Comentario del 24 de octubre

La frase que inicia este pasaje evangélico es tan ardiente y enigmática como el fuego que se enuncia. Decía Jesús: He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ójalá que estuviera ya ardiendo!

Ya algunos profetas del AT habían hecho bajar fuego del cielo para consumir la víctima del sacrificio y mostrar a los incrédulos dónde radicaba el poder o de dónde procedía la fuerza. Pero cuando los discípulos de Jesús, que le acompañan por los caminos de Samaría, le proponen hacer descender fuego del cielo para acabar con sus enemigos y opositores, él desautoriza sus propósitos maléficos, les reprende y les encara con su propia conciencia: ¡no sabéis de qué espíritu sois!

No parece, pues, que Jesucristo pretenda aniquilar al mundo, por muy hostil e ingrato que éste se presente, con un fuego devorador. También se compara al Espíritu, del cual él es portador y Ungido, con el fuego ardiente, un fuego que incendia y purifica. En esta forma se presenta el señalado día de Pentecostés, como llamaradas de fuego posadas sobre las cabezas de los Apóstoles. Éste parecía más bien un fuego inocuo; pero lo cierto es que penetró en su corazón y los llenó de entusiasmo misionero. Disponía, pues, de una fuerza impulsora o propulsora. Es el fuego del Espíritu. En el mundo pagano se habla de la llama de los dioses que debe custodiarse y mantenerse viva en los altares, lo mismo que la antorcha de las Olimpíadas.

Pues bien, Jesús ha venido al mundo para introducir en su entraña el fuego de su Espíritu, que es el Espíritu de Dios. Y su deseo es que esté ya ardiendo. Sólo así habrá cumplido su objetivo. ¿Y cuál es el ardor de este Espíritu? No puede ser otro que el ardor divino. El Espíritu de un Dios, que es amor, no puede ser otra cosa que amor, amor ardiente, encendido, vigoroso, impulsor.

Es el amor derramado en nuestros corazones del que habla san Pablo. Y el amor enciende, impulsa, da calor y vida; pero también quema, purifica las impurezas, transforma, y este efecto trae consigo dolor. Nuestro yo egoísta y concentrado en sí mismo se retuerce bajo los efectos purificadores de este fuego. Si el objetivo de Jesús es, finalmente, enviarnos su Espíritu, que será el que complete la misión iniciada por él en nosotros, ¿cómo no entender su ardiente deseo de ver arder al mundo en este fuego? También tendría que ser el nuestro, pues sin pasar por él no podrá alumbrar el nuevo mundo, o el reino de Dios.

Pero Jesús añade algo que resulta aún más desconcertante. Si su deseo es que el mundo arda en el amor de Dios y se instaure un reino de paz, ¿por qué este desafío a la lógica que se desprende de su propósito? ¿Pensáis –dice- que he venido a traer al mundo paz? No, sino divisiónEn adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.

El que envía a sus discípulos para que vayan por delante de él anunciando la cercanía del reino y llevando no sólo un saludo de paz, sino el don de la paz, dice ahora que no ha venido al mundo a traer paz, sino división, una división que afecta a las conexiones más naturales, a las que unen a un padre con su hijo o a una hija con su madre. El que después de resucitado se presenta a sus apóstoles con el saludo de la paz, dice ahora ser causa de división. ¿Cómo entender esto?

Si echamos una mirada a la historia del primitivo cristianismo constatamos un hecho, y es el fenómeno de la división provocado por la entrada del cristianismo en la sociedad pagana. En muchas familias (como la de Perpetua, mártir del siglo III) se produce la conversión de uno de sus miembros al cristianismo. Esto provoca inmediatamente la separación de ese miembro del resto de la familia, que empieza a considerarle como un excluido o como el adepto de una secta indeseable.

Probablemente Jesús aluda a este hecho. Habiendo venido al mundo como portador de la paz y de la reconciliación, siendo él mismo paz para un mundo enemistado, ya que con su sangre ha derribado ese muro de odio que separaba a judíos y gentiles, haciendo de ellos un nuevo pueblo, sin embargo es causa de división. El odio, tanto de judíos como de paganos, recae ahora sobre los cristianos como pone de manifiesto la antigua literatura apologética y martirial. Jesús se convierte en signo de contradicción y en bandera discutida que acaba segregando a sus partidarios de los que no lo son, y eso incluso en el seno de las mismas familias que se rompen por razón del ingreso en ellas de la levadura cristiana que no a todos transforma.

La división se presenta así como una consecuencia de la presencia misma –presencia discutida- de Cristo en el mundo. Basta esa presencia que reclama seguimiento para que se produzca de inmediato la división entre los que deciden seguirle y los que deciden no seguirle o incluso perseguirle, y con él a todos sus partidarios. El mismo Jesús ahondó en este hecho: el que no está conmigo, está contra mí. Los que se ponen contra él no pueden estar del mismo lado que los que se ponen con él. Tal es la inevitable división que deja en el mundo el que viene a instaurar la paz mesiánica de parte del Padre. Pero su pretensión no es otra que reconciliar a todos los hombres con Dios y entre sí. Para lograr esto estuvo dispuesto a morir. Pero en ningún caso Jesús, el que proclamó dichosos a los que trabajan por la paz, puede ser considerado un enemigo de esa paz por la que hay que trabajar y por la que él dio la vida como manso cordero llevado al matadero.

Que Dios nos encuentre ardorosos trabajadores de su paz, aunque esto nos separe involuntariamente de aquellos que se oponen a esta noble actividad. Y pidamos al Señor de los dones que nos otorgue este don a nosotros y nuestras familias.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

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