I Vísperas – Domingo XXIX de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXIX DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Rom 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que Él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Moisés sostuvo en alto las manos, orando, hasta la puesta del sol.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Moisés sostuvo en alto las manos, orando, hasta la puesta del sol.

PRECES
Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que florezca en la tierra la justicia
— y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte en tu reino,
— y obtengan así la salvación.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
— y sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
— y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
— y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 19 de octubre

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial 

Te pedimos, Señor, que tu gracia continuamente nos preceda y acompañe, de manera que estemos dispuestos a obrar siempre el bien. Por nuestro Señor.

2) Lectura 

Del santo Evangelio según Lucas 12,8-12
«Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.
«A todo el que diga una palabra contra el Hijo del hombre se le perdonará; pero al que blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará.
«Cuando os lleven a las sinagogas, ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis de cómo o con qué os defenderéis, o qué diréis, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo momento lo que conviene decir.»

3) Reflexión

• El contexto. En el cap. 11 que precede a nuestro relato, Lucas, en el camino de Jesús hacia Jerusalén, muestra su intención de revelar los abismos del obrar misericordioso de Dios y, al mismo tiempo, la profunda miseria que se esconde en el corazón del hombre, y en particular en los que tienen la misión de ser testimonios de la Palabra y de la obra del Espíritu Santo en el mundo. Jesús presenta estas realidades con una serie de reflexiones que surten efecto en el lector: verse atraído por la fuerza de su Palabra hasta el punto de sentirse interiormente juzgado y despojado de las pretensiones de grandeza que inquietan al hombre (9,46). El lector se identifica, además, con algunas actitudes provocadas por la enseñanza de Jesús: ante todo, se reconoce en el discípulo que sigue a Jesús y es enviado delante de él como mensajero del reino; en el que tiene dudas para seguirlo; en el fariseo o doctor de la ley, esclavos de sus propias interpretaciones y estilo de vida. En síntesis, el recorrido del lector por el cap. 11 tiene como característica encontrarse con la enseñanza de Jesús que le revela la intimidad de Dios, la misericordia del corazón de Dios, pero también la verdad de su ser como hombre. Sin embargo, en el cap. 12 Jesús contrapone al corazón pervertido del hombre la benevolencia de Dios, que siempre da de manera sobreabundante. Está en juego la vida del hombre. Hay que estar atento a la perversión del juicio humano, o mejor, a la hipocresía que distorsiona los valores para sólo favorecer el propio interés y las propias ventajas más que para interesarse por la vida, la que se recibe de manera gratuita. La palabra de Jesús dispara al lector un interrogante sobre cómo afrontar la cuestión de la vida: el hombre será juzgado por su comportamiento ante los peligros. Hay que preocuparse no tanto de los que pueden “matar el cuerpo”, sino tener en el corazón el temor de Dios que juzga y corrige. Jesús no promete a los discípulos que se ahorrarán las amenazas y las persecuciones, pero les asegura la ayuda de Dios en el momento de la dificultad.
• Saber reconocer a Jesús. El compromiso valiente de reconocer públicamente la amistad con Jesús comporta, en consecuencia, la comunión personal con él cuando vendrá para juzgar al mundo. Al mismo tiempo, “el que me niegue”, el que tenga miedo de confesar y reconocer públicamente a Jesús, él mismo se condena. Se invita al lector a reflexionar sobre la importancia crucial de Jesús en la historia de la salvación: es necesario decidirse, o con Jesús o contra Él y contra su Palabra de gracia; de esta decisión, reconocer o negar a Jesús, depende nuestra salvación. Lucas evidencia que la comunión que en el tiempo presente ofrece Jesús a sus discípulos será confirmada y llegará a la perfección en el momento de su venida en la gloria (“vendrá en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles”: 9,26). Es evidente la referencia a la comunidad cristiana: aunque se está expuesto a la hostilidad del mundo, es indispensable que el testimonio valiente de Jesús y de la comunión con Él no disminuya, es decir, no hay que avergonzarse de ser y de manifestarse cristianos.
• La blasfemia contra el Espíritu Santo. Blasfemar es entendido aquí por Lucas como hablar de manera ofensiva o en contra. Este verbo se aplicó a Jesús cuando, en 5,21, perdonó los pecados. La cuestión que plantea nuestro pasaje puede presentar alguna dificultad para el lector: ¿Es menos grave la blasfemia contra el Hijo del hombre que la que va contra el Espíritu Santo? El lenguaje de Jesús puede resultar un poco fuerte para el lector del evangelio de Lucas: a lo largo del evangelio ha visto a Jesús mostrando la actitud de Dios que va en búsqueda del pecador, que es exigente pero sabe esperar el momento de la vuelta a Él y la madurez del pecador. En Marcos y en Mateo, la blasfemia contra el Espíritu Santo es la falta de reconocimiento del poder de Dios en los exorcismos de Jesús. Pero en Lucas más bien significa el rechazo consciente y libre del Espíritu profético que actúa en las obras y enseñanzas de Jesús, es decir, el rechazo del encuentro con el obrar misericordioso y salvífico del Padre. La falta de reconocimiento del origen divino de la misión de Jesús, la ofensa directa a la persona de Jesús, pueden ser perdonadas, pero el que niega el obrar del Espíritu Santo en la misión de Jesús no será perdonado. No se trata de la oposición entre la persona de Jesús y el Espíritu Santo, o de un contraste o símbolo de dos períodos diversos de la historia, el de Jesús y el de la comunidad post-pascual, sino que, en definitiva, el evangelista trata de demostrar que negar la persona de Cristo equivale a blasfemar contra el Espíritu Santo.

4) Para la reflexión personal

• ¿Eres consciente de que ser cristiano reclama afrontar dificultades, insidias y peligros, hasta el punto de arriesgar la propia vida para dar testimonio de la amistad personal con Jesús?
• ¿Te avergüenzas de ser cristiano? ¿Prefieres el juicio de los hombres, su aprobación, o el hecho de no perder tu amistad con Cristo?

5) Oración final

¡Yahvé, Señor nuestro,
qué glorioso es tu nombre en toda la tierra!
Tú que asientas tu majestad sobre los cielos. (Sal 8,2)

Recordar a los misioneros cada día

Este domingo celebramos el Domund, el Domingo Mundial de las Misiones. Hoy recordamos especialmente a tantos hombres y mujeres que, dejando sus casas y sus lugares de origen, marchas a otros países, a veces lejanos, para anunciar allí la palabra de Dios. Cada día deberíamos recordar a los misioneros, y pedir a Dios por su labor evangelizadora a lo largo de todo el mundo. Pero hoy la Iglesia nos recuerda de modo especial esta labor de los misioneros y nos invita a pedir por ellos y a ayudarles con nuestra aportación económica.

1. Orar siempre sin desfallecer. Si el domingo pasado escuchábamos a diez leprosos que a gritos le pedían a Jesús que tuviese compasión de ellos, las lecturas de este domingo son una invitación a orar con insistencia, sin desfallecer. En la primera lectura hemos escuchado el pasaje en el que Moisés, desde la cima de un monte, contempla la batalla entre los israelitas y Amalec. Moisés no está luchando en la batalla, pero desde la cima del monte sostiene a su pueblo manteniendo en alto los brazos. Nos dice el libro del Éxodo que mientras que Moisés tenía los brazos levantados el pueblo vencía en la batalla, pero si los bajaba perdía. Las manos levantadas de Moisés son un gesto de oración que se eleva al Padre. La constancia y la perseverancia en la oración a Dios es lo que nos enseña también Jesús en el Evangelio mediante la parábola de la viuda que le ruega con insistencia al juez. Era un juez injusto, que ni temía a Dios ni le importaban los hombres, que no vivía el ser juez como una vocación, sino que más bien era un funcionario que se limitaba a trabajar sus horas y después le importaba bien poco la justicia. Aquella viuda le pide justicia, que es lo que ha de hacer el juez. Como éste no le hace caso durante algún tiempo, la viuda insiste en pedirle justicia. Finalmente, aquel juez hace lo que la viuda le pide, pero lo hace por no escuchar más a aquella mujer, porque le estaba fastidiando. Así nos dice Jesús que hemos de orar, con insistencia, pues si el juez injusto hace lo que quiere la viuda por la insistencia de ésta, cuanto más Dios hará justicia a quien le grita día y noche.

2. ¿Encontrará esta fe en la tierra? Pero muchas veces nos cuesta orar así, con insistencia. Somos personas que nos cansamos enseguida, que no tenemos paciencia. Nos desesperamos cuando le pedimos algo a Dios y Él no nos lo da cuando nosotros queremos. Pero es que hemos de caer en la cuenta de que Dios tiene sus tiempos, y los tiempos de Dios no son los nuestros. Dios nos dará siempre lo que nos conviene, y nos lo dará cuando más nos conviene. Por eso, hemos de orar con insistencia y con fe. La fe es la confianza total en Dios, y esa confianza es la que nos falta cuando oramos, por eso nos cansamos pronto de pedirle a Dios. Porque nosotros creemos saber cuándo han de suceder las cosas, pero la fe nos hace ver que es Dios quien lleva nuestra vida, que es Él quien hace las cosas cuando las ha de hacer. Que Él nunca nos deja solos, aunque a veces nos lo parezca. Por eso, al final del Evangelio de hoy, escuchamos la frase de Jesús: “Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? Hace dos domingos escuchábamos a los discípulos que le pedían a Jesús que les aumentase la fe. Hoy es un bien domingo para pedirle de nuevo al Señor que nos de esa fe que tanto nos falta, que nos de la confianza en Dios, la confianza de un niño que sabe que su padre no lo abandona y está siempre a su lado. Así hemos de confiar nosotros en Dios, así hemos de abandonarnos en Él.

3. Domund. En la segunda lectura de hoy, san Pablo le pide a Timoteo que proclame la Palabra, a tiempo y a destiempo. Y es que la fe no es sólo para nosotros. No podemos contentarnos con tener nosotros fe y ya está. Dios siempre nos llama a llevar esa fe a los demás. La fe que viene de la escucha atenta y orante de la Palabra. Por eso san Pablo insiste a Timoteo que evangelice, que sea misionero, que lleve la Palabra allá donde vaya. Todos nosotros estamos llamados a ello, como nos recuerda el lema del Domund que hoy celebramos: “Bautizados y enviados”. Todos los cristianos, por nuestro bautismo, somos enviados por Cristo a ser misioneros, a llevar la Palabra a todos, como Pablo le recuerda hoy a Timoteo. Por esto, la Iglesia recuerda hoy de modo especial a los misioneros, cuya misión es precisamente evangelizar, llevar la palabra del Evangelio a todos los pueblos. Y nos recuerda a nosotros la misión que tenemos por nuestro bautismo y por nuestra fe.

En este mes misionero extraordinario que ha convocado el papa Francisco, la celebración del Domund tiene un carácter especial. Hoy hemos de orar con insistencia, como nos enseña Jesús en el Evangelio, pidiendo con fuera a Dios por todos los misioneros. Pero también hemos de concienciarnos de que cada uno de nosotros estamos llamados para la misión. La fe que Dios quiere encontrar en la tierra es un tesoro que nosotros hemos recibido por el bautismo. Por el mismo bautismo estamos llamados a propagar esa misma fe allá donde nos encontremos.

Francisco Javier Colomina Campos

Comentario del 19 de octubre

Si uno se pone de mi parte ante los hombres, también el Hijo del hombre se pondrá de su parte ante los ángeles de DiosY si uno me reniega ante los hombres, lo renegarán a él ante los ángeles de Dios. «Estar de parte de alguien» es dar testimonio en su favor, defenderle llegada la ocasión, hablar bien de él, mostrarse su partidario y su aliado, formar partido con él. Nosotros solemos ponernos de la parte de nuestros amigos, familiares, miembros de la misma comunidad, quizá compañeros de trabajo o de profesión en razón de nuestros intereses comunes, personas a las que amamos o con las que tenemos cierta afinidad ideológica; pero siempre tendríamos que estar de la parte de la verdad y de la justicia. En cuanto seguidores y discípulos de Cristo, ¿qué otra cosa puede esperar de nosotros que tenernos de su parte?

Pero lo cierto es que no siempre nos tiene, porque en situaciones de contradicción podemos desertar, al menos momentáneamente, de su partido; podemos negarnos a reconocer que somos de los suyos, porque esta confesión nos puede acarrear muchos problemas. A veces el miedo no nos permite dar este paso y acabamos negando conocerle, como Pedro en el patio del Sumo Sacerdote. Pues bien, nos dice Jesús, si uno se pone de mi parte ante los hombres –porque ahí es donde hay que ponerse de su parte, ante los hombres, no ante los ángeles o ante testigos invisibles- yo también me pondré de su parte ante los ángeles.

Y para ponerse de parte de Jesús, no es necesario dar la espalda a la verdad y a la justicia; al contrario, ponerse de parte de Jesús es mantenerse partidario de la verdad, la justicia y la misericordia, porque todo eso representa Jesús. Él nos quiere tener como partidarios en este mundo, y eso cuando ya ha dejado de estar corporalmente presente (como habitante) en este mundo, y se compromete a estar de nuestra parte en otro escenario, ante los ángeles de Dios, cuando necesitemos realmente de su defensa y testimonio favorable.

