Comentario del 26 de octubre

En cierta ocasión, refiere san Lucas, se presentaron a Jesús unos judíos para contarle lo que les había sucedido a unos galileos que, estando ofreciendo sacrificios, hallaron la muerte asesinados por Pilato. ¿Para qué le presentan este caso? Tal vez para ponerlo a prueba o simplemente solicitando su juicio. Es entonces cuando Jesús les contesta: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y añade, abundando en el tema: Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

Jesús parece desmarcarse de la mentalidad de sus contemporáneos judíos, que solían pensar que el final de una persona era consecuencia directa de su estado moral. El pecado –pensaban ellos- acarrea el mal como castigo, que se puede presentar en forma de desgracia voluntariamente provocada, como el asesinato a manos de un gobernador sin escrúpulos o temeroso de una revuelta, o en forma de desgracia casual o involuntaria como el desplome de una torre que aplasta a los que se hallan en sus inmediaciones. Del mismo modo que la lepra era una maldición para los leprosos, así también la muerte de aquellos galileos o de estos accidentados.

En el caso de los galileos, el mal (privación de la vida) es causado por el hombre; en el caso de los aplastados por la torre, el mismo mal (privación de la vida) se presenta como una desgracia sin causa aparente, aunque puede que detrás del accidente haya también negligencias humanas, como la de quienes no corrigieron o avisaron del deterioro de esa edificación ruinosa. En cualquier caso, ven una correlación directa entre el pecado cometido y el mal padecido. La mentalidad religiosa difícilmente puede liberarse de esta correlación entre el mal moral (pecado) y el mal físico (desgracia), porque imagina que todo pecado ha de tener su correctivo. El castigo o correctivo vendría en cierto modo a sanar la marca o la servidumbre dejada por el pecado. De ahí la expiación y la penitencia, siempre tan ligadas al sufrimiento.

Pero Jesús, en su respuesta, desconecta esta correlación que se establece entre el pecado y el mal sufrido, de modo que a los que perecen en unas muertes como las reseñadas habría que aplicarles el calificativo de pecadores por encima de los demás. También los justos y los inocentes sufren y mueren a manos de poderosos sin escrúpulos y a consecuencia de accidentes (culpables o inculpables) y desgracias que no son achacables a ningún humano. El libro de Job es testigo de tales sufrimientos.

Esos galileos no eran más pecadores que los demás porque acabaran así. Tampoco los aplastados por la torre de Siloé. ¿Por qué acabaron así? Jesús no responde a esta pregunta. Acabaron así por causas diversas y porque Dios lo permitió, como permite la muerte de tantos otros seres (humanos) mortales. Acabaron así, porque el hombre es mortal y frágil, y de alguna forma tiene que morir. Y acabaron así porque existe la maldad (egoísmos, odios, homicidios, guerras, injusticias, agresiones) en el mundo, que también es causa de muerte para los humanos. Pero Jesús añade algo más: y si no os convertís, pereceréis lo mismo.

La noticia de tales hechos resulta una ocasión propicia para llamar a la conversión que es lo que, a juicio de Jesucristo, realmente importa. Y conversión es dar el fruto que de nosotros se espera, el fruto que de nosotros espera el que nos plantó, como a la higuera de la parábola. Porque, a propósito de la conversión, Jesús cuenta una parábola que habla del labrador que va a buscar fruto en su higuera y no lo encuentra. Y lo sigue buscando durante tres años. Y la higuera sigue sin dar fruto. Y ya toma la decisión de cortarla, porque está ocupando terreno en balde. Y el viñador interviene y le dice que espere un año más a ver si a base de cavarla y abonarla logra que dé algún fruto. Pero si al cabo de un año sigue estéril, se cortará.

Es una alegoría de la vida humana, que ha sido plantada en el mundo para que dé frutos. Permanecer estéril es ocupar un terreno en balde. Si pasan los años y no damos fruto, lo normal es que el que nos plantó decida cortarnos. En el caso del hombre, el que se beneficia de tales frutos no es propiamente el dueño de la tierra, que no tiene necesidad de ellos, sino otros hombres y el mismo hombre que fructifica y que ha sido creado para eso. No realizar este designio es quedarse baldío. Y nada hay más triste que la esterilidad, en el sentido más radical del término: esterilidad de frutos, no de hijos.

Jesús hace coincidir, por tanto, la conversión con la fructificación. Convertirse es dejarse labrar, abonar, regar y dorar por el sol; porque sólo así podremos dar el fruto que se espera de nosotros. Arrancar la vida del suelo vital también se hace depender de la decisión del dueño de la misma. Pero no hemos de sacar falsas consecuencias. No todo el que sufre una muerte prematura muere por resistirse a dar fruto y no todo el que muere tras haber vivido una larga vida muere tan tarde porque no ha dejado de dar fruto y Dios lo ha mantenido en vida para beneficio de los demás. Hay mártires que han entregado la vida a edad muy temprana y estaban colmados de frutos, y hay quienes mueren a una edad muy longeva y apenas pueden presentar frutos valiosos. La suerte de nuestra vida con su fenecer forma parte de los ocultos designios de Dios.

Lo que sí hemos de saber es que estamos en este mundo para dar fruto, un fruto buscado por Aquel que lo reclama como Dueño de esa plantación. Y la donación del fruto exige en muchos casos, si no en todos, la conversión. Tales frutos deberán llevar la marca de lo humano y de lo cristiano, al menos para los que hemos recibido el bautismo y la nueva vida de los hijos de Dios, para los que disponemos del Espíritu Santo que fructifica en frutos de santidad: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad; pues tales son los frutos del Espíritu Santo.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística