Vísperas – Miércoles XXIX de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

MIÉRCOLES XXIX DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Amo, Señor, tus sendas, y me es suave la carga
la llevaron tus hombros) que en mis hombros pusiste;
pero a veces encuentro que la jornada es larga,
que el cielo ante mis ojos de tinieblas se viste.

que el agua del camino es amarga…, es amarga,
que se enfría este ardiente corazón que me diste;
y una sombría y honda desolación me embarga,
y siento el alma triste hasta la muerte triste…

El espíritu débil y la carne cobarde,
lo mismo que el cansado labriego, por la tarde,
de la dura fatiga quisiera reposar…

Mas entonces me miras…, y se llena de estrellas,
Señor, la oscura noche; y detrás de tus huellas,
con la cruz que llevaste, me es dulce caminar.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Amén.

SALMO 26: CONFIANZA ANTE EL PELIGRO

Ant. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?+

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
+ El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

Cuando me asaltan los malvados
para devorar mi carne,
ellos, enemigos y adversarios,
tropiezan y caen.

Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo.

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo.

Él me protegerá en su tienda
el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca;

y así levantaré la cabeza
sobre el enemigo que me cerca;
en su tienda ofreceré
sacrificios de aclamación:
cantaré y tocaré para el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

SALMO 26: CONFIANZA ANTE EL PELIGRO

Ant. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

Escúchame, Señor, que te llamo;
ten piedad, respóndeme.

Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro.»
Tu rostro buscaré, Señor,
no me escondas tu rostro.

No rechaces con ira a tu siervo,
que tú eres mi auxilio;
no me deseches, no me abandones,
Dios de mi salvación.

Si mi padre y mi madre me abandonan,
el Señor me recogerá.

Señor, enséñame tu camino,
guíame por la senda llana,
porque tengo enemigos.

No me entregues a la saña de mi adversario,
porque se levantan contra mí testigos falsos,
que respiran violencia.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.

Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro.

CÁNTICO de COLOSENSES: HIMNO A CRISTO, PRIMOGÉNITO DE TODA CRIATURA

Ant. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque por medio de él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

LECTURA: St 1, 22.25

Llevad a la práctica la ley y no os limitéis a escucharla, engañándoos a vosotros mismos. El que se concentra en la ley perfecta, la de la libertad, y es constante, no para oír y olvidarse, sino para ponerla por obra, éste será dichoso al practicarla.

RESPONSORIO BREVE

R/ Sálvame, Señor,  y ten misericordia de mí.
V/ Sálvame, Señor,  y ten misericordia de mí.

R/ No arrebates mi alma con los pecadores.
V/ Y ten misericordia de mí.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sálvame, Señor,  y ten misericordia de mí.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

PRECES

Que en todo sea glorificado el nombre del Señor, que atiende a su pueblo elegido con infinito amor. A él suba nuestra oración:

Muestra, Señor, tu caridad.

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia:
— guárdala de todo mal y haz que crezca en tu amor.

Que todos los pueblos, Señor, te reconozcan como el único Dios verdadero,
— y a Jesucristo como el Salvador que tú has enviado.

A nuestros parientes y bienhechores concédeles tus bienes,
— y que tu bondad les dé la vida eterna.

Te pedimos, Señor, por los trabajadores que sufren:
— alivia sus dificultades y haz que todos los hombres reconozcan su dignidad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

En tu misericordia, acoge a los que hoy han muerto
— y dales posesión de tu reino.

Unidos fraternalmente, como hermanos de una misma familia, invoquemos a nuestro Padre:
Padre nuestro…

ORACION

Escucha, Señor, nuestras súplicas y protégenos durante el día y durante la noche; tú que eres inmutable, danos siempre firmeza a los que vivimos sujetos a la sucesión de los tiempos y de las horas. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 23 de octubre

Tiempo Ordinario

 1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 12,39-48
Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. Estad también vosotros preparados, porque cuando menos lo penséis, vendrá el Hijo del hombre.» Dijo Pedro: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?» Respondió el Señor: «¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: `Mi señor tarda en venir’, y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le castigará severamente y le señalará su suerte entre los infieles. «Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas que merecen azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más.

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos lanza de nueva una exhortación a la vigilancia con otras dos parábolas. Ayer la parábola era sobre el dueño y el empleado (Lc 12,36-38). Hoy, la primera parábola es sobre el dueño de la casa y el ladrón (Lc 12,39-40) y la otra habla del propietario y del administrador (Lc 12,41-47).
• Lucas 12,39-40: La parábola del dueño de la casa y del ladrón. “Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. Estad también vosotros preparados, porque cuando menos lo penséis, vendrá el Hijo del hombre.” Así que como el dueño de la casa no sabe a qué hora llega el ladrón, así nadie sabe la hora de llegada del hijo del Hombre. Jesús lo deja bien claro: » Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre!» (Mc 13,32). Hoy, muchas gente vive preocupada con el fin del mundo. Por las calles de las ciudades, a veces se ve escrito sobre los muros: ¡Jesús volverá! Hubo gente que, angustiada por la proximidad del fin del mundo, llegó a cometer suicidio. Pero el tiempo pasa y ¡el fin no llega! Muchas veces la afirmación “¡Jesús volverá!” es usada para meter miedo en las personas y obligarlas a atender una determinada iglesia. De tanto esperar y especular alrededor de la venida de Jesús, mucha gente deja de percibir su presencia en medio de nosotros, en las cosas más comunes de la vida, en los hechos de la vida diaria. Pues lo que importa no es saber la hora del fin del mundo, sino tener una mirada capaz de percibir la venida de Jesús ya presente en medio de nosotros en la persona del pobre (cf Mt 25,40) y en tantos otros modos y acontecimientos de la vida de cada día.
• Lucas 12,41: La pregunta de Pedro. “Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?» No se ve bien el porqué de esta pregunta de Pedro. El evoca otro episodio, en el cual Jesús responde a una pregunta similar, diciendo: “A vosotros os he dado conocer el misterio del Reino de Dios, pero a los otros todo les es dado a conocer en parábolas” (Mt 13,10-11; Lc 8,9-10).
• Lucas 12,42-48ª: La parábola del dueño y del administrador. En la respuesta de Pedro Jesús formula otra pregunta en forma de parábola: “¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente?” Inmediatamente después, Jesús mismo en la parábola da la respuesta: el buen administrador es aquel que cumple su misión de siervo, que nunca usa los bienes recibidos para su propio provecho, y que está siempre vigilante y atento. Es posible que sea una respuesta indirecta a la pregunta de Pedro, como si dijera: “Pedro, ¡la parábola es realmente para ti! A ti te incumbe saber administrar bien la misión que Dios te da como coordinador de las comunidades. En este sentido, la respuesta vale también para cada uno de nosotros. Y allí toma mucho sentido la advertencia final: “a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más.”.
• La llegada del Hijo del Hombre y el fin del mundo. La misma problemática había en las comunidades cristianas de los primeros siglos. Mucha gente de las comunidades decían que el fin del mundo estaba cerca y que Jesús volvería después. Algunas comunidades de Tesalónica en Grecia, apoyando la predicación de Pablo, decían: “¡Jesús volverá!” (1 Tes 4,13-18; 2 Tes 2,2). Por esto, había personas que habían dejado de trabajar, porque pensaban que la venida fuera cosa de pocos días o semanas. Trabajar ¿para qué, si Jesús iba a volver? (cf 2Ts 3,11). Pablo responde que no era tan simple como se lo imaginaban. Y a los que no trabajaban decía. “Quien no trabaja, ¡no tiene derecho a comer!” Otros se quedaban mirando al cielo, aguardando el retorno de Jesús sobre las nubes (cf He 1,11). Otros se quejaban de la demora (2Pd 3,4-9). En general, los cristianos vivían en la expectativa de la venida inminente de Jesús. Jesús venía a realizar el Juicio Final para terminar con la historia injusta de este mundo de aquí abajo e inaugurar la nueva fase de la historia, la fase definitiva del Nuevo Cielo y de la Nueva Tierra. Pensaban que esto acontecería dentro de una o de dos generaciones. Mucha gente seguiría con vida cuando Jesús iba a aparecer glorioso en el cielo (1Ts 4,16-17; Mc 9,1). Otros, cansados de esperar, decían: “¡No volverá nunca!” (2 Pd 3,4). Hasta hoy, la venida final de Jesús no ha ocurrido. ¿Cómo entender esta tardanza? Supone que ya no percibimos que Jesús volvió, que está en medio de nosotros: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.» (Mt 28,20). El ya está con nosotros, a nuestro lado, en la lucha por la justicia, por la paz y por la vida. La plenitud no ha llegado todavía, pero una muestra o garantía del Reino ya está en medio de nosotros. Por esto, aguardamos con firme esperanza la plena liberación de la humanidad y de la naturaleza (Rm 8,22-25). Y en cuanto esperamos y luchamos, decimos con certeza: “¡El ya está en medio de nosotros!” (Mt 25,40).

4) Para la reflexión personal

• La respuesta de Jesús a Pedro sirve también para nosotros, para mí. ¿Soy un buen administrador/a de la misión que recibí?
• ¿Cómo hago para estar vigilante siempre?

5) Oración final

¡De la salida del sol hasta su ocaso,
sea alabado el nombre de Yahvé!
¡Excelso sobre los pueblos Yahvé,
más alta que los cielos su gloria! (Sal 113,3-4)

Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 11, 7-11

<

p style=»text-align:justify;»>7Y llevan el burro hasta Jesús, y le echan encima sus mantos, y se sentó sobre él.
8Y muchos extendieron sus mantos por el camino; mientras otros, ramas cortadas de los campos. 9Y los que iban por delante y los que lo seguían gritaban: “¡Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor!; 10bendito el reino que viene de nuestro padre David. ¡Hosanna en las alturas!”.

11Y entró en Jerusalén, en el Templo, y tras observar todo, siendo ya la hora de la tarde, salió hacia Betania con los Doce».

<

p style=»text-align:justify;»>11, 7-11: La entrada en Jerusalén comienza con los discípulos que traen el pollino a Jesús y ponen sus vestiduras sobre él; Jesús se sienta entonces sobre esta silla improvisada (11,7). Aunque la acción de los discípulos tenga como objetivo práctico hacer que el jinete vaya más cómodo, el detalle con el que se describe esta sesión sugiere que tiene también dimensiones simbólicas. En primer lugar, los discípulos realizan un acto de reverencia; ya que una persona queda identificada por su ropa, el que los discípulos sienten a Jesús sobre sus vestiduras es equivalente a postrarse ante él. La sesión puede subrayar también la impresión de que Jesús tiene una naturaleza real; esta interpretación se apoya en la observación de que en 1Re 38,44 los representantes de David sientan a su hijo Salomón sobre el asno de David como preparación para ungirlo como rey en lugar de su padre. Esta reminiscencia es apropiada en un pasaje en el que las muchedumbres aclamarán dentro de poco a Jesús como la vanguardia «del reino que viene de nuestro padre David» (11,10). En el siguiente versículo, además, algunos miembros de la muchedumbre extienden su ropa en el camino de Jesús (11,8a), y esta acción puede tener también un matiz real (cf. 2Re 9,13). El esparcimiento de ramas procedentes de los campos próximos (11,8b) puede tener una importancia similar. 
El significado mesiánico de la entrada de Jesús en Jerusalén queda subrayado también por los versículos siguientes que tienen una importancia singular. En 11,9a la muchedumbre saluda a Jesús con el grito de «Hosanna», transcripción de una palabra hebrea que significa «Sálvanos, por piedad», dirigida a Dios en su fuente del AT. En 11,9b-10a, además, las gentes emparejan una bendición sobre el «que viene en nombre del Señor» con otra sobre «el reino que viene de nuestro padre David». Para el lector de Marcos la implicación clara es que Jesús es «el que ha de venir» (cf. Mt 11,3 // Lc 7,19), el vástago de David que restablecerá el reinado terrenal de su antepasado por la poderosa fuerza de Dios que mora «en las alturas». Por tanto, la aclamación concluyente, («¡Hosanna en las alturas!»), se convierte en texto de similar importancia a la invocación final de la plegaria judía Kaddish: «El que tiene la paz en las alturas derrame la paz sobre nosotros y sobre todo Israel». 


«Hosanna» y «Bendito el que viene en nombre del Señor» están tomados del Salmo 118, que al parecer fue ya interpretado escatológica y quizás mesiánicamente en el judaísmo del siglo I. Este salmo imagina a Jerusalén rodeada por sus enemigos paganos, pero salvada por la mano diestra, exaltada, del Señor (Sal 118,10-16). La imagen parece inmejorablemente apropiada para encender el tipo de fervor apocalíptico que caracterizó a la rebelión judía contra los romanos, el acontecimiento histórico decisivo que está detrás de la composición de Marcos. Otro pasaje veterotestamentario evocado por la aclamación de la muchedumbre a Jesús, el famoso oráculo sobre el reinado de la casa de David en 2Samuel 7, vincula el futuro reinado del hijo de David con la derrota militar de los enemigos de Israel y la edificación del templo de Dios. A la luz de este supuesto trasfondo de un mesianismo triunfante, o incluso de las expectativas suscitadas por sus diez primeros versículos, el final de nuestro pasaje resulta curiosamente decepcionante: Jesús entra en la ciudad, al parecer todavía montando sobre su burro «prestado», y entra en el Templo, al parecer tras apearse de él (11,11a). Después de su paseo sin precedentes por Jerusalén a lomos de un burro; después de la espléndida acción simbólica de montar un animal que nadie había montado aún; después del cumplimiento del oráculo mesiánico de Zac 9,9; después del modo como los seguidores de Jesús responden a estas actitudes implícitamente reales aclamándolo como «el que viene en nombre del Señor», el que va a restaurar el reinado de su «padre» David; después de cruzar de una zancada el Templo santo, el centro de los designios de Dios sobre la tierra…, después de tanta acumulación, Jesús mira alrededor y, sin más, se retira a Betania para pasar la noche allí con sus discípulos (11,11b). Cuánto más de acuerdo con lo que precede, cuanto más mesiánico al modo convencional es la conclusión del pasaje en Mateo y Lucas, donde Jesús purifica inmediatamente el Templo de sus impurezas. ¡Ese es el modo como se supone que actúa un mesías! Pero esta no será la última de las rupturas del Jesús marcano con el modelo esperado. En el siguiente pasaje purifica realmente el Templo, pero emplea la ocasión para proclamar el juicio, no sobre los opresores paganos de Israel, sino sobre los propios dirigentes nacionales. ¡Impresionante!

Comentario del 23 de octubre

El pasaje evangélico de este día, que es continuación del que se leyó ayer, prosigue también la misma temática: Comprended que, si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

La venida del Hijo del hombre es tan imprevista como la llegada de un ladrón. Si el dueño de la casa supiera a qué hora habrá de producirse, estaría preparado para hacerle frente o para evitar que maniobrase; haría lo imposible para que el ladrón no obtuviese su botín. Pero los ladrones no suelen actuar a la luz del día; buscan los momentos oportunos; actúan cuando nadie los espera. Pues bien, el modus operandi del Hijo del hombre en su venida es similar al de un ladrón, aunque él no es un ladrón, pues no viene a llevarse nada que no sea suyo. Pero podemos tener también la impresión de que cuando nos arrebata la vida se lleva lo que no es suyo. ¿Es sin embargo así?

Las palabras de Jesús parecen tener un marcado carácter escatológico. No aluden a cualquier venida o a una de esas múltiples presencias de Jesucristo que se hacen notar en la vida de un creyente, sino a la venida que cierra un ciclo existencial y que se hace coincidir con la clausura de este período, es decir, con la muerte del hombre en su singularidad o de la humanidad. Nuestra experiencia nos dice que la vida cesa en nosotros de la manera más inesperada y en las circunstancias más diversas. Diversas son también las causas: una enfermedad, un accidente, una agresión, una catástrofe, una infección, una ejecución.