Puede parecer una simple correspondencia entre dos aliados que reclaman lealtad mutua. Pero es mucho más. Es mucho más importante que nosotros le tengamos de nuestra parte en el trance del juicio final, que él nos tenga de su parte en nuestra peregrinación por este mundo, ante los hombres, porque nuestro testimonio en su favor sólo puede beneficiarnos a nosotros mismos y a todos esos hombres que pueden tener dificultades para acceder a él y a los frutos de su acción redentora. Pero es indudable que él espera de nosotros que nos pongamos de su parte, y de la parte de los continuadores de su misión –de la parte de su Iglesia siempre que permanezca su Iglesia- frente al ataque injusto, frente a la calumnia de que pueda ser objeto, frente al desprestigio esterilizador, frente a la acusación falaz, frente al desconocimiento culpable, frente a la burla mordaz…

Y entre el ponerse de su parte y el negarle o renegarle no se contemplan estados intermedios. No ponerse de su parte ya es una manera de negarle, aunque no signifique exactamente ponerse en su contra o en la parte contraria. Pues bien, si uno me reniega ante los hombreslo renegarán ante los ángeles. Ya algunos Padres de la antigüedad, como san Ambrosio, repararon en este cambio de sujeto. No es el Hijo del hombre, esto es, Jesucristo, el que lo renegará ante los ángeles; pero lo renegarán; tendrá, pues, adversarios que den testimonio desfavorable de él ante Dios y sus ángeles. En tal caso, Cristo no testimoniaría nunca en contra de nadie, aunque otros lo hicieran por él, sino siempre a favor de los que se hubieran mostrado partidarios suyos y de su causa.

Por eso, hablar contra el Hijo del hombre, aun siendo un pecado de maledicencia, es perdonable; pero no lo es blasfemar o hablar contra (o mal) el Espíritu Santo. ¿Qué diferencia hay entre el Hijo del hombre y el Espíritu Santo para hacer esta discriminación? ¿Se trata de un hablar contra Jesús como puro hombre, mientras que el hablar contra el Espíritu Santo es hablar contra Dios? ¿Por qué un pecado es perdonable y el otro no? ¿No hemos vivido siempre en la Iglesia del supuesto de que todo pecado es perdonable si hay arrepentimiento?

San Ambrosio vio en la blasfemia contra el Espíritu Santo el pecado de los fariseos que no estaban dispuestos a reconocer que en Jesucristo actuaba el Espíritu Santo, es decir, que nunca aceptaron que Jesús había venido de parte de Dios y obraba sus milagros y curaciones como Ungido del Espíritu, movido por el mismo Espíritu. Al contrario, veían en él a un aliado de Belzebú. Esta ceguera para ver en Jesús al enviado de Dios es lo que él llamaría blasfemia contra el Espíritu Santo. Mientras se mantenga esta postura no hay posibilidad de abrirse a la acción misericordiosa de Dios que obra por Jesucristo.

Se trata de una obstinación o intransigencia que cierra todas las compuertas por donde puede llegar el perdón. Por eso el pecado se revela imperdonable. Decir de Jesús cosas tales como que es un borracho, amigo de publicanos y pecadores, que anda entre malas compañías, que es un engreído, que no respeta las leyes más sagradas del judaísmo, que es un malhechor, no parece que sea obstáculo insalvable para obtener el perdón, siempre que medie el arrepentimiento; pero decir de él que obra movido por el espíritu del mal ya es situarse en contra del Espíritu del bien, el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios. Y esto no tiene fácil marcha atrás.

No se trata sólo de una blasfemia, se trata de una ceguera, de una obstinación que, persistiendo, hace imposible el perdón. Si dejara de persistir, también sería perdonable, puesto que lo imperdonable es la ceguera voluntaria. El perdón exige el arrepentimiento; y donde no hay arrepentimiento no puede haber perdón o el perdón donado no puede surtir efecto. Se trata, quizá, de la muralla de la autosuficiencia humana que se alza contra Dios impidiéndole –porque él lo permite- realizar su obra de salvación en ese espacio. Habría que derribar la autosuficiencia para que el agua de la misericordia divina pudiese regar ese terreno. Que Dios nos libre de contraer este pecado de irreparable efecto.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

156. Así es posible llegar a experimentar una unidad constante con Él, que supera todo lo que podamos vivir con otras personas: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2,20). No prives a tu juventud de esta amistad. Podrás sentirlo a tu lado no sólo cuando ores. Reconocerás que camina contigo en todo momento. Intenta descubrirlo y vivirás la bella experiencia de saberte siempre acompañado. Es lo que vivieron los discípulos de Emaús cuando, mientras caminaban y conversaban desorientados, Jesús se hizo presente y «caminaba con ellos» (Lc 24,15). Un santo decía que «el cristianismo no es un conjunto de verdades que hay que creer, de leyes que hay que cumplir, de prohibiciones. Así resulta muy repugnante. El cristianismo es una Persona que me amó tanto que reclama mi amor. El cristianismo es Cristo»[82].


[82] S. Óscar Romero, Homilía (6 noviembre 1977): Su pensamiento, I-II, San Salvador 2000, 312.

Hay que rezar siempre sin desanimarse

1.- GUERRA GANADA.- Durante la ruta del desierto los israelitas tuvieron que superar mil dificultades. Era un camino tortuoso, un sendero largo y escarpado. En medio de aquellos parajes desolados, se iría curtiendo el guerrero que después abordaría sin desmayo la conquista de la Tierra Prometida. En la ascética cristiana esta etapa de la historia de la salvación es fundamental. Por qué también los cristianos vamos caminando hacia la Tierra de promisión, porque también los que tienen fe caminan con el corazón puesto en el otro lado de la frontera.

Nos narra hoy el hagiógrafo el ataque de Amalec. Es el jefe de la tribu de nómadas que habita en el norte del Sinaí. Son hombres avezados a la lucha y están ansiosos de arrebatar a los israelitas sus ganados, sus bienes todos, el botín que traen de Egipto… Ataques por sorpresa, ataques que se ven venir, ataques de gente armada hasta los dientes. La vida es una milicia, una lucha en la que tenemos que estar siempre en pie de guerra. Sólo así resistiremos el empuje enemigo, sólo participando en la refriega de cada combate, participaremos en la gloria de cada botín.

Moisés se siente cansado, sin fuerza para ponerse al frente del ejército. Pero él sabe que su debilidad no es óbice para que la batalla se gane, él está persuadido de que el primera guerrero es Yahvé, que al fin y al cabo es Dios quien da la victoria. Convencido de ello, llama a Josué y le expone su plan de ataque. Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec…

Es lo primero, poner todos los medios a su alcance antes de entrar en la lucha. Sí, porque Dios no ayuda a los que no ponen de su parte lo que pueden, a los que son vagos y comodones. Dios quiere, exige, que se pongan ante todo los medios humanos posibles y los casi imposibles para poder superar las dificultades que se presenten. Después, o al mismo tiempo, a rezar. Entonces el poder de Dios se hace sentir avasallador. No habrá quien se nos resista, no habrá obstáculo que no podamos superar, ni pena que no podamos olvidar. Dios no pierde nunca batallas, Dios es irresistible. Por eso la vida que es una milicia, una lucha, una guerra, para el que tiene fe es, además de santa, una guerra ganada.

2.- ORAR SIEMPRE SIN DESANIMARSE.- Hay verdades tan claras que no necesitan, para comprenderlas, otra cosa que la exposición de las mismas. Así, por ejemplo, la de que es necesario orar siempre, sin desanimarse nunca. Para quienes se ven de continuo necesitados, ha de ser evidente que han de recurrir a quien les pueda cubrir sus necesidades. Podríamos decir que lo mismo que un niño llora cuando tiene hambre, hasta que le dan de comer, así el que se ve necesitado clamará a Dios, que todo lo puede, para que le ayude y le saque del apuro.

Sin embargo, muchas veces no es así. Nos falta la fe suficiente y la confianza necesaria para recurrir a nuestro Padre Dios, para pedirle humildemente nuestro pan de cada día. O nos creemos que no necesitamos nada; somos inconscientes de las necesidades que padecemos. Reducimos nuestra vida al estrecho marco de nosotros mismos y limitamos nuestras necesidades a tener el estómago lleno. Sin darnos cuenta de cuantos sufren, cerca o lejos de nosotros; sin comprender que no sólo de pan vive el hombre, y que por encima de los valores de la carne están los del espíritu.

Así, pues, aunque resulta evidente que quien necesita ser ayudado ha de pedir ayuda, el Señor trata de convencernos de que hay que orar siempre sin desanimarse. Para eso nos propone una parábola, la del juez inicuo que desprecia a la pobre viuda, y no acaba de hacer justicia con ella. Esa mujer acude una y otra vez a ese magistrado del que depende su bienestar, para rogarle que la escuche. Por fin el juez se siente aburrido con tanta súplica y asedio continuo. El Señor concluye diciendo que si un hombre malvado, como era el juez, actuó de aquella forma, qué no hará Dios con quienes son sus elegidos y le gritan de día y de noche. Os aseguro, dice Jesús, que les hará justicia sin tardar.

De nuevo tenemos la impresión de que Dios está más dispuesto a dar que el hombre a pedir. En el fondo, repito, lo que ocurre es que nos falta fe. Por eso, a continuación de esta parábola, el Señor se pregunta en tono de queja si cuando vuelva el Hijo del hombre encontrará fe en el mundo. Da la impresión de que la contestación es negativa. Sin embargo, Jesús no contesta a esa pregunta, a pesar de que él sabe cuál es la respuesta exacta. Sea lo que fuere, hemos de poner cuanto esté de nuestra parte para no cansarnos de acudir a Dios, una y otra vez, todas las que sean precisas, para pedirle que no nos abandone, que tenga compasión de nuestra inconstancia en la oración, que tenga en cuenta nuestras limitaciones y nuestra malicia connatural.

Hay que rezar siempre sin desanimarse. Hemos de recitar cada día, con los labios y con el corazón, esas oraciones que aprendimos quizá de pequeños. Muchas veces oraremos sin ruido de palabras, en el silencio de nuestro interior, teniendo puesta nuestra mente en el Señor. Cada vez que contemplamos una desgracia, o nos llega una mala noticia, hemos de elevar nuestro corazón a Dios -eso es orar- y suplicarle que acuda en nuestro auxilio, que se dé prisa en socorrernos.

Antonio García-Moreno

Seamos persistentes

Si hemos visto alguna vez una estalagmita vemos como, ésta, se forma con el paso de los años cuando, al caer millones y millones de gotas de agua, van depositando calcita en el suelo y formando así una especie de columna. El resultado, aparentemente, es invisible. Con el tiempo, espectacular.

1.- Una vez más, Lucas, nos adentra en el tema de la oración. Y, según él, ha de ser insistente. Nos narra una preciosa parábola en la que, con la constancia, se nos asegura que Dios siempre cumple aquello que se le pide. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿De qué manera? Eso ya es otra cosa.

Al igual que la estalagmita, puede que a veces nos parezca que la “gota de agua de nuestra oración” no produce fruto. Que es estéril. Que no merece la pena. En cuántos momentos nos encontramos con personas que dicen que hace tiempo dejaron de orar porque les parecía algo innecesario o una pérdida de tiempo. Y, al contrario, otras que en la reflexión, la meditación y la oración diaria es donde mejor se encuentran y donde alcanzan respuestas a muchos interrogantes o, por lo menos, fuerza para seguir adelante.

Jesús, más que nunca en estos tiempos de ruidos y de superficialidad, nos invita a no abandonar la columna de la oración. Con ella podemos unir la tierra y el cielo y al hombre con Dios. ¿Cómo? Siendo constantes, alegres y persistentes en la oración. No está de más el recordar que, también una gota con su goteo permanente es capaz de romper una gigantesca roca. Y no es menos cierto que, la oración permanente, produce sosiego, seguridad, optimismo y la sensación de que Dios camina codo a codo con la humanidad. Para ello, claro está, hay que orientar la antena de nuestra conciencia en la dirección desde la cual el Señor emite.

2.- Cuando se quiere algo o se quiere a alguien, el cansancio, desaparece del vocabulario palabras como desilusión, desencanto, aburrimiento o pesimismo. Nosotros, como cristianos, no queremos “algo” (aunque anhelamos el cielo) amamos a Alguien: a Dios. Y por eso le rezamos y nos confiamos a su presencia, a su Palabra y a la promesa de que nunca nos dejará abandonados.

Siempre nos acompañarán enigmas y dudas: ¿Por qué el mal en el mundo? ¿Por qué unos tienen tanto y otros tan poco? ¿Por qué las guerras y los suicidios, las crisis y los desastres naturales? Preguntas que, muchas veces, sólo tienen una respuesta: el hombre es libre con todas sus consecuencias. Dios no es ningún tutor que vigila y dirige nuestras vidas como si fuéramos marionetas. Su deseo, como Padre, es que crezcamos, que maduremos y que por lo tanto seamos conscientes que el vivir implica confiar y arriesgarse creyendo con todas las consecuencias en El.

3.- El Santo Cura de Ars a un joven sacerdote que, aparentemente, no veía frutos pastorales en su vida pastoral le apostillaba: ¿no será que no rezas con fe? ¿No será que no lo haces frecuentemente? ¿No será que no lo haces con insistencia? Fe, frecuencia e insistencia son tres termómetros que ponen sobre la mesa la verdad y la profundidad de nuestra oración.

4.- ESCÚCHAME, SEÑOR

Aunque, mi pensamiento, vuele por otros cielos
y no sea consciente de tu presencia
Aunque, mis labios se abran para bendecirte,
y mi corazón siga amando otros dioses.

ESCÚCHAME, SEÑOR
Porque, temo y siento a veces,

que mi oración es pura y simple palabrería,
que mi alabanza es un quedar bien contigo
que mi confianza es débil y muy interesada

ESCÚCHAME, SEÑOR
Porque tengo miedo a cortar contigo

Porque, aun hablándote, me siento solo
Porque, aun queriéndote,
no siempre eres mi amor primero

¿ME ESCUCHARÁS, SEÑOR?
¡Ayúdame!

Que no caiga en la tentación de la pereza
Que no me canse nunca de estar junto a Ti
ni de buscarte en el oasis de la oración.

¿ME ESCUCHARÁS, SEÑOR?
Ojala, que en el día que tú me llames,

aun con mis deficiencias, hipocresías y pecados
encuentres un poco de fe, sólo un poco de fe,
en este que siempre quiere ser tu amigo
Amén.

Javier Leoz

El domund misionero

1.-Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había también una viuda que solía ir a decirle: hazme justicia frente a mi adversario. Por algún tiempo el juez se estuvo negando, pero se dijo a sí mismo: aunque no temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia. Y el Señor añadió: Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche? El Papa Francisco quiere que este año celebremos con especial intensidad un Domund misionero, convencido de que la Iglesia de Cristo, o es misionera o no es de Cristo. Lo mismo podemos decir de cada uno de nosotros, los cristianos: o somos misioneros o no somos cristianos. La lectura del Éxodo y la del evangelio de este domingo coinciden en la necesidad de la oración, con la seguridad de que Dios nos hará justicia. En este día del Domund misionero que, como hemos dicho, el Papa Francisco quiere que celebremos con especial dedicación, el tema de la oración tiene que ser un tema necesario. Los cristianos tenemos que creer en la eficacia de la oración. Pero tenemos que tener claro que creer que Dios nos escucha siempre, no significa que Dios vaya a hacer siempre lo que nosotros le pedimos. Lo sabemos por experiencia; la mayor parte de nosotros le hemos pedido a Dios alguna vez alguna cosa que Dios no nos la ha concedido. Dios, decimos, y tiene que ser verdad, nos da siempre lo que nos conviene, pero sólo él sabe lo que nos conviene. Terminemos siempre nuestras oraciones de petición diciendo: hágase, Padre, tu voluntad. Otra cosa que debemos tener muy claro es que en un Domund misionero no puede faltar la limosna, nuestra limosna. Las misiones y los misioneros necesitan dinero. Contribuyamos cada uno de nosotros con nuestras limosnas a hacer que las misiones cristianas sean lo más eficaces y lo más extendidas por el mundo que sea posible. Con dinero, o de la manera que cada uno de nosotros podamos. Y no olvidemos nunca que la mejor limosna que podemos dar es nuestro amor. La limosna de amor es la mejor de las limosnas que podemos hacer siempre: dentro de nuestra propia familia, con las personas conocidas y amigos, con los misioneros que ejercen su misión por tierras extranjeras. El amor, como nos dice repetidamente el apóstol san Pablo, es siempre lo primero de todo; si no tengo amor no soy nada, ni misionero cristiano, ni cristiano de verdad.

2.- Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena… proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina. Cuando san Pablo escribe esta carta a su discípulo Timoteo el cristianismo se estaba formando y los receptores de esas palabras eran personas que venían del paganismo y los conocimientos que tenían de Cristo y su doctrina eran escasísimos. No podemos pensar hoy nosotros que podamos aplicar estas palabras literalmente a las comunidades cristianas a las que nosotros nos dirigimos. Lo que tenemos que hacer hoy, sí, como entonces, es tratar de que nuestras palabras contribuyan a que la gente con la que hablamos sea “perfecta y y esté preparada para toda obra buena… exhortando con toda magnanimidad y doctrina”. Lo de argüir a tiempo y a destiempo hay que interpretarlo en cada caso y momento. Hablemos cuando tenemos que hablar y sepamos callarnos cuando no estemos seguros de que nuestras palabras vayan a contribuir a que a las personas a las que hablamos les vayan a ser útiles y vayan a contribuir a que sean más perfectas y les animen a hacer obras buenas.

Gabriel González del Estal

¿Seguimos creyendo en la justicia?

Lucas narra una breve parábola indicándonos que Jesús la contó para explicar a sus discípulos «cómo tenían que orar siempre sin desanimarse». Este tema es muy querido al evangelista que, en varias ocasiones, repite la misma idea. Como es natural, la parábola ha sido leída casi siempre como una invitación a cuidar la perseverancia de nuestra oración a Dios.

Sin embargo, si observamos el contenido del relato y la conclusión del mismo Jesús, vemos que la clave de la parábola es la sed de justicia. Hasta cuatro veces se repite la expresión «hacer justicia». Más que modelo de oración, la viuda del relato es ejemplo admirable de lucha por la justicia en medio de una sociedad corrupta que abusa de los más débiles.

El primer personaje de la parábola es un juez que «ni teme a Dios ni le importan los hombres». Es la encarnación exacta de la corrupción que denuncian repetidamente los profetas: los poderosos no temen la justicia de Dios y no respetan la dignidad ni los derechos de los pobres. No son casos aislados. Los profetas denuncian la corrupción del sistema judicial en Israel y la estructura machista de aquella sociedad patriarcal.

El segundo personaje es una viuda indefensa en medio de una sociedad injusta. Por una parte, vive sufriendo los atropellos de un «adversario» más poderoso que ella. Por otra, es víctima de un juez al que no le importa en absoluto su persona ni su sufrimiento. Así viven millones de mujeres de todos los tiempos en la mayoría de los pueblos.

En la conclusión de la parábola, Jesús no habla de la oración. Antes que nada, pide confianza en la justicia de Dios: «¿No hará Dios justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?». Estos elegidos no son «los miembros de la Iglesia» sino los pobres de todos los pueblos que claman pidiendo justicia. De ellos es el reino de Dios.

Luego, Jesús hace una pregunta que es todo un desafío para sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?». No está pensando en la fe como adhesión doctrinal, sino en la fe que alienta la actuación de la viuda, modelo de indignación, resistencia activa y coraje para reclamar justicia a los corruptos.

¿Es esta la fe y la oración de los cristianos satisfechos de las sociedades del bienestar? Seguramente, tiene razón J. B. Metz cuando denuncia que en la espiritualidad cristiana hay demasiados cánticos y pocos gritos de indignación, demasiada complacencia y poca nostalgia de un mundo más humano, demasiado consuelo y poca hambre de justicia.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 19 de octubre

«Como todo depende de la fe, todo es gracia». No sé qué es más difícil, aceptar que todo depende de la fe o que todo es gracia… No sé qué nos hace más bien, saber que todo depende de la fe o que todo es gracia… Quizá sólo desde ahí podemos esperar contra toda esperanza, como nuestro padre Abraham.

Sólo se espera lo que no se posee, lo que no se ha logrado. Sólo podemos esperarlo si con humildad reconocemos nuestra indigencia, nuestra necesidad, nuestro vacío… Esperamos lo que deseamos de todo corazón. Todo es gracia. ¡Ay si os creyéramos esto! No viviríamos tan preocupados de “lo que vais a decir, o de cómo os vais a defender, porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel momento lo que tenéis que decir”.

Reconozco que me falta fe y sobre todo, me falta esperanza; quizá porque me falta amor, porque tantas veces no sé amar bien, bien, bien. Aunque bien mirado, quién sabe si como escribió Charles Péguy, nuestra fe y amor son tan pobres porque no cuidamos nada a la pequeña esperanza… Que la poesía nos lo diga al corazón, allí donde el Espíritu Santo no deja de regalarnos el gesto y la palabra oportunos… siempre que le esperamos:

(…) Lo que me asombra, dice Dios, es la esperanza,
y no salgo de mi asombro.

Esta pequeña esperanza que parece una cosita de nada,
esta pequeña niña esperanza,
inmortal.

Porque mis tres virtudes, dice Dios, mis criaturas,
mis hijas, mis niñas,
son como mis otras criaturas de la raza de los hombres:
la Fe es una esposa fiel,
la Caridad es una madre, una madre ardiente, toda corazón,
o quizá es una hermana mayor que es como una madre.

Y la Esperanza es una niñita de nada
que vino al mundo la Navidad del año pasado
y que juega todavía con Enero, el buenazo,
con sus arbolitos de madera de nacimiento,
cubiertos de escarcha pintada,
y con su buey y su mula de madera pintada,
y con su cuna de paja que los animales no comen porque son de madera.
Pero, sin embargo, esta niñita esperanza es la que
atravesará los mundos, esta niñita de nada,
ella sola, y llevando consigo a las otras dos virtudes,
ella es la que atravesará los mundos llenos de obstáculos (…)

Por el camino empinado, arenoso y estrecho,
arrastrada y colgada de los brazos de sus dos hermanas mayores,
que la llevan de la mano,
va la pequeña esperanza
y en medio de sus dos hermanas mayores da la sensación
de dejarse arrastrar
como un niño que no tuviera fuerza para caminar.
Pero, en realidad, es ella la que hace andar a las otras dos,
y la que las arrastra,
y la que hace andar al mundo entero
y la que le arrastra (…)”

Rosa Ruiz, rmi