Lc 18, 9-14 (Evangelio Domingo XXX Tiempo Ordinario)

Más de una vez, Lucas nos sitúa en el “camino hacia Jerusalén”, para ofrecernos una lección sobre el “Reino”. Esta vez, Jesús propone una parábola “a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”. Los protagonistas de la historia son un fariseo y un publicano.

Los “fariseos” formaban uno de los grupos más interesantes y con más impacto en la sociedad Palestina del tiempo de Jesús. Descendientes de esos “piadosos” (“hassidim”), que apoyaron al heroico Matatías en la lucha contra Antíoco IV Epífanes y la helenización forzosa, eran los defensores intransigentes de la “Torah” (ya de la “Torah” escrita, ya de la “Torah” oral, esto es, de los preceptos no escritos, pero que los fariseos habían deducido de la “Torah” escrita); en el día a día, procuraban cumplir escrupulosamente la Ley y se esforzaban por enseñar la Ley al Pueblo: sólo así, pensaban ellos, el Pueblo llegaría a ser santo y el Mesías podría traer la salvación a Israel.

Se trataba de un grupo serio, verdaderamente empeñado en la santificación del Pueblo de Dios. Sin embargo, su fundamentalismo con relación a la “Torah” será, muchas veces, criticado por Jesús: al afirmar la superioridad de la Ley, despreciaban muchas veces al hombre y creaban en el Pueblo un sentimiento latente de pecado y de indignidad que oprimía las conciencias.

Los “publicanos” estaban ligados al cobro de los impuestos, al servicio de las fuerzas romanas de ocupación. Tenían fama de utilizar su cargo para enriquecerse de modo inmoral; y es necesario decir que, en general, esa fama era bien merecida. De acuerdo con la Mishna, estaban afectados permanentemente de impureza y no podía ni siquiera hacer penitencia, pues eran incapaces de conocer a todos aquellos a quienes habían defraudado y a quienes debían una reparación.

Si un publicano, antes de aceptar el cargo, formaba parte de una comunidad farisaica, era inmediatamente expulsado de ella y no podía ser rehabilitado, a no ser después de abandonar ese cargo.

Quien ejercía tal oficio, estaba privado de ciertos derechos civiles, políticos y religiosos; por ejemplo, no podía ser juez ni prestar testimonio en el tribunal, siendo equiparado con un esclavo.

En el fariseo y el publicano de la parábola, Lucas pone en confrontación dos actitudes distintas frente a Dios.

El fariseo es el prototipo de un hombre irreprensible frente a la Ley, que cumple todas las reglas y lleva una vida íntegra. Es consciente de que nadie le puede acusar de cometer acciones injustas, ni contra Dios, ni contra los hermanos (y, aparentemente, es verdad, pues la parábola no nos dice que estuviese mintiendo). Evidentemente, es consciente (y tenía razones para eso) de no ser como ese publicano que también está en el Templo: los fariseos eran concientes de su superioridad moral y religiosa, sobre todo en relación con los pecadores públicos (como es el caso de este publicano).

El publicano es el prototipo de pecador. Explota a los pobres, practica la injusticia, trafica con la miseria y no cumple las obras de la Ley. Tiene, además, conciencia de su indignidad, pues su oración consiste únicamente en pedir: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.

El comentario final de Jesús sugiere que el publicano se reconcilió con Dios (la expresión utilizada es “bajó a su casa justificado”, lo que nos conduce a la doctrina paulina de la justificación: a pesar de que el hombre vive hundido en el pecado, Dios, en su misericordia infinita y sin que el hombre tenga ningún mérito, lo salva). ¿Por qué?

El problema del fariseo es que piensa ganar la salvación con su propio esfuerzo. Para él, la salvación no es un don de Dios, sino una conquista del hombre; si el hombre lleva una vida irreprensible, Dios no tendrá otro remedio que salvarlo. Está convencido de que Dios le debe la salvación por su buen comportamiento, como si Dios fuese un contable que toma nota de la acciones del hombre y, al final, le paga en consecuencia. Está lleno de autosuficiencia: no espera nada de Dios, pues (piensa él) sus méritos son suficientes para salvarle. Por otro lado, esa autosuficiencia le lleva, también, al desprecio de aquellos que no son como él; se considera “a parte”, “separado”, como si entre él y el pecador existiera una barrera.. Así se ha andado la mitad del camino para, en nombre de Dios, hacer segregación y exclusión: es ahí donde conduce la religión de los “méritos”.

El publicano, al contrario, se apoya únicamente en Dios y no en sus méritos (que, además, no existen). Se presenta ante Dios con las manos vacías y sin ninguna pretensión; se pone en las manos de Dios y le pide perdón. Y Dios lo “justifica”, esto es, derrama sobre él su gracia y le salva, precisamente porque no tiene el corazón lleno de autosuficiencia y está dispuesto a aceptar la salvación que Dios quiere ofrecer a todos los hombres.

Esta parábola, destinada a “algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”, sugiere que esos que presumen de justos están, a veces, muy lejos de Dios y de la salvación.

Para reflexionar y actualizar este texto, considerad los siguientes datos:

Este texto plantea, fundamentalmente, el problema de la actitud del hombre frente a Dios. Desautoriza completamente a aquellos que se presentan ante Dios llenos de autosuficiencia, convencidos de su “bondad”, muy seguros de sus méritos, como si pudieran exigir algo a Dios y dictarle sus condiciones; propone, en contrapartida, una actitud de reconocimiento humilde de los propios límites, una confianza absoluta en la misericordia de Dios y una entrega confiada en sus manos. Esta segunda actitud es la que estamos invitados a hacer nuestra.

Este texto presenta, también la cuestión de la imagen de Dios. Nos dice que Dios no es un contable, una máquina de recompensar y de castigar, sino que es el Dios de la bondad, del amor, de la misericordia, siempre dispuesto a derramar sobre el hombre la salvación (aunque el hombre no lo merezca) como puro don gratuito. La única condición para “ser justificado” es la de aceptar humildemente la oferta de salvación que Él realiza.

La actitud de orgullo y de autosuficiencia, la certeza de poseer cualidades y méritos en abundancia, acaba generando desprecio por los hermanos. Entonces, se crean barreras de separación (de un lado los “buenos”, de otro los “malos”), que provocan segregación y exclusión… Esto sucede con alguna frecuencia en nuestras comunidades cristianas y hasta en comunidades religiosas.

¿Cómo entender esto a la luz de la parábola que hoy nos propone Jesús?

En los últimos siglos los hombres han desarrollado, a la par que una conciencia mucho más profunda de su dignidad, una conciencia viva de sus capacidades. Esto les ha llevado, con frecuencia, a la presunción, a la autosuficiencia. El desarrollo de la tecnología, de la medicina, de la química, de los sistemas políticos, ha hecho creer al hombre que podía prescindir de Dios pues, por si sólo, podría también ser feliz.

¿A dónde nos ha conducido esta presunción?
¿Podemos llegar a la salvación, a la felicidad plena, únicamente por nuestros propios medios?

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