Comentario del 22 de octubre

 Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas, les decía Jesús a sus discípulos.

Ambas imágenes aluden a una actitud de vigilancia. Tener ceñida la cintura es mantenerse en disposición de emprender una tarea, un servicio, un trabajo; por tanto, listos para la acción. Eso supone una preparación previa, una ascesis capacitativa para esa labor, una disponibilidad mental, física, espiritual para afrontar esa situación. Jesús quiere a sus discípulos así: ceñidos, despiertos, vigilantes, prontos para la ejecución, en actitud de servicio. La imagen de las lámparas encendidas también tiene que ver con la vigilancia y con la luz. Mientras es de día no es preciso encender las lámparas; nos basta la luz del sol para mantenernos despiertos y en acción; pero llegada la noche, se hace necesario encender las lámparas que nos permitan mantenernos despiertos, vigilantes. Esto sólo es posible con la luz que nos proporciona la fe.

Así se presenta la fe, como una luz que nos permite ver lo que no podemos ver con la luz de la visión (sensible) o con la luz de la razón (intelectiva). Y para ver al enemigo que hay que evitar o al amigo que hay que recibir no basta con estar vigilantes; es preciso tener luz, esa luz que nos permite distinguir al amigo del enemigo, o encontrar el camino de salida o de entrada, o de sortear los obstáculos en nuestro recorrido hasta la meta. Sólo así, vigilantes e iluminados (por la fe), podremos reconocer al Señor que vuelve de la boda, apenas venga y llame.

Jesús describe, pues, la actitud en que han de estar sus discípulos «en ausencia» de su Señor, es decir, mientras aguardan su vuelta. Estad –dice también- como los que aguardan a que su señor vuelva, para abrirle apenas venga y llame. Puesto que nuestra existencia transcurre entre su primera venida (en carne) y su segunda venida (en gloria), hemos de estar como los que aguardan su vuelta, aunque sin dejar de disfrutar de su presencia actual (espiritual, sacramental, eucarística).

Pero esta presencia no nos impide vivir pendientes de su venida, puesto que es una presencia vivida en la re-presentación y en la fe y no en la visión. Y vivir pendientes de una venida supone vivir en el recuerdo y en el deseo del que vendrá, vivir para ser encontrados, cuando venga, en una actitud que no desdiga de su querer. El esperado, que debe ser el deseado (amado) más que el temido, es el Señor. Por eso, se le espera con expectación, y cuando llega se le abre con prontitud, nada más oír la llamada, precisamente porque se está a la espera, ceñida la cintura y encendidas las lámparas.

Pues bien, dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y no importa el momento de su venida. Puede llegar al anochecer, o ya entrada la noche, o de madrugada, cuando empieza a esclarecer. Lo que importa es que nos encuentre así, despiertos, a la espera, en vela. Nos puede desagradar la imagen del criado, empleada aquí por Jesús, cuando ya nos había elevado a la categoría de amigosYa no os llamo siervos, sino amigosporque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

Pero es la imagen que viene exigida por su correlato, el señor que llega. Además le sirve para destacar lo que narra a continuación: el señor de esos criados se ceñirá como uno de sus criados para hacerles el honor de servirles a la mesa. El señor asume, por tanto, la función del criado, elevándole a éste a la categoría de señor, porque recibirá un servicio señorial. Por eso declara dichosos a esos criados que, por su actitud en la espera, se hacen merecedores de ser servidos a la mesa y de ser tratados como señores. ¿Qué mayor dignidad nos puede reservar nuestro Señor que ésta?

Esto es lo que nos espera si aguardamos al Señor, que vendrá inevitablemente, lo queramos o no, puesto que es Señor de vivos y muertos, con esta actitud de vigilancia y de fe para abrirle apenas venga y llame. La vigilancia esconde el deseo, como la esperanza, ya que el Señor esperado es también el deseado, no el temido, y la fe la confianza en el que es y ha sido acogido en su venida; por eso puede ser esperado en su venida definitiva, ésa en la que viene para llevarnos consigo, es decir, para sentarnos a su mesa y servirnos. Los que así esperan el encuentro con el Señor, aunque éste se produzca a través de la muerte, han de sentirse dichosos antes incluso de que acontezca, porque en la esperanza ya se encuentra la dicha. Dichosos, pues, nosotros si a su llegada nos encuentra así.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística