Christus Vivit – Francisco I

160. Al contrario, incluso un adulto debe madurar sin perder los valores de la juventud. Porque en realidad cada etapa de la vida es una gracia permanente, encierra un valor que no debe pasar. Una juventud bien vivida permanece como experiencia interior, y en la vida adulta es asumida, es profundizada y sigue dando frutos. Si es propio del joven sentirse atraído por lo infinito que se abre y que comienza,[85] un riesgo de la vida adulta, con sus seguridades y comodidades, es acotar cada vez más ese horizonte y perder ese valor propio de los años jóvenes. Pero debería suceder lo contrario: madurar, crecer y organizar la propia vida sin perder esa atracción, esa apertura amplia, esa fascinación por una realidad que siempre es más. En cada momento de la vida podremos renovar y acrecentar la juventud. Cuando comencé mi ministerio como Papa, el Señor me amplió los horizontes y me regaló una renovada juventud. Lo mismo puede ocurrirle a un matrimonio de muchos años, o a un monje en su monasterio. Hay cosas que necesitan “asentarse” con los años, pero esa maduración puede convivir con un fuego que se renueva, con un corazón siempre joven.


[85] Cf. Romano Guardini, Le età della vita, en Opera omnia IV, 1, Brescia 2015, 209.