2Tes 1, 11 – 2, 2 (2ª Lectura Domingo XXXI de Tiempo Ordinario)

Forzado a dejar Filipos, Pablo llegó a Tesalónica hacia el año 50. Según su costumbre, predica primero a los judíos en la sinagoga, obteniendo algún éxito; pero los judíos, molestos por el testimonio de Pablo, sublevan a la multitud y el apóstol tiene que marcharse, deprisa, de la ciudad. De ahí, se dirigió a Berea, Atenas y, después, a Corinto.

En Tesalónica quedó una comunidad entusiasta y fervorosa, constituida en su mayoría por paganos convertidos. Pero Pablo estaba inquieto pues le llegaban noticias de la hostilidad de los judíos para con los cristianos de Tesalónica; esa comunidad, todavía insuficientemente catequizada, con una fe muy “verde”, corría riesgos.

Pablo envió a Timoteo a Tesalónica, para tener noticias y animar a los cristianos. Cuando Timoteo volvió, Pablo estaba en Corinto. Las noticias eran buenas: los tesalonicenses continuaban viviendo con entusiasmo la fe y daban testimonio de Jesús. Había, únicamente, algunas cuestiones doctrinales que los preocupaban, sobre todo por la cuestión de la segunda venida del Señor. Pablo decidió, entonces, escribir a los cristianos de Tesalónica, animándoles a vivir en fidelidad al Evangelio y aclarándoles todo lo referente a la doctrina sobre el “día del Señor”.

Estamos en el año 51. Aunque no hay ninguna duda de que la Primera Carta a los Tesalonicenses proviene de Pablo, hay quien pone en duda la autoría paulina de la Segunda Carta a los Tesalonicenses. De cualquier forma, la Segunda a los Tesalonicenses está considerada por la Iglesia como un texto inspirado que debe, por tanto, ser visto como Palabra de Dios.

El texto que se nos propone presenta dos temas.

El primero (cf. 2 Tes 1,11-12) es una súplica de Pablo, para que los tesalonicenses sean cada vez más dignos a la llamada que Dios les hizo.

El segundo (cf. 2 Tes 2,1-2) se refiere a la venida del Señor.

La primera parte pone de relieve el papel de protagonista que Dios desempeña en la salvación del hombre. No basta con la buena voluntad y los buenos propósitos del hombre; es preciso que Dios acompañe los esfuerzos del creyente y le dé la fuerza necesaria para recorrer hasta el fin el camino del Evangelio. Por lo demás, todo es don de Dios que llama, que anima, y que lleva al hombre hacia la meta.

La segunda parte es el inicio de la doctrina sobre el “día del Señor”. La intención fundamental de Pablo es denunciar y desautorizar a algunos fanáticos y fatalistas que, invocando visiones e incluso cartas pretendidamente escritas por Pablo, anunciaban la inminencia del fin del mundo. Esto estaba perturbando a la comunidad, porque algunos, alarmados por la proximidad de la segunda venida de Jesús, habían abandonado sus responsabilidades y esperaban ociosamente el acontecimiento.

Considerad, para la reflexión personal y comunitaria, los siguientes elementos:

En nuestro camino personal o comunitario, rumbo a la salvación, Dios está siempre en el principio, en el medio y al final. Es necesario reconocer que es él quien está detrás de la llamada que se nos hizo, que es él quien anima y da fuerzas a lo largo del camino, que es él quien nos espera al final del camino, para darnos vida plena.

¿Soy consciente de esta realidad de Dios?
¿Tengo conciencia de que la salvación no es una conquista mía, sino un don de Dios?

A lo largo del camino, es necesario estar atento para saber discernir lo cierto de lo equivocado, lo verdadero de lo falso, lo que es un reto de Dios y lo que es fanatismo o la fantasía de algún hermano perturbado en busca de protagonismo. El camino para discernir lo cierto de lo equivocado está en la Palabra de Dios y en una vida de comunión y de intimidad con Dios en su Iglesia.