Homilía – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

ORAR SIEMPRE Y SIN DESANIMARSE

 

TEXTO Y CONTEXTO

La parábola evangélica tiene un mensaje bien concreto que nos señala el mismo evangelista Lucas: «Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola»… Si aquella pobre viuda pudo conseguir que el juez inicuo la escuchara con sus insistentes ruegos, con mucha mayor razón Dios escuchará a sus hijos que le reclaman justicia.

La parábola tiene un evidente trasfondo escatológico. Refleja la situación de las primeras comunidades de la Iglesia, acosadas y perseguidas por el entorno y, por lo mismo, con el riesgo de sucumbir ante un mundo hostil e injusto. Evidentemente la viuda de la parábola no tiene la posibilidad de tomarse la justicia por su mano; como mujer y como oprimida es incapaz de ajustar las cuentas con su adversario. Por eso no le queda más remedio que importunar al juez día tras día, hasta que logra cansarle recibiendo su justicia. Los miembros de las primeras comunidades cristianas, reflejadas en la pobre viuda indefensa y atropellada en sus derechos, invocaban al Señor: «Maraña tha» («ven, Señor»). Las comunidades cristianas, en las que se encarna el misterio de la Iglesia, han de controlar su impaciencia por la justicia o la revancha contra sus adversarios. No pueden clamar al cielo pidiendo venganza aquí y ahora como querían hacer los «hijos del trueno» (Lc 9,54). Nuestra causa está en buenas manos.

Ciertamente Dios no es el Papá bueno que hace lo que nos corresponde a nosotros, pero sí es la garantía de una justicia ulterior que puede resolver el enigma de tanta injusticia que hombres y mujeres inocentes sufren a lo largo de su vida. El sufrimiento de los inocentes, el triunfo de los inicuos, he ahí un motivo de escándalo y de blasfemia para muchos. Dios, «en su día», pondrá las cosas en su sitio. «Dichosos seréis cuando os

injurien, os persigan y digan contra vosotros toda suerte de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos. Pues también persiguieron a los profetas» (Mt 5,11-12). La «justicia divina» puede tardar pero llegará. No es pequeño don esta esperanza que ha alentado a los mártires de todos los tiempos.

 

ORACIÓN, EJERCICIO DE LA FE

La parábola, indiscutiblemente, se centra en la fe de aquella viuda, que confiaba firmemente en alcanzar la justicia a la que tenía derecho. Éste es el sentido de la oración: no tanto recordarle a Dios lo que ya sabe, sino confirmar nuestra fe y nuestra esperanza de que se realice su proyecto. Rezamos no para que Dios se acuerde de nosotros, sino para que nosotros no nos olvidemos de que es el Padre que cuida de nosotros.

Rezar no es simplemente pedir, es un ejercicio de fe y de esperanza. Es creer que la justicia de Dios es la verdadera justicia y la única solución definitiva a los problemas del hombre, y confiar que es posible esa justicia. Rezar es, ante todo, confesar y confirmar nuestra fe. La parábola del juez inicuo y de la viuda obstinada nos recuerda, pues, la necesidad de orar sin desaliento aun cuando el Señor tarde y parezca sordo a todas las llamadas.

La oración es indefectiblemente eficaz. Supone un fortalecimiento en la fe, en la esperanza y en la caridad, ya que es (ha de ser) un ejercicio de ellas. Jamás se sale de ella con las manos vacías, si es que se trata de una oración como Dios manda y se pide lo que de verdad importa: los dones del Espíritu. En este sentido, Jesús da un irrefutable argumento psicológico: «Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden?» (Lc 11,13). Dios, indefectiblemente, nos escucha.

Jesús explicaba a sus discípulos que tenían que orar siempre sin desanimarse. El diálogo oracional con el Señor nunca es inútil. Con frecuencia el Señor nos concede más de lo que le pedimos, como le sucedió a Jesús en su oración del huerto de los Olivos: «Padre, si quieres aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,47). Menos mal que se hizo la voluntad del Padre; por eso «lo exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre» (Flp 2,9). Con frecuencia, como ocurre a los niños, no sabemos lo que nos conviene; el Padre se preocupa de nuestro bien más que nosotros mismos.

Una parapléjica se une a la peregrinación de enfermos a Lourdes. Va a pedir el milagro de su curación. Durante los días que permanece en la ciudad escucha la palabra de Dios sobre el sentido de la vida, sobre el sentido del sufrimiento. Oró como nunca había orado. No se produjo la curación. Al volver y comentar lo que había significado la peregrinación, testimoniaba: «Fui a pedir la curación del cuerpo y la Virgen me concedió más de lo que pedía: la salud del alma. Ya la cruz de la enfermedad casi no me pesa. Éste es un milagro mayor que el de la curación física».

 

BIENAVENTURADOS LOS QUE LUCHAN POR LA JUSTICIA

Una lectura superficial y rápida de la parábola podrá dejarnos la impresión de que la oración del cristiano es el grito de un hombre desesperanzado y falto de confianza en sí mismo, que no tiene más remedio que acudir finalmente al poder de Dios para resolver sus conflictos. Sin duda ninguna, así lo entendieron muchos cristianos, con las consiguientes consecuencias de propiciar su inmadurez psicológica y contribuir al desprestigio del cristianismo ante los hombres de hoy que luchan con uñas y dientes por resolver sus problemas y por salir adelante contra los adversarios que les salen al paso. El teólogo y mártir D. Bonhoeffer denunciaba proféticamente la falsa imagen de un Dios-tapagujeros. La parábola no predica en absoluto el abandono pasivo ante el conflicto, la dificultad y la injusticia del entorno. La viuda era el símbolo de la impotencia ante algo absolutamente superior. Ella hizo todo lo que podía con perseverancia y obstinación.

«A Dios rogando y con el mazo dando», dice sabiamente el refrán castellano. Jesús, con sus consignas, con sus parábolas, nos incita a hacer lo que él hizo: luchar por los oprimidos, por los que tenían sus derechos pisoteados. Y lo hizo con tal ardor y entrega que mereció el título de subversivo y revoltoso. Orar es comprometerse, suplicar la fuerza del Espíritu para luchar, ese don que Dios jamás niega (Lc 11,13). «Bienaventurados los que luchan por la justicia» (Mt 5,10). Los grandes luchadores por las grandes causas humanas no se contentaron con orar con gritos del corazón, procuraron luchar a brazo partido con las armas de la «no-violencia-activa». ¿No recordamos a Vicente de Paúl, Antonio María Claret, F. Ozanam, al Abbé Pierre, la madre Teresa, Dom Helder Cámara, Mons. Casaldáliga…? Todos ellos son grandes orantes, grandes contemplativos, pero también con increíble entusiasmo para la lucha.

No podemos olvidar de ninguna manera la esclarecedora proclamación del comunicado de los Padres del Sínodo de los Laicos: «El Espíritu nos lleva a descubrir más claramente que hoy la santidad no es posible sin un compromiso por la justicia, sin una solidaridad con los pobres y oprimidos. El modelo de santidad de los fieles laicos tiene que incorporar la dimensión social en la transformación del mundo según el plan de Dios». Lucha sin cuartel y oración sin descanso.

Atilano Aláiz