Homilía – Domingo XXX Tiempo Ordinario

TODO ES GRACIA

 

PARA LOS QUE SE CREEN JUSTOS Y DESPRECIAN A LOS DEMÁS

Por suerte, no necesitamos devanarnos los sesos para averiguar el sentido y el mensaje de la parábola de hoy. Con ella Jesús quiere alertar a «los que se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los demás». Podemos decir que estamos ante una parábola con una clara dedicatoria.

En los evangelios «los fariseos» no son sólo personajes históricos a los que tuvo que enfrentarse Jesús de Nazaret; el fariseísmo es un sistema y una concepción de la vida, una forma de comprensión y de vivencia religiosa, y una tentación permanente para el cristiano en la que, incluso, en mayor o menor medida, todos caemos. Por eso Lucas transmite a las comunidades cristianas como una voz de alerta y de atención ya que se sentían tentadas de aclimatarse al ambiente fariseo de la sinagoga.

Pero, ¿quién es fariseo? ¿Por qué están equivocados? Fariseo es el hombre de la ley por la ley, de la mera corrección, del cumplimiento, del «cumplo» y «miento». El fariseo «cumple» literalmente con lo mandado; pero «miente» porque actúa hipócritamente, porque su exterior no corresponde a su interior, porque su «bondad» no brota del corazón, como pide Jesús. Y como está legalmente en regla, se siente seguro de sí mismo ante Dios. Se siente incluso con derecho a pasarle factura por su buen comportamiento; y, por otra parte, se cree con el derecho a sentirse superior a todos los «publícanos» que le rodean.

Dice el refrán: «El hábito no hace al monje». El fariseo es esencialmente una persona que es sólo cristiano, sólo religioso, por el hábito de la cofradía. Su corazón es pagano; sus ambiciones, la jerarquía de valores, el sentido de su actuar son paganos; se tiene a sí mismo como centro, pero se reviste, en cambio, de formalismo y formulismo con los que tranquiliza su conciencia; se siente seguro de sí mismo y seguro de la predilección de Dios: «Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo». Cumple sobradamente la ley. Es una persona correcta, legal, pero vacía por dentro. El Señor se queja por el profeta: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mt 15,8).

 

EL AMOR ES LA CLAVE

El fariseo se olvida de lo que da valor a todo: el amor. No ha aprendido lo que el fariseo Pablo aprendió en contacto con el mensaje de Jesús y sus discípulos: «Ya puedo ser intachable en todo, ya puedo incluso despojarme de todos mis bienes, puedo deshacerme realizando obras buenas y deshacerme en rezos y oraciones toda la vida, puedo ser, incluso, un héroe, que si todo ello no está animado por el amor, no vale absolutamente nada… Ya podemos hacer milagros, que si no actuamos movidos por el amor, somos unos pobres actores de teatro que no hacemos más que representar una triste comedia» (1Co 13,1-3).

La parábola contiene una llamada a realizarlo todo desde el amor. La compleja vida social en que vivimos nos tienta a «cumplir», incluso a cumplir con Dios, a «despachar compromisos». Como el no entrar en el juego social puede traer complicaciones, disgustos, represalias… y, en el caso de Dios, implica pecado y miedo al castigo, pues entonces uno se siente tentado a «cumplir», a tranquilizar la conciencia despachándose con una realización resignada y mecánica de los «compromisos». El fariseo que ora a Dios tan satisfecho, recitando la letanía de sus buenas obras, está vacío por dentro, porque todo lo ha hecho maquinalmente.

«A LOS RICOS LOS DESPIDE VACÍOS»

Este Dios Amor cuestiona de raíz la manera espontánea como tendemos a situarnos ante Él. A los hombres nos cuesta creer en el amor infinito y gratuito de Dios. Preferimos, por si acaso, acumular méritos ante Él y organizamos una religión

que nos defienda de sus posibles reacciones. He aquí una manera de aferramos a las leyes y a las prácticas religiosas que, por exigente que parezca, no es sino búsqueda interesada de seguridad ante Dios.

La Ley de Dios, cuando es mal entendida, se puede convertir en un obstáculo que impide a la persona el encuentro sincero con Dios y la apertura a sus verdaderas exigencias. El hombre intenta ser fiel no a un Dios amor, que nos remite siempre al amor y nos expone a las exigencias inesperadas del amor a todo hombre necesitado, sino a una ley que da seguridad y nos permite encerrar nuestra vida en el marco de unas normas y unas prácticas. Hay una manera de entender la moral y de obedecer a la Ley de Dios que no humaniza ni libera. Es la postura del hijo mayor de la parábola que puede decir a su padre que «jamás ha dejado de cumplir una orden suya» (Lc 15,29) y, sin embargó, es un hombre incapaz de acoger, amar y perdonar al hermano. Abrirse al Dios revelado en su Hijo Jesús no es limitarse a obedecer unas leyes que contienen de alguna manera su voluntad. Es, antes que nada; acoger su amor gratuito, dejar crecer en nosotros su presencia amorosa y disponernos a amar a los hombres como hijos de ese Padre que ama a justos y pecadores (Mt 5,45). «Sólo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios, porque Dios es Amor» (Jn 4,7-8). La autosuficiencia cierra la entrada a Dios.

El fariseo, además, apoyado en su «buena conducta» se siente con derecho a compararse con los demás y a despreciarlos. «Erguido —le describe Jesús— oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos adúlteros; ni como ese publicano»… Es absurdo intentar compararse a los demás. Todos somos únicos e irrepetibles ante Dios. ¿Qué sé yo qué oportunidades ha tenido en la vida el otro a quien pretendo juzgar? ¿Qué educación ha recibido, qué potencial psicológico tiene, qué traumas ha padecido…? ¡Es tan compleja la vida! ¿Estoy seguro de que yo hubiera sido mejor si hubiera vivido en las mismas condiciones? «Al que más se le dio, más se le pedirá; al que más se le confió, más se le exigirá» (Lc 12,48). ¿Cómo va a tener la misma responsabilidad una persona nacida y criada en un ambiente donde se daban «todos los males sin mezcla de bien alguno» que nosotros, nacidos y crecidos en un ambiente donde se daban casi «todos los bienes sin apenas mezcla de mal alguno»? ¿Puede estar seguro alguien de que hubiera sido mejor que cualquiera de los delincuentes si hubiera nacido, crecido y vivido en sus mismas condiciones?

TODO ES GRACIA

Si parece que mis hechos no son tan malos como los de otros, si parece que hago más bien y llevo mejor conducta, «todo es gracia» y nada más que gracia. María, con una gran lucidez de espíritu, canta: «El Señor hizo en mí maravillas»; es el Señor el que ha hecho las maravillas, no yo (Cf. Lc 1,47). Afirma Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,6). Interpela Pablo: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como sí no lo hubieras recibido?» (1Co 4,7). Y dice de sí mismo: «He trabajado más que nadie»; pero enseguida acota: «no yo, sino la gracia de Dios en mí»(1Co 15,10).

La persona madura, el cristiano maduro y santo, en lugar de crecerse ante los demás, se humilla, aprende de ellos. Donde el fariseo dice: «Yo no soy como ése…», el publicano arrepentido, el santo, dice: «Quién me diera ser como ése… Fue pecador, pero mírale qué arrepentido, qué humilde; seguro que Dios le ha tocado el corazón y le ha cambiado». Así eran los santos. San Antonio María Claret escribe en su Autobiografía: «¡Oh Dios mío, qué confuso estoy! Me has abrumado con tanto don y qué mal he sabido corresponderte; si a otro le hubieras enriquecido con los mismos dones que a mí, hubiera sido un santo y no un espíritu mediocre como yo» (n° 54).

¿Qué actitudes del publicano hemos de apropiarnos para ser acogidos y perdonados por Dios, para rehabilitarnos? Ante todo la sinceridad con nosotros mismos, con Dios y con los demás. Como testifica Jesús, «la verdad nos hará libres» (Jn 8,32). Es el mismo Jesús quien deduce la moraleja: «El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido». Nuestra confianza no puede apoyarse sino en el amor gratuito de Dios. Por muy grave que sea nuestro pecado, nunca es obstáculo para acercarnos humildemente al Dios del amor. Al contrario, pocas veces estamos los hombres tan cerca de Dios como cuando nos reconocemos pecadores y acogemos agradecidos su perdón gratuito y su fuerza renovadora.

Cuenta el ex-alcohólico Aimée Duval que, mientras se tapaba los ojos para no reconocer sus esclavitudes, se daba tortazos con todo el mundo, consigo mismo y, por supuesto, también con Dios. Hasta que un día, con un gesto heroico, se despojó de sus máscaras, se desnudó ante sí mismo y se dijo: «¿Por qué andar con tapujos? ¿Sabes una cosa? Eres una pura miseria». Después oró: «Señor Jesús, amigo de los tirados, no tengo otro apoyo que mi fe en tu misericordia. ¡Ten compasión de mí!». Cuenta con enorme alegría que, a partir de este gesto de sinceridad radical, empezó a ser de verdad libre.

Quien se siente pecador, se siente amado gratuitamente por Dios; quien se siente amado gratuitamente por Dios, comprende, perdona y ama gratuitamente a los demás, y, en consecuencia, se reconcilia con Dios, consigo mismo y con los demás. Somos de verdad libres cuando, como nos indica Jesús, decimos con toda la sinceridad del publicano: ¡Oh Dios, ten compasión de este pecador que reconoce su pecado, incluso su fariseísmo!

Atilano Aláiz