas a su Creador puede resultar hasta ridícula. Y sin embargo, no es infrecuente encontrarnos a un hombre plantado ante Dios en actitud desafiante y exigente. Es como si la vasija se dirigiera al alfarero reclamando una mejor hechura: «¿Por qué me has hecho así?»

Decía que Jesús se negó a satisfacer estas exigencias: no se les dará –les dice- más signo que el signo de Jonás entre los habitantes de Nínive. ¿De qué fue signo Jonás para los habitantes de aquella gran ciudad? Simplemente de la presencia en medio de ellos de un enviado de Dios que les hablaba con su palabra de una manera convincente. Se trata sólo del poder de convicción de una palabra en boca de un profeta que predica desde su propia experiencia exhortando a la conversión. De Jonás no se dice que hiciera milagros; pero su predicación convenció y convirtió a los habitantes de Nínive, que se vistieron de saco y de sayal e hicieron penitencia.

Jesús, aunque es más que Jonás, no pide otro crédito que el que tuvo Jonás entre los destinatarios de su misión. Jesús, de nuevo, encuentra más resistencia a su mensaje entre los judíos de su generación que entre los paganos de cualquier época, como aquellos ninivitas que se convirtieron con la predicación de Jonás. Es esta incredulidad culpable la que le lleva a calificar de perversa a su generación; puesto que se trata de una incredulidad que, en el día del juicio, merecerá condena hasta de los habitantes de Nínive que se alzarán y harán que los condenen.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

151. La amistad es un regalo de la vida y un don de Dios. A través de los amigos el Señor nos va puliendo y nos va madurando. Al mismo tiempo, los amigos fieles, que están a nuestro lado en los momentos duros, son un reflejo del cariño del Señor, de su consuelo y de su presencia amable. Tener amigos nos enseña a abrirnos, a comprender, a cuidar a otros, a salir de nuestra comodidad y del aislamiento, a compartir la vida. Por eso «un amigo fiel no tiene precio» (Si 6,15).

Homilía – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

ORAR SIEMPRE Y SIN DESANIMARSE

 

TEXTO Y CONTEXTO

La parábola evangélica tiene un mensaje bien concreto que nos señala el mismo evangelista Lucas: «Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola»… Si aquella pobre viuda pudo conseguir que el juez inicuo la escuchara con sus insistentes ruegos, con mucha mayor razón Dios escuchará a sus hijos que le reclaman justicia.

La parábola tiene un evidente trasfondo escatológico. Refleja la situación de las primeras comunidades de la Iglesia, acosadas y perseguidas por el entorno y, por lo mismo, con el riesgo de sucumbir ante un mundo hostil e injusto. Evidentemente la viuda de la parábola no tiene la posibilidad de tomarse la justicia por su mano; como mujer y como oprimida es incapaz de ajustar las cuentas con su adversario. Por eso no le queda más remedio que importunar al juez día tras día, hasta que logra cansarle recibiendo su justicia. Los miembros de las primeras comunidades cristianas, reflejadas en la pobre viuda indefensa y atropellada en sus derechos, invocaban al Señor: «Maraña tha» («ven, Señor»). Las comunidades cristianas, en las que se encarna el misterio de la Iglesia, han de controlar su impaciencia por la justicia o la revancha contra sus adversarios. No pueden clamar al cielo pidiendo venganza aquí y ahora como querían hacer los «hijos del trueno» (Lc 9,54). Nuestra causa está en buenas manos.

Ciertamente Dios no es el Papá bueno que hace lo que nos corresponde a nosotros, pero sí es la garantía de una justicia ulterior que puede resolver el enigma de tanta injusticia que hombres y mujeres inocentes sufren a lo largo de su vida. El sufrimiento de los inocentes, el triunfo de los inicuos, he ahí un motivo de escándalo y de blasfemia para muchos. Dios, «en su día», pondrá las cosas en su sitio. «Dichosos seréis cuando os

injurien, os persigan y digan contra vosotros toda suerte de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos. Pues también persiguieron a los profetas» (Mt 5,11-12). La «justicia divina» puede tardar pero llegará. No es pequeño don esta esperanza que ha alentado a los mártires de todos los tiempos.

 

ORACIÓN, EJERCICIO DE LA FE

La parábola, indiscutiblemente, se centra en la fe de aquella viuda, que confiaba firmemente en alcanzar la justicia a la que tenía derecho. Éste es el sentido de la oración: no tanto recordarle a Dios lo que ya sabe, sino confirmar nuestra fe y nuestra esperanza de que se realice su proyecto. Rezamos no para que Dios se acuerde de nosotros, sino para que nosotros no nos olvidemos de que es el Padre que cuida de nosotros.

Rezar no es simplemente pedir, es un ejercicio de fe y de esperanza. Es creer que la justicia de Dios es la verdadera justicia y la única solución definitiva a los problemas del hombre, y confiar que es posible esa justicia. Rezar es, ante todo, confesar y confirmar nuestra fe. La parábola del juez inicuo y de la viuda obstinada nos recuerda, pues, la necesidad de orar sin desaliento aun cuando el Señor tarde y parezca sordo a todas las llamadas.

La oración es indefectiblemente eficaz. Supone un fortalecimiento en la fe, en la esperanza y en la caridad, ya que es (ha de ser) un ejercicio de ellas. Jamás se sale de ella con las manos vacías, si es que se trata de una oración como Dios manda y se pide lo que de verdad importa: los dones del Espíritu. En este sentido, Jesús da un irrefutable argumento psicológico: «Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden?» (Lc 11,13). Dios, indefectiblemente, nos escucha.

Jesús explicaba a sus discípulos que tenían que orar siempre sin desanimarse. El diálogo oracional con el Señor nunca es inútil. Con frecuencia el Señor nos concede más de lo que le pedimos, como le sucedió a Jesús en su oración del huerto de los Olivos: «Padre, si quieres aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,47). Menos mal que se hizo la voluntad del Padre; por eso «lo exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre» (Flp 2,9). Con frecuencia, como ocurre a los niños, no sabemos lo que nos conviene; el Padre se preocupa de nuestro bien más que nosotros mismos.

Una parapléjica se une a la peregrinación de enfermos a Lourdes. Va a pedir el milagro de su curación. Durante los días que permanece en la ciudad escucha la palabra de Dios sobre el sentido de la vida, sobre el sentido del sufrimiento. Oró como nunca había orado. No se produjo la curación. Al volver y comentar lo que había significado la peregrinación, testimoniaba: «Fui a pedir la curación del cuerpo y la Virgen me concedió más de lo que pedía: la salud del alma. Ya la cruz de la enfermedad casi no me pesa. Éste es un milagro mayor que el de la curación física».

 

BIENAVENTURADOS LOS QUE LUCHAN POR LA JUSTICIA

Una lectura superficial y rápida de la parábola podrá dejarnos la impresión de que la oración del cristiano es el grito de un hombre desesperanzado y falto de confianza en sí mismo, que no tiene más remedio que acudir finalmente al poder de Dios para resolver sus conflictos. Sin duda ninguna, así lo entendieron muchos cristianos, con las consiguientes consecuencias de propiciar su inmadurez psicológica y contribuir al desprestigio del cristianismo ante los hombres de hoy que luchan con uñas y dientes por resolver sus problemas y por salir adelante contra los adversarios que les salen al paso. El teólogo y mártir D. Bonhoeffer denunciaba proféticamente la falsa imagen de un Dios-tapagujeros. La parábola no predica en absoluto el abandono pasivo ante el conflicto, la dificultad y la injusticia del entorno. La viuda era el símbolo de la impotencia ante algo absolutamente superior. Ella hizo todo lo que podía con perseverancia y obstinación.

«A Dios rogando y con el mazo dando», dice sabiamente el refrán castellano. Jesús, con sus consignas, con sus parábolas, nos incita a hacer lo que él hizo: luchar por los oprimidos, por los que tenían sus derechos pisoteados. Y lo hizo con tal ardor y entrega que mereció el título de subversivo y revoltoso. Orar es comprometerse, suplicar la fuerza del Espíritu para luchar, ese don que Dios jamás niega (Lc 11,13). «Bienaventurados los que luchan por la justicia» (Mt 5,10). Los grandes luchadores por las grandes causas humanas no se contentaron con orar con gritos del corazón, procuraron luchar a brazo partido con las armas de la «no-violencia-activa». ¿No recordamos a Vicente de Paúl, Antonio María Claret, F. Ozanam, al Abbé Pierre, la madre Teresa, Dom Helder Cámara, Mons. Casaldáliga…? Todos ellos son grandes orantes, grandes contemplativos, pero también con increíble entusiasmo para la lucha.

No podemos olvidar de ninguna manera la esclarecedora proclamación del comunicado de los Padres del Sínodo de los Laicos: «El Espíritu nos lleva a descubrir más claramente que hoy la santidad no es posible sin un compromiso por la justicia, sin una solidaridad con los pobres y oprimidos. El modelo de santidad de los fieles laicos tiene que incorporar la dimensión social en la transformación del mundo según el plan de Dios». Lucha sin cuartel y oración sin descanso.

Atilano Aláiz

Lc 18, 1-8 (Evangelio Domingo XXIX de Tiempo Ordinario)

El Evangelio nos presenta una etapa más del “camino hacia Jerusalén”. El texto que hoy se nos propone aparece en la secuencia del discurso escatológico sobre la venida gloriosa del Hijo del Hombre (cf. Lc 17,20-37). La parábola del juez y de la viuda debe, pues, ser entendida en este ambiente.

Se trata de un texto que no tiene paralelo en otro evangelista; sin embargo, es similar a la parábola del amigo inoportuno que viene a pedir pan a mitad de la noche y que es atendido por su insistencia (cf. Lc 11,5-8).

No olvidemos que Lucas escribió el tercer Evangelio durante la década de los 80. Es una época en la que las comunidades cristianas sufren a causa de la hostilidad de los judíos y de los paganos y en la que ya se anuncian las grandes persecuciones que diezmarán a las comunidades cristianas a finales del siglo I.

Los cristianos están inquietos, desanimados y viven ansiosos por la segunda venida de Cristo, esto es, por la intervención definitiva de Dios en la historia para derrotar a los malos y salvar a su Pueblo.

Nuestro texto consta de una parábola y de una explicación teológica.

Los personajes centrales de la parábola (vv. 2-5) son una viuda y un juez.

La viuda, pobre y sin justicia (en la Biblia, la “viuda” es el prototipo del pobre sin defensa, víctima de la prepotencia de los ricos y de los poderosos), pasaba la vida quejándose de su adversario y exigiendo justicia; pero el juez, que “ni temía a Dios ni le importaban los hombres”, no le prestaba ninguna atención. Sin embargo, el juez, a pesar de su dureza e insensibilidad, acabó haciendo justicia a la viuda, para librase definitivamente de su insistencia inoportuna.

Presentada la parábola, viene a continuación su explicación teológica (vv. 6-8). Si un juez prepotente e insensible es capaz de resolver el problema de la viuda a causa de su insistencia, Dios (que no es, ni de lejos, un juez prepotente y sin corazón) ¿“no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche”?

Naturalmente, estamos delante de una pregunta retórica. Es evidente que, si hasta un juez insensible acaba haciendo justicia a quien le pide con insistencia, con mayor motivo, Dios, que es rico en misericordia y que defiende siempre a los débiles, estará atento a las súplicas de sus hijos.

Dado el contexto en el que la parábola aparece, es cierto que Lucas pretende dirigirse a una comunidad cristiana cercada por la hostilidad del mundo, que comenzaba a ver en el horizonte próximo el espectro de las persecuciones y que estaba desanimada porque, aparentemente, Dios no escuchaba las súplicas de los creyentes y no intervenía en el mundo para salvar a su Iglesia.

La respuesta que Lucas ofrece a sus cristianos, es la siguiente: al contrario de lo que parece, Dios no ha abandonado a su Pueblo, ni es insensible a sus llamadas de socorro; tiene su plan, su proyecto y su tiempo para intervenir. Los creyentes han de moderar su impaciencia y confiar en que él no dejará de intervenir para liberarlos.

¿Qué es lo que todo esto tiene que ver con la oración? ¿Por qué esta es una parábola sobre la necesidad de rezar (“Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse”, v. 1)?

Lucas pide a los cristianos a quienes el mensaje está destinado que, a pesar del aparente silencio de Dios, no dejen nunca de dialogar con él. Es en ese diálogo donde comprendemos los proyectos y los ritmos de Dios; es en ese diálogo donde Dios transforma nuestros corazones; es en ese diálogo donde aprendemos a ponernos en las manos de Dios y a confiar en él. Sobre todo, que nada (ni el desánimo, ni la desconfianza ante el silencio de Dios) nos lleve a desistir de tener una verdadera comunión y de un profundo diálogo con Dios.

En la reflexión, pueden ser considerados los siguientes aspectos:

¿Por qué Dios permite que tantos millones de hombres sobrevivan en condiciones tan degradantes?
¿Por qué los malos e injustos practican arbitrariedades sin cuento sobre los más débiles y no les pasa nada por eso?

¿Cómo es que Dios acepta que 2.800 millones de personas (cerca de la mitad de la humanidad) vivan con menos de tres euros por día?
¿Cómo es que Dios no interviene cuando ciertas enfermedades incurables amenazan con diezmar a los pobres de los países del tercer mundo, ante la indiferencia de la comunidad internacional?

¿Dónde está Dios cuando las dictaduras o los imperialismos maltratan a pueblos enteros?
¿Dios no interviene porque no quiere saber nada de los hombres y es insensible en relación con aquello que les sucede?

Es a esto a lo que el Evangelio de hoy intenta responder. Lucas está convencido de que Dios no es indiferente ante los gritos de sufrimiento de los pobres y de que no ha renunciado a intervenir en el mundo, para construir el nuevo cielo y la nueva tierra de la justicia, de la paz y de la felicidad para todos. Simplemente, Dios tiene proyectos y planes que nosotros, en nuestra ansiedad e impaciencia, no conseguimos comprender. Dios tiene su ritmo, un ritmo que pasa por no forzar las cosas, por respetar la libertad del hombre. A nosotros nos corresponde respetar la lógica de Dios, confiar en él, ponernos en sus manos.

Para que Dios y sus proyectos tengan sentido o, por lo menos, para que la aparente falta de lógica de los planes de Dios no nos lleven a la desesperación y a la insurrección, es necesario mantener con él una relación de comunión, de intimidad, de diálogo. A través de la oración, percibimos quién es Dios y, comprendemos su amor y su misericordia, descubrimos su bondad y su justicia… Es, de esa forma, como constatamos que él no es indiferente a la suerte de los pobres y que tiene un proyecto de salvación para todos los hombres. La oración es el camino para encontrarnos con el amor de Dios.

El diálogo que mantenemos con Dios no puede ser un diálogo que interrumpimos cuando dejamos de comprender las cosas o cuando Dios parece que está ausente; sino que es un diálogo que debemos mantener, con perseverancia e insistencia. Quien ama de verdad, no corta la relación a la primera incomprensión o a la primera ausencia. Al contrario, la espera y la ausencia prueban el amor e intensifican la relación.

La oración no es una fórmula mágica y automática para llevar a Dios a cumplir nuestra voluntad… Muchas veces, Dios tendrá sus razones para no dar mucha importancia a aquello que le pedimos: a veces pedimos a Dios cosas que nos compete a nosotros conseguirlas (por ejemplo, pasar unos exámenes); otras veces, pedimos cosas que nos parecen buenas, pero que a medio plazo pueden robarnos la felicidad; otras veces, aún, pedimos cosas que son buenas para nosotros, pero implican sufrimiento e injusticia para los otros… Es necesario que tengamos conciencia de esto; y, cuando nos parezca que Dios no nos oye, preguntémonos si nuestras peticiones tienen sentido a la luz de la lógica de Dios.

2Tim 3, 14-4, 2 (2ª lectura Domingo XXIX de Tiempo Ordinario)

La segunda lectura nos ofrece unas líneas de la segunda carta a Timoteo. Recordemos (otra vez) que la redacción de esta carta debe ser situada a finales del siglo I o principios del II, en un momento en el que las comunidades cristianas se debatían por las persecuciones organizadas, la falta de entusiasmo de los creyentes y las falsas doctrinas.

El autor de esta carta invita a los creyentes en general (y a los animadores de las comunidades, en particular) a reencontrar el entusiasmo por el Evangelio y a defenderse de todo aquello que ponga en duda la verdad recibida de Jesús, a través de los apóstoles.

En general, las líneas que se nos proponen son una exhortación a Timoteo, para que permanezca fiel a la verdadera doctrina aprendida de la Tradición y de la Escritura. Se insinúan ya, aquí, los criterios de discernimiento adoptados en el siglo II para distinguir la verdadera de la falsa doctrina: la posesión de la verdadera doctrina está garantizada cuando aquél que enseña es un sucesor legítimo de los apóstoles (de ellos recibió la autoridad para animar y pastorear a la Iglesia) y cuando transmite fielmente la verdad recibida de los apóstoles, en conformidad con la Escritura.

La Palabra transmitida en la Escritura es “inspirada por Dios” (el término griego “théopneustos”, aquí utilizado, tiene sentido pasivo y sugiere que, en la composición de los libros que forman la Escritura, intervino, además del autor humano, el mismo Dios); por eso, en ella está “la sabiduría que conduce a la salvación” (3,15).

La utilidad de la Escritura es descrita a través de cuatro verbos fuertes: “enseñar”, “persuadir”, “corregir” y “formar”. Queda así claro que la Escritura es la fuente para toda la formación y educación cristiana, para hacer aparecer el “hombre perfecto” (3,17).

En los últimos versículos de nuestro texto (4,1-2) continúa la exhortación a Timoteo en el sentido que cumpla su tarea de animador de la comunidad cristiana de forma adecuada y entusiasta.

En tono solemne el autor de esta carta invita a Timoteo a proclamar la Palabra “a tiempo y a destiempo” (esta expresión indica que la Palabra debe ser proclamada también cuando la ocasión no parece muy propicia, sin miedo, sin respetos humanos, sin falsos pudores), “con toda paciencia y deseo de instruir” (esto es, con una adecuada pedagogía pastoral).

Realícese la reflexión y el compartir de acuerdo con las siguientes líneas:

Decir que la Escritura es inspirada por Dios, significa que contiene las palabras que Dios quiere dirigirnos, para indicarnos el camino que lleva a la vida plena.
En palabras del Papa León XIII, la Escritura es “un plano ofrecido por el Padre celeste al género humano que camina lejos de su patria, y que los autores sagrados nos transmitieron” (Providentissimus Deus, no 4).

La Escritura debe, pues, ocupar un lugar preponderante en nuestra vida personal y en la vida de nuestras comunidades cristianas. ¿Sucede así?
¿Qué lugar ocupa la lectura, la reflexión y el compartir de la Palabra de Dios en mi vida?

¿Qué lugar ocupa la Palabra de Dios en la vida y en la experiencia de nuestras comunidades cristianas?
¿Qué es lo que tiene un valor más determinante en la experiencia cristiana: las prácticas rituales, las devociones particulares, las leyes y los códigos, o la Palabra de Dios?

Porque la Palabra de Dios aparece envuelta en ropajes y géneros literarios típicos de una época y de una cultura determinada, es necesario estudiarla, aprender a conocer el mundo y la cultura bíblica, comprender el encuadre y el ambiente en el que el autor sagrado escribe.

¿Nuestras comunidades cristianas tienen el cuidado de organizar iniciativas en el campo de la información y del estudio bíblico, de forma que proporcione a los cristianos una información adecuada para comprender mejor la Palabra de Dios? ¿Y, cuando existe esa información, los cristianos la aprovechan? ¿Por qué?

La lectura que se nos ha propuesto llama, también, la atención de aquellos que están al servicio de la Palabra: deben anunciarla en todas las circunstancias, sin respeto humano, sin juegos de conveniencias, sin atenuar la radicalidad de la Palabra; y deben, también, prepararse convenientemente, a fin de que la Palabra se haga atrayente y llegue al corazón de los que la escuchan.

¿Es así como proceden aquellos a quienes la Iglesia confía el servicio de la Palabra?

Ex 17, 8-13 (1ª lectura Domingo XXIX de Tiempo Ordinario)

La primera lectura de hoy nos sitúa en el contexto del camino de los hebreos por el desierto (antes de la entrada en la Tierra Prometida) y en el momento de un violento enfrentamiento entre los hebreos y un grupo de habitantes del desierto.

Los enemigos a quienes se enfrentan son designados como “Amalek”. Las listas de Gn 36,12.16 los ligan a la descendencia de Esaú, lo que les convierte en étnicamente emparentados con los hebreos.

Sea como sea, se trata de tribus nómadas, violentas (Dt 25,17-19 hace referencia a una emboscada articulada por los amalecitas a los hebreos en marcha por el desierto y el asesinato de algunos miembros de la comunidad del Pueblo de Dios que, sedientos y agotados, caminaban en

retaguardia de la columna), que habitaban el Negev (cf. Nm 13,29; Jz 1,16) y que se opusieron, desde el inicio, a la penetración israelita en la Tierra Prometida.

Más tarde, estos mismos amalecitas aparecieron como adversarios de Saúl (cf. 1 Sm 15) y de David (cf. 1 Sm 30). Para los hebreos, son los enemigos por excelencia. Según la Melkhita sobre el Éxodo, el rabí Eliezer decía: “Dios juró por el trono de su gloria que, si cualquiera de las naciones se hiciera prosélita, sería recibida; pero Amelek nunca será recibida en su casa”.

Para que entendamos cabalmente el texto que aquí se nos propone, conviene además recordar que las tradiciones sobre la liberación (Ex 1-18) tienen como objetivo primordial ofrecer una catequesis sobre el Dios liberador, que salvó a su Pueblo de la opresión y de la muerte, que le hizo atravesar a pié enjuto el mar Rojo y lo condujo por el desierto. No interesa aquí el reportaje periodístico del acontecimiento; importa la catequesis sobre ese Dios a quien Israel está invitado a agradecer su vida y su libertad.

Nuestra historia narra, pues, un enfrentamiento entre los hebreos en marcha por el desierto y los amalecitas; mientras el Pueblo dirigido por Josué combatía contra los enemigos, Moisés, en la cima de un monte, rezaba e imploraba la ayuda de Dios.

De acuerdo con los catequistas de Israel, cuando Moisés mantenía las manos levantadas, los hebreos llevaban ventaja sobre los enemigos; pero cuando Moisés, vencido por el cansancio, dejaba caer los brazos, eran los amalecitas los que dominaban. La solución fue poner a Aarón y a Hur al lado de Moisés, sosteniéndole los brazos: así, los hebreos consiguieron vencer a los enemigos.

No interesa, aquí, preguntar si la historia sucedió exactamente así, o si Dios estaba del lado de los hebreos, ayudándoles a masacrar a los amalecitas. Tenemos que entender este texto como una página de catequesis, a través de la cual los teólogos de Israel pretenden educar a su Pueblo; y lo que esta catequesis pretende enseñar es que la liberación se debe, más que a los esfuerzos del Pueblo, a la acción de Dios.

Por otro lado, la catequesis que el texto nos propone subraya la importancia de la oración. Los teólogos de Israel saben (y quieren transmitir ese mensaje) que es necesario invocar al Dios liberador, con perseverancia e insistencia. Para vencer las duras batallas que la vida nos presenta, es necesario tener la ayuda y la fuerza de Dios; y esa ayuda y esa fuerza brotan de un diálogo continuo, nunca interrumpido y nunca acabado, del creyente con Dios.

La reflexión puede hacerse a partir de las siguientes coordenadas:

Lo que nos encontramos en el libro del Éxodo no es el retrato de un Dios injusto y parcial, que ayuda a un Pueblo a derrotar y a triturar a otros pueblos, sino que es una catequesis en la que un Pueblo, contemplando su historia con una perspectiva de fe, constata la presencia y la acción de Dios en ese proceso de liberación que les condujo de la esclavitud a la libertad.

Los teólogos de Israel quisieron enseñar, incluso sirviéndose de formas de expresión típicas de su época, que Dios no se quedó con los brazos cruzados ante el sufrimiento de su Pueblo y que, por eso, fue a su encuentro, le condujo, le dio fuerzas y le permitió ser dueño de su destino.

Por tanto, es a Dios a quien Israel debe agradecer su salvación. Hoy, somos invitados a recorrer un camino semejante y a descubrir al Dios libertador vivo y actuante en nuestra historia, actuando en el corazón y en la vida de todos aquellos que luchan por un mundo más justo, más libre y más humano.

Israel descubrió que, en el plan de Dios, aquello que oprime y destruye a los hombres no tiene lugar y que, siempre que alguien lucha para ser libre, Dios está con esa persona y actúa en ella.

Es exactamente porque la ayuda de Dios es decisiva en la lucha por un mundo más libre y más humano, por lo que los catequistas de Israel subrayan el papel de la oración.
Quien sueña con un mundo mejor y lucha por él, tiene que vivir en un diálogo continuo, profundo, con Dios: es en ese diálogo donde se percibe el proyecto de Dios para el mundo y donde se recibe de él la fuerza para vencer a todo aquello que oprime y esclaviza al hombre.

La oración que da sentido y contenido a la lucha por un mundo mejor, ¿forma parte de mi vida?

Comentario al evangelio – 14 de octubre

Pedimos signos. Somos así. Necesitamos pruebas, necesitamos apuntalar y sostener nuestra poca fe. Somos así. Somos… realmente humanos. Y pareciera que, muchas veces, la vida nos dice: «no se te dará más signo que el signo de Jonás. Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación».

¿No os parece un poco raro este signo que se nos da? El único signo es que tú mismo lo seas para quienes te rodean… Curioso… Y me viene a la mente aquello que nos decían en el colegio: lo importante de todo signo auténtico no es el «significante» (lo que se ve) sino el «significado» (todo a lo que apunta y donde me lleva). Así qué lo más evidente en mí, lo que todos ven, es importante pero lo realmente esencial es lo que significo, aquello a lo que soy capaz de apuntar e invitar a otros… ¡Qué buena noticia!

Y además la Palabra de hoy propone otro reto: saber ver y reconocer a quienes son signo delante de nuestras narices… ¡y nos pasan desapercibidos!, ¡no los reconocemos! Y es que a veces nos cuesta tanto VER alrededor… Ver con mayúscula, ver de verdad.

Se nos juzgará, como dice el evangelio, por nuestra incapacidad para saber ver, para reconocer tantos signos de Reino, de bondad, de verdad, de fidelidad… Porque sin duda, también hay tanto anti-signo queriendo desesperanzarnos y confundirnos…! Corrupción, mentiras, mediocridad, envidia, superficialidad, amargura… Uff…

Pero, ¡mira! Aquí, en medio de nosotros hay Uno que es más que Salomón…. Esta aquí! Sólo es cuestión de reconocerlo! Y me lo digo a mi misma para no olvidarlo: lo importante de todo signo es su capacidad de significado…

La Iglesia hoy recuerda a San Calixto, papa y mártir, probablemente, un esclavo desterrado hacia el año 155 y condenado a trabajos forzados en las minas de Cerdeña durante más de 30 años. Al ser liberado, fue ordenado diacono y después elegido Papa. ¡Otro signo en la Historia! Te invito a visitar las catacumbas de san Calixto virtualmente y a disfrutar recordando la capacidad de “significar” de los primeros cristianos, aún perseguidos y condenados sin ninguna visibilidad social, aparentemente. Curioso, ¿no?

Rosa Ruiz, Misionera Claretiana