La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

10.- DE LA DESCENDENCIA DE DAVID. LAS GENEALOGÍAS

Mt 1, 1-17; Lc 3, 23-38

Si treinta años más tarde alguien hubiese preguntado al Señor: «¿Quién eres tú?, ¿quiénes son tus padres?, ¿de qué estirpe provienes?», hubiera podido contestar: Antes que Abraham naciese, era yo (Jn). Pero también podría haber respondido que Él era de la casa y familia de David (Lc). El Mesías tanto tiempo esperado había de descender del Cielo –nos vino del Padre (Jn)-, pero a la vez nació de una mujer. Será el Dios fuerte, Príncipe de la paz, pero será también un niño, un hijo[1]. Por ser el Hijo Unigénito del Padre, es Dios; por haber nacido de Santa María, es verdaderamente uno de nosotros. No solo por tener un cuerpo y un alma como los nuestros, sino también por estar entroncado en la familia humana. Él proviene del linaje de David según la carne[2]. Por eso san Mateo y san Lucas tienen especial interés en darnos su genealogía, tan importante en el pueblo judío.

San Juan busca su origen en el misterio de la vida divina: En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios… El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros… El apóstol indaga allí la raíz de la vida eterna de Jesús, en la Segunda Persona de la Trinidad, en el Verbo. No comenzó a existir al hacerse hombre, sino que antes de encarnarse en el seno de María, antes que el mundo, Él existía en la eternidad divina. Y en un momento concreto de la historia el Hijo de Dios se hizo hombre. No bajó a un hombre para establecer en él su morada, sino que se hizo uno de nosotros. Y, para disipar cualquier duda, san Juan recalca con insistencia que se hizo carne; palabra que designa al hombre en su totalidad. Asumió una naturaleza humana.

San Mateo y san Lucas quieren señalar que Cristo es a la vez, con pleno derecho, miembro de la familia humana y del pueblo de David. Se hizo hombre, no se vistió unos ropajes humanos. Y hombre permanece para siempre.

San Mateo y san Lucas han querido mostrarnos estos registros genealógicos para señalar que Jesús pertenece al pueblo hebreo y, de una manera especial, a la familia de David, de quien estaba profetizado que había de nacer el Mesías. La lista genealógica tiene un verdadero valor apologético para los dos evangelistas. La tradición ha subrayado siempre esta descendencia davídica de Jesús.

Los evangelistas nos transmiten estas series con el estilo propio de cada uno de ellos. San Mateo procede con orden descendente, desde Abrahán hasta José, esposo de María. Comienza con ella su evangelio a modo de presentación, mostrando que Cristo está enraizado en el pueblo escogido, con una ascendencia que se remonta hasta Abrahán.

San Lucas, que escribió en primer lugar para los cristianos procedentes de los gentiles, destaca en cambio la universalidad de la Redención realizada por Cristo. Así, en su genealogía asciende desde Jesús hasta Adán, cabeza del género humano, vinculando a Cristo no solo a los judíos, sino a toda la humanidad.

La verdad histórica de estas listas no ofrece dificultad, a pesar de las diferencias de algunos nombres que existen entre ambas[3]. Los judíos eran muy exigentes en el conocimiento y en la conservación de las genealogías. Eran para ellos algo familiar y sagrado, el sello de su identidad, que estaba más ligada al clan familiar que a la ciudad o el territorio, y era a la vez origen de derechos y de deberes. Al regreso del destierro de Babilonia[4], por ejemplo, muchos judíos pudieron acreditar a sus ascendientes y así entraron en posesión de las tierras de sus antepasados[5]. Los sacerdotes y levitas que pudieron presentar en regla sus tablas genealógicas volvieron a desempeñar sus funciones en el Templo; los demás fueron excluidos[6]. Todos los judíos conocían a qué clan y familia pertenecían. San Pablo, por ejemplo, conoce y se gloría de sus ascendientes: Soy del linaje de Israel -dice-, de la tribu de Benjamín, hebreo, hijo de hebreos y, ante la Ley, fariseo[7]. Esto debía de ser lo ordinario, y más en quienes pertenecían a la tribu de Judá y a la familia de David, de la que llegaría el Mesías salvador de su pueblo. ¡Era una gloria y un orgullo pertenecer a este clan!

Las tablas genealógicas escritas se guardaban como un tesoro en cada familia, para exhibirlas cuando hacía falta, y también constaban en los archivos públicos. Sabemos, por ejemplo, que en el Templo de Jerusalén, en el patio de los gentiles, había una comisión permanente encargada de comprobar y confirmar las listas genealógicas de sacerdotes y levitas. La frase se sentaron y comprobaron las genealogías llegó a ser una fórmula protocolaría. San José y la Virgen suben a Belén, porque conocen su árbol genealógico.

Las listas se hacían por vía masculina. José, al ser esposo de María, era el padre legal de Jesús, por quien llegaban los derechos. Por él, el Señor es el Mesías descendiente de David. Muchos autores y Padres de la Iglesia piensan que también María pertenecía a la familia de David. Las palabras del ángel Gabriel a María son un testimonio directo que señala su procedencia de la casa de David. Al mismo tiempo muestran que María tenía conciencia de ello. El ángel le anuncia: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre. El ángel llama a Jesús hijo de María. Y, a la vez, descendiente de David, según la carne. Para que esto sea así, María debía pertenecer a la casa de David. Solo así pudo ser Jesús hijo suyo y vástago al mismo tiempo de David. Después de escuchar al ángel, María le pregunta sobre su propósito de guardar la virginidad; pero, fuera de esto, no se sintió obligada a preguntar o declarar ninguna otra cosa. No habría sucedido así si no hubiera pertenecido a la casa de la realeza judía, como presuponía el ángel en su mensaje.

San Mateo termina de esta manera la genealogía del Señor: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo. El evangelista usa en el nacimiento de Jesús esta fórmula completamente diversa de la empleada en los demás personajes. Nos señala así, expresamente, la virginidad de María. De José solo dice que era el esposo de María, pues solo María es la madre de Jesús.


[1] Is 9, 6

[2] Rm 1, 3; cfr. Lc 1, 27

[3] La solución más frecuente y con mayor fundamento para explicar las diferencias entre las genealogías de Mateo y Lucas sugiere que ambos evangelistas recogen la genealogía de san José, pero uno tiene en cuenta la ley del levirato –si alguien moría sin hijos, su hermano debía tomar por mujer a la cuñada viuda, siendo el primogénito de este matrimonio hijo legal del difunto (cfr. Dt 25, 5-6)- y el otro no.

[4] La élite judía fue deportada a Babilonia en los años 597 y 587 a.C. Setenta años más tarde, en el 538, Ciro firmó un decreto –que se conserva- por el que los judíos podían volver a su patria. Algunas familias judías regresaron a Palestina. La mayoría de los exiliados y sus descendientes permanecieron en el país, donde se les encuentra bien instalados a mediados del siglo V. Se dedicaban especialmente al comercio, a las tareas administrativas, a la agricultura, a la ganadería y a la pesca (cfr. DANIEL ROPS, El pueblo de la Biblia, pp. 251 ss).

[5] Cfr. G. RICCIOTI, Historia de Israel, vol. II, n. 88.

[6] Cfr. Esd 2, 62-63; Ne 7, 63-65.

[7] Flp 3, 5; cfr. Rm 11, 1.