Hay muertes que se anuncian con cierta antelación como la muerte de un condenado, la de un enfermo incurable o la de un anciano que no puede prolongar más sus días. Pero ni siquiera en estos casos se sabe exactamente la hora en que se va a producir: a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre. Hay enfermos o ancianos que parece que van a morir al día siguiente y luego duran meses o años; otros, parece que van a durar meses o años y fallecen de repente. Es verdad que el suicida puede calcular con exactitud el momento de su muerte, pero también puede que le surjan imprevistos que no entraban en sus cálculos y desbaraten sus propósitos. Sólo el dueño absoluto de nuestras vidas dispone de datos que le permiten saber cuándo cesarán. Sólo Dios conoce nuestra fecha de caducidad. Pero, puesto que a nosotros se nos escapa, lo sensato es que estemos preparados. De nuevo, una invitación a la vigilancia que nace de la imprevisión de la hora.

No obstante, cabe preguntarse: ¿Por qué esta preparación? ¿Para qué esta vigilancia? La razón queda expuesta en la explicación que sigue a la pregunta de Pedro. Somos administradores de unos bienes, entre los cuales se incluye la vida, que nos han sido entregados por el que es dueño absoluto de los mismos. El amo que ha depositado tales bienes en nuestras manos espera de nosotros fundamentalmente dos cosas: fidelidad y solicitud. Creernos dueños de lo que sólo somos administradores es cometer un grave error. No tener en cuenta que el manejo de nuestra vida y posesiones es administración de bienes es incurrir en un olvido que no dejará de tener consecuencias. Olvidar que semejante gestión va a ser juzgada y valorada por el que nos ha encomendado esta tarea es una irresponsabilidad. A veces los bienes que Dios nos encomienda tienen carácter personal. Son unos hijos, o unos educandos, o unos feligreses, o unos obreros, o unos pacientes, o unos ciudadanos.

El Señor espera del administrador (padre, médico, profesor, gobernante, etc.) que ha sido colocado al frente de esa servidumbre que reparta la ración a sus horas, es decir, que preste el servicio que debe prestar, que se le ha encargado prestar porque se ha preparado para ello. De esa gestión tiene que responder ante el que la encomienda. No se trata sólo de responder ante la sociedad (un ente que puede no exigirnos ciertas respuestas), ni siquiera ante aquellos mismos a quienes servimos (puede que ni siquiera tengan derecho a exigirlo); se trata de responder ante Dios que es, en definitiva, el que los ha puesto en nuestras manos expertas. Pues bien, si actuamos con responsabilidad mereceremos la bienaventuranza: Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

Una buena respuesta (=gestión) a la tarea encomendada tendrá como premio una mayor concesión de bienes que acrecentarán nuestra dicha. Pero si al empleado le da por pensar que su amo está lejos y no puede controlarle, y que su vuelta no está próxima, y empieza a comportarse irresponsablemente maltratando a sus subordinados y abusando de la comida y la bebida y emborrachándose, llegará el amo de ese criado el día y la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. Todos somos empleados o criados de este dueño ante el cual tenemos que responder de nuestra gestión en su día. Y el día no lo fijamos nosotros, sino Él.

Si hemos respondido según lo previsto en sus planes seremos recompensados con el premio merecido por los que han sido fieles; de lo contrario, seremos condenados a la pena de los que no son fieles. Aquí se premia la fidelidad en la ejecución del trabajo encomendado. Y la exigencia depende de la capacidad donada: al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá. Si a uno se le confía mucho, es porque se le ha dado mucho; de ahí que se le pueda exigir conforme a lo que se le ha dado. Pero no hemos de olvidar nunca que la recompensa con la que Dios premia nuestros esfuerzos es infinitamente superior a las exigencias.

A Dios no podemos ganarle en generosidad. Y nuestra aportación (humana) en cualquier asunto sólo sería posible desde la base de la previa donación divina. Sin Él, sin su aliento creador, sin su dinamismo conservador, no podríamos hacer nada. Por tanto, sintámonos dignificados y estemos agradecidos porque Dios nos ha querido asociar como colaboradores en su obra, algo que implica responsabilidad, pero también una promesa de vida más plena y gratificante.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

160. Al contrario, incluso un adulto debe madurar sin perder los valores de la juventud. Porque en realidad cada etapa de la vida es una gracia permanente, encierra un valor que no debe pasar. Una juventud bien vivida permanece como experiencia interior, y en la vida adulta es asumida, es profundizada y sigue dando frutos. Si es propio del joven sentirse atraído por lo infinito que se abre y que comienza,[85] un riesgo de la vida adulta, con sus seguridades y comodidades, es acotar cada vez más ese horizonte y perder ese valor propio de los años jóvenes. Pero debería suceder lo contrario: madurar, crecer y organizar la propia vida sin perder esa atracción, esa apertura amplia, esa fascinación por una realidad que siempre es más. En cada momento de la vida podremos renovar y acrecentar la juventud. Cuando comencé mi ministerio como Papa, el Señor me amplió los horizontes y me regaló una renovada juventud. Lo mismo puede ocurrirle a un matrimonio de muchos años, o a un monje en su monasterio. Hay cosas que necesitan “asentarse” con los años, pero esa maduración puede convivir con un fuego que se renueva, con un corazón siempre joven.


[85] Cf. Romano Guardini, Le età della vita, en Opera omnia IV, 1, Brescia 2015, 209.

Comentario Domingo XXX de Tiempo Ordinario

Oración preparatoria

Señor y Hermano Jesús, ante ti me presento con mi verdad, con mi fragilidad y pequeñez. Dame Tu Palabra, no para engreírme, sino para conocerme y conocerte, para ponerme ante un espejo que no me deforme y para encontrarme contigo y seguirte de corazón por los caminos de la vida. AMEN.

 

Lc 18, 9-14

«9Pero a algunos que se tenían a sí mismos por justos y despreciaban a los demás dijo también esta parábola:

10“Dos hombres subieron al templo a orar, uno fariseo, otro publicano.

11El fariseo, puesto en pie, oraba para sí mismo estas cosas: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni tampoco como ese publicano. 12Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’.

13Pero el publicano, quedándose a distancia, no quería ni alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba su pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten piedad de mí, [que soy] pecador!’.

14Os digo que este bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se ensalza a sí mismo será humillado; pero el que se humilla a sí mismo será ensalzado”».

¡PALABRA DEL SEÑOR!

 

CONTEXTO

A la parábola del juez injusto del evangelio del domingo pasado sucede la elo- cuente parábola del fariseo y publicano, el evangelio de hoy. Las dos parábolas tienen en común el tema de la oración, pero Lucas las ha colocado en un contexto escatológico, el Día del Hijo del hombre, y entonces adquieren un nuevo sentido. En efecto, con la segunda venida del Señor llega el “hacer justicia” a todas las víctimas de una historia llena de opresión y de injusticia; y llega también un nuevo y paradójico “orden”, expuesto en el evangelio de hoy: el “injusto” queda “justificado” y el “justo” no. Dios justifica (hace justo) un corazón “quebrantado y humillado”, consciente de sus debilidades y pecados; en cambio, queda desenmascarada la soberbia espiritual de quien, fiándose solo de su buen comportamiento, se considera con méritos ante Dios y, sobre todo, desprecia a los demás. La modestia espiritual se encarnará después en el episodio de los niños (Lc 18,15-17), y la soberbia espiritual en el del hombre rico (Lc 18,18-23). La maestría de Lucas estriba en describir de tal manera a los personajes que el lector percibe con claridad que ellos son lo contrario de lo que dicen que son.

 

TEXTO

La estructura del evangelio de hoy es igual que la del domingo pasado: tras el encabezamiento introductorio (v. 9), el evangelio tiene dos partes principales:

a) La parábola que presenta los personajes del fariseo y el publicano, con sus respectivas intervenciones en el templo (vv. 10-13);

b) la aplicación de Jesús, la enseñanza que extrae de la parábola (v. 14). También aquí, siguiendo su estilo personal, Jesús contrapone el ejemplo de un personaje negativo que finalmente acaba justificado por Dios (el publicano) con el de un personaje positivo que, paradójicamente, queda deslegitimado (el fariseo). Destacan los términos referidos a justicia y oración. ¿Quién es justo para Dios? ¿Quién es justificado por él? Y el texto nos empuja a mirar dentro de nosotros, para centrarnos no tanto en los actos, sino en las actitudes. Y para no creernos, nunca, superiores a nadie y con méritos ante Dios.

