I Vísperas – Domingo XXX de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXX DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Luz que te entregas!
¡Luz que te niegas!
A tu busca va el pueblo de noche:
alumbra su senda.

Dios de la luz, presencia ardiente
sin meridiano ni frontera:
vuelves la noche mediodía,
ciegas al sol con tu derecha.

Como columna de la aurora,
iba en la noche tu grandeza;
te vio el desierto, y destellaron
luz de tu gloria las arenas.

Cerró la noche sobre Egipto
como cilicio de tinieblas,
para tu pueblo amanecías
bajo los techos de las tiendas.

Eres la luz, pero en tu rayo
lanzas el día o la tiniebla;
ciegas los ojos del soberbio,
curas al pobre su ceguera.

Cristo Jesús, tú que trajiste
fuego a la entraña de la tierra,
guarda encendida nuestra lámpara
hasta la aurora de tu vuelta. Amén.

SALMO 118: HIMNO A LA LEY DIVINA

Ant. Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor. Aleluya.

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Lámpara es tu palabra para mis pasos, Señor. Aleluya.

SALMO 15: EL SEÑOR ES EL LOTE DE MI HEREDAD

Ant. Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor. Aleluya.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano;
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor. Aleluya.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: Col 1, 2b-6b

Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre. En nuestras oraciones damos siempre gracias por vosotros a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todos los santos. Os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos, que ya conocisteis cuando llegó hasta vosotros por primera vez el Evangelio, la palabra, el mensaje de la verdad. Éste se sigue propagando y va dando fruto en el mundo entero, como ha ocurrido entre vosotros.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor escucha las súplicas del oprimido; los gritos del pobre atraviesan las nubes hasta alcanzar a Dios.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor escucha las súplicas del oprimido; los gritos del pobre atraviesan las nubes hasta alcanzar a Dios.

PRECES
Demos gracias al Señor, que ayuda y protege al pueblo que se ha escogido como heredad, y, recordando su amor para con nosotros, supliquémosle, diciendo:

Escúchanos, Señor, que confiamos en ti.

Padre lleno de amor, te pedimos por el Papa, y por nuestro obispo:
— protégelos con tu fuerza y santifícalos con tu gracia.

Que los enfermos vean en sus dolores una participación de la pasión de tu Hijo,
— para que así tengan también parte en su consuelo.

Mira con piedad a los que no tienen techo donde cobijarse
— y haz que encuentren pronto el hogar que desean.

Dígnate dar y conservar los frutos de la tierra,
— para que a nadie falte el pan de cada día

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten, Señor, piedad de los difuntos
— y ábreles la puerta de tu mansión eterna.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – 26 de octubre

Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, te pedimos entregarnos a ti con fidelidad y servirte con sincero corazón. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 13,1-9

En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.» Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: `Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala; ¿Para qué ha de ocupar el terreno estérilmente?’ Pero él le respondió: `Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas.’»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos proporciona informaciones que encontramos sólo en el evangelio de Lucas y no tienen pasajes paralelos en otros evangelios. Estamos meditando el largo caminar de Jesús, desde Galilea hasta Jerusalén, que ocupa casi la mitad del evangelio de Lucas, desde el capítulo 9 hasta el capítulo 19 (Lc 9,51 a 19,28). Es aquí donde Lucas coloca la mayor parte de la información que tiene sobre la vida y la enseñanza de Jesús (Lc 1,1-4).
• Lucas 13,1: El acontecimiento que pide una explicación. “En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilatos con la de sus sacrificios.”. Cuando leemos los periódicos o cuando asistimos al noticiario en la TV, recibimos muchas informaciones, pero no siempre evaluamos todo su significado. Escuchamos todo, pero no sabemos bien qué hacer con tantas informaciones y noticias. Noticias terribles como el tsunami, el terrorismo, las guerras, el hambre, la violencia, el crimen, los atentados, etc. Así fueron a llevar a Jesús la noticia de la terrible masacre que Pilatos, gobernador romano, hizo con algunos peregrinos samaritanos. Noticias así nos incomodan. Nos derriban: ¿Qué puedo hacer?” Para apaciguar la conciencia, muchos se defienden y dicen: “¡Es su culpa! ¡No trabajan! ¡Es gente llena de prejuicios!” En tiempo de Jesús, la gente se defendía diciendo: “¡Es un castigo de Dios por sus pecados!” (Jn 9,2-3). Desde hace siglos se enseñaba: “Los samaritanos no valen. ¡Siguen una religión equivocada!” (2Re 17,24-41)!
• Lucas 13,2-3: La respuesta de Jesús. Jesús tiene otra opinión. «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”. Jesús ayuda a las personas a leer los hechos con otros ojos y a sacar una conclusión para su vida. Dice que no fue castigo de Dios. Por el contrario: “Y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo” y procura alertar hacia la conversión y el cambio.
• Lucas 13,4-5: Jesús comenta otro hecho. “O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén?” Debe haber sido un desastre muy comentado en la ciudad. Una tormenta derribó la torre de Siloé y mató a dieciocho personas que se estaban abrigando debajo. El comentario normal era: “¡Castigo de Dios!” Jesús repite: “No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo «. Ellos no se convirtieron, no cambiaron, y cuarenta años después Jerusalén fue destruida y mucha gente murió asesinada en el Templo como los samaritanos, y mucha más murió debajo de los escombros de las murallas de la ciudad. Jesús trató de prevenir, pero no escucharon la petición de paz: “¡Jerusalén! ¡Jerusalén!” (Lc 13,34). Jesús enseña a descubrir las llamadas que vienen de los acontecimientos de la vida de cada día.
• Lucas 13,6-9: Una parábola para que la gente piense y descubra el proyecto de Dios. » Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: `Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro. Córtala; ¿Para qué ha de ocupar el terreno estérilmente?’ Pero él le respondió: `Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas.” Muchas veces la viña es usada tanto para indicar el cariño que Dios tiene hacia su pueblo o como falta de correspondencia de parte de la gente hacia el amor de Dios (Is 5,1-7; 27,2-5; Jr 2,21; 8,13; Ez 19,10-14; Os 10,1-8; Mq 7,1; Jn 15,1-6). En la parábola, el dueño de la viña es Dios Padre. El agricultor que intercede por la viña es Jesús. Insiste con el Padre para alargar el espacio de la conversión.

4) Para la reflexión personal

• El pueblo de Dios, la viña de Dios. Yo soy un pedazo de esta viña. Me aplico la parábola de la viña. ¿Qué conclusiones saco?
• ¿Qué hago con las noticias que recibo? ¿Trato de tener una opinión crítica, o sigo la opinión de la mayoría y de los medios de comunicación?

5) Oración final

¿Quién como Yahvé, nuestro Dios,
con su trono arriba, en las alturas,
que se abaja para ver el cielo y la tierra?
Levanta del polvo al desvalido,
alza al pobre del estiércol. (Sal 113,5-7)

El orgulloso con su «yo» y el humilde con Dios

1.- Todos necesitamos de todos y vivimos de todos, aunque estemos inflados de orgullo y vanidad.

–Unas veces somos tan “farisaicos” que nos cuesta muy poco y casi nada traspasar los límites y ajustar cuentas con el mismo Dios sin percatarnos que todo nos viene de Él.

–En otras ocasiones sale a relucir la humildad que llevamos dentro y optamos por ponernos al final del templo sacando de la maleta los más viejos y negativos recuerdos sin reflexionar que Dios hace tiempo que los olvidó.

–Aunque, ciertamente, hay otros tantos hermanos nuestros que se sitúan tan al fondo de la iglesia que parecen estar (más que ante Dios) jugando al escondite con el Espíritu Santo o, simplemente, cumpliendo para luego marchar cuanto antes para continuar viviendo sin más trascendencia.

2. Uno y otro, el orgulloso del humilde, se distinguen por algo en esta parábola que nos presenta Jesús: el primero hablaba desde la arrogancia y el segundo, en cambio, desde el corazón.

Lo mismo, en una dirección u otra, nos podemos reflejar también nosotros:

*Si vivimos nuestra fe como un simple código de normas… somos fariseo

*Si nos sentimos sostenidos por la mano de Dios… somos publicano

*Si sacamos las medallas al mérito… somos fariseo

*Si buscamos en el trasfondo de todo lo que hemos realizado a Dios… somos publicano

*Si nos sentimos los mejores y los auténticos… somos fariseo

*Si intentamos vivir y pensar en Dios sin comparaciones… somos publicano

3.- En cuántas ocasiones acudimos a la iglesia intentando buscar a Dios y, sin darnos cuenta, ponemos un espejo delante de nosotros para autocomplacernos con la caridad que hicimos o con el ramillete de oraciones contabilizadas en el disco duro de nuestra memoria.

Dios, en cambio, saborea y disfruta con la naturalidad y espontaneidad de sus hijos. Sabe, mucho antes de que nos instalemos en su presencia, con que disfraces venimos y con qué traje deseamos salir de nuevo a la vida. Dios, que tiene de ingenio todo, va al fondo del corazón. Y en el corazón es donde El disfruta y goza con nosotros. En el corazón del creyente no existen las cuentas pendientes ni los reproches. En el corazón humilde es donde hemos de aprender a buscar y guardar la voz de un Dios que valora y potencia la humildad como una gran autopista para ir más deprisa a su encuentro.

