Sombra, orgullo neurótico y verdad

He aquí una joya de sabiduría psicológica y espiritual. Y para evitar el juicio apresurado, será bueno ver que los dos personajes de la parábola representan dos actitudes que seguramente habitan en cualquiera de nosotros.

El “fariseo” simboliza el ego que vive de la comparación, el juicio y la descalificación. La comparación permite afirmarse, separándose, frente a los otros; el juicio es inevitable en el estado mental, ya que pensar equivale a juzgar, es decir, a colocar “etiquetas” a todo y a todos; la descalificación del otro supone afirmar la propia “superioridad” moral o personal.

La imagen del “publicano”, por su parte, alude a la consciencia de nuestra propia vulnerabilidad, con su carga de debilidad, error, mentira e incluso maldad: lo que, genéricamente, se ha entendido como “pecado”.

El primero vive instalado en el orgullo neurótico y, desde él, condena en el otro todo aquello que en sí mismo ni acepta ni quiere ver. En ese sentido, vive en la mentira, porque es incapaz de reconocer y aceptar su propia sombra. Y, al no verla, se ve forzado a proyectarla en el otro, sin advertir que, con toda probabilidad, aquello que condena es lo que, en su inconsciente –eso es la sombra–, desearía vivir. De modo que, mientras está presumiendo de no ser “como los demás: ladrones, injustos, adúlteros” –“dime de qué presumes y te diré de qué careces”–, sin que él lo advierta, su inconsciente está susurrando: “no soy como los demás…, pero me encantaría serlo”. ¿Resultado? Es un hombre no reconciliado consigo mismo –no “justificado”, en el lenguaje de la parábola-.

A diferencia de quien se refugia en su imagen idealizada, el segundo reconoce sencillamente su verdad y se acepta con ella. No hay comparación, ni juicio ni descalificación de otros. Hay aceptación de la propia verdad, sin maquillarla –eso es humildad–, que produce un resultado diametralmente opuesto al anterior: termina “justificado”, es decir, unificado y pacificado.

¿Cómo puedo reconocer en mí el orgullo neurótico y la sombra inconsciente? Por sus síntomas en mi vida cotidiana: la comparación con los otros, el juicio y la descalificación, la crispación que experimento ante determinadas personas, actitudes, comportamientos… Evidentemente no todo aquello de lo que discrepo constituye una sombra mía, pero lo que me crispa de los otros me está señalando algo negado en mí.

¿Vivo reconciliado/a con toda mi verdad?

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – Domingo XXX de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXX TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nos dijeron de noche
que estabas muerto,
y la fe estuvo en vela
junto a tu cuerpo

La noche entera
la pasamos queriendo
mover la piedra.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

No supieron contarlo
los centinelas:
nadie supo la hora
ni la manera.

Antes del día.
se cubrieron de gloria
tus cinco heridas.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

Si los cinco sentidos
buscan el sueño,
que la fe tenga el suyo
vivo y despierto.

La fe velando,
para verte de noche
resucitando.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Cristo, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cristo, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aleluya.

SALMO 113B: HIMNO AL DIOS VERDADERO

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y otro,
hechura de manos humanas:

Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendita a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA: 2Ts 2, 13-14

Debemos dar continuas gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os escogió como primicias para salvaros, consagrándoos con el Espíritu y dándoos fe en la verdad. Por eso os llamó por medio del Evangelio que predicamos, para que sea vuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Nuestro Señor es grande y poderoso.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

R/ Su sabiduría no tiene medida.
V/ Es grande y poderoso.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El publicano bajó a su casa justificado, porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El publicano bajó a su casa justificado, porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

PRECES

Demos gloria y honra a Cristo, que puede salvar definitivamente a los que, por medio de él, se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder a favor nuestro, y digámosle con plena confianza:

Acuérdate de tu pueblo, Señor.

Señor Jesús, Sol de justicia que ilumina nuestras vidas, al llegar al umbral de la noche, te pedimos por todos los hombres; 
— que todos lleguen a gozar eternamente de tu luz, que no conoce el ocaso.

Guarda, Señor, la alianza sellada con tu sangre,
— y santifica a tu Iglesia, para que sea siempre inmaculada y santa.

Acuérdate de esta comunidad aquí reunida,
— y que tú elegiste como morada de tu gloria.

Que los que están en camino tengan un viaje feliz 
— y regresen a sus hogares con salud y alegría.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge, Señor, las almas de los difuntos
— y concédeles tu perdón y la vida eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, aumenta nuestra fe, esperanza y caridad, y, para conseguir tus promesas, concédenos amar tus preceptos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Dios no tiene que justificarme ni condenarme

Esa postura no es exclusiva de los fariseos, ni mucho menos. Lucas, en la introducción a la parábola, lo deja muy claro: “por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”. El caso es que un hombre se siente excelente y falla en su apreciación. Otro se siente pecador y también falla al considerar que Dios está lejos de él, por ello. Lo más normal de mundo sería alabar al que era bueno y criticar al malo, pero a los ojos de Dios todo es diferente. Dios es el mismo para los dos, uno le acepta por su gratuidad, el otro pretende poner a Dios de su parte por la bondad de sus obras.

Es una profunda lección la que debemos aprender de este relato. El mensaje se repite muchas veces en los evangelios. Recordemos la frase que Mateo pone en boca de Jesús: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. ¿A quién dijo eso Jesús? A los fariseos, los estrictamente cumplidores de toda la Ley, que hoy serían los religiosos de todas las categorías. Aún hoy, desde nuestra visión raquítica del hombre y de Dios, nos resulta inaceptable esta idea. Seguimos juzgando por las apariencias sin tener en cuenta las actitudes personales, que son las que de verdad califican las acciones de las personas. Y lo que es peor, nos preocupa más lo que hacemos que lo que sentimos.

Dios no está alejado de los dos, pero el publicano reconoce que la cercanía de Dios se debe a su amor incondicional y a pesar de sus fallos. En consecuencia el publicano está más cerca de Dios a pesar de sus pecados. El fariseo cree que Dios tiene la obligación de amarle porque se lo ha ganado a pulso. “Los buenos de toda la vida” tienen mayor peligro de entrar en esta dinámica para con Dios. Si nos atreviésemos a pensar, descubriríamos lo absurdo de esa postura. Todo lo bueno que puedo descubrir en mí viene de Él, que desde lo hondo de mi ser lo posibilita.

Dios no me quiere porque soy bueno. Dios me quiere porque Él es amor. Si parto del razonamiento farisaico (y con frecuencia lo hacemos) resultaría que el que no es bueno no sería amado por Dios, lo cual es un disparate. Este razonamiento parte de la visión ancestral que los seres humanos tenían de Dios, pero tenemos que dar un salto en nuestra concepción de un dios separado y ausente, que exige nuestro vasallaje para estar de nuestra parte. Dios no me puede considerar un objeto porque nada hay fuera de Él. El fallo más grave que podemos cometer como seres humanos es precisamente considerarnos algo al margen de Dios.

Dios me está aportando lo que soy antes de empezar a existir, es ridículo que pueda merecerlo. Lo que sí puedo y debo hacer es responder conscientemente a ese don y tratar de agradecerlo, haciéndole presente en mi vida. Si no respondo adecuadamente a lo que Dios es para mí, la única actitud adecuada es reconocerlo, pedirle perdón y agradecerle con toda el alma que siga amándome a pesar de todo. Estas simples reflexiones me llevarán a sacar una consecuencia simple. No tengo que ser bueno para que Dios esté de mi parte. Porque Él me quiere y no me falla como yo hago con Él, voy a intentar ser agradecido fallándole menos y tratar de imitarle.

También tendrían consecuencias para nuestra relación con los demás. Amar al que se porta bien conmigo no tiene ningún valor religioso. Es verdad que es lo que hacemos todos, pero tenemos que revisar esa actitud. Si me porto humanamente con aquel que no se lo merece, estaré dando un salto de gigante en mi evolución hacia la plenitud de humanidad. Ser más humano me hace a la vez, más divino. Hemos interiorizado que debíamos actuar divinamente, aunque ese intento llevara consigo el olvidarse de las más elementales normas de humanidad. Los altares están llenos de santos que se olvidaron por completo de las relaciones verdaderamente humanas.

El domingo pasado hablábamos de la oración. Hoy nos propone dos modos de orar, no solo distintos sino completamente contrarios. Cada oración manifiesta la idea de Dios que tiene uno y otro. Para uno se trata de un Dios justo, que me da lo que merezco. Para el otro, Dios es amor que llega a mí sin merecerlo. Ojo al dato. Porque la mayoría de las veces estamos más cerca del fariseo que del publicano. Una vez más tengo que advertir de la importancia de hacer una reflexión seria sobre este asunto. No basta ser bueno por una acomodación estricta a la norma. Hay que ser humano, respondiendo a las exigencias de nuestro auténtico ser.

He tenido problemas serios cada ver que he dicho que Dios ama a todos de la misma manera. La respuesta automática era: Dios es amor, pero es también justicia. Implícitamente me estaban diciendo: ¿Cómo me va a amar Dios a mí, que cumplo escrupulosamente su santa voluntad, igual que a ese desgraciado que no cumple nada de lo que Él manda? Una vez más estamos exigiendo a Dios que sea justo a nuestra manera. Para superar esta tentación debemos abandonar la idea de una religión aceptada como programación, que me viene de fuera. El hecho de que el programador sea el mismo Dios no cambia la mezquindad de la perspectiva.

Debemos descubrir la bondad de lo mandado y no conformarnos con el cumplimiento de la norma. Ese descubrimiento no es tan fácil como pudiera parecer a primera vista. Ningún hecho u omisión son buenos porque están mandados. Están mandados porque lo exige mi ser más profundo, que está más allá de mi ego superficial. Para descubrir esas exigencias tengo que aprovecharme de la experiencia de otros seres humanos que lo han descubierto antes que yo, pero en ningún caso quedo dispensado de experimentarlo por mí mismo. Sin esa experiencia toda la religiosidad se queda reducida un puro ropaje externo que no toca lo profundo de mi ser.

El desaliento, que a veces nos invade, es consecuencia de un desenfoque espiritual. Nada tienes que conseguir ni por ti mismo ni de Dios. Dios ya te lo ha dado todo y te ha capacitado para desplegar todo tu ser. No tengas miedo a nada ni a nadie. Tu ser profundo no lo puede malear nadie, ni siquiera tú mismo. Tus fallos son solo la demostración de que no has descubierto lo que eres, pero todas las posibilidades de alcanzar esa plenitud siguen intactas. Piensa en esto: las limitaciones que descubres cada día, y que tanto nos hacen sufrir, no pueden malograr todas las posibilidades que me acompañan siempre.

Cuando te sientas abrumado por tus fallos, descubre que para Dios eres siempre el mismo. Alguien único, irrepetible, necesario para el mundo y para Dios. Se habla mucho últimamente de la autoestima. Es imprescindible para poder desarrollarte, pero nunca puede apoyarse en las cualidades que puedes tener o no tener y que son secundarias. Esa pretensión de desplegar la autoestima en las cualidades adquiridas, o por adquirir, nos llevará siempre a un rotundo fracaso. Tomar conciencia de que lo que soy no depende de mí es la clave para una total seguridad en lo que soy. Soy mucho más de lo que creo ser. A pesar de mí, mi valor es infinito.

Meditación-contemplación

No te conformes con aceptar la religión como programación.
Aprovecha la experiencia de otros para conocerte mejor.
Descubre tu ser verdadero y actúa en consecuencia.
Lo humano que hay en ti, tienes que desplegarlo.
Baja a lo hondo de tu ser y descubre lo que eres.
No tienes que alcanzar nada, solo vivir lo que ya eres.

Fray Marcos

La justicia parcial de Dios

El Catecismo que estudié de pequeño decía que Dios “premia a los buenos y castiga a los malos”. Pero no concretaba quiénes eran los buenos y quiénes los malos. Y como nuestra forma de pensar es con frecuencia muy distinta de la de Dios, es probable que los que Dios considera buenos y malos no coincidan con los que nosotros juzgamos como tales.

Dios, un juez parcial a favor del pobre

Esta es la imagen que ofrece la primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico. Lo más curioso de este texto es que no lo escribe un profeta, amante de las denuncias sociales y de las críticas a los ricos y poderosos, sino un judío culto, perteneciente a la clase acomodada del siglo II a.C.: Jesús ben Sira. Y la imagen que ofrece de Dios dista mucho de la que tenían bastantes israelitas. No es un Dios imparcial, que juzga a las personas por sus obras; es un Dios parcial, que juzga a las personas por su situación social. Por eso se pone de parte de los pobres, los oprimidos, los huérfanos y las viudas; los seres más débiles de la sociedad. Comienza el autor diciendo: El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial. Pero añade de inmediato, con un toque de ironía: no es parcial contra el pobre. Porque la experiencia de Israel, como la de todos los pueblos, enseña que lo más habitual es que la gente se ponga a favor de los poderosos y en contra de los débiles.

Dios, un juez parcial a favor del humilde

El evangelio de Lucas ofrece el mismo contraste mediante un ejemplo distinto, sin relación con el ámbito económico. La parábola es fácil de entender, pero conviene profundizar en la actitud del fariseo.

La confesión de inocencia

Un niño pequeño, cuando hace una trastada, es frecuente que se excuse diciendo: “Mamá, yo no he sido”. Esta tendencia innata a declararse inocente influyó en la redacción del capítulo 150 del Libro de los muertos, una de las obras más populares del Antiguo Egipto. Es lo que se conoce como la “confesión negativa”, porque el difunto iba recitando una serie de malas acciones que no había cometido. Algo parecido encontramos también en algunos Salmos. Por ejemplo, en Sal 7,4-6:

Señor, Dios mío, si he cometido eso, si hay crímenes en mis manos,
si he perjudicado a mi amigo
o despojado al que me ataca sin razón,
que el enemigo me persiga y me alcance,
me pisotee vivo por tierra, aplastando mi vientre contra el polvo.

O en el Salmo 26(25),4-5:

No me siento con gente falsa,
con los clandestinos no voy;
detesto la banda de malhechores,
con los malvados no me siento.

La profesión de bondad

Existe también la versión positiva, donde la persona enumera las cosas buenas que ha hecho. Encontramos un espléndido ejemplo en el libro de Job, cuando el protagonista proclama (Job 29,12-17):

Yo libraba al pobre que pedía socorro y al huérfano indefenso,
recibía la bendición del vagabundo y alegraba el corazón de la viuda;
de justicia me vestía y revestía,
el derecho era mi manto y mi turbante.
Yo era ojos para el ciego, era pies para el cojo,
yo era el padre de los pobres
y examinaba la causa del desconocido.
Le rompía las mandíbulas al inicuo
para arrancarle la presa de los dientes.

El orgullo del fariseo

Volvamos a la confesión del fariseo: «¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» Si el fariseo hubiera sido como Job, se habría limitado a las palabras finales: Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Pero al fariseo lo come el odio y el desprecio a los demás, a los que considera globalmente pecadores: ladrones, injustos, adúlteros. Sólo él es bueno, y considera que Dios está por completo de su parte.

La humildad del publicano

En el extremo opuesto se encuentra la actitud del publicano. A diferencia de Job, no recuerda sus buenas acciones, que algunas habría hecho en su vida. A diferencia del Libro de los muertos y algunos Salmos, no enumera malas acciones que no ha cometido. Al contrario, prescindiendo de los hechos concretos se fija en su actitud profunda y reconoce humildemente, mientras se golpea el pecho: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.  

En el AT hay dos casos famosos de confesión de la propia culpa: David y Ajab. David reconoce su pecado después del adulterio con Betsabé y de ordenar la muerte de su esposo, Urías. Ajab reconoce su pecado después del asesinato de Nabot. Pero en ambos casos se trata de pecados muy concretos, y también en ambos casos es preciso que intervenga un profeta (Natán o Elías) para que el rey advierta la maldad de sus acciones. El publicano de la parábola muestra una humildad mucho mayor. No dice: “he hecho algo malo”, no necesita que un profeta le abra los ojos; él mismo se reconoce pecador y necesitado de la misericordia divina.

Dios, un juez parcial e injusto

Al final de la parábola, Dios emite una sentencia desconcertante: el piadoso fariseo es condenado, mientras que el pecador es declarado inocente: Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. ¿Debemos decir, en contra del Catecismo, que “Dios premia a los malos y castiga a los buenos”? ¿O, más bien, debemos cambiar nuestros conceptos de buenos y malos, y nuestra imagen de Dios?

José Luis Sicre

Comentario del 27 de octubre

Las parábolas de Jesús no son simplemente algo a examinar, sino algo por lo que tenemos que dejarnos examinar, porque sus personajes nos interpelan. La parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar tiene unos destinatarios bien precisos, que no son los fariseos, que en cuanto tales poco tienen que ver con nosotros, sino algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás. Y éstos sí tienen que ver con nosotros.

Tales son los representados por el fariseo de la parábola, que inicia su acción de gracias con estas palabras: Te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás. El motivo que da razón a su plegaria es que no es como ésos a quienes desprecia. El fariseo se tiene por justo porque cumple la ley: ni mata, ni roba, ni comete adulterio; ayuna lo exigido y paga los diezmos que le corresponden. Tiene, pues, motivos para considerarse justo, es decir, cumplidor, observante, piadoso. Y con tales méritos se presenta ante Dios para que le sean reconocidos. Su aparente acción de gracias no es sino una tapadera para encubrir su vanidad. Al menos, así lo presenta el inventor del relato cuando se refiere al personaje como alguien que se enaltece a sí mismo. Y todo el que se enaltece, será humillado.

Su misma actitud corporal –oraba erguido– era un claro reflejo de su disposición interior, marcada por el engreimiento propio y el desprecio ajeno. Es este acto de autoenaltecimiento lo que le lleva al desprecio de todos aquellos que no son como él, es decir, de los no observantes, ladrones, adúlteros y publicanos, como ése que observa postrado en la parte trasera del templo. Su seguridad se apoya en su observancia: se siente seguro de hacer lo que debe; por eso espera recibir en recompensa lo que se le debe, el premio por los méritos contraídos.

Éste es el perfil que traza Jesús de uno de los principales personajes de la parábola. Este tipo de hombre creyente (y orante) no es exclusivo del judaísmo, ni del cristianismo. Se da en cualquier religión, incluida la católica; y si le eximimos de su referencia a Dios, podemos encontrarle también entre paganos (politeístas), ateos y no practicantes que se creen más justos que los que acuden a misa los domingos, porque sus numerosos actos de justicia y solidaridad les acreditan.

En cualquier caso, el que se cree justo –lo sea o no lo sea- no puede ser justificado más allá de la justificación que le otorgan sus obras de justicia. Creerse justo es probablemente pensar que ya no queda nada por corregir o mejorar, que no hay nada de lo que arrepentirse, nada en lo que avanzar; creerse justo es considerarse ya en la meta, en la cumbre de la perfección.

Pero ¿basta para ser justos con no matar, no robar o no adulterar? ¿Basta para tenerse por justos con haber cumplido los mandamientos? Pero ¿quién puede estar seguro de haber cumplido todos los mandamientos? ¿Quién puede estar seguro de haber amado a Dios y al prójimo como se merecen o como corresponde? ¿Quién puede estar seguro de haber hecho buen uso de todos sus bienes, incluidos los talentos personales, o de poseer cuanto posee con entera justicia, sobre todo teniendo ante los ojos ese mundo que se ha visto injustamente privado de esos bienes que a nosotros se nos permite disfrutar? ¿Quién puede estar seguro de que su conducta es y seguirá siendo intachable o de estar cumpliendo la ley de Dios en su integridad?

Sólo con una mentalidad legalista como la del fariseo podremos sentirnos justos y seguros de nosotros mismos. Pero el que es realmente justo no hace alarde de su justicia (o santidad), ni siquiera ante Dios, y en una presunta (y más que discutible) acción de gracias, entre otras cosas porque sabe que su justicia no es enteramente suya; porque se debe a todas esas personas que han contribuido con su ayuda y educación a hacernos justos. Si somos buenos es porque nuestro Creador nos hizo naturalmente buenos, porque nuestro Salvador nos ha proporcionado los medios y auxilios necesarios para serlo y porque otros han colaborado con su ayuda facilitándonos el camino del bien y haciéndonos avanzar por él.

Además, el que es bueno se limita a serlo, con naturalidad, sin pretensiones añadidas, sin necesidad de pregonarlo; y pensando en lo mucho que podría hacer por el bien de los demás y todavía no hace; por tanto, en lo mucho que le queda por hacer para ser realmente justo. Así han sentido los santos de todos los tiempos, que nunca se daban por satisfechos en lo que se refiere a hacer el bien. Y cuanto más cerca han estado de Dios –y por tanto de la luz- más conscientes han sido ellos de sus propios pecados y omisiones, y de lo exigido por el amor de Dios. En un santo no cabe ni el tenerse por justo, pues sólo hay un justo, el Cordero inmaculado, ni la seguridad en sí mismo, pues sólo encuentra en Dios su seguridad, ni el desprecio de los demás, porque el que apenas se atreve a enjuiciar su propia conducta, menos se atreverá a enjuiciar la conducta de los otros.

El publicano, que no se sentía justo en absoluto, sí puede llegar a ser justificado, como de hecho lo fue. Lo que siente el publicano con más fuerza es el peso de su pecado. Se siente pecador, no sólo porque tiene conciencia de sus propios pecados, sino también porque hay quienes se encargan de señalarle como tal, recordándole permanentemente su situación. La actitud corporal del publicano lo dice casi todo acerca de su interioridad: se queda a la entrada del templo, sin atreverse a penetrar más en el santuario; se mantiene con la mirada baja, sin osar levantar los ojos al cielo, como encorvado por la vergüenza y el sonrojo y se limita a repetir una y otra vez como acuciado por el sentimiento de culpa y por la necesidad de liberarse de ella: Ten compasión de mí, que soy un pobre pecador.

Al tiempo que se compadece de sí mismo, implora la compasión de Dios. Suplica como si se tratara de un ciego, un leproso o un mendigo. Pide desde su conciencia de indignidad al que puede devolverle la dignidad perdida y otorgarle la justificación mediante el perdón curativo. Pide desde lo que es y no desde lo que aparenta ser; y recibe porque su petición le abre al don del que, por ser plenitud de bondad y de vida, puede concederlo. Finalmente el publicano bajó a su casa justificado, mientras que el fariseo no halló ni la aprobación de Dios, que es lo que al parecer iba buscando, ni su justificación. Salir del templo sin la aprobación ni la justificación de Dios era realmente una humillación, aunque el fariseo no la percibiera así. Para el publicano, en cambio, la justificación divina significó un enaltecimiento: Dios le había devuelto la dignidad perdida. Y es que todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Christus Vivit – Francisco I

164. Cuando un encuentro con Dios se llama “éxtasis”, es porque nos saca de nosotros mismos y nos eleva, cautivados por el amor y la belleza de Dios. Pero también podemos ser sacados de nosotros mismos para reconocer la belleza oculta en cada ser humano, su dignidad, su grandeza como imagen de Dios e hijo del Padre. El Espíritu Santo quiere impulsarnos para que salgamos de nosotros mismos, abracemos a los demás con el amor y busquemos su bien. Por lo tanto, siempre es mejor vivir la fe juntos y expresar nuestro amor en una vida comunitaria, compartiendo con otros jóvenes nuestro afecto, nuestro tiempo, nuestra fe y nuestras inquietudes. La Iglesia ofrece muchos espacios diversos para vivir la fe en comunidad, porque todo es más fácil juntos.

Lectio Divina – 27 de octubre

La parábola del fariseo y del publicano
¿Dónde pongo la base de mi seguridad?

Lucas 18,1-14

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia,

Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotr
 os, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

Lucas 18,1-14

2. Lectura

a) Clave de lectura:

EL Evangelio de este domingo nos coloca delante la parábola del fariseo y del publicano (Lc 18, 9-14). Nosotros le hemos añadido la parábola de la viuda y del juez (Lc 18,1-8), puesto que ambas forman una pequeña unidad, cuyo objetivo es el de ayudarnos a descubrir cómo debe ser nuestro comportamiento orante ante Dios. Las dos parábolas nos demuestran que Jesús tenía una forma diferente de ver las cosas de la vida y de la oración. Conseguía ver una revelación de Dios allí donde otros veían sólo una ruina. Ve algo positivo en el publicano, de quien todos decían: “¡No sabe rezar!” y en la pobre viuda, de la que la sociedad murmuraba: “Molesta e importuna hasta al juez!”. Jesús vivía de tal modo unido al Padre por medio de la oración, que para Él todo se convertía en una expresión de oración.
Hoy las personas sencillas del pueblo que dicen que no saben rezar, saben hablar con Jesús, expresando su devoción y oración.
Durante la lectura intentemos poner atención a las dos siguientes cuestiones: ¿Cuál es el objetivo y cuáles son los destinatarios de las dos parábolas? ¿Cuáles son las conductas de las personas que aparecen en las parábolas?

b) Una división del texto para ayudarnos en su lectura:

Lucas 18,1: El objetivo de la primera parábola
Lucas 18,2: Descripción de la conducta del juez
Lucas 18,3: Conducta de la viuda ante el juez
Lucas 18,4-5: Reacción del juez ante la viuda
Lucas 18,6-8: Jesús aplica la parábola
Lucas 18,9: Los destinatarios de la segunda parábola
Lucas 18,10: Introducción al tema de la parábola
Lucas 18,11-12: Describe cómo reza el fariseo
Lucas 18,13: Describe cómo reza el publicano
Lucas 18,14: Jesús da su opinión sobre los dos

c) Texto:

1 Les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer: 2 «Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. 3 Había en aquella misma ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: `¡Hazme justicia contra mi adversario!’ 4 Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: `Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, 5 como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que deje de una vez de importunarme.’» 6 Dijo, pues, el Señor: «Oíd lo que dice el juez injusto; 7 pues, ¿no hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará esperar?8 Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?»
9 A algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás les dijo esta parábola: 10 «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. 11 El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: `¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. 12 Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias.’ 13 En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: `¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’ 14 Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Cuál es el punto que más te ha gustado de las dos parábolas? ¿Por qué?
b) ¿Cómo es la conducta de la viuda y del juez? ¿Qué llama más tu atención en el comportamiento de cada uno? ¿Por qué?
c) ¿Cómo es el comportamiento del fariseo y del publicano? ¿Qué llama más tu atención en los dos? ¿Por qué?
d) ¿Cuál es la aplicación que Jesús hace de la parábola?
e) ¿Qué nos enseñan estas dos parábolas sobre la oración?

5. Para aquéllos que quisieran profundizar más en el tema

a) Contexto de ayer y de hoy:

El contexto del tiempo de Jesús y de Lucas viene expresado en las dos frases introductivas que hablan de la “necesidad de orar siempre, sin cansarse” (Lc 18,1) y de “algunos que presumían de ser justos y despreciaban a otros” (Lc 18,9).

b) Comentario del texto:

Lucas 18,1: El objetivo de la primera parábola
Lucas comienza esta parábola con la frase: “sobre la necesidad de orar siempre, sin cansarse”. En otros pasajes insiste del mismo modo sobre la perseverancia en la oración y sobre la necesidad de creer que Dios escucha nuestra oración y responde a nuestras peticiones. La fe en Dios que responde a nuestras peticiones es el hilo rojo que atraviesa toda la Biblia, donde, desde el Éxodo se repite incesantemente que “Dios escucha el clamor de su pueblo” (Éx 2,24; 3,7).

Lucas 18,2: Descripción de la conducta del juez
Jesús quiere aclarar para aquéllos que lo escuchan, cómo se comporta Dios ante nuestras oraciones. Para esto, hablando del juez, piensa en Dios Padre que es el término de la comparación que está haciendo. Si no fuese Jesús, nosotros no tendríamos el valor de comparar a Dios con un juez “ que no teme a Dios, y que no le importa nadie”. Esta audaz comparación, hecha por el mismo Jesús, refuerza por un lado la importancia de la perseverancia en la oración y, por otro, la certeza de ser escuchado por Dios Padre.

Lucas 18,3: La conducta de la viuda ante el juez
En la conducta de la viuda ante el juez aparece la condición de los pobres en la sociedad del tiempo de Jesús. Viudas y huérfanos no tenían quién los defendiese y sus derechos no eran respetados. El hecho de que Jesús compare nuestro comportamiento con el de una viuda pobre, sin defensa, que pretende hacer valer sus derechos ante un juez sin conciencia y sin sensibilidad humana, muestra la simpatía de Jesús por las personas pobres que luchan con insistencia por hacer valer sus derechos.

Lucas 18,4-5: Reacción del juez ante la viuda
El juez acaba por ceder ante la insistencia de la viuda. Hace justicia no por amor a la justicia, sino para poder liberarse de la viuda que no se cansa de importunarlo.

Lucas 18,6-8: Jesús hace la aplicación de la parábola
Jesús saca la conclusión: si un juez ateo y deshonesto presta atención a una viuda, que insiste en su demanda, cuánto más Dios Padre oirá a aquellos que le suplican noche y día aunque Él se haga esperar. Este es el punto central de la parábola, confirmado por la pregunta final de Jesús: Pero el Hijo del Hombre, cuando venga, ¿encontrará fe sobre la tierra? O sea, ¿nuestra fe será tan persistente como la de aquella viuda, que soporta sin cansarse, hasta obtener la respuesta de Dios? Porque como dice el Eclesiástico: “¡Es duro soportar la espera de Dios!”

Lucas 18, 9: Los destinatarios de la segunda parábola
Esta segunda parábola del fariseo y del publicano comienza con la siguiente frase: “Dijo aun esta otra parábola por algunos que presumían de ser justos y despreciaban a los otros”. La frase de Lucas se refiere, tanto al tiempo de Jesús como al tiempo de Lucas simultáneamente. Pues en las comunidades de los años ochenta a las que Lucas dirige su Evangelio había personas aferradas a la antigua tradición del judaísmo, que despreciaban a las que venían del paganismo (Cf. Act 15,1-5)

Lucas 18,10: Comienza el tema de la parábola
Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo y el otro publicano. No podía darse un contraste mayor. En la opinión de la gente de aquel tiempo, un publicano no valía nada y no podía dirigirse a Dios, por ser una persona impura, en cuanto publicano, mientras el fariseo era una persona honorable y muy religiosa.

Lucas 18,11-12: Describe cómo reza el fariseo
El fariseo reza en pie y da gracias a Dios por no ser como los otros: ladrones, deshonestos, adúlteros. Su oración no es otra cosa que un elogio para sí mismo y de las cosas que hace: ayuna, paga las décimas. Es una exaltación de sus buenas cualidades y un desprecio para los demás, sobre todo para el publicano que se encuentra junto a él en el mismo banco. No se siente hermano.

Lucas 10, 13: Describe cómo reza el publicano
El publicano no osa levantar la mirada, se golpea el pecho y apenas dice: “¡Dios mío, ten piedad de mí pecador!”. Se ha colocado en supuesto delante de Dios.

Lucas 18, 14: Jesús da su opinión sobre los dos
Si Jesús hubiese pedido a las gentes quién volvió a casa justificado, todos habrían respondido: “¡El fariseo!” Pero Jesús piensa de un modo diferente. Quien vuelve justificado (con buenas relaciones con Dios) no es el fariseo, sino el publicano. De nuevo, Jesús da a todo la vuelta al revés. A muchas personas no le agradará la aplicación que hace de esta parábola.

c) Ampliando informaciones:

i) Los primeros cristianos nos presentan una imagen de Jesúsorante, que vivía en contacto permanente con el Padre (Jn 5,19). Jesús oraba mucho e insistía para que la gente y sus discípulos orasen. Porque es en el confrontarse con Dios, cuando emerge la verdad y cuando la persona se vuelve a encontrar consigo misma en toda su realidad y humildad.

ii) Las dos parábolas revelan algo de cómo se comportaba Jesús orante ante el Padre. Revelan que ni siquiera para Él ha sido siempre fácil. Como la viuda, debía insistir mucho, como aparece en la oración en el Huerto de los Olivos (Lc 22,41-42). Él insistió mucho hasta la muerte, no desistió, y fue escuchado (Heb 5,7). Las dos parábolas revelan que también su experiencia e intimidad con Dios como Padre que acoge a todos y cuyo amor tiene como marca central la gratuidad. El amor de Dios para con nosotros no depende de lo que hagamos por Él. Él nos ha amado primero. Acoge al publicano.

iii) Lucas el evangelista es quien más nos informa sobre la vida de oración de Jesús. Presenta a Jesús en continua oración. He aquí algunos momentos en los que Jesús aparece en oración en el Evangelio de Lucas:
* Cuando tiene doce años, va al templo, a la casa del Padre (Lc 2,46-50)
* En el momento de ser bautizado y asumir su misión, reza (Lc 3,21)
* Cuando comienza su misión, pasa cuarenta días en el desierto (Lc 4,1-2)
* En la hora de la tentación, se enfrenta al diablo con textos de la Escritura (Lc 4,3-12)
* Cuando, como es su costumbre, participa en las celebraciones en las sinagogas el sábado (Lc 4,16)
* Busca la soledad del desierto para orar (Lc 5,16; 9,18)
* Antes de escoger a los doce Apóstoles, pasa la noche en oración (Lc 6,12)
* Reza antes de las comidas (Lc 9,16; 24,30)
* Antes de hablar de la realidad y de su pasión, reza (Lc 9,18)
* En las crisis, sube al Monte para orar y se transfigura mientras reza (Lc 9,28)
* Cuando revela el Evangelio a los pequeños dice: “¡Padre yo te doy las gracias!” (Lc 10,21)
* Orando, despierta en los apóstoles el deseo de rezar (Lc 11,1)
* Reza por Pedro para que sea fuerte en la fe (Lc 22,32)
* Celebra la Cena Pascual con sus discípulos (Lc 22,7-14)
* En el Huerto de los Olivos, reza, y suda incluso sangre (Lc 22,41-42)
* En la angustia de la agonía pide a sus amigos que oren con Él (Lc 22,40-46)
* A la hora de ser clavado en la cruz, pide perdón por aquéllos que no saben lo que hacen (Lc 23,34)
* En la hora de su muerte, dice : “¡En tus manos entrego mi espíritu!” (Lc 23,46; Sl 31,6)

iv) Esta larga lista indica lo que sigue. Para Jesús, la oración estaba íntimamente ligada a la vida, a los hechos concretos, a las decisiones que debía tomar. Para poder ser fiel al proyecto del Padre, trataba de permanecer a solas con Él. Lo escuchaba. En los momentos difíciles y decisivos de la vida, Jesús rezaba los salmos. Como cualquier judío piadoso, los conocía de memoria. La recitación de los Salmos no apagó su creatividad. Por el contrario, Jesús compuso Él mismo un Salmo que nos ha transmitido. Es elPadre Nuestro. Su vida era una oración permanente: “¡Busco siempre la voluntad de mi Padre!” (In 5,19.30) A Él se le aplica lo que dice el salmo: “¡Yo estoy en oración!” (Sl 109,4)

6. Oración de un Salmo

Salmo 146(145): Un Retrato del rostro de Dios

¡Aleluya!¡Alaba, alma mía, a Yahvé!
A Yahvé, mientras viva, alabaré,
mientras exista tañeré para mi Dios.

No pongáis la confianza en los nobles,
en un ser humano, incapaz de salvar;
exhala su aliento, retorna a su barro,
ese mismo día se acaban sus planes.

Feliz quien se apoya en el Dios de Jacob,
quien tiene su esperanza en Yahvé, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en ellos;
que guarda por siempre su lealtad,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.

Yahvé libera a los condenados.
Yahvé abre los ojos a los ciegos,
Yahvé endereza a los encorvados,
Yahvé protege al forastero,
sostiene al huérfano y a la viuda.

Yahvé ama a los honrados,
y tuerce el camino del malvado.
Yahvé reina para siempre,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

Cimientos de vida cristiana

1.- El comentario que respecto a sí mismo hace San Pablo y que recoge en parte la segunda lectura de la misa de hoy, mis queridos jóvenes lectores, es un sincero lamento de su situación. Puesto que pertenece a la Biblia, es palabra de Dios. No dicta dogmas, ni fundamentos cristianos, nos confía el apóstol su dolor. El Señor quiere que sepamos los malos ratos y las traiciones que sufrió. Aprenderemos de él a aceptarlos cuando a nosotros nos lleguen, siendo sinceros con nosotros mismos, no tratando de engañarnos. Quien nos hace mal, nos hace daño, es preciso reconocerlo y si alguien nos merece confianza podemos con libertad confiarnos a él.

2.- Pero en el párrafo anterior se incluye una reflexión suya que quiero recalcaros, dice: “Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la Fe”. Sabe que su muerte está próxima y se aproxima con serenidad, mira atrás con sinceridad su historia, alude a sus aventuras, afirma HE CONSERVADO LA FE. Las cuatro últimas palabras os las he escrito con letras mayúsculas, su contenido es fundamental.

3.- Cuando encuentro a alguien con quien mantuve estrecha relación y comunión de ideales durante tiempos muy pasados y recordados, a las generalidades que responden al estandarizado ¿qué hay de tu vida? ¿en qué trabajas? ¿te has casado? nunca olvido preguntar ¿conservas la Fe? Me responden algunos: de todo aquello no queda nada. Otros satisfechos dicen: claro que sí. Alguno ofendido, me dice ¿por qué preguntas esto? Yo soy … y añade orgulloso el nombre de una entidad, sea asociación, comunidad, movimiento o prelatura. Uno puede escoger un modo de vida, pues dijo el Señor: en la casa de mi Padre hay muchas mansiones, pero lo esencial para allegarse y permanecer en cualquiera de ellas, es tener Fe. Es el primer don recibido en el bautismo, el que con mayor honor y precaución debemos conservar, profesándola.

4.- No me gusta llevar distintivos en mi ropa, ni vestir uniformes propios de un cierto rango, excepto cuando celebro la liturgia, que entonces es formalidad protocolaria, símbolo de la presencia de Jesucristo, Esposo amado de la Santa Madre Iglesia. Lo que sí procuro es afirmar desde el principio: yo soy cristiano, que es idéntico contenido de lo que dice Pablo. Por ahora no he recibido reacción adversa, sé que en ciertos lugares me acarrearía penas, incluso capitales. También sé que en algunos suscitaré envidia y tal vez me digan: yo no puedo, la perdí, o nunca la tuve. Entre los lazos de amistad, no puede ignorarse la actitud que respecto a la Trascendencia pueda uno tener.

5.- Cambio de tercio. Para que podáis imaginar el escenario de la parábola que propone Jesús a aquellos de su entorno que se tenían por justos y despreciaban a los demás, os voy a describir brevemente como era el templo de Jerusalén, por aquel entonces. A diferencia de los anteriores, o de otros de diferentes culturas, en el caso del judío se trataba de una enorme explanada, baste deciros que se mueven hoy por ella los trabajadores en camión. Este espacio no estaba reservado a nadie. A judíos, griegos y a cualquier bicho viviente, se le permitía entrar. Hacia el centro de esta gran área se levantaba un conjunto de edificios que generalmente llamamos santuario. Estaba todo él rodeado de una balaustrada en la que se anunciaba que solo estaba permitido el acceso a los judíos, jugándose la vida quien no cumpliera conste precepto. Era compleja la aglomeración y no es hora de describíroslos. Destacaban dentro de esta zona tres espacios. El atrio o plazoleta de las mujeres, el de los varones y finalmente el templete llamado Santo en su inicial estancia y Santo de los Santos, o Santísimo, el de más adentro.

6.- En el atrio de los gentiles se podía hablar, enseñar, curar, etc. hasta era posible comerciar, cosa que al Señor irritaba. El segundo ya era cosa seria y sagrada. Seguramente en este espacio debemos imaginar el contenido de la parábola de hoy. El escenario invitaba a que cada uno expresara su actitud ante Yahvé. Nuestros personajes se sintieron estimulados y cada uno se expresó de acuerdo a lo que era.

7.- Os he dicho muchas veces, mis queridos jóvenes lectores, que los cimientos de la vida espiritual son la limosna, el ayuno y la oración. Ahora bien, para que se levante el edificio con cierta seguridad, es preciso que el obrero cuente con buen material y sepa su oficio. La mayoría de vosotros habréis oído hablar de la aluminosis. Probablemente os han dicho que un edificio peligra, o ya se hunde, porque las vigas se resquebrajan y no aguantan. Me acuerdo muy bien cuando me enteré que se había descubierto un cemento muy especial, pues, era capaz de fraguar en 24 horas, a diferencia del que hasta entonces se utilizaba, que necesitaba 21 días. Tuvo un gran éxito, Electroland, creo, se llamaba. El comportamiento físico de este cemento es semejante al proceder de ciertas personas dotadas de simpatía, vanidad y orgullo. La conducta del fariseo de la narración es semejante.

8.- Hubo tiempos, o labores de edificación, en los que no se disponía más que de cal y arena. El fraguado era lento y al parecer la argamasa se deshacía entre los dedos. Pero se mantenía, pese a ello. Han pasado siglos y los castillos medievales que se hicieron con estos materiales o incluso con el humilde yeso, todavía se mantienen en pie. Los cimientos del edificio religioso, os lo decía antes, son la oración, el ayuno y la limosna. Para edificar sobre este plano es preciso disponer de otros materiales: la humildad, la laboriosidad, la generosidad, etc. si no se dispone de tales propósitos se edificará sin consistencia.

9.- Vuelvo a la parábola. Rezó orgulloso el fariseo y se marchó tal como había entrado. Ni se sentía capaz de rezar, ni mirar, ni de apetecer para sí nada concreto, el publicano y salió santificado. Os lo he dicho muchas veces, mis queridos jóvenes lectores, siento pánico respecto a los simpáticos. ¡Cuántos han triunfado, han emocionado, han despertado esperanzas, sin fundamento autentico y, conseguido público éxito y acomplejado a quienes no estaban dotados de tal cualidad, que por cierto han quedado arrinconados, llega el momento en que el triunfador se vaya. Pasa el tiempo, llega la prueba y se constata que aquel entusiasmo estaba lleno de vaciedad.

No seáis, amigos míos, como aquel cemento gris, y permanecerá vuestra Esperanza y la Gracia continuará manteniéndoos en santidad.

Pedrojosé Ynaraja

Una cura de humildad

Después de una metedura de pata en un tema que en teoría tenía controlado, algo avergonzado comenté con otro compañero: “La verdad es que nunca nos viene mal una cura de humildad”. Una cura de humildad es una experiencia que echa por tierra la presunción, el orgullo, la prepotencia, el engreimiento… en los que tan fácilmente caemos de forma más o menos declarada, en diferentes situaciones de la vida cotidiana. La cura de humildad nos recuerda que, aunque no nos guste reconocerlo, somos imperfectos, pecadores y que podemos fallar en cualquier momento. Y por tanto, la cura de humildad también debería servirnos de lección para no criticar y ser más comprensivos con quienes también son imperfectos y de hecho, a veces, fallan y nos fallan.

También en lo referente a la fe nos viene bien de vez en cuando una cura de humildad, y la parábola que Jesús ha dicho este domingo nos lo recuerda. Porque bastantes veces, aunque no lo hagamos de forma explícita, en la práctica nos parecemos mucho al fariseo.

Él se mantiene erguido ante Dios, lo que indica cierto orgullo, no tiene nada de qué avergonzar-se: cuál es mi “postura” ante Dios? Puedo ponerme en su presencia “con la cabeza bien alta”?

El fariseo empieza bien su oración, dando gracias a Dios, pero enseguida aparece el engreimiento y la prepotencia: no soy como los demás. En general me considero mejor que los demás, o por lo menos por encima de la media? Qué características mías creo que marcan la diferencia respecto a ellos?

Ladrones, injustos, adúlteros: Me fijo mucho en los aparentes defectos y critico los pecados de los demás? Estoy convencido de que yo nunca los cometo o los cometería?

Ni como ese publicano: Hay alguna persona o grupo de personas por quienes sienta especial desprecio? En qué razones me baso para tener esos sentimientos?

Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo: Me considero buen cristiano? Llevo cuenta de mis “méritos”? Los considero como un “saldo a mi favor” ante Dios, por los que espero recompensa o, por lo menos, re-conocimiento?

Con esta parábola, Jesús nos está diciendo que la oración del fariseo, aunque en apariencia es irreprochable, en realidad no es ni siquiera oración, es un ejercicio de autocontemplación y autocomplacencia egocéntrica. Por eso el fariseo sufre una cura de humildad ante el publicano, ya que en contra de lo que cualquiera que lo con-templase creía, el publicano bajó a su casa justificado, pero el fariseo no, porque todo el que se enaltece será humillado.

Jesús nos propone como modelo al publicano, que no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, por-que, aunque no nos guste y nos resulta doloroso, nos viene bien de vez en cuando una cura de humildad. A veces sólo “aprendemos la lección” cuando nos vemos enfrentados a nuestro pecado, y esa conciencia hace que no nos atrevamos si-quiera a acercarnos al Señor; que, aunque vayamos al templo, no somos capaces de dirigir la mi-rada hacia el Sagrario y menos aún acercarnos a comulgar.

Pero el Señor nos propone como modelo al publicano porque éste, precisamente porque se reconoció pecador, fue el que bajó a su casa justifica-do. Y nos invita a que de nuestro corazón salga, esta vez sí, una oración sincera: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Y que entonces nos acerquemos al Sacramento de la Reconciliación realmente arrepentidos, para recibir su perdón, para que también “bajemos a nuestra casa” justificados, como el publicano. 

¿En qué ocasiones he tenido una “cura de humildad”? ¿Aprendí algo de ella, cambié de actitud? ¿Qué características del fariseo descubro en mí? ¿He vivido la experiencia del publicano? ¿Recuerdo alguna ocasión en la que me he sentido verdaderamente perdonado? ¿Cuánto hace que no he recibido el Sacramento de la Reconciliación? ¿Siento verdadero dolor de los pecados?

Que esta parábola nos enseñe a no rechazar las curas de humildad, sino a aceptarlas como una ocasión para, verdaderamente arrepentidos, acercarnos a Él como hizo el publicano, porque como dice el Papa Francisco en “Evangelii gaudium” 3: ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia.

La cálida ternura de Dios

1. – Y si hablamos de conversión quiero referirme al Salmo 33. «Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias». Este verso del Salmo 33 resume aspectos de la conversión de muchos. Tenemos testimonios al respecto. Dios suele responder a los gritos angustiados de sus hijos y ya el salmista hace casi 5.000 años vio el resultado de la acción divina. Es una muestra más de la ternura del Señor que se comunica con sus hijos y les responde. El hilo argumental de las lecturas en este Domingo 30 del Tiempo Ordinario es la petición del pecador y la respuesta salvífica de Dios. El Señor escucha. Pero, además, la perseverancia humilde de los pecadores mueve a Dios a la ayuda generosa y constante. El libro del Eclesiástico habla de la oración constante del débil, del marginado, del pobre, del oprimido, del huérfano y de la viuda. Es obvio que este texto se parece mucho al Salmo 33 y responde a ese conocimiento pleno del pueblo judío –ocultado después por la dictadura farisaica– de Dios como Padre lleno de ternura, que no olvida a sus hijos y que los cura sus angustias.

2.- La parábola del fariseo y del publicano, narrada por San Lucas, plantea uno de los temas más importantes de la vida religiosa y una característica fundamental del cristianismo. Jesús aprueba la humildad y angustia del publicano, doblado por el peso de sus pecados y reprueba la actitud orgullosa y autocomplaciente del fariseo. Y como en otros muchos aspectos del mensaje de Jesús se plantea una gran paradoja, porque, de hecho, un seguidor óptimo de la doctrina puede sentirse satisfecho de su actividad religiosa y utilizar como elemento de autoestima el esfuerzo que «le cuesta ser bueno». Pero ahí aparece el gran peligro porque sin la ayuda permanente de Dios no podemos acometer nuestro camino de bondad. Además, toda persona con gran experiencia en el camino religioso sabe de los cambios internos y de cómo, en cualquier momento, se «alborota el gallinero» hacia caminos que parecían terminados.

4.- También, surgen subjetivismos que nos engañan. El Maligno utiliza el engaño como principal arma. Si uno es capaz de considerarse como autor exclusivo de su camino de perfección, desprecia la ayuda de Dios y la solidaridad con los hermanos, está entrando en una senda de pecado. Alguien le está engañando, hasta el mismo. En la vida cotidiana tampoco podemos utilizar esa especie de personalismo exclusivo. ¿No resulta absurdo que un hombre se situara ante el resto y dijera que todo lo que es –y va ser– se lo debe a sí mismo? Por un lado estará la intervención de sus padres en la procreación, luego de sus maestros en lo educativo, pero también de sus colaboradores en el trabajo, de sus jefes o de sus empleados. Y, como no, de la propia vida: el transcurso de los días –el paso del tiempo– que es lo que más enseña. Para nosotros los creyentes estará, además, el papel educador y paciente de Dios. Pero, en fin, si la pura pretensión humana de exclusividad en todo lo hecho, resulta más que ridícula, como no lo va a ser en mayor grado esa misma pretensión exclusiva en el terreno de nuestras relaciones con el Señor. Solo podemos acercarnos a Dios con humildad, porque nuestra pequeñez no permite otra cosa. En los momentos posteriores a cometer un pecado surge amargura y desconcierto, pero sobre todo aparece un gran desvalimiento debido a lo ínfimos que somos. Será Dios, quien con su ternura y fortaleza, nos explique las Escrituras y parte para nosotros el Pan.

5. – San Pablo escribe en la Epístola de hoy su testamento y se lo dirige a Timoteo. Contrasta con la pujanza y fuerza del verbo paulino de otras cartas. Pablo ya es viejo y no espera otra cosa que llegar a la meta. Es, tal vez, más humilde que en otras ocasiones y, por ello, más entrañable. «Pero el Señor me ayudó –dice Pablo– y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo.» Pablo a pesar de su fortaleza, no se olvida de la ayuda del Señor. Y es que lo que evitará que entremos en caminos de valoración loca de nuestras posibilidades es no perder en ninguno de los casos la presencia de Dios. Toda la esencia de ser cristiano es vivir en presencia del Señor. Y eso solo se consigue con la oración continuada humilde. No es difícil. Lo dificultoso será, sin embargo, esa estéril soledad de nosotros mismos, enfrentada a la cálida ternura de Dios.

Ángel Gómez Escorial