Comentario del 27 de octubre

Las parábolas de Jesús no son simplemente algo a examinar, sino algo por lo que tenemos que dejarnos examinar, porque sus personajes nos interpelan. La parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar tiene unos destinatarios bien precisos, que no son los fariseos, que en cuanto tales poco tienen que ver con nosotros, sino algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás. Y éstos sí tienen que ver con nosotros.

Tales son los representados por el fariseo de la parábola, que inicia su acción de gracias con estas palabras: Te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás. El motivo que da razón a su plegaria es que no es como ésos a quienes desprecia. El fariseo se tiene por justo porque cumple la ley: ni mata, ni roba, ni comete adulterio; ayuna lo exigido y paga los diezmos que le corresponden. Tiene, pues, motivos para considerarse justo, es decir, cumplidor, observante, piadoso. Y con tales méritos se presenta ante Dios para que le sean reconocidos. Su aparente acción de gracias no es sino una tapadera para encubrir su vanidad. Al menos, así lo presenta el inventor del relato cuando se refiere al personaje como alguien que se enaltece a sí mismo. Y todo el que se enaltece, será humillado.

Su misma actitud corporal –oraba erguido– era un claro reflejo de su disposición interior, marcada por el engreimiento propio y el desprecio ajeno. Es este acto de autoenaltecimiento lo que le lleva al desprecio de todos aquellos que no son como él, es decir, de los no observantes, ladrones, adúlteros y publicanos, como ése que observa postrado en la parte trasera del templo. Su seguridad se apoya en su observancia: se siente seguro de hacer lo que debe; por eso espera recibir en recompensa lo que se le debe, el premio por los méritos contraídos.

Éste es el perfil que traza Jesús de uno de los principales personajes de la parábola. Este tipo de hombre creyente (y orante) no es exclusivo del judaísmo, ni del cristianismo. Se da en cualquier religión, incluida la católica; y si le eximimos de su referencia a Dios, podemos encontrarle también entre paganos (politeístas), ateos y no practicantes que se creen más justos que los que acuden a misa los domingos, porque sus numerosos actos de justicia y solidaridad les acreditan.

En cualquier caso, el que se cree justo –lo sea o no lo sea- no puede ser justificado más allá de la justificación que le otorgan sus obras de justicia. Creerse justo es probablemente pensar que ya no queda nada por corregir o mejorar, que no hay nada de lo que arrepentirse, nada en lo que avanzar; creerse justo es considerarse ya en la meta, en la cumbre de la perfección.

Pero ¿basta para ser justos con no matar, no robar o no adulterar? ¿Basta para tenerse por justos con haber cumplido los mandamientos? Pero ¿quién puede estar seguro de haber cumplido todos los mandamientos? ¿Quién puede estar seguro de haber amado a Dios y al prójimo como se merecen o como corresponde? ¿Quién puede estar seguro de haber hecho buen uso de todos sus bienes, incluidos los talentos personales, o de poseer cuanto posee con entera justicia, sobre todo teniendo ante los ojos ese mundo que se ha visto injustamente privado de esos bienes que a nosotros se nos permite disfrutar? ¿Quién puede estar seguro de que su conducta es y seguirá siendo intachable o de estar cumpliendo la ley de Dios en su integridad?

Sólo con una mentalidad legalista como la del fariseo podremos sentirnos justos y seguros de nosotros mismos. Pero el que es realmente justo no hace alarde de su justicia (o santidad), ni siquiera ante Dios, y en una presunta (y más que discutible) acción de gracias, entre otras cosas porque sabe que su justicia no es enteramente suya; porque se debe a todas esas personas que han contribuido con su ayuda y educación a hacernos justos. Si somos buenos es porque nuestro Creador nos hizo naturalmente buenos, porque nuestro Salvador nos ha proporcionado los medios y auxilios necesarios para serlo y porque otros han colaborado con su ayuda facilitándonos el camino del bien y haciéndonos avanzar por él.

Además, el que es bueno se limita a serlo, con naturalidad, sin pretensiones añadidas, sin necesidad de pregonarlo; y pensando en lo mucho que podría hacer por el bien de los demás y todavía no hace; por tanto, en lo mucho que le queda por hacer para ser realmente justo. Así han sentido los santos de todos los tiempos, que nunca se daban por satisfechos en lo que se refiere a hacer el bien. Y cuanto más cerca han estado de Dios –y por tanto de la luz- más conscientes han sido ellos de sus propios pecados y omisiones, y de lo exigido por el amor de Dios. En un santo no cabe ni el tenerse por justo, pues sólo hay un justo, el Cordero inmaculado, ni la seguridad en sí mismo, pues sólo encuentra en Dios su seguridad, ni el desprecio de los demás, porque el que apenas se atreve a enjuiciar su propia conducta, menos se atreverá a enjuiciar la conducta de los otros.

El publicano, que no se sentía justo en absoluto, sí puede llegar a ser justificado, como de hecho lo fue. Lo que siente el publicano con más fuerza es el peso de su pecado. Se siente pecador, no sólo porque tiene conciencia de sus propios pecados, sino también porque hay quienes se encargan de señalarle como tal, recordándole permanentemente su situación. La actitud corporal del publicano lo dice casi todo acerca de su interioridad: se queda a la entrada del templo, sin atreverse a penetrar más en el santuario; se mantiene con la mirada baja, sin osar levantar los ojos al cielo, como encorvado por la vergüenza y el sonrojo y se limita a repetir una y otra vez como acuciado por el sentimiento de culpa y por la necesidad de liberarse de ella: Ten compasión de mí, que soy un pobre pecador.

Al tiempo que se compadece de sí mismo, implora la compasión de Dios. Suplica como si se tratara de un ciego, un leproso o un mendigo. Pide desde su conciencia de indignidad al que puede devolverle la dignidad perdida y otorgarle la justificación mediante el perdón curativo. Pide desde lo que es y no desde lo que aparenta ser; y recibe porque su petición le abre al don del que, por ser plenitud de bondad y de vida, puede concederlo. Finalmente el publicano bajó a su casa justificado, mientras que el fariseo no halló ni la aprobación de Dios, que es lo que al parecer iba buscando, ni su justificación. Salir del templo sin la aprobación ni la justificación de Dios era realmente una humillación, aunque el fariseo no la percibiera así. Para el publicano, en cambio, la justificación divina significó un enaltecimiento: Dios le había devuelto la dignidad perdida. Y es que todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística