2Tim 3, 14-4, 2 (2ª lectura Domingo XXIX de Tiempo Ordinario)

La segunda lectura nos ofrece unas líneas de la segunda carta a Timoteo. Recordemos (otra vez) que la redacción de esta carta debe ser situada a finales del siglo I o principios del II, en un momento en el que las comunidades cristianas se debatían por las persecuciones organizadas, la falta de entusiasmo de los creyentes y las falsas doctrinas.

El autor de esta carta invita a los creyentes en general (y a los animadores de las comunidades, en particular) a reencontrar el entusiasmo por el Evangelio y a defenderse de todo aquello que ponga en duda la verdad recibida de Jesús, a través de los apóstoles.

En general, las líneas que se nos proponen son una exhortación a Timoteo, para que permanezca fiel a la verdadera doctrina aprendida de la Tradición y de la Escritura. Se insinúan ya, aquí, los criterios de discernimiento adoptados en el siglo II para distinguir la verdadera de la falsa doctrina: la posesión de la verdadera doctrina está garantizada cuando aquél que enseña es un sucesor legítimo de los apóstoles (de ellos recibió la autoridad para animar y pastorear a la Iglesia) y cuando transmite fielmente la verdad recibida de los apóstoles, en conformidad con la Escritura.

La Palabra transmitida en la Escritura es “inspirada por Dios” (el término griego “théopneustos”, aquí utilizado, tiene sentido pasivo y sugiere que, en la composición de los libros que forman la Escritura, intervino, además del autor humano, el mismo Dios); por eso, en ella está “la sabiduría que conduce a la salvación” (3,15).

La utilidad de la Escritura es descrita a través de cuatro verbos fuertes: “enseñar”, “persuadir”, “corregir” y “formar”. Queda así claro que la Escritura es la fuente para toda la formación y educación cristiana, para hacer aparecer el “hombre perfecto” (3,17).

En los últimos versículos de nuestro texto (4,1-2) continúa la exhortación a Timoteo en el sentido que cumpla su tarea de animador de la comunidad cristiana de forma adecuada y entusiasta.

En tono solemne el autor de esta carta invita a Timoteo a proclamar la Palabra “a tiempo y a destiempo” (esta expresión indica que la Palabra debe ser proclamada también cuando la ocasión no parece muy propicia, sin miedo, sin respetos humanos, sin falsos pudores), “con toda paciencia y deseo de instruir” (esto es, con una adecuada pedagogía pastoral).

Realícese la reflexión y el compartir de acuerdo con las siguientes líneas:

Decir que la Escritura es inspirada por Dios, significa que contiene las palabras que Dios quiere dirigirnos, para indicarnos el camino que lleva a la vida plena.
En palabras del Papa León XIII, la Escritura es “un plano ofrecido por el Padre celeste al género humano que camina lejos de su patria, y que los autores sagrados nos transmitieron” (Providentissimus Deus, no 4).

La Escritura debe, pues, ocupar un lugar preponderante en nuestra vida personal y en la vida de nuestras comunidades cristianas. ¿Sucede así?
¿Qué lugar ocupa la lectura, la reflexión y el compartir de la Palabra de Dios en mi vida?

¿Qué lugar ocupa la Palabra de Dios en la vida y en la experiencia de nuestras comunidades cristianas?
¿Qué es lo que tiene un valor más determinante en la experiencia cristiana: las prácticas rituales, las devociones particulares, las leyes y los códigos, o la Palabra de Dios?

Porque la Palabra de Dios aparece envuelta en ropajes y géneros literarios típicos de una época y de una cultura determinada, es necesario estudiarla, aprender a conocer el mundo y la cultura bíblica, comprender el encuadre y el ambiente en el que el autor sagrado escribe.

¿Nuestras comunidades cristianas tienen el cuidado de organizar iniciativas en el campo de la información y del estudio bíblico, de forma que proporcione a los cristianos una información adecuada para comprender mejor la Palabra de Dios? ¿Y, cuando existe esa información, los cristianos la aprovechan? ¿Por qué?

La lectura que se nos ha propuesto llama, también, la atención de aquellos que están al servicio de la Palabra: deben anunciarla en todas las circunstancias, sin respeto humano, sin juegos de conveniencias, sin atenuar la radicalidad de la Palabra; y deben, también, prepararse convenientemente, a fin de que la Palabra se haga atrayente y llegue al corazón de los que la escuchan.

¿Es así como proceden aquellos a quienes la Iglesia confía el servicio de la Palabra?