Eclo 35, 12-14. 16-18 (1ª lectura Domingo XXX Tiempo Ordinario)

El libro de Ben Sirá fue escrito a principios del siglo II antes de Cristo (entre el 195 y el 171), en un momento en el que los seléucidas dominaban Palestina y la cultura helénica, cada vez más omnipresente, ponía en riesgo la cultura, la fe y los valores judíos.

El autor del libro (Jesús Ben Sirá), preocupado porque muchos de sus conciudadanos se dejaban seducir por los valores extranjeros y renegaban de las raíces de su Pueblo escribe, para defender el patrimonio cultural y religioso del judaísmo, sobre su concepción de Dios, del mundo, de la elección y de la alianza. Quiere convencer a sus compatriotas de que Israel posee en su “Torah”, revelada por Dios, la verdadera “sabiduría”, una “sabiduría” muy superior a la “sabiduría” griega.

El texto que se nos propone se inserta en un paquete de sentencias en el que Jesús Ben Sirá quiere señalar a sus conciudadanos el camino hacia la verdadera “sabiduría” (cf. Ben Sirá 34,21-35,26).

Ese “camino” pasa por la práctica de una «religión verdadera”, esto es, por el cumplimiento riguroso de los mandamientos de la “Torah”, sobre todo en aquello que respecta a la vivencia de la justicia comunitaria y del respeto de los derechos de los más pobres.

En estas sentencias, Jesús Ben Sirá informa que Dios no puede ser comprado con actos de culto, por parte de aquellos que practican la injusticia y que esclavizan a los hermanos. La llamada del autor va, por tanto, en el sentido que se cumplan los mandamientos de la Ley y sean respetados los derechos de los pobres y de los débiles. Esa es la verdadera religión que Dios exige del hombre.

Aquellos que pretenden ser sabios no pueden cometer injusticias por la mañana y por la tarde aparecer en el Templo proclamando su fe y su comunión con Dios, a través de la ofrenda de llamativos sacrificios de animales. Eso sería, en la práctica, querer comprar a Dios y hacerle cómplice de la injusticia. Y eso, Dios no lo acepta.

Dios es, entonces, un juez justo (de aquí parte nuestro texto), que no hace acepción de personas, que no acepta ser cómplice de los opresores, que no se deja sobornar por

los presentes de los ricos y que no desiste de hacer justicia a los pobres (son nombrados explícitamente los huérfanos y las viudas, las dos figuras paradigmáticas de los que no tienen protección ninguna, que sólo tienen a Dios que los defienda de la prepotencia de los poderosos).

Por otro lado, Jesús Ben Sirá insiste en que Dios escucha siempre las oraciones de los pequeños y que está atento a los gritos de auxilio de aquellos que son víctimas de la injusticia. Así, los humildes, que sufren la opresión y la prepotencia de los poderosos, son invitados a presentar a Dios sus quejas, hasta que él restablezca el derecho y la justicia.

La reflexión puede realizarse a partir de las siguientes sugerencias:

Este texto presenta, antes de nada, el problema de lo que es fundamental en la experiencia religiosa. Sugiere que la “verdadera religión” no pasa por los ritos, sino por una vida verdaderamente comprometida con los mandamientos, sobre todo con el mandamiento del amor a los hermanos.

No es verdadera religión la de aquellos que dan dinero a la parroquia o a obras de “caridad”, pero no pagan justamente a sus obreros;
no es verdadera religión la de aquellos que el domingo depositan en la bandeja “buenos” donativos, pero no respetan la dignidad y la libertad de los otros;

no es verdadera la religión la de aquellos que hacen “promesas” para que Dios les ayude a rematar con éxito un negocio dudoso en el que alguien va a salir perjudicado.
Una religión desligada de la vida es una religión falsa, incoherente, hipócrita, con la cual Dios no quiere tener nada que ver.

El texto revela también, una vez más, que nuestro Dios tiene debilidad por los pobres, por los débiles, por los oprimidos, por aquellos a los que el mundo considera “vencidos” y sin peso.
Atención: Dios les ama y no se olvida de ninguna injusticia cometida contra ellos o cualquier comportamiento que viole su dignidad. Y los creyentes, “hijos de Dios”, son invitados a actuar con esa misma lógica.

¿Soy, como Dios, sensible a la llamada de los pobres, víctimas de la injusticia, de la segregación, de la exclusión?
¿Lucho, con coherencia, contra todo lo que genera muerte, infelicidad, explotación, injusticia, exclusión?

¿Aquellos que no encuentran lugar en la mesa de los privilegiados de este mundo encuentran, a través de mí, el rostro misericordioso y bondadoso del Dios que les ama?