Comentario del 21 de octubre

El tema de las riquezas es recurrente en la predicación de Jesús, quizá porque sabe que atraen demasiado nuestro corazón y facilitan el despertar de la codicia que tanto deteriora las relaciones humanas e impide la implantación del reino de Dios que tiene su fundamento en el amor. Porque ¿qué es lo que hace que dos hermanos disputen sobre la herencia? Seguramente que su aprecio excesivo por la misma, un aprecio que colocan por encima de la buena sintonía familiar y de la conservación de los afectos más naturales y espontáneos. Pero semejante aprecio de bienes materiales es desordenado; no respeta el orden de las prioridades. Y este deseo desordenado es lo que llamamos codicia.

En cierta ocasión, nos dice el evangelio, se le acercó uno del público a Jesús, pidiéndole que interviniera como juez en una disputa entre herederos: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.

Confía en la autoridad moral de Jesús y pide su respaldo en un asunto que cree justo, pues no reclama más que una equitativa distribución: la parte que le corresponde de la herencia. En su respuesta, Jesús parece querer mantenerse al margen de esta disputa: Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros? Y, sin embargo, sí se cree con autoridad para dar una palabra juiciosa sobre el asunto o una palabra de advertencia tanto para el hermano que no parece querer repartir como para el que reclama en justicia su parte.

Ambos están en peligro de dejarse subyugar por el deseo excesivo que la posesión de tales bienes despierta, olvidando que la vida no depende de los bienes. Por eso, guardaos –les dice- de toda clase de codiciaPues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.

Es una insensatez que la codicia de ciertas posesiones materiales nos lleve a romper o a destruir cosas infinitamente más valiosas, como el amor, la amistad, la buena relación familiar, etc. Perder a un hermano es una pérdida mucho mayor que perder una casa, una mesa de caoba o una buena suma de dinero. Quizá tras esas disputas de herencia no haya sólo codicia de bienes materiales, sino algo más íntimo y personal, un deseo de ser reconocido como verdadero hijo o como digno heredero, es decir, un deseo no confesado de reconocimiento en la propia dignidad, como si no heredar significase haber sido degradado de la condición filial aneja a la herencia.

En cualquier caso, Jesús pone de manifiesto este dato: la vida de que disponemos no depende de nuestros bienes. Por eso les propone a continuación esa parábola en que se narran los cálculos de un hombre rico tras haber tenido una gran cosecha y encontrarse en posesión de muchos bienes: puesto que no tiene graneros suficientemente grandes para almacenar toda la cosecha, ha decidido construir otros graneros más grandes; entonces, tendrá bienes acumulados para muchos años y, en consecuencia, podrá darse a la buena vida. Pero en sus cálculos le falla algo esencial: que, siendo dueño de los bienes acumulados, no lo es sin embargo de los años en los que podría disfrutar de tales bienes. Ni siquiera tiene la seguridad de poder mantener tales bienes intactos en sus graneros; pues no dejan de ser bienes perecederos, o robables, o destruibles, o dispensables, o despreciables, es decir, que están expuestos a todo tipo de despojos o de pérdidas.

Y lo que es más importante: ¿Quién puede garantizarse los años de disfrute por muy grandes que sean sus posesiones? Por eso el calificativo de necio que recae sobre este rico calculador es muy acertado. El que es dueño absoluto de su vida le podrá decir: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será? No ciertamente de ese rico necio que pretendía darse la buena vida a costa de los bienes acumulados. Podrá ser de sus herederos, pero no de él, tal como pretendía. Y es que, se impone la sentencia, la vida no depende en último término de los bienes poseídos, aunque determinados bienes (alimentarios, respirables, bebibles, etc.) sean necesarios para la vida.

Y concluye el pasaje evangélico: Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios. Más importante que amasar riquezas para sí es ser rico ante Dios. Y se es rico ante Dios cuando se es rico en generosidad, en laboriosidad, en fraternidad, en solidaridad, en sensibilidad, en servicialidad, en fe, en caridad…, esto es, cuando se es rico en valores que enriquecen realmente, que dan valor a la persona que los detenta. Por este camino puede que no amasemos riquezas en la tierra, pero estaremos atesorando tesoros en el cielo. Esos son los tesoros que nos hacen ricos ante Dios, y en cuanto ricos en tales virtudes, dignos de estima y aprecio por Él y por todos los que con Él sintonizan.

 

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística