La misa del domingo

Domingo XXIX del Tiempo Ordinario – Ciclo C
20 de octubre de 2019

• Éxodo 17,8-13: Mientras Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel.

• Salmo 120: Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

• 2ª Timoteo 3,14–4,2: El hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena.

• Lucas 18,1-8: Dios hará justicia a sus elegidos que claman ante él.

UNA PROPUESTA DE HOMILÍA

Durante todo este mes de Octubre, animados por el Papa Francisco, la Iglesia universal está celebrando el Mes Misionero Extraordinario. Un mes para cuidar de modo especial la animación misionera de nuestra vida cristiana, manteniendo viva la conciencia misionera universal de la Iglesia; retomando con un nuevo impulso la transformación misionera de la vida y de la pastoral de la Iglesia; animándonos a que todos llevemos en el corazón el anuncio del evangelio y la conversión misionera y evangelizadora de nuestras propias comunidades; procurando que crezca el amor por la misión, que es una pasión por Jesús, pero al mismo tiempo, una pasión por su pueblo.

Si en este mes hay un día marcado en rojo en el calendario es justamente el de hoy. En este domingo la Iglesia celebra el DOMUND, el domingo mundial de las misiones, con el mismo lema que el Mes Misionero Extraordinario: “Bautizados y enviados”.

Un lema en dos tiempos –Bautizados y enviados–, que nos recuerda que el gran regalo que Dios nos ha hecho con el bautismo compromete toda nuestra vida y nos pone al servicio del Evangelio. Ser bautizados nos convierte en misioneros enviados a anunciar la Buena Nueva del Señor en medio de nuestro mundo.

Quizá no todos estamos llamados a vivir esta vocación en lugares lejanos, como hacen los Misioneros que, habiendo abandonado su tierra, se entregan día a día en los países más pobres y desfavorecidos. Sin embargo, todos los que formamos la Iglesia, los que hemos recibido el don del Bautismo, sí estamos llamados a vivir nuestra vocación misionera en lo cotidiano de nuestra vida: en nuestras familias, con nuestros amigos, en nuestros trabajos… Dios cuenta con nosotros ahí, en la vida ordinaria, para que seamos Misioneros de lo cotidiano.

Si nuestra vida cristiana no mueve nuestro corazón hacia la misión, algo está fallando. Jesús nos quiere junto a Él para enviarnos en medio del mundo: para cambiar las cosas, para luchar por la justicia, para construir un mundo más humano y más de Dios.

En las lecturas que acabamos de proclamar en la Liturgia de la Palabra, hemos recordado una vez más este horizonte. El evangelio de Lucas nos recuerda que

Hoy más que nunca, el mundo necesita muchas obras buenas. Hoy más que nunca nuestra sociedad está sedienta de esperanza. Por eso, hoy más que nunca, nos hemos de sentir bautizados y enviados, para ser levadura en medio de la masa, para ser luz en medio de la oscuridad, para ser hermanos en medio de tanta crispación.

Es el Señor quien nos consagra y quien nos envía. Es Él quien nos acoge en su Iglesia, por medio del Bautismo, y quien nos confía una misión, a través de la vocación que nos ha regalado personalmente a cada uno. Como hemos repetido en el Salmo: Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

claman ante él. La justicia de Dios siempre supera nuestras expectativas. Es una justicia cargada de misericordia, una justicia dispuesta a perdonar y dar nuevas oportunidades, una justicia que busca el bien de todos y de cada uno. Una justicia que se ofrece gratuitamente para aquél que está Dios hará justicia a sus elegidos que dispuesto a abrir su vida y su corazón a la Palabra del Señor.

Para llevar adelante esa justicia en todos los rincones del mundo, Dios quiere contar con nosotros. Nos quiere misioneros, disponibles y dispuestos para anunciar el Evangelio de su Hijo. Nos lo recordaba San Pablo en la segunda lectura: El hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena.

Pongamos en Él nuestras esperanzas e ilusiones. También nuestras preocupaciones y dolores. Él es nuestro auxilio. Lo es también para tantos hombres y mujeres que, lejos de su hogar, viven su vocación misionera al servicio de otros pueblos. Su testimonio de entrega radical y absoluta, sin duda, revitaliza nuestro compromiso como bautizados y enviados.

Queridos hermanos y hermanas, con nuestra humilde oración –como Moisés en medio de la batalla–, pidamos a nuestro Dios que siga acompañando la vida comprometida de estos misioneros, que afiance su fe y su esperanza, y que sostenga su vocación de bautizados y enviados. Lo pedimos para ellos, que se entregan en la distancia, a la vez que lo pedimos para cada uno de nosotros, los que nos queremos seguir entregando aquí, en nuestro día a día, como misioneros de lo cotidiano.

Que así sea.

Xabier Camino Sáez, sdb