 

ELEMENTOS A DESTACAR

• El texto opone magistralmente palabras frente a gestos. Del fariseo presenta su “largo” discurso autocomplaciente: está “encantado de haberse conocido”. Enumera sus “méritos” ante Dios, de modo que su “oración” sitúa a Dios como alguien que debe premiar sus buenas obras. Del publicano sobresalen sus gestos: quedarse a distancia, bajar la mirada, golpearse el pecho. Es consciente de su pecado y solo pide “piedad” (Salmo 130, De profundis: “Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?”). Su oración apela a la benevolencia de Dios, a su misericordia: pide a Dios ser Dios. Y nuestra oración, ¿de cuál de las dos anteriores está más cerca?

• La primera parte de la aplicación (14a) nos enseña qué mueve a Dios para “hacer justicia” o “justificar”: Un corazón quebrantado y humillado, Tú no lo desprecias dice el salmo 51; es el reconocimiento del propio pecado y la necesidad de la mirada compasiva de Dios, la modestia espiritual, la “infancia espiritual” (card. Newman) que nos hace dependientes de Dios y evita la autosuficiencia.

• La segunda parte (14b) es una máxima de Jesús que ya aparecía en Lc 14,11, también referida a los fariseos. Ensalzarse hay que entenderlo aquí como “tenerse por justo” y humillarse, como “sentirse pecador o limitado”. El “hombre de Dios” no es el que ve los pecados ajenos, sino los propios, y eso le hace sentirse necesitado de Dios y solidario con los demás. Los dos verbos en pasiva son acciones de Dios, de modo que sabemos qué nos cabe esperar dependiendo de la actitud interior que tengamos.

• Hay un movimiento interesante en la parábola: “subir al” y “bajar del” templo. El fariseos bajó como subió; el publicano bajó transformado. Nosotros “entramos” y “salimos” del templo, de la iglesia, de la eucaristía: ¿Salimos igual que entramos o sentimos alguna transformación?

 

Paso 1 Lectio: ¿Qué dice el texto? Atiende todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas.

Paso 2 Meditatio: ¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes. ¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?

Paso 3 Oratio: ¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón, ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…

Paso 4 Actio: ¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer efectiva esa enseñanza?

Para la catequesis: Domingo XXX de Tiempo Ordinario

XXX Domingo de Tiempo Ordinario
27 de octubre2019

Eclesiástico 35, 12-17; 20-22; Salmo 33; 2 Timoteo 4, 6-8.16-18; Lucas 18, 9-14

El Publicano Arrepentido; la Humildad

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ‘Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias’. El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo. Lo único que hacía era golpearse el pecho, diciendo: ‘Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador’. Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido».

 

Reflexión

Jesús nos enseña con una parábola. ¿Quiénes eran los fariseos? (una secta de la religion judía que interpretaban la ley estrictamente y se creían mejor que nadie) ¿Quiénes eran los publicanos? (recaudadores de impuestos de los romanos y odiados por los judíos) ¿Cómo oraba el fariseo? (daba gracias que era mejor que nadie) ¿ Cómo oraba el publicano? (pedía perdón por ser pecador) ¿Cuál de los dos agradó a Dios y por qué? (el publicano porque era humilde y sabía que necesitaba el perdón de Dios; todos somos pecadores y debemos de reconocerlo) ¿Has conocido personas que piensan que son mucho mejores que todos los demás y que merecen ser tratados en forma especial? ¿Les agradan? Cuando oran, ¿Se dirijen a Dios pidiendo perdón, sabiendo que necesitan de ÉL? Reconocernos necesitados de Dios es la mejor manera de mantener nuestro corazón abierto a Él.

 

Actividad

En la siguiente página encontrarás la historia del fariseo y el publicano. Por detrás encontrarás los personajes de esta parábola. Colorea a los personajes y escribe la oración que cada uno le dijo a Dios.

 

Oración

Padre Dios, te adoro profundamente. Tú sabes que algunas veces mis palabras y obras pueden hacer daño a otras personas. Yo quiero pasar por el mundo haciendo el bien, como Jesús. Ayúdame a dar siempre buen ejemplo, porque soy débil y me faltan las fuerzas. Amén

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

¿Has conocido a personas que piensan que son mucho mejores que todos los demás y que merecen ser tratados en forma especial? Dr. Seuss escribió una historia acerca de una tortuga que era así. Quizás hayas leído el cuento. Se titula «La tortuga Yertle.»

