Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 11, 7-11

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p style=»text-align:justify;»>7Y llevan el burro hasta Jesús, y le echan encima sus mantos, y se sentó sobre él.
8Y muchos extendieron sus mantos por el camino; mientras otros, ramas cortadas de los campos. 9Y los que iban por delante y los que lo seguían gritaban: “¡Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor!; 10bendito el reino que viene de nuestro padre David. ¡Hosanna en las alturas!”.

11Y entró en Jerusalén, en el Templo, y tras observar todo, siendo ya la hora de la tarde, salió hacia Betania con los Doce».

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p style=»text-align:justify;»>11, 7-11: La entrada en Jerusalén comienza con los discípulos que traen el pollino a Jesús y ponen sus vestiduras sobre él; Jesús se sienta entonces sobre esta silla improvisada (11,7). Aunque la acción de los discípulos tenga como objetivo práctico hacer que el jinete vaya más cómodo, el detalle con el que se describe esta sesión sugiere que tiene también dimensiones simbólicas. En primer lugar, los discípulos realizan un acto de reverencia; ya que una persona queda identificada por su ropa, el que los discípulos sienten a Jesús sobre sus vestiduras es equivalente a postrarse ante él. La sesión puede subrayar también la impresión de que Jesús tiene una naturaleza real; esta interpretación se apoya en la observación de que en 1Re 38,44 los representantes de David sientan a su hijo Salomón sobre el asno de David como preparación para ungirlo como rey en lugar de su padre. Esta reminiscencia es apropiada en un pasaje en el que las muchedumbres aclamarán dentro de poco a Jesús como la vanguardia «del reino que viene de nuestro padre David» (11,10). En el siguiente versículo, además, algunos miembros de la muchedumbre extienden su ropa en el camino de Jesús (11,8a), y esta acción puede tener también un matiz real (cf. 2Re 9,13). El esparcimiento de ramas procedentes de los campos próximos (11,8b) puede tener una importancia similar. 
El significado mesiánico de la entrada de Jesús en Jerusalén queda subrayado también por los versículos siguientes que tienen una importancia singular. En 11,9a la muchedumbre saluda a Jesús con el grito de «Hosanna», transcripción de una palabra hebrea que significa «Sálvanos, por piedad», dirigida a Dios en su fuente del AT. En 11,9b-10a, además, las gentes emparejan una bendición sobre el «que viene en nombre del Señor» con otra sobre «el reino que viene de nuestro padre David». Para el lector de Marcos la implicación clara es que Jesús es «el que ha de venir» (cf. Mt 11,3 // Lc 7,19), el vástago de David que restablecerá el reinado terrenal de su antepasado por la poderosa fuerza de Dios que mora «en las alturas». Por tanto, la aclamación concluyente, («¡Hosanna en las alturas!»), se convierte en texto de similar importancia a la invocación final de la plegaria judía Kaddish: «El que tiene la paz en las alturas derrame la paz sobre nosotros y sobre todo Israel». 


«Hosanna» y «Bendito el que viene en nombre del Señor» están tomados del Salmo 118, que al parecer fue ya interpretado escatológica y quizás mesiánicamente en el judaísmo del siglo I. Este salmo imagina a Jerusalén rodeada por sus enemigos paganos, pero salvada por la mano diestra, exaltada, del Señor (Sal 118,10-16). La imagen parece inmejorablemente apropiada para encender el tipo de fervor apocalíptico que caracterizó a la rebelión judía contra los romanos, el acontecimiento histórico decisivo que está detrás de la composición de Marcos. Otro pasaje veterotestamentario evocado por la aclamación de la muchedumbre a Jesús, el famoso oráculo sobre el reinado de la casa de David en 2Samuel 7, vincula el futuro reinado del hijo de David con la derrota militar de los enemigos de Israel y la edificación del templo de Dios. A la luz de este supuesto trasfondo de un mesianismo triunfante, o incluso de las expectativas suscitadas por sus diez primeros versículos, el final de nuestro pasaje resulta curiosamente decepcionante: Jesús entra en la ciudad, al parecer todavía montando sobre su burro «prestado», y entra en el Templo, al parecer tras apearse de él (11,11a). Después de su paseo sin precedentes por Jerusalén a lomos de un burro; después de la espléndida acción simbólica de montar un animal que nadie había montado aún; después del cumplimiento del oráculo mesiánico de Zac 9,9; después del modo como los seguidores de Jesús responden a estas actitudes implícitamente reales aclamándolo como «el que viene en nombre del Señor», el que va a restaurar el reinado de su «padre» David; después de cruzar de una zancada el Templo santo, el centro de los designios de Dios sobre la tierra…, después de tanta acumulación, Jesús mira alrededor y, sin más, se retira a Betania para pasar la noche allí con sus discípulos (11,11b). Cuánto más de acuerdo con lo que precede, cuanto más mesiánico al modo convencional es la conclusión del pasaje en Mateo y Lucas, donde Jesús purifica inmediatamente el Templo de sus impurezas. ¡Ese es el modo como se supone que actúa un mesías! Pero esta no será la última de las rupturas del Jesús marcano con el modelo esperado. En el siguiente pasaje purifica realmente el Templo, pero emplea la ocasión para proclamar el juicio, no sobre los opresores paganos de Israel, sino sobre los propios dirigentes nacionales. ¡Impresionante!