3.- Pidamos a Dios que ese “yo” que se siente seguro de sí mismo, que se cree mejor que todo el mundo, más perfecto en todo, más rico, más inteligente, más experto en la vida, etc., sea disuelto por la inquietud de ser auténticos seguidores de Cristo.

También yo (aquí y ahora en el gran templo que es mi vida), en multitud de situaciones, puedo correr el riesgo de caer en la misma actitud farisaica:

-Cuando me considero el mejor vecino o el inigualable amigo

-Cuando pienso que nadie desarrolla el trabajo como yo

-Cuando descalifico a los demás creyéndome el poseedor de toda verdad

-Cuando voy perdonando la vida a los que no caminan al mismo ritmo que yo o la suerte no les ha sonreído como a mí

Cuando me considero más formado en las letras, en la ciencia o en la fe y sin derecho a réplica

4.- Estamos en el año dedicado a la Misericordia. Tal vez, una forma práctica de llevar a cabo el evangelio de hoy sea el ocupar los primeros bancos de la iglesia no para relatar a Dios nuestros éxitos pero sí para que seamos cada día más sensibles al gran valor que tiene estar cerca del altar y del lugar desde donde El habla. Al fin y al cabo, la humildad se cosecha más y mejor con aquello que más nos cuesta.

Javier Leoz

Comentario del 26 de octubre

En cierta ocasión, refiere san Lucas, se presentaron a Jesús unos judíos para contarle lo que les había sucedido a unos galileos que, estando ofreciendo sacrificios, hallaron la muerte asesinados por Pilato. ¿Para qué le presentan este caso? Tal vez para ponerlo a prueba o simplemente solicitando su juicio. Es entonces cuando Jesús les contesta: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y añade, abundando en el tema: Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

Jesús parece desmarcarse de la mentalidad de sus contemporáneos judíos, que solían pensar que el final de una persona era consecuencia directa de su estado moral. El pecado –pensaban ellos- acarrea el mal como castigo, que se puede presentar en forma de desgracia voluntariamente provocada, como el asesinato a manos de un gobernador sin escrúpulos o temeroso de una revuelta, o en forma de desgracia casual o involuntaria como el desplome de una torre que aplasta a los que se hallan en sus inmediaciones. Del mismo modo que la lepra era una maldición para los leprosos, así también la muerte de aquellos galileos o de estos accidentados.

En el caso de los galileos, el mal (privación de la vida) es causado por el hombre; en el caso de los aplastados por la torre, el mismo mal (privación de la vida) se presenta como una desgracia sin causa aparente, aunque puede que detrás del accidente haya también negligencias humanas, como la de quienes no corrigieron o avisaron del deterioro de esa edificación ruinosa. En cualquier caso, ven una correlación directa entre el pecado cometido y el mal padecido. La mentalidad religiosa difícilmente puede liberarse de esta correlación entre el mal moral (pecado) y el mal físico (desgracia), porque imagina que todo pecado ha de tener su correctivo. El castigo o correctivo vendría en cierto modo a sanar la marca o la servidumbre dejada por el pecado. De ahí la expiación y la penitencia, siempre tan ligadas al sufrimiento.

Pero Jesús, en su respuesta, desconecta esta correlación que se establece entre el pecado y el mal sufrido, de modo que a los que perecen en unas muertes como las reseñadas habría que aplicarles el calificativo de pecadores por encima de los demás. También los justos y los inocentes sufren y mueren a manos de poderosos sin escrúpulos y a consecuencia de accidentes (culpables o inculpables) y desgracias que no son achacables a ningún humano. El libro de Job es testigo de tales sufrimientos.

Esos galileos no eran más pecadores que los demás porque acabaran así. Tampoco los aplastados por la torre de Siloé. ¿Por qué acabaron así? Jesús no responde a esta pregunta. Acabaron así por causas diversas y porque Dios lo permitió, como permite la muerte de tantos otros seres (humanos) mortales. Acabaron así, porque el hombre es mortal y frágil, y de alguna forma tiene que morir. Y acabaron así porque existe la maldad (egoísmos, odios, homicidios, guerras, injusticias, agresiones) en el mundo, que también es causa de muerte para los humanos. Pero Jesús añade algo más: y si no os convertís, pereceréis lo mismo.

La noticia de tales hechos resulta una ocasión propicia para llamar a la conversión que es lo que, a juicio de Jesucristo, realmente importa. Y conversión es dar el fruto que de nosotros se espera, el fruto que de nosotros espera el que nos plantó, como a la higuera de la parábola. Porque, a propósito de la conversión, Jesús cuenta una parábola que habla del labrador que va a buscar fruto en su higuera y no lo encuentra. Y lo sigue buscando durante tres años. Y la higuera sigue sin dar fruto. Y ya toma la decisión de cortarla, porque está ocupando terreno en balde. Y el viñador interviene y le dice que espere un año más a ver si a base de cavarla y abonarla logra que dé algún fruto. Pero si al cabo de un año sigue estéril, se cortará.

Es una alegoría de la vida humana, que ha sido plantada en el mundo para que dé frutos. Permanecer estéril es ocupar un terreno en balde. Si pasan los años y no damos fruto, lo normal es que el que nos plantó decida cortarnos. En el caso del hombre, el que se beneficia de tales frutos no es propiamente el dueño de la tierra, que no tiene necesidad de ellos, sino otros hombres y el mismo hombre que fructifica y que ha sido creado para eso. No realizar este designio es quedarse baldío. Y nada hay más triste que la esterilidad, en el sentido más radical del término: esterilidad de frutos, no de hijos.

Jesús hace coincidir, por tanto, la conversión con la fructificación. Convertirse es dejarse labrar, abonar, regar y dorar por el sol; porque sólo así podremos dar el fruto que se espera de nosotros. Arrancar la vida del suelo vital también se hace depender de la decisión del dueño de la misma. Pero no hemos de sacar falsas consecuencias. No todo el que sufre una muerte prematura muere por resistirse a dar fruto y no todo el que muere tras haber vivido una larga vida muere tan tarde porque no ha dejado de dar fruto y Dios lo ha mantenido en vida para beneficio de los demás. Hay mártires que han entregado la vida a edad muy temprana y estaban colmados de frutos, y hay quienes mueren a una edad muy longeva y apenas pueden presentar frutos valiosos. La suerte de nuestra vida con su fenecer forma parte de los ocultos designios de Dios.

Lo que sí hemos de saber es que estamos en este mundo para dar fruto, un fruto buscado por Aquel que lo reclama como Dueño de esa plantación. Y la donación del fruto exige en muchos casos, si no en todos, la conversión. Tales frutos deberán llevar la marca de lo humano y de lo cristiano, al menos para los que hemos recibido el bautismo y la nueva vida de los hijos de Dios, para los que disponemos del Espíritu Santo que fructifica en frutos de santidad: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad; pues tales son los frutos del Espíritu Santo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

Sendas de fraternidad

163. Tu desarrollo espiritual se expresa ante todo creciendo en el amor fraterno, generoso, misericordioso. Lo decía san Pablo: «Que el Señor los haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos» (1 Ts 3,12). Ojalá vivas cada vez más ese “éxtasis” que es salir de ti mismo para buscar el bien de los demás, hasta dar la vida.

«Bendigo al Señor en todo momento…»

1.- JUSTICIA. – Qué necesitados estamos de justicia, qué necesitados de imparcialidad. Fácilmente somos juzgados con ligereza, con falta de rectitud. Se interpretan mal nuestras acciones, o no se aprecian en su debido valor. Cuántos inocentes que son condenados y cuántos culpables que son absueltos. Y cuánto héroe desconocido, cuánto sacrificio oculto, cuánto genio incomprendido, cuanto santo menospreciado.

Por eso consuela el pensar que Dios es justo e imparcial, un juez clarividente que no se deja llevar de las apariencias, que sopesa con exactitud las intenciones… Cuántos que brillaron en la tierra, quedarán apagados en el más allá. Y por el contrario, muchos que aquí pasaron desapercibidos, brillarán eternamente como estrellas de primera magnitud… Esta realidad nos ha de mover a vivir de cara a Dios, desatados del aplauso de los hombres, conscientes de que el juicio que realmente cuenta, el que será definitivo, no es el juicio humano, sino el divino.

Lo terrible es que esa justicia divina y esa imparcialidad nos alcanzarán a muchos, no para restituirnos un derecho perdido, sino para arrebatarnos unos privilegios inmerecidos. Realmente es para echarnos a temblar. Pero resulta que muchas veces, casi siempre, nos inmunizamos a base de inconsciencia, a fuerza de estupidez, o de autojustificaciones insostenibles.

Sólo nos queda una salida viable. La de reconocer nuestra miseria y clamar, desde lo más hondo del alma, a este Dios y Señor nuestro que, además de justo, también es misericordioso. Considerar la propia pobreza y pedir perdón con sincero arrepentimiento. Seguros de que, como dice el texto sagrado de hoy, las súplicas del pobre, las quejas del indigente atraviesan las nubes, se elevan hasta el trono mismo de Dios.

Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha. El Señor está cerca del atribulado, salva al que está abatido. Redime a sus siervos y no será castigado el que, aunque gran pecador, pesaroso de su conducta se refugia arrepentido en él.

2.- EN TODO MOMENTO.«Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca…» (Sal 32, 2) Mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. Los soberbios, en cambio, que callen pues nada tienen que decir ante Dios. Y si algo dicen, el Señor no los oye ni los escucha. Los soberbios son rechazados por el Todopoderoso, que los considera indignos de su Reino, ineptos para entender y gustar las cosas divinas, por creerse mejores. De ahí que el verse uno mismo tan frágil y tan débil, tan vulnerable y tan inclinado al mal, puede ser un motivo de gozo saber que Dios ama lo que el mundo desprecia, que se complace en la pequeñez de sus siervos. Sí, así es, a los sencillos y a los humildes el Señor abre de par en par las puertas de su corazón de Padre bueno.

Por este motivo, pues, el salmista bendice al Señor en todo momento, y la alabanza al Señor llena de continuo su boca. De aquí que, ocurra lo que ocurra, si uno se reconoce como es, sin desanimarse por ello, si uno se olvida de la propia pequeñez y piensa en el poder divino, entonces brota del alma un canto de gozo y de gratitud hacia Dios.

«El Señor se enfrenta con los malhechores para borrar de la tierra su memoria…» (Sal 33, 17). – A veces pudiera parecernos que Dios es vencido por sus enemigos, por esos que rompen su Ley divina. Y es cierto que en ocasiones los impíos triunfan, quedan impunes de sus delitos, riéndose y quizá hasta blasfemando. Siguen su vida como si tal cosa, impávidos y descarados. Sin embargo, de Dios nadie se ríe. Tarde o temprano la justicia divina da a cada uno su merecido. Es cuestión de tiempo y, al fin y al cabo, el que ríe el último ríe mejor.

Se tiene toda la eternidad por delante, bien se puede dar un margen de impunidad. Convencidos de esta realidad, no cesemos nunca de intentar hacer lo que Dios quiere, acudamos al Señor llenos de confianza por muy mal que nos vayan las cosas. En todo momento hay que apoyarse en Dios, y cuando todo va mal todavía más. No olvidemos que el Señor está cerca y dispuesto a sostenernos con sus brazos paternales.

2.- ESPERANZA EN LA DESESPERACIÓN. – «Querido hermano: yo estoy a punto de ser sacrificado…» (2 Tm 4, 6) .– San Pablo se da perfecta cuenta de su situación. Comprende que sus días están contados, que le aguarda la muerte a la vuelta de la esquina. Sí, el momento de su partida es inminente. En aquellas circunstancias había motivos para desesperarse. Y, sin embargo, en esos instantes mira hacia su pasado y dice sereno y lleno de esperanza: «He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe».

Cada uno tenemos nuestro propio entorno vital, cada uno quizá piense que la muerte está lejos, o por el contrario, que se nos acerca cada vez más. De todos modos, hemos de vivir de tal forma que podamos morir serenos y confiados en el Señor. «La gloria de morir sin pena, bien vale la pena de vivir sin gloria». Ojalá que combatamos bien la batalla de cada día. Que Dios nos ayude a coger hasta la meta señalada, a ser fieles y leales a la fe de nuestros mayores. Sólo así podremos decir un día: Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará a mí… Por mi parte, más que en su justicia, espero en su infinita misericordia.

«La primera vez que me defendí ante los tribunales, todos me abandonaron…» (2 Tm 4, 16)Los recuerdos lastiman el corazón anciano y sensible del gran Apóstol. Sólo Lucas está ahora con él. Antes, ni siquiera eso. Estuvo solo ante los tribunales, sin apoyo humano alguno para llevar a cabo su defensa. Aquellos que decían ser sus amigos, aquellos por los que se sacrificó día y noche, aquellos a quienes amó con entrañas de padre, aquellos le abandonaron cuando más les necesitaba. Situación triste y casi desesperada. Pero también entonces Pablo se siente tranquilo y sereno.

Que Dios los perdone -dice-. El Señor me ayudó y me dio fuerzas… Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará, me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos, amén!… Cuando nos veamos traicionados, cuando nos olviden o nos paguen de mala manera, lo primero que tenemos que hacer es perdonar y poner nuestra confianza en Dios, apoyarnos en su fuerza inquebrantable. Sólo así renacerá la esperanza en la desesperación, sólo así nos sentiremos seguros, contentos, con ganas de bendecir a Dios.

3.- NECESIDAD DE UN GUÍA. – Es muy fácil engañarnos a nosotros mismos. Muchas veces nos “auto convencemos” en un determinado sentido, para acallar los remordimientos de nuestras conciencias, y aunque en el fondo nos damos cuenta de ello, seguimos nuestra vida sin más preocupaciones, metemos la cabeza debajo del ala como el avestruz, que piensa que al no ver al cazador, éste ya no le ve a ella… Por otra parte, es también muy fácil equivocarse en los asuntos que conciernen a uno mismo. Hay muchos factores que oscurecen nuestra mente cuando se trata de algo en lo que se juega nuestro propio interés. Unas veces esos factores son de tipo emocional, otras de tipo conceptúala.

El corazón nos suele engañar muchas veces, se deja llevar por los sentimientos y hace traición a la mente. El hombre no puede verse libre de sí mismo, no es inmune a las pasiones, en especial a la soberbia y a la sensualidad que, como malas raíces sin extirpar, lleva metidas en lo más íntimo de su interior. El engaño también puede venir por otros factores de tipo conceptual, y estos son los peores. Hay quienes viven en la ignorancia, quienes se dejan guiar por una conciencia deformada, hasta el punto de llamar indiferente, o incluso bueno, a lo que de por sí es realmente malo.

Por todo ello, no es inverosímil la situación que nos describe hoy el Evangelio: el absurdo de quienes, siendo unos impíos, se tenían por justos, se sentían seguros de sí mismos y, lo que es peor todavía, despreciaban a los demás. El Señor les quitó la máscara y los puso en su sitio. Dos hombres, les dice, subieron al templo para orar. Uno era fariseo y el otro un publicano. El primero da gracias a Dios por qué no es como los demás: ladrones, injustos, adúlteros… El otro no se atrevía ni a levantar los ojos del suelo, sólo se golpeaba el pecho y decía: Oh Dios, ten compasión de este pecador. Hasta aquí todos escuchaban complacidos, sin sospechar la conclusión: El publicano fue grato a los ojos de Dios, el fariseo salió del templo tan orgulloso como había entrado.

El fariseo no mentía, él contemplaba su vida tal como la describe. Pero estaba equivocado respecto de sí mismo. De aquí que una primera enseñanza para nuestra vida personal es la de que nunca nos fiemos de nosotros mismos en lo que se refiere a nuestra vida espiritual, pues puede ocurrirnos lo que al fariseo, que nos creamos limpios de toda culpa y resulte que estamos en pecado mortal, o en peligro de cometerlo. Estemos convencidos de que uno es mal consejero de sí mismo, y mal juez en las propias causas. De ahí la importancia capital que siempre se ha dado, y se da, a la dirección o acompañamiento espiritual, a la costumbre de confesarse con frecuencia y buscar la orientación de un buen sacerdote, que nos ayude en la delicada tarea de ser cada vez mejores, sobre todo en la humildad. Sólo así seremos agradables a Dios, sólo así nos apoyaremos en el Único que nos puede sostener. Seremos, además, más comprensivos con las faltas de los demás, sin atrevernos jamás a despreciar a nadie.

Antonio García-Moreno

Reconocer nuestro pecado

1.- El soberbio que no reconoce su pecado. Dos personajes, dos actitudes, dos formas de entender la relación con Dios. El fariseo se creía santo, por eso se sentía «separado» de otro, el publicano. El afán de piedad y de santidad llevó a muchos a separarse de los demás, eran los «parushim» –en hebreo significa separado–. Cifraban la santidad en el cumplimiento de la ley tal como prescribía el Levítico. Ponían todo su empeño en la recitación diaria de oraciones, ayunos y la práctica de la caridad. Se sentían satisfechos por lo que eran y por lo que les diferenciaba de los demás. Estaban convencidos de que así obtenían el favor de Dios. Sin embargo, aquél que se creía cerca de Dios, en realidad estaba lejos. ¿Por qué? Porque le faltaba lo más esencial: el amor. Así lo reconoció después Pablo, que fue fariseo antes de su encuentro con Cristo: «si no tengo amor, no soy nada». Aunque alguien repartiera en limosna todo lo que tiene y hasta se dejara quemar vivo, si le falta el amor, no vale de nada. El fariseo dice «Te doy gracias». San Agustín se pregunta dónde está su pecado y obtiene la respuesta: «en su soberbia, en que despreciaba a los demás»

2.- El pecador que pide perdón con humildad. El otro personaje, el publicano, era un recaudador de impuestos odiado por todos. Se quedó atrás, no se atrevía a entrar. Pero Dios no estaba lejos de él, sino cerca. No da gracias, sino que pide perdón. No se atrevía a levantar los ojos a Dios, porque se miraba a sí mismo y reconocía su miseria, pero confía en la misericordia de Dios. Una vez más Dios está en la miseria del hombre, para levantarle de la misma. El publicano tenía lo que le faltaba al fariseo: amor. No puede curarse quien no es capaz de descubrir sus heridas. El publicano se examinaba a sí mismo y descubría su enfermedad. Quiere curarse, por eso acude al único médico que puede vendarle y curarle tras aplicarle el medicamento: su gracia sanadora.

3.- El que se humilla es enaltecido. No se trata aquí de caer en el maniqueísmo: hombre malo, hombre bueno. El fariseo era pecador y no lo reconocía, el publicano también era pecador, pero lo reconocía y quería cambiar. El fariseo se siente ya contento con lo que hace, se siente salvado con cumplir, pero esto no es suficiente. En el Salmo proclamamos que Dios está cerca de los atribulados. En realidad está cerca de todos, pero sólo puede entrar en aquellos que le invocan, porque El escucha siempre al afligido. Este es justificado y el fariseo no. Pablo en la carta a los Romanos emplea también el término «justificación». Justificar es declarar justo a alguien y sólo Dios puede hacerlo, no uno mismo. No es un mérito que se pueda exigir, sino un don gratuito de Dios. La conclusión de la parábola es bien clara: «el que se exalta será humillado y el que se humilla será enaltecido».

4.- Examinemos nuestro comportamiento como cristianos. ¿No somos muchas veces como el fariseo creyéndonos en la exclusiva de la salvación porque «cumplimos» nuestros deberes religiosos? Incluso despreciamos a los demás o les tachamos de herejes o depravados. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? Sólo Dios puede justificar. Además la fe cristiana no consiste sólo en un cumplimiento de devociones, sino en encontrarnos con Jesucristo resucitado y dejar que su amor vivificante transforme nuestra vida. Entonces nos daremos cuenta de que hay amor en nuestra vida.

José María Martín OSA

Humildad es andar en verdad

1.- Jesús dijo esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás. Yo creo que la frase de Santa Teresa, en su libro de las Moradas y en algunos sitios más, define bien lo que realmente es la verdad. Precisamente, los dos errores mayores que cometía el fariseo de la parábola eran precisamente esos: que se consideraba justo y que despreciaba a los demás porque los consideraba “ladrones, adúlteros e injustos”. Ante Dios ninguno podemos considerarnos justos, porque todos nacemos con inclinaciones al mal y todos morimos habiendo hecho más de una vez lo que no era justo. El acierto, en cambio, del publicano consistía en que él se consideraba pecador ante Dios y, por eso, le pedía compasión. Humildad es no considerarnos ni mejores, ni peores de lo que somos. Debemos saber ver nuestras buenas cualidades y saber darle gracias a Dios por ello; debemos, además, saber explotar nuestras buenas cualidades en beneficio propio y en beneficio de los demás. Igualmente, debemos ver nuestros defectos y luchar todos los días contra ellos, pidiendo a Dios que nos ayude a conseguirlo. Para andar en verdad, pues, deberemos hacer todos los días un buen examen de conciencia, tratando de ser sinceros y verdaderos con nosotros mismos. Lo que no debemos hacer nunca es despreciar a los demás, porque nosotros no conocemos a los demás suficientemente, las causas de su comportamiento, ni su interior; a los demás dejemos que sea Dios el que los juzgue, porque es el único que los conoce suficientemente. Lo mejor, pues, siempre es eso: no considerarnos a nosotros mismos ni mejores, ni peores de lo que somos, y no despreciar nunca a nadie. Eso, creo yo, es “nadar en verdad”.

2.- El Señor es juez, para él no cuenta el prestigio de las personas en el juicio de los pobres… la oración del humilde atraviesa las nubes… el Señor no tardará. Tal como se nos dice en este pasaje del libro del Eclesiástico, el Señor no mira tanto el prestigio o fortaleza exterior y social de las personas, sino que el Señor mira sobre todo al corazón. El ser personal y socialmente fuerte y de buena posición no depende muchas veces de los méritos personales de una persona, sino de las circunstancias sociales en las uno ha nacido y se ha criado. Una persona que nace de padres pobres y psicológicamente débiles y enfermos difícilmente podrá ser él fuerte y con una posición social alta y bien considerada. Miremos también nosotros el corazón de las personas y ayudemos en lo que podamos a los más débiles y necesitados de ayuda. Dios no dejará nunca abandonado al que tiene un corazón humilde y sincero, aunque sus obras externas nos parezcan criticables. Hagamos nosotros lo mismo.

3.- He combatido bien mi combate, he acabado la carrera, he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación. San Pablo le dice a su discípulo Timoteo que su vida ha sido difícil y que se ha visto abandonado por muchos de sus discípulos, a los que él había predicado el evangelio de Cristo, pero que él nunca perdió la fe y combatió con fortaleza hasta el final. Por eso, le dice, “el Señor, juez justo, me dará la corona de la justicia”. También nosotros, cuando tengamos dificultades, o nos veamos incomprendidos y abandonados, mantengamos firme nuestra esperanza y nuestra fortaleza interior, sabiendo que Dios nunca nos abandonará y premiará nuestra fe y nuestras buenas obras.

Gabriel González del Estal

¿Quién soy yo para juzgar?

La parábola del fariseo y el publicano suele despertar en no pocos cristianos un rechazo grande hacia el fariseo que se presenta ante Dios arrogante y seguro de sí mismo, y una simpatía espontánea hacia el publicano que reconoce humildemente su pecado. Paradójicamente, el relato puede despertar en nosotros este sentimiento: «Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como este fariseo».

Para escuchar correctamente el mensaje de la parábola, hemos de tener en cuenta que Jesús no la cuenta para criticar a los sectores fariseos, sino para sacudir la conciencia de «algunos que presumían de ser hombres de bien y despreciaban a los demás». Entre estos nos encontramos, ciertamente, no pocos católicos de nuestros días.

La oración del fariseo nos revela su actitud interior: «¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás». ¿Qué clase de oración es esta de creerse mejor que los demás? Hasta un fariseo, fiel cumplidor de la Ley, puede vivir en una actitud pervertida. Este hombre se siente justo ante Dios y, precisamente por eso, se convierte en juez que desprecia y condena a los que no son como él.

El publicano, por el contrario, solo acierta a decir: «¡Oh Dios! Ten compasión de este pecador». Este hombre reconoce humildemente su pecado. No se puede gloriar de su vida. Se encomienda a la compasión de Dios. No se compara con nadie. No juzga a los demás. Vive en verdad ante sí mismo y ante Dios.

La parábola es una penetrante crítica que desenmascara una actitud religiosa engañosa, que nos permite vivir seguros de nuestra inocencia, mientras condenamos desde nuestra supuesta superioridad moral a todo el que no piensa o actúa como nosotros.

Circunstancias históricas y corrientes triunfalistas alejadas del evangelio nos han hecho a los católicos especialmente proclives a esa tentación. Por eso, hemos de leer la parábola cada uno en actitud autocrítica: ¿Por qué nos creemos mejores que los agnósticos? ¿Por qué nos sentimos más cerca de Dios que los no practicantes? ¿Qué hay en el fondo de ciertas oraciones por la conversión de los pecadores? ¿Qué es reparar los pecados de los demás sin vivir convirtiéndonos a Dios?

En cierta ocasión, ante la pregunta de un periodista, el papa Francisco hizo esta afirmación: «¿Quién soy yo para juzgar a un gay?». Sus palabras han sorprendido a casi todos. Al parecer, nadie se esperaba una respuesta tan sencilla y evangélica de un papa católico. Sin embargo, esa es la actitud de quien vive en verdad ante Dios.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – 26 de octubre

Pilatos mandó matar a unos galileos mientras cumplían los actos de culto en el templo. Jesús contesta a quienes le informan: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así?

¿O que los que fueron aplastados por la torre de Siloé al caer eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?

Es muy común la creencia de que Dios  castiga quien hace algo malo. Y el castigo es más duro cuanto más grave es el pecado cometido. Las desgracias serían fruto de pecados cometidos personalmente o por los parientes. Esta creencia aparece en el evangelio de hoy y en otros pasajes, como el del ciego que nos narra san Juan. Sus discípulos, al verlo, le preguntaron: “Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por un pecado suyo o de sus padres?” (Juan 9,2).

Las desgracias nos hacen pensar en los peligros que nos rodean y en ese sentido son un aviso que no hay que despreciar. Son ciertamente un castigo cuando esas desgracias ni siquiera nos hacen pensar y ordenar lo mejor posible nuestra vida. Es la inconsciencia del que vive los acontecimientos de la vida como si fueran una película de cine fantástico que nada tienen que ver con su vida y la de sus prójimos. Hay que abrir los ojos  a la realidad y no vivir en una “burbuja”.

La vida no dura siempre y si no la sabes aprovechar hoy, mañana no sabes si la tendrás. Es lo que nos enseña la parábola de la higuera, que nos narra a continuación el texto evangélico.

El cristiano ha de vivir en actitud constante de producir buenos frutos. Dios nos ha dotado a cada uno con la capacidad de hacer el bien, de cultivar la justicia y de mantener unas relaciones sanas con los demás y con Dios mismo; pero como dueño y Señor de esas higueras, que somos nosotros, puede exigirnos y pedirnos los frutos correspondientes.

En la lectura de Rm 8, 1-11 encontramos palabras de aliento para seguir este camino de fecundidad espiritual, porque el “Espíritu de Dios habita en vosotros”.

Carlos Latorre, cmf