2Tim 4, 6-8.16-18 (2ª lectura Domingo XXX Tiempo Ordinario

Una vez más la liturgia nos trae un texto de la segunda Carta a Timoteo. Aunque atribuida a Pablo, se trata (como ya vimos en domingos anteriores) de una carta escrita por un autor desconocido, de finales del siglo I o principios del siglo II.

Para los creyentes de la segunda generación cristiana, es una época de persecuciones, de divisiones, de herejías y, por tanto, de confusión y de desánimo. En ese contexto, un cristiano anónimo, utilizando el nombre de Pablo, escribió pidiendo a sus hermanos en la fe que se mantuviesen fieles a la misión que Dios les había confiado. Su objetivo era revitalizar la fe y el entusiasmo de los creyentes.

El autor de la carta se pone en la piel de Pablo, prisionero en Roma; y, desde ahí, hace un balance final de su vida y de su entrega al servicio del Evangelio.

La vida de Pablo fue, desde su encuentro con Cristo resucitado en el camino de Damasco, una respuesta generosa a la llamada y un compromiso total con el Evangelio. Por Cristo y por el Evangelio, Pablo luchó, sufrió, gastó su vida, en una entrega total, para que la salvación de Dios llegase a todos los pueblos de la tierra.

Al final, él se siente como un atleta que ha luchado hasta el fin para vencer y está satisfecho por lo realizado. Le queda recibir esa corona de gloria, reservada a los atletas vencedores (y que Pablo sabe que no le está reservada únicamente a él, sino también a todos aquellos que luchan con el mismo arrojo y con el mismo entusiasmo por la causa del “Reino”).

Para definir su vida como don total a Dios y a los hermanos, Pablo utiliza aquí una imagen muy sugerente: la imagen de la víctima inmolada en sacrificio. Pablo hace de su vida una entrega total, al servicio del Evangelio; su entrega fue un sacrificio cultual a Dios. Ahora, para que el sacrificio sea total, sólo le resta coronar su entrega con la donación de su sangre.

La referencia a la ofrenda en “libación” hace referencia a los sacrificios en los que se vertía el vino sobre el altar, inmediatamente antes de ser inmolada la víctima sacrificial.

Hay dos maneras de dar la vida por Cristo: una es gastarla día a día en la tarea de llevar la liberación que Cristo vino a proponer a todos los pueblos de la tierra; otra es derramar, de una vez, la sangre por la fe y por el testimonio de Cristo.

Pablo conoció las dos modalidades; imitar a Pablo es un desafío que el autor de la Carta a Timoteo propone a los discípulos de su tiempo y de todos los tiempos.

En la segunda parte de nuestro texto (vv. 16-18), el autor de esta carta pone en boca de Pablo el lamento desilusionado de un hombre cansado que, a pesar de haber ofrecido su vida como don a los hermanos se siente, al final, abandonado y solo. Pero además de esto, Pablo tiene conciencia de que Dios ha estado a su lado a lo largo de su caminar, le ha dado la fuerza para enfrentarse a las dificultades, le ha librado de todo mal y le dará, al final del camino, la vida definitiva. De ahí la alabanza con la que Pablo termina: “A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén”. Es esta la actitud que el autor de la carta pide a sus hermanos: a pesar del desánimo, del sufrimiento, de la tribulación, que descubran la presencia de Dios, que confíen en su fuerza, que se mantengan fieles al Evangelio: así recibirán, sin lugar a dudas, la salvación definitiva que Dios reserva a quien combata el buen combate de la fe.

La reflexión puede realizarse a partir de los siguientes puntos:

Pablo fue una de las figuras que marcó, de forma decisiva, la historia del cristianismo. Al contemplar su ejemplo, nos impresiona cómo el encuentro con Cristo marcó su vida de forma tan decisiva; nos asombra cómo se identificó totalmente con Cristo; nos interpela la forma entusiasta y convencida con la que anunció el Evangelio por todo el mundo antiguo, sin vacilar nunca ante las dificultades, los peligros, la tortura, la prisión, la muerte; nos cuestiona la forma como él quiso vivir en el seguimiento de Cristo, en una entrega total a los hermanos, al servicio de la liberación de todos los hombres. Pablo es, verdaderamente, un modelo y un testimonio que debe interpelar, desafiar e inspirar a cada creyente.

El camino que Pablo recorrió continúa siendo un camino difícil. Hoy, como ayer, descubrir a Jesús y vivir de forma coherente el compromiso cristiano, implica recorrer un camino de renuncia a valores a los que los hombres de nuestro tiempo dan una importancia fundamental; implica ser incomprendido y, algunas veces, maltratado; implica ser mirado con desconfianza y, algunas veces, con conmiseración. Con todo, a la luz del testimonio de Pablo, el camino cristiano vivido con radicalidad es un camino que merece la pena recorrer, pues conduce a la vida plena.

¿Estoy de acuerdo? ¿Es este el camino que me esfuerzo en recorrer?

Conviene tener siempre presente ese dato fundamental que dio sentido a la vida de Pablo: aquél que elige a Cristo, no está solo, aunque haya sido abandonado y traicionado por los amigos y conocidos; el Señor está a su lado, le da fuerza, le anima y lo libra de todo mal. Animados por esta certeza, ¿qué podremos temer?

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