Yertle era rey de un pequeño estanque en la isla de Sala-ma-Sond. Todas las tortugas del estanque tenían todo lo que necesitaban y se sentían muy contentos. Se sentían muy contentos hasta que Yertle decidió que su reino era muy pequeño. «Soy el rey de todo lo que veo, pero no veo lo suficiente. Mi trono es muy bajito,» se quejaba Tertle.

Así que Yertle levantó su pata y dió una orden. Le ordenó a nueve tortugas del estanque que se pusieran una encima de la espalda de otra para ellas fueran su trono y el mismo fuera más alto. Se subió a su nuevo trono y vió que tenía una vista maravillosa. Pero Yertle no estaba satisfecho. «¡Tortugas, más tortugas!» gritó desde su trono lleno de orgullo y sintiéndose importante mientras las tortugas de todo el estanque se subían en la espalda de las otras que hacían su trono.

En la base de la columna se encontraba una tortuga simple y ordinaria llamada Mack. Se mantuvo luchando por aguantar el peso de todas las tortugas hasta que finalmente decidió que ya era demasiado. Esa tortuga simple llamada Mack hizo una acción muy ordinaria: ¡Eructó! Su eructo agitó el trono y Yertle se cayó en el fango. Ahora el gran Yertle es Rey del Fango.

Cuando piensas que eres mejor que los demás, muchas veces terminas sufriendo una gran caída, ¿no es así?

En la lección bíblica de hoy, Jesús nos narra una historia acerca de un hombre que pensó que era mejor que todos los demás. En la historia que Jesús contó, dos hombre fueron al templo a orar. Uno de los hombres era un fariseo, grupo religioso que obedecía la ley de Moisés en forma muy estricta. El fariseo de levantó y oró sobre sí mismo: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhechores, adúlteros— ni mucho menos como ese recaudador de impuestos. Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo.»

El recaudador de impuestos, se había quedado a cierta distancia y ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo mientras oraba: «¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!»

¿Cuál de estas dos oraciones crees que le agradó a Dios? Estás en lo correcto. La oración del recaudador de impuestos. Jesús dijo: «El recaudador de impuestos, no el fariseo, volvió a su casa justificado ante (aceptado por) Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Cuando somos tentados a hablar exageradamente bien de nosotros mismos, necesitamos recordarnos que otras personas no se impresionan con lo que decimos, ¡Y que Dios tampoco!

Amado Padre, oramos para que nos ayudes a mantenernos humildes para que no pensemos de nosotros mismos más alto de lo que debemos. En el nombre de Jesús oramos. Amén.

Comentario al evangelio – 23 de octubre

Si leemos atentamente el evangelio de hoy veremos que a Pedro no le quedó claro si la parábola se aplicaba solamente a todos los discípulos o más bien a los líderes de la comunidad.  Por eso viene la segunda parábola que transporta la misma exigencias del “¡Estad preparados!” en el asumir las responsabilidades típicas de un animador de la comunidad, a quien Jesús llama “el administrador fiel y prudente” y que se aplica a todos los que sirven a la comunidad.

Cristo nos presenta la vida como una misión: «estar al frente de la servidumbre para darle a tiempo su ración». Venimos a la tierra para algo, y ese algo es tan importante que de él depende la felicidad eterna nuestra y de otras personas; o dicho de otro modo, la felicidad de otros será nuestra felicidad.

En el cristianismo no rige eso del «come y bebe que la vida es breve», ni el «vivir a tope», entendido como aprovechar cada instante para conseguir más placer y más bienestar egoísta.

La característica del administrador “fiel y prudente” es que sabe que los bienes no son suyos, no es tacaño ni rígido, sabe hacer que alcance para todos la comida. Éste recibirá la “bienaventuranza” de su Señor y se le concederán funciones de mayor responsabilidad en la comunidad.

Las características del administrador “infiel”: primero se descuida en la vigilancia, se da buena vida, se aprovecha de las circunstancias; luego, ya no sabe dirigir la comunidad, se pone agresivo y se olvida de los demás. Primero se olvida de sí mismo y luego de los demás. El castigo es todavía mayor.

Carlos Latorre